Siempre,
durante todos estos años, supe que esto constituía
un placer masoquista y hoy, que finalmente estoy aquí,
lo siento con aún más fuerzas. Son demasiadas
las emociones que se agolpan en el alma y en el recuerdo:
el dolor, el odio, la desesperación; aminorados,
adormecidos por el paso del tiempo, pero aún presentes.
Aquí, entre estos muros, en el polvo blancuzco
de estas calles, pasé los peores tormentos de mi
vida. Sin embargo, fue aquí también donde
aprendí en carne propia la potencia vital e inconmensurable
que posee el instinto de supervivencia. Muchos no resistieron.
Varios de mis amigos, de mis camaradas, murieron por fidelidad
a sus principios, otros, simplemente, porque ya no tenían
fuerzas para continuar siquiera respirando.
Cuando
bajé del bus esta mañana, un escalofrío
me recorrió todo el cuerpo. Palpé nuevamente
el miedo y la impotencia. Reviví las emociones
de hace casi tres décadas, cuando, en esta misma
plaza, me bajaron a empujones desde un camión militar.
Pero también sentí alivio, un halito de
orgullo estremeció mi cuerpo. Era un grito contestatario
contra la vida, que me permitió apreciar en toda
su magnitud el hecho mágico de permanecer vivo,
de haber resistido a la opresión. Agradecí
a mi idealismo juvenil, pues él me otorgó
las fuerzas para seguir luchando. En esos años,
yo sentía que la historia pasaba por mis propias
manos. El convencimiento de estar combatiendo por la revolución,
de estar enfrentando cara a cara a la dictadura, fue la
potencia que me permitió sobrevivir. Sin embargo,
pienso hoy con algo de desencanto, hay en esto una paradoja.
Al fin, lo que me mantuvo vivo fue lo mismo que me condujo
hacia las circunstancias más fuertes de mi existencia.
Quizá la vida entera sea así, por lo mismo
que el amor y el dolor no son más que dos caras
de una misma moneda.
Desde
muy niño quise seguir la carrera de mi padre. Cuando
terminé el liceo, él era Suboficial Mayor
en el Regimiento Carampangue y muy apreciado por todos
quienes allí trabajaban. Por eso, cuando le comentó
al Comandante mi interés por entrar a la Escuela
de Suboficiales, el mismo Coronel Santelices escribió
una carta de recomendación para garantizar mi ingreso.
Un par de años después, llegué yo
a Iquique a servir en la misma unidad en que mi padre
había hecho toda su carrera. A él lo apodaban
el "Rata" Norambuena, por lo cual, desde el
primer día, yo pasé a ser el "Ratita".
En esto vino lo del Pronunciamiento Militar, que nunca
entendí mucho. Sabía lo mal que estaba el
país con Allende, sabía de las colas, de
la escasez de alimentos, de las revueltas en Santiago,
mil kilómetros al sur de mi ciudad natal. Luego,
supe que éramos ahora nosotros, los militares,
quienes gobernábamos. Pero la verdad es que nunca
me interesó demasiado la política. Yo estaba
en el Ejército por puro amor a Chile... el resto
era preocupación de los jefes, a quienes nosotros,
los menos antiguos, seguíamos con absoluta lealtad.
Sin embargo, no pude quedar indiferente a lo que estaba
sucediendo. De una u otra manera el país completo
se dividió entre los "buenos" y los "malos".
Yo, era uno de los llamados a reconstruir Chile.
A
los pocos meses del pronunciamiento me destinaron a Santiago,
primero al curso de paracaidista, luego al de comandos
y de ahí a trabajar en las unidades de inteligencia.
Fueron tiempos duros. Cada día nos batíamos
a balazo limpio en las calles contra los comunistas. Allí
fue cuando me hirieron en un muslo, durante uno de los
enfrentamientos. Tampoco entendía mucho de toda
esta violencia. Ni era necesario hacerlo. Simplemente,
era la guerra. La consigna era vencer o morir; disparar
primero, contra los enemigos de la Patria, o prepararse
a morir en sus manos. Jamás podré olvidar
cuando el Teniente Altamirano, jefe de nuestro equipo,
murió desangrándose en mis brazos en medio
de la balacera. La rabia y la impotencia me dominaron.
Casi sin pensarlo, en una reacción de odio ciego,
salí corriendo para vaciar el cargador de mi fusil
sobre la casa desde la cual nos disparaban. Entonces fue
cuando me hirieron en el muslo. No recuerdo mucho más.
Cuentan que yo participé en todo el resto del operativo,
pero la verdad es que mi mente sólo recuperó
su lucidez cuando me encontraba interno en el Hospital
Militar. Más de un mes tardó mi recuperación.
De la cojera, nunca logré recuperarme. Durante
las horas, días, meses y años que siguieron,
el odio que sentía por los comunistas fue adormeciéndose.
Hoy, creo que ni siquiera les guardo rencor. De algún
modo comprendí que, en la guerra, cualquiera podía
caer.
Recorrí
con calma las calles de Pisagua. El pueblo había
cambiado, pero no lo suficiente como para no poder reconocer
ciertos rincones, ciertos lugares. Ellos habían
sido, al fin, lo único concreto que me mantenía
conectado con el mundo real, en aquellos días en
que el peso del temor y la angustia conformaban el mundo
emocional que me oprimía y parecía convertirse
en lo único existente. Cuando el olor a muerte
rondaba por nuestras celdas, cuando se anunciaban nuevos
juicios sumarios, el observar que más allá
de los barrotes existían todavía construcciones,
gaviotas, griterío de niños jugando, era
la manifestación inequívoca de que el planeta
seguía girando, que la vida continuaba, que Pinochet
y los suyos no durarían para siempre, que aún
era posible sobrevivir.
Permanecí
un largo rato mirando el retén de Carabineros.
Esta había sido la última imagen conservada
en mi mente. Allí, luego de firmar un alto de documentos
y declaraciones juradas, me subieron a una camioneta que
me llevó hasta Tacna. Fue el comienzo de mi exilio
y el fin de una jornada marcada por la desesperación
y el miedo. Desde Tacna, con poco dinero y mi entrada
a Chile prohibida por decreto, comenzó mi vagabundear
por el mundo. Primero como un paria, luego en Europa como
un héroe, finalmente, en México, como un
triste Doctorado en Literatura que lo único que
aspiraba era volver a Chile.
Cuando
sanó mi herida, volví a la misma unidad
de la DINA. Me cambiaron eso sí el apodo, ahora
pasé a ser el "Rata Coja". También
me cambiaron de puesto, encuadrándome en tareas
administrativas. Después, me mandaron a hacer un
curso de inteligencia y de ahí, a Pisagua. Volver
a mi querido norte, a su aire salino y a la dureza del
desierto, me reconfortó el espíritu. Pero
el trabajo no era ciertamente muy alentador. A mi me gustaba
la calle, la adrenalina que se respiraba cuando avisaban
en el cuartel que habría un nuevo operativo, que
habían sorprendido un núcleo terrorista.
Ahora que lo pienso, reconozco que en todo ello hay un
resto de demencia, pues, en el fondo, lo que me atraía
era el poner en riesgo mi vida, era el desafiar a la muerte,
la ilusión de decir al día siguiente: estuve
bajo el fuego de las balas y logré sobrevivir.
El trabajo en Pisagua era otro, era ser gendarme, cuidar
presos, interrogar. Sabía que eso era parte de
la misma lucha, de hecho había allí varios
hombres que yo mismo había detenido, pero no lograba
entusiasmarme.
Por
otra parte, mi pierna no mostraba mejoría. No mucho
tiempo después, debieron darme de baja médica.
A pesar de que la pensión no era mala, al volver
a Iquique tuve que ingeniármelas para ganarme la
vida como civil. Fue dura experiencia partir de nuevo,
con un cúmulo de ilusiones incumplidas en una carrera
militar que, yo pensé, sería para toda la
vida. Afortunadamente era todavía joven, además
de soltero. La juventud se me fue yendo de a poco, lo
de soltero duró menos. Al poco tiempo me casé
con la mujer con quien hasta hoy vivo y que me ha acompañado
en las buenas y en las malas. Hace cinco años,
por esas coincidencias misteriosas del destino, nos vinimos
a vivir a Pisagua, el mismo pueblo donde hube de terminar
mi vida de soldado. Instalamos aquí una fuente
de soda, muy cerca de la plaza, que nos permite vivir
con bastante holgura y enterarnos de cuanto sucede.
Cuando
me avisaron del consulado que gracias a una ley especial
podía regresar a Chile, mi cuerpo entero se estremeció.
Era una noticia que yo esperaba con ansias, pero, que
no estaba preparado para recibir de sopetón un
día cualquiera al volver de la Universidad. Cada
tanto leía los diarios de Chile, ansiando ver el
titular que anunciara la muerte del dictador. Sin embargo,
no estaba preparado para que su propio gobierno, que me
había expulsado, me abriera de improviso nuevamente
las puertas. Nunca, en todo mi deambular por el mundo,
había empacado tan de prisa. Mi esposa, española
de origen, no entendía nada, no lograba sentir
la fuerza magnética que desde la Patria clamaba
mi regreso. Mis ansias no me permitieron apreciar con
claridad lo que significaba volver a Chile siendo un donnadie.
Dejaba mi cátedra en la Universidad de Ciudad de
México, para regresar a mi país. Pero, ¿para
regresar a qué? Esta realidad no la asumí
sino cuando ya estaba de vuelta, viviendo en casa de mi
madre, sin un centavo y sin un trabajo que me permitiera
mantener a mi familia. Escribía, cada tanto, ensayos
para organismos internacionales, colaboraba en uno que
otro periódico de izquierda e infructuosamente
mandaba todos los años mi currículo a las
universidades. Qué más iba a hacer, era
el precio de vivir en Chile bajo el gobierno de Pinochet
y siendo un retornado.
Al
volver por fin la democracia, pensé que mis problemas
económicos habían finalizado. Con varios
conocidos en el gobierno y una carrera como docente que
yo consideraba exitosa, veía el futuro con ojos
más optimistas. Una vez más, como tantas
en mi vida, me desilusioné. Quienes habían
sido mis amigos en el exilio, incluso quienes lo habían
sido cuando luchábamos en las calles tras el golpe
militar, me prometieron una y otra vez que me ayudarían
desde sus puestos en ministerios y subsecretarías.
Pero, cada vez fue más larga mi agonía en
los despachos gubernamentales y cada vez más las
secretarias que explicaban que su jefe no podría
recibirme. Cuanto más, algún viejo conocido
me aconsejaba que yo, que escribía tan bien, enviara
artículos a tal o cual revista.
La
separación matrimonial, con mi ex esposa y mis
hijos viviendo en Barcelona, marcaron en definitiva el
punto desde el cual debía reencontrarme con mi
pasado, conmigo mismo. Comencé entonces a visitar
a los amigos de mi juventud, mucho de los cuales no veía
hace varias décadas. Todos habían cambiado
de algún modo, quizá yo era el único
que seguía siendo el mismo. Algunos incluso eran
ahora derechistas y todos, sin excepción, partidarios
del libre mercado y la globalización. Entendí
que tampoco estaba entre ellos mi lugar. Entonces, comencé
a recorre los lugares que habían marcado mi vida.
Visité el Instituto Nacional, recorrí cada
una de sus salas de clases. Fui a las poblaciones donde
me había ocultado los primeros días después
del golpe. Ya no eran lo mismo, quedaban algunas calles,
aunque con distintos nombres, pero las llamadas viviendas
sociales habían transformado casi por completo
su fisonomía. Así, en este recorrido en
busca de mi esencia perdida, decidí finalmente
volver a Pisagua, cumpliendo un deseo largamente guardado
en el fondo de mi alma.
Muchos
de los turistas que llegan a Pisagua terminan comiendo
algo en la fuente de soda. Es que tampoco hay mucho más
donde ir, por eso también el negocio es bueno.
Desde tras el mostrador, los miro detenidamente sin entender
qué atractivo le encontrarán a esta pequeña
caleta. Lo empinado del camino que baja desde el desierto
es, a mí entender, el mayor interés que
se puede encontrar. En especial, cuando, desde las curvas,
se divisa el inmenso océano que empuja al pequeño
villorrio contra los cerros. Mirar a la gente me entretiene,
ver como recorre el universo entero desde este rincón
apartado del planeta.
Cada
tanto me da también por recordar la primera vez
que llegué a Pisagua, cuando todavía estaba
en el Ejército y funcionaba, en los bodegones del
puerto, el penal militar para subversivos. En esa época,
también me gustaba mirar con calma a los detenidos
que llegaban de distintos puntos del país. Desde
mi sillón en la sala de guardia, los observaba
tal como hoy miro a los turistas, intentando descubrir
en sus ojos los misterios del alma. Se sabía que
eran comunistas o socialistas, muchos de ellos terroristas,
quizá uno de ellos era quien había matado
a mi Teniente Altamirano. La primera reacción era
ciertamente de odio. Sin embargo, no era propiamente un
sentimiento hacia sus personas, más que eso, era
contra los "enemigos". Quizás por lo
mismo, yo percibía que en el fondo esto era una
guerra y ellos, simplemente, estaban en la trinchera del
frente. Lo que yo trataba de descubrir entonces, era el
por qué se encontraban al otro lado, por qué
nos disparaban con tanta furia. Cuando alguno de ellos
era sentenciado a muerte, yo sentía que se estaba
haciendo justicia. No obstante, al mismo tiempo, comprendía
que de algún modo también era injusto. La
vida los había colocado en el bando contrario,
tal vez nunca les preguntaron si querían o no ser
marxistas.
Esta
afición mía de mirar hacia la profundidad
de los ojos me ha permitido adquirir una especial capacidad
para reconocer a la gente por su mirada y descubrir sus
pensamientos con rapidez. De algún modo, me agrada
hacerlo, me gusta el desafío de descubrir a la
persona que se esconde tras cada rostro. Por eso, cuando
vi entrar a ese forastero y sentarse ensimismado en la
esquina, no pude sino tratar de captar su mirada. Primero,
descubrí en ella una actitud extraña, mezcla
de orgullo y tristeza, era algo así como una felicidad
amarga, como la de quien tras mucha penuria descubre que
al menos ha logrado vencer contra la muerte. Luego, me
pareció reconocerlo. No lograba identificarlo,
tan sólo sus ojos me permitían estar seguro
que yo lo conocía desde hace mucho tiempo. Cuando
la niña que atiende volvió al mostrador
con el pedido del caballero, le pedí que empujara
mi silla de ruedas hasta su mesa. Entonces lo miré
con más detención, mientras él no
atinaba a comprender lo que sucedía. Yo tampoco
lograba aún encuadrar esa mirada en alguno de los
episodios de mi vida.
-
Usted estuvo aquí, ¿cierto?
- Varios meses, sufriendo muchos dolores en el cuerpo
y en el alma.
- ¿Y por qué ha regresado?
- No lo sé, quizá necesitaba venir para
poder seguir viviendo.
- ¿Veinte años ya?
- Un poco más, casi veinticinco...
- ¿Y valdrá la pena seguir atormentándose?
- La verdad es que no estoy seguro, sólo sé
que quería volver.
- Hombre, acépteme un trago. Yo también
soy de los que quieren sanar la herida.
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