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El sacerdote de Osiris


Juan Antonio Molina
Español
1961


 

En la ciudad que nombran Acci, situada en tierras de bastetanos al oriente de Tartessos, un sacerdote de Isis, vestido de lino ceremonial, contemplaba en lontananza cromarse el cielo de escarlatín y añiles en la amanecida sobre los páramos de la hoya. El templo, somontano y escudaño, se preparaba para la celebración de los Misterios. El sacerdote, con todo su cuerpo recién rasurado, repasaba al fresco del nuevo día el enjundioso inventario de las joyas ofrecidas a Isis por una de sus devotas en esta ciudad: "Para la diadema de la diosa, seis perlas de dos variedades diferentes, dos esmeraldas, siete cilindros, un carbunclo, un jacinto, dos meteoritos. Para las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas. Un collar de treinta y seis perlas, más dos para los cierres. Para las piernas, dos esmeraldas y once cilindros. En las pulseras, ocho esmeraldas y ocho margaritas. Para el dedo meñique, dos anillos sembrados de diamantes. Para el dedo anular, un anillo engastado de esmeraldas y una perla. Para el dedo medio, un anillo engastado con esmeralda. Para las sandalias, ocho cilindros." Una jornada antes y durante el tiempo que durara la celebración de los Misterios, el sacerdote se había resignado a no ingerir legumbres, alimentos que proviniesen del cerdo o del cordero, así como todos los peces que habitan el mar. Tampoco bebería agua, tomando solamente vino de forma muy moderada. En el transcurso de la celebración de los Misterios algunas prácticas consistían en tomar entre las manos trozos delgados de madera y romperlos; también se machacaban pedazos pequeños de lino, acompañados dichos actos con frecuentes libaciones de vinos sagrados. El negro era el color sagrado y de este tono eran las divinas vestiduras de Isis, símbolo normal, ya que la diosa Isis, la Luna, resplandece en el firmamento rodeada por el ropaje de la noche. Por su parte, las vestiduras de Osiris no eran de ningún color. No tenían ni sombras en sus pliegues ni variedad. Eran de un color puro, el color de la luz, digna ropa para vestir a Osiris. Durante la ceremonia, el dios estaba representado por diversos símbolos, tales como un ojo, signo de la omnipresencia, un cetro, signo del poder absoluto, el cielo azul, signo de la grandiosidad de su dominio y un corazón rodeado de llamas, signo de la eternidad, de lo que no se consume. También se utilizaban, durante la ceremonia de los Misterios, algunos instrumentos musicales, instrumentos que desempeñaban un papel, no sólo de acompañamiento, sino también simbólico. El sistro era semejo a la flauta pastoril, con cuatro agujeros y construida en madera. La construcción y decoración de dicho instrumento eran emblemáticas. El hecho de tener cuatro agujeros, cuatro notas musicales, era debido a que simbolizaban los cuatro elementos con los que se había creado todo el Universo: agua, tierra, fuego y aire. Asimismo, en la madera, a lo largo de la tuba, estaba cincelado un gato con rostro humano, que representaba a la Luna. La diosa Isis y Nefti, divinidad de la muerte, también estaban talladas en la flauta, opuestas sus dos caras, simbolizando el nacimiento y la muerte. El rostro de las diosas estaba tallado arriba y abajo del sistro, queriendo significar también el principio y el fin. Entre ellas dos quedaban los cuatro elementos, el Universo, y la figura del gato.

El sacerdote, con la vista perdida en el horizonte desde donde el sol se desperezaba morosamente, recordaba sus días iniciáticos. Luego de pasar varios meses de meditación, instruido por un sacerdote, llegó por fin el momento en que, junto con otros aspirantes, debía ser presentado en el templo. El mismo sacerdote que lo había instruido fue el que le introdujo de la mano en el recinto sagrado, es decir, en el patio cubierto, ya que el patio descubierto, que era el primer recinto, no estaba considerado como tal. Otro sacerdote le recibió al mismo tiempo que sacaba de debajo de su túnica un pequeño libro en que se encontraba la descripción de los objetos sagrados que debían usarse en la ceremonia. A continuación fue introducido en una piscina o fuente reducida donde se bañó largamente para purificar todo aquello que de impuro tuviera su cuerpo. Luego de vestirse, fue llevado al Sancta Sanctorum, donde se postró a los pies de la diosa Isis. La misma diosa le reveló en breves instantes secretos augustos y elevados. Más tarde recibió la severa orden por parte del sacerdote que le recibió en el templo, para que durante diez días no probara agua, peces, ni carne de cordero o cerdo. Transcurrido este tiempo, en silenciosa meditación, dentro del recinto, en una de las celdas que los sacerdotes poseían junto al Sancta Sanctorum, y habiendo observado rigurosamente sus obligaciones, llegó el día en que había de comparecer ante la diosa. Entonces vio llegar gran cantidad de personas que le abrazaron y rodearon. Cada una de ellas le ofreció diversos regalos y presentes, según la antiquísima costumbre de esta ceremonia. A continuación, luego de describir emocionadamente el momento en que por su voluntad renunció a todos los lazos profanos que le ataban a su vida anterior, el sumo sacerdote le vistió con un amito blanco de lino y le condujo de la mano hasta el corazón del templo. El sacerdote de Acci recordaba cómo entre reflejos de lemanita y pulso lábil, alzándose sobre cíclopes, cinocéfalos e hipópodos, fue llevado hasta los confines de la muerte, tocó con sus manos la puerta de Nefti y regresó después de haber atravesado con su cuerpo los cuatros elementos que componen la materia. Sobre la medianoche contempló el sol, brillando con un fulgor extraordinario, estuvo en el cielo y en los infiernos y adoró a todas las divinidades. A la mañana siguiente fue presentado a toda la congregación en hábito de ceremonia, coronado de flores y vestido con una túnica primorosamente bordada. En su mano derecha portaba una antorcha encendida.

De aquellos días, tan pletóricos de emociones sobrenaturales, sólo quedaba un relampagueo inconexo, como destellos metálicos en una noche sin luna, que hacía de la línea entre la realidad y la ficción una marca imperceptible y cada vez más diluida. Conocía todos los secretos del universo, ningún conocimiento le era ajeno, hablaba con los dioses y, sin embargo, nada sabía de aquellas cosas que enjoyan la vida de los comunes mortales. Jamás se emborrachó en las acogedoras tabernas de la ciudad con el recio y ahumado vino griego, ni se engolosinó en convites, ni tuvo relación venérea con mujer alguna, ni supo de días de relajo y asueto. Era lo único que le ocultaba a sus compañeros y a los mismos dioses: su pasión por la vida sencilla y común que la mayoría de las gentes tenía como única. En la soledad de su celda hacía largo rato que sus pensamientos descuidaban las altas y profundas reflexiones de su condición sacerdotal para engolfarse en escenas vulgares que se le apetecían de lo más concupiscentes.

Aquella noche tomó alguna de las alhajas que una devota había entregado a Isis, se vistió con ropa de lana como solían los campesinos de aquellas tierras y se encaminó hacía la ciudad. El bullicio de la taberna le aturdió al principio pero, junto a los primeros tragos de vino, comenzó a sentir un especial arregosto por aquel especial ambiente. Luego de sentir un estado eufórico y muy agradable a causa de las libaciones dio cuenta de una pierna de cordero y sin tiempo de digerirla pidió una mujer para el solaz venéreo. Le pasaron a una modesta habitación donde una meretriz aguardaba sentada en un camastro, no era excesivamente bella pero al menos, pensó el sacerdote, era joven. La mujer se reía de la poca experiencia del servidor de Isis. Ella, que no salía nunca de aquella habitación, sentía auténtica lástima del parco conocimiento de la vida que tenía aquel hombre, sabedor de todos los secretos del universo y que, en los crepúsculos magros y plateados, le hablaba a los dioses mirándoles a los ojos.

 



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