cover

cover

cover


Dos copas por la vida


Luis Valentin Ferrada Walker
Chileno
1972

 

Siempre quise volver.

Siempre, durante todos estos años, supe que esto constituía un placer masoquista y hoy, que finalmente estoy aquí, lo siento con aún más fuerzas. Son demasiadas las emociones que se agolpan en el alma y en el recuerdo: el dolor, el odio, la desesperación; aminorados, adormecidos por el paso del tiempo, pero aún presentes. Aquí, entre estos muros, en el polvo blancuzco de estas calles, pasé los peores tormentos de mi vida. Sin embargo, fue aquí también donde aprendí en carne propia la potencia vital e inconmensurable que posee el instinto de supervivencia. Muchos no resistieron. Varios de mis amigos, de mis camaradas, murieron por fidelidad a sus principios, otros, simplemente, porque ya no tenían fuerzas para continuar siquiera respirando.

Cuando bajé del bus esta mañana, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Palpé nuevamente el miedo y la impotencia. Reviví las emociones de hace casi tres décadas, cuando, en esta misma plaza, me bajaron a empujones desde un camión militar. Pero también sentí alivio, un halito de orgullo estremeció mi cuerpo. Era un grito contestatario contra la vida, que me permitió apreciar en toda su magnitud el hecho mágico de permanecer vivo, de haber resistido a la opresión. Agradecí a mi idealismo juvenil, pues él me otorgó las fuerzas para seguir luchando. En esos años, yo sentía que la historia pasaba por mis propias manos. El convencimiento de estar combatiendo por la revolución, de estar enfrentando cara a cara a la dictadura, fue la potencia que me permitió sobrevivir. Sin embargo, pienso hoy con algo de desencanto, hay en esto una paradoja. Al fin, lo que me mantuvo vivo fue lo mismo que me condujo hacia las circunstancias más fuertes de mi existencia. Quizá la vida entera sea así, por lo mismo que el amor y el dolor no son más que dos caras de una misma moneda.

Desde muy niño quise seguir la carrera de mi padre. Cuando terminé el liceo, él era Suboficial Mayor en el Regimiento Carampangue y muy apreciado por todos quienes allí trabajaban. Por eso, cuando le comentó al Comandante mi interés por entrar a la Escuela de Suboficiales, el mismo Coronel Santelices escribió una carta de recomendación para garantizar mi ingreso. Un par de años después, llegué yo a Iquique a servir en la misma unidad en que mi padre había hecho toda su carrera. A él lo apodaban el "Rata" Norambuena, por lo cual, desde el primer día, yo pasé a ser el "Ratita". En esto vino lo del Pronunciamiento Militar, que nunca entendí mucho. Sabía lo mal que estaba el país con Allende, sabía de las colas, de la escasez de alimentos, de las revueltas en Santiago, mil kilómetros al sur de mi ciudad natal. Luego, supe que éramos ahora nosotros, los militares, quienes gobernábamos. Pero la verdad es que nunca me interesó demasiado la política. Yo estaba en el Ejército por puro amor a Chile... el resto era preocupación de los jefes, a quienes nosotros, los menos antiguos, seguíamos con absoluta lealtad. Sin embargo, no pude quedar indiferente a lo que estaba sucediendo. De una u otra manera el país completo se dividió entre los "buenos" y los "malos". Yo, era uno de los llamados a reconstruir Chile.

A los pocos meses del pronunciamiento me destinaron a Santiago, primero al curso de paracaidista, luego al de comandos y de ahí a trabajar en las unidades de inteligencia. Fueron tiempos duros. Cada día nos batíamos a balazo limpio en las calles contra los comunistas. Allí fue cuando me hirieron en un muslo, durante uno de los enfrentamientos. Tampoco entendía mucho de toda esta violencia. Ni era necesario hacerlo. Simplemente, era la guerra. La consigna era vencer o morir; disparar primero, contra los enemigos de la Patria, o prepararse a morir en sus manos. Jamás podré olvidar cuando el Teniente Altamirano, jefe de nuestro equipo, murió desangrándose en mis brazos en medio de la balacera. La rabia y la impotencia me dominaron. Casi sin pensarlo, en una reacción de odio ciego, salí corriendo para vaciar el cargador de mi fusil sobre la casa desde la cual nos disparaban. Entonces fue cuando me hirieron en el muslo. No recuerdo mucho más. Cuentan que yo participé en todo el resto del operativo, pero la verdad es que mi mente sólo recuperó su lucidez cuando me encontraba interno en el Hospital Militar. Más de un mes tardó mi recuperación. De la cojera, nunca logré recuperarme. Durante las horas, días, meses y años que siguieron, el odio que sentía por los comunistas fue adormeciéndose. Hoy, creo que ni siquiera les guardo rencor. De algún modo comprendí que, en la guerra, cualquiera podía caer.

Recorrí con calma las calles de Pisagua. El pueblo había cambiado, pero no lo suficiente como para no poder reconocer ciertos rincones, ciertos lugares. Ellos habían sido, al fin, lo único concreto que me mantenía conectado con el mundo real, en aquellos días en que el peso del temor y la angustia conformaban el mundo emocional que me oprimía y parecía convertirse en lo único existente. Cuando el olor a muerte rondaba por nuestras celdas, cuando se anunciaban nuevos juicios sumarios, el observar que más allá de los barrotes existían todavía construcciones, gaviotas, griterío de niños jugando, era la manifestación inequívoca de que el planeta seguía girando, que la vida continuaba, que Pinochet y los suyos no durarían para siempre, que aún era posible sobrevivir.

Permanecí un largo rato mirando el retén de Carabineros. Esta había sido la última imagen conservada en mi mente. Allí, luego de firmar un alto de documentos y declaraciones juradas, me subieron a una camioneta que me llevó hasta Tacna. Fue el comienzo de mi exilio y el fin de una jornada marcada por la desesperación y el miedo. Desde Tacna, con poco dinero y mi entrada a Chile prohibida por decreto, comenzó mi vagabundear por el mundo. Primero como un paria, luego en Europa como un héroe, finalmente, en México, como un triste Doctorado en Literatura que lo único que aspiraba era volver a Chile.

Cuando sanó mi herida, volví a la misma unidad de la DINA. Me cambiaron eso sí el apodo, ahora pasé a ser el "Rata Coja". También me cambiaron de puesto, encuadrándome en tareas administrativas. Después, me mandaron a hacer un curso de inteligencia y de ahí, a Pisagua. Volver a mi querido norte, a su aire salino y a la dureza del desierto, me reconfortó el espíritu. Pero el trabajo no era ciertamente muy alentador. A mi me gustaba la calle, la adrenalina que se respiraba cuando avisaban en el cuartel que habría un nuevo operativo, que habían sorprendido un núcleo terrorista. Ahora que lo pienso, reconozco que en todo ello hay un resto de demencia, pues, en el fondo, lo que me atraía era el poner en riesgo mi vida, era el desafiar a la muerte, la ilusión de decir al día siguiente: estuve bajo el fuego de las balas y logré sobrevivir. El trabajo en Pisagua era otro, era ser gendarme, cuidar presos, interrogar. Sabía que eso era parte de la misma lucha, de hecho había allí varios hombres que yo mismo había detenido, pero no lograba entusiasmarme.

Por otra parte, mi pierna no mostraba mejoría. No mucho tiempo después, debieron darme de baja médica. A pesar de que la pensión no era mala, al volver a Iquique tuve que ingeniármelas para ganarme la vida como civil. Fue dura experiencia partir de nuevo, con un cúmulo de ilusiones incumplidas en una carrera militar que, yo pensé, sería para toda la vida. Afortunadamente era todavía joven, además de soltero. La juventud se me fue yendo de a poco, lo de soltero duró menos. Al poco tiempo me casé con la mujer con quien hasta hoy vivo y que me ha acompañado en las buenas y en las malas. Hace cinco años, por esas coincidencias misteriosas del destino, nos vinimos a vivir a Pisagua, el mismo pueblo donde hube de terminar mi vida de soldado. Instalamos aquí una fuente de soda, muy cerca de la plaza, que nos permite vivir con bastante holgura y enterarnos de cuanto sucede.

Cuando me avisaron del consulado que gracias a una ley especial podía regresar a Chile, mi cuerpo entero se estremeció. Era una noticia que yo esperaba con ansias, pero, que no estaba preparado para recibir de sopetón un día cualquiera al volver de la Universidad. Cada tanto leía los diarios de Chile, ansiando ver el titular que anunciara la muerte del dictador. Sin embargo, no estaba preparado para que su propio gobierno, que me había expulsado, me abriera de improviso nuevamente las puertas. Nunca, en todo mi deambular por el mundo, había empacado tan de prisa. Mi esposa, española de origen, no entendía nada, no lograba sentir la fuerza magnética que desde la Patria clamaba mi regreso. Mis ansias no me permitieron apreciar con claridad lo que significaba volver a Chile siendo un donnadie. Dejaba mi cátedra en la Universidad de Ciudad de México, para regresar a mi país. Pero, ¿para regresar a qué? Esta realidad no la asumí sino cuando ya estaba de vuelta, viviendo en casa de mi madre, sin un centavo y sin un trabajo que me permitiera mantener a mi familia. Escribía, cada tanto, ensayos para organismos internacionales, colaboraba en uno que otro periódico de izquierda e infructuosamente mandaba todos los años mi currículo a las universidades. Qué más iba a hacer, era el precio de vivir en Chile bajo el gobierno de Pinochet y siendo un retornado.

Al volver por fin la democracia, pensé que mis problemas económicos habían finalizado. Con varios conocidos en el gobierno y una carrera como docente que yo consideraba exitosa, veía el futuro con ojos más optimistas. Una vez más, como tantas en mi vida, me desilusioné. Quienes habían sido mis amigos en el exilio, incluso quienes lo habían sido cuando luchábamos en las calles tras el golpe militar, me prometieron una y otra vez que me ayudarían desde sus puestos en ministerios y subsecretarías. Pero, cada vez fue más larga mi agonía en los despachos gubernamentales y cada vez más las secretarias que explicaban que su jefe no podría recibirme. Cuanto más, algún viejo conocido me aconsejaba que yo, que escribía tan bien, enviara artículos a tal o cual revista.

La separación matrimonial, con mi ex esposa y mis hijos viviendo en Barcelona, marcaron en definitiva el punto desde el cual debía reencontrarme con mi pasado, conmigo mismo. Comencé entonces a visitar a los amigos de mi juventud, mucho de los cuales no veía hace varias décadas. Todos habían cambiado de algún modo, quizá yo era el único que seguía siendo el mismo. Algunos incluso eran ahora derechistas y todos, sin excepción, partidarios del libre mercado y la globalización. Entendí que tampoco estaba entre ellos mi lugar. Entonces, comencé a recorre los lugares que habían marcado mi vida. Visité el Instituto Nacional, recorrí cada una de sus salas de clases. Fui a las poblaciones donde me había ocultado los primeros días después del golpe. Ya no eran lo mismo, quedaban algunas calles, aunque con distintos nombres, pero las llamadas viviendas sociales habían transformado casi por completo su fisonomía. Así, en este recorrido en busca de mi esencia perdida, decidí finalmente volver a Pisagua, cumpliendo un deseo largamente guardado en el fondo de mi alma.

Muchos de los turistas que llegan a Pisagua terminan comiendo algo en la fuente de soda. Es que tampoco hay mucho más donde ir, por eso también el negocio es bueno. Desde tras el mostrador, los miro detenidamente sin entender qué atractivo le encontrarán a esta pequeña caleta. Lo empinado del camino que baja desde el desierto es, a mí entender, el mayor interés que se puede encontrar. En especial, cuando, desde las curvas, se divisa el inmenso océano que empuja al pequeño villorrio contra los cerros. Mirar a la gente me entretiene, ver como recorre el universo entero desde este rincón apartado del planeta.

Cada tanto me da también por recordar la primera vez que llegué a Pisagua, cuando todavía estaba en el Ejército y funcionaba, en los bodegones del puerto, el penal militar para subversivos. En esa época, también me gustaba mirar con calma a los detenidos que llegaban de distintos puntos del país. Desde mi sillón en la sala de guardia, los observaba tal como hoy miro a los turistas, intentando descubrir en sus ojos los misterios del alma. Se sabía que eran comunistas o socialistas, muchos de ellos terroristas, quizá uno de ellos era quien había matado a mi Teniente Altamirano. La primera reacción era ciertamente de odio. Sin embargo, no era propiamente un sentimiento hacia sus personas, más que eso, era contra los "enemigos". Quizás por lo mismo, yo percibía que en el fondo esto era una guerra y ellos, simplemente, estaban en la trinchera del frente. Lo que yo trataba de descubrir entonces, era el por qué se encontraban al otro lado, por qué nos disparaban con tanta furia. Cuando alguno de ellos era sentenciado a muerte, yo sentía que se estaba haciendo justicia. No obstante, al mismo tiempo, comprendía que de algún modo también era injusto. La vida los había colocado en el bando contrario, tal vez nunca les preguntaron si querían o no ser marxistas.

Esta afición mía de mirar hacia la profundidad de los ojos me ha permitido adquirir una especial capacidad para reconocer a la gente por su mirada y descubrir sus pensamientos con rapidez. De algún modo, me agrada hacerlo, me gusta el desafío de descubrir a la persona que se esconde tras cada rostro. Por eso, cuando vi entrar a ese forastero y sentarse ensimismado en la esquina, no pude sino tratar de captar su mirada. Primero, descubrí en ella una actitud extraña, mezcla de orgullo y tristeza, era algo así como una felicidad amarga, como la de quien tras mucha penuria descubre que al menos ha logrado vencer contra la muerte. Luego, me pareció reconocerlo. No lograba identificarlo, tan sólo sus ojos me permitían estar seguro que yo lo conocía desde hace mucho tiempo. Cuando la niña que atiende volvió al mostrador con el pedido del caballero, le pedí que empujara mi silla de ruedas hasta su mesa. Entonces lo miré con más detención, mientras él no atinaba a comprender lo que sucedía. Yo tampoco lograba aún encuadrar esa mirada en alguno de los episodios de mi vida.

- Usted estuvo aquí, ¿cierto?
- Varios meses, sufriendo muchos dolores en el cuerpo y en el alma.
- ¿Y por qué ha regresado?
- No lo sé, quizá necesitaba venir para poder seguir viviendo.
- ¿Veinte años ya?
- Un poco más, casi veinticinco...
- ¿Y valdrá la pena seguir atormentándose?
- La verdad es que no estoy seguro, sólo sé que quería volver.
- Hombre, acépteme un trago. Yo también soy de los que quieren sanar la herida.

 



Las obras publicadas en LOS NOVELES son propiedad intelectual de sus autores (C) 2002 LOS NOVELES Todos los derechos reservados.