Cierto
día la Muerte se cruzó con un sabio en medio
de los resultados de una masacre bélica. El Sabio
se había recluido y, por ser el único que
no había participado de la guerra, era también
el único sobreviviente.
Al
ver a la Muerte el Sabio se acercó y con simulado
tono de seguridad le dijo:
-Es notable la cantidad de personas que has venido a buscar
hoy.
La Muerte lo miró y sonrió como solamente
ella podía.
-¿Buscar? Yo sólo vine por una persona -contestó.
El
Sabio no logró entenderla, y de tanto pensar desesperadamente
por una respuesta su cabeza estalló.
La
Muerte, ya satisfecha, siguió su camino.
Ensayo
Muerte
no es sinónimo de
felicidad, pero vida puede
serlo de infelicidad.
Con el tiempo se había dado cuenta
de su incompetencia. Sólo pasaba por unos pocos
años la mayoría de edad y ya contaba con
fracasos en todos los ámbitos: en el amoroso, en
el amistoso, en el sexual, en el social, en el profesional.
No
tenía talento para ningún tipo de tarea
ni servía para llevar una vida relativamente feliz
formando una familia. A él le gustaba la música,
pero una y otra vez intentaba incursionar en ella obteniendo
malos resultados.
Ya
tenía una decisión tomada. Había
gastado sus últimos billetes y comprado un arma,
quería irse. Pero antes, como ya tenía planeado,
escribiría un mensaje para que si alguien notaba
su muerte, lo leyera.
Había
pensado mucho en este escrito. Él tenía
facilidad para la palabra y pronto logró una carta
de dos o tres hojas dirigida a la sociedad que lo rechazó
durante tanto tiempo.
Releyó
uno por uno los renglones y se sintió satisfecho.
De pronto, como si le cegase un rayo de luz, se dio cuenta
de algo; después de mucho tiempo lograba encontrar
un talento en su propia persona: sabía redactar
a la perfección.
Tenía
una esperanza. Tuvo un acto de inspiración y se
le ocurrió que esto, que era una dura confidencia
de imbecilidad y torpeza, podía convertirse en
un ensayo para un cuento. Ya no pensaba en matarse. La
posibilidad de ser alguien estaba frente a él.
Al
otro día recorrió editoriales para encontrar
alguna interesada en su trabajo. Estaba seguro de que
por fin sería reconocido; sin embargo, por enésima
vez fracasó.
Con
una nueva cruz sobre la espalda volvió a su casa.
Lo que había sido el ensayo de un cuento volvía
a ser una dura confesión de imbecilidad, de torpeza
y fracaso.
Ya
no pensaba en triunfar, la posibilidad de no ser nadie
estaba otra vez frente a él, y contra su cabeza.
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