En
la ciudad que nombran Acci, situada en tierras de bastetanos
al oriente de Tartessos, un sacerdote de Isis, vestido
de lino ceremonial, contemplaba en lontananza cromarse
el cielo de escarlatín y añiles en la amanecida
sobre los páramos de la hoya. El templo, somontano
y escudaño, se preparaba para la celebración
de los Misterios. El sacerdote, con todo su cuerpo recién
rasurado, repasaba al fresco del nuevo día el enjundioso
inventario de las joyas ofrecidas a Isis por una de sus
devotas en esta ciudad: "Para la diadema de la diosa,
seis perlas de dos variedades diferentes, dos esmeraldas,
siete cilindros, un carbunclo, un jacinto, dos meteoritos.
Para las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas. Un collar
de treinta y seis perlas, más dos para los cierres.
Para las piernas, dos esmeraldas y once cilindros. En
las pulseras, ocho esmeraldas y ocho margaritas. Para
el dedo meñique, dos anillos sembrados de diamantes.
Para el dedo anular, un anillo engastado de esmeraldas
y una perla. Para el dedo medio, un anillo engastado con
esmeralda. Para las sandalias, ocho cilindros." Una
jornada antes y durante el tiempo que durara la celebración
de los Misterios, el sacerdote se había resignado
a no ingerir legumbres, alimentos que proviniesen del
cerdo o del cordero, así como todos los peces que
habitan el mar. Tampoco bebería agua, tomando solamente
vino de forma muy moderada. En el transcurso de la celebración
de los Misterios algunas prácticas consistían
en tomar entre las manos trozos delgados de madera y romperlos;
también se machacaban pedazos pequeños de
lino, acompañados dichos actos con frecuentes libaciones
de vinos sagrados. El negro era el color sagrado y de
este tono eran las divinas vestiduras de Isis, símbolo
normal, ya que la diosa Isis, la Luna, resplandece en
el firmamento rodeada por el ropaje de la noche. Por su
parte, las vestiduras de Osiris no eran de ningún
color. No tenían ni sombras en sus pliegues ni
variedad. Eran de un color puro, el color de la luz, digna
ropa para vestir a Osiris. Durante la ceremonia, el dios
estaba representado por diversos símbolos, tales
como un ojo, signo de la omnipresencia, un cetro, signo
del poder absoluto, el cielo azul, signo de la grandiosidad
de su dominio y un corazón rodeado de llamas, signo
de la eternidad, de lo que no se consume. También
se utilizaban, durante la ceremonia de los Misterios,
algunos instrumentos musicales, instrumentos que desempeñaban
un papel, no sólo de acompañamiento, sino
también simbólico. El sistro era semejo
a la flauta pastoril, con cuatro agujeros y construida
en madera. La construcción y decoración
de dicho instrumento eran emblemáticas. El hecho
de tener cuatro agujeros, cuatro notas musicales, era
debido a que simbolizaban los cuatro elementos con los
que se había creado todo el Universo: agua, tierra,
fuego y aire. Asimismo, en la madera, a lo largo de la
tuba, estaba cincelado un gato con rostro humano, que
representaba a la Luna. La diosa Isis y Nefti, divinidad
de la muerte, también estaban talladas en la flauta,
opuestas sus dos caras, simbolizando el nacimiento y la
muerte. El rostro de las diosas estaba tallado arriba
y abajo del sistro, queriendo significar también
el principio y el fin. Entre ellas dos quedaban los cuatro
elementos, el Universo, y la figura del gato.
El
sacerdote, con la vista perdida en el horizonte desde
donde el sol se desperezaba morosamente, recordaba sus
días iniciáticos. Luego de pasar varios
meses de meditación, instruido por un sacerdote,
llegó por fin el momento en que, junto con otros
aspirantes, debía ser presentado en el templo.
El mismo sacerdote que lo había instruido fue el
que le introdujo de la mano en el recinto sagrado, es
decir, en el patio cubierto, ya que el patio descubierto,
que era el primer recinto, no estaba considerado como
tal. Otro sacerdote le recibió al mismo tiempo
que sacaba de debajo de su túnica un pequeño
libro en que se encontraba la descripción de los
objetos sagrados que debían usarse en la ceremonia.
A continuación fue introducido en una piscina o
fuente reducida donde se bañó largamente
para purificar todo aquello que de impuro tuviera su cuerpo.
Luego de vestirse, fue llevado al Sancta Sanctorum,
donde se postró a los pies de la diosa Isis. La
misma diosa le reveló en breves instantes secretos
augustos y elevados. Más tarde recibió la
severa orden por parte del sacerdote que le recibió
en el templo, para que durante diez días no probara
agua, peces, ni carne de cordero o cerdo. Transcurrido
este tiempo, en silenciosa meditación, dentro del
recinto, en una de las celdas que los sacerdotes poseían
junto al Sancta Sanctorum, y habiendo observado
rigurosamente sus obligaciones, llegó el día
en que había de comparecer ante la diosa. Entonces
vio llegar gran cantidad de personas que le abrazaron
y rodearon. Cada una de ellas le ofreció diversos
regalos y presentes, según la antiquísima
costumbre de esta ceremonia. A continuación, luego
de describir emocionadamente el momento en que por su
voluntad renunció a todos los lazos profanos que
le ataban a su vida anterior, el sumo sacerdote le vistió
con un amito blanco de lino y le condujo de la mano hasta
el corazón del templo. El sacerdote de Acci recordaba
cómo entre reflejos de lemanita y pulso lábil,
alzándose sobre cíclopes, cinocéfalos
e hipópodos, fue llevado hasta los confines de
la muerte, tocó con sus manos la puerta de Nefti
y regresó después de haber atravesado con
su cuerpo los cuatros elementos que componen la materia.
Sobre la medianoche contempló el sol, brillando
con un fulgor extraordinario, estuvo en el cielo y en
los infiernos y adoró a todas las divinidades.
A la mañana siguiente fue presentado a toda la
congregación en hábito de ceremonia, coronado
de flores y vestido con una túnica primorosamente
bordada. En su mano derecha portaba una antorcha encendida.
De
aquellos días, tan pletóricos de emociones
sobrenaturales, sólo quedaba un relampagueo inconexo,
como destellos metálicos en una noche sin luna,
que hacía de la línea entre la realidad
y la ficción una marca imperceptible y cada vez
más diluida. Conocía todos los secretos
del universo, ningún conocimiento le era ajeno,
hablaba con los dioses y, sin embargo, nada sabía
de aquellas cosas que enjoyan la vida de los comunes mortales.
Jamás se emborrachó en las acogedoras tabernas
de la ciudad con el recio y ahumado vino griego, ni se
engolosinó en convites, ni tuvo relación
venérea con mujer alguna, ni supo de días
de relajo y asueto. Era lo único que le ocultaba
a sus compañeros y a los mismos dioses: su pasión
por la vida sencilla y común que la mayoría
de las gentes tenía como única. En la soledad
de su celda hacía largo rato que sus pensamientos
descuidaban las altas y profundas reflexiones de su condición
sacerdotal para engolfarse en escenas vulgares que se
le apetecían de lo más concupiscentes.
Aquella
noche tomó alguna de las alhajas que una devota
había entregado a Isis, se vistió con ropa
de lana como solían los campesinos de aquellas
tierras y se encaminó hacía la ciudad. El
bullicio de la taberna le aturdió al principio
pero, junto a los primeros tragos de vino, comenzó
a sentir un especial arregosto por aquel especial ambiente.
Luego de sentir un estado eufórico y muy agradable
a causa de las libaciones dio cuenta de una pierna de
cordero y sin tiempo de digerirla pidió una mujer
para el solaz venéreo. Le pasaron a una modesta
habitación donde una meretriz aguardaba sentada
en un camastro, no era excesivamente bella pero al menos,
pensó el sacerdote, era joven. La mujer se reía
de la poca experiencia del servidor de Isis. Ella, que
no salía nunca de aquella habitación, sentía
auténtica lástima del parco conocimiento
de la vida que tenía aquel hombre, sabedor de todos
los secretos del universo y que, en los crepúsculos
magros y plateados, le hablaba a los dioses mirándoles
a los ojos.
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