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Dos historias


Leonardo Padula
Argentino
1984


Historia de un encuentro

 

Cierto día la Muerte se cruzó con un sabio en medio de los resultados de una masacre bélica. El Sabio se había recluido y, por ser el único que no había participado de la guerra, era también el único sobreviviente.

Al ver a la Muerte el Sabio se acercó y con simulado tono de seguridad le dijo:
-Es notable la cantidad de personas que has venido a buscar hoy.
La Muerte lo miró y sonrió como solamente ella podía.
-¿Buscar? Yo sólo vine por una persona -contestó.

El Sabio no logró entenderla, y de tanto pensar desesperadamente por una respuesta su cabeza estalló.

La Muerte, ya satisfecha, siguió su camino.

 

Ensayo

Muerte no es sinónimo de
felicidad, pero vida puede
serlo de infelicidad.



Con el tiempo se había dado cuenta de su incompetencia. Sólo pasaba por unos pocos años la mayoría de edad y ya contaba con fracasos en todos los ámbitos: en el amoroso, en el amistoso, en el sexual, en el social, en el profesional.

No tenía talento para ningún tipo de tarea ni servía para llevar una vida relativamente feliz formando una familia. A él le gustaba la música, pero una y otra vez intentaba incursionar en ella obteniendo malos resultados.

Ya tenía una decisión tomada. Había gastado sus últimos billetes y comprado un arma, quería irse. Pero antes, como ya tenía planeado, escribiría un mensaje para que si alguien notaba su muerte, lo leyera.

Había pensado mucho en este escrito. Él tenía facilidad para la palabra y pronto logró una carta de dos o tres hojas dirigida a la sociedad que lo rechazó durante tanto tiempo.

Releyó uno por uno los renglones y se sintió satisfecho. De pronto, como si le cegase un rayo de luz, se dio cuenta de algo; después de mucho tiempo lograba encontrar un talento en su propia persona: sabía redactar a la perfección.

Tenía una esperanza. Tuvo un acto de inspiración y se le ocurrió que esto, que era una dura confidencia de imbecilidad y torpeza, podía convertirse en un ensayo para un cuento. Ya no pensaba en matarse. La posibilidad de ser alguien estaba frente a él.

Al otro día recorrió editoriales para encontrar alguna interesada en su trabajo. Estaba seguro de que por fin sería reconocido; sin embargo, por enésima vez fracasó.

Con una nueva cruz sobre la espalda volvió a su casa. Lo que había sido el ensayo de un cuento volvía a ser una dura confesión de imbecilidad, de torpeza y fracaso.

Ya no pensaba en triunfar, la posibilidad de no ser nadie estaba otra vez frente a él, y contra su cabeza.

 



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