Con
señas le indicó al soldado raso la maniobra
siguiente. Con sigilo y con el pulso firme tomó
el picaporte y suavemente lo giró. La puerta se
negaba a abrirse. Sin moverse giró los ojos en
dirección a su superior; éste lo miraba
fija y duramente como desaprobando su duda. Volvió
a concentrarse en el picaporte y esta vez con un poco
más de convicción lo giró hasta que
un ruido sordo se dejó escuchar desde el otro lado.
Los dos se petrificaron por instinto y así permanecieron
por unos segundos. El movimiento volvió a la escena
cuando rápidamente el soldado pasó su mano
por su frente para secar una gota de sudor helado. No
se atrevía a mirar a su sargento; sabía
que aquel tenía más miedo e inseguridades
que él. Quitó la mano del picaporte y esperó
una orden. El sargento había olvidado ejercer su
rango; en ese momento las jerarquías militares
sólo eran una cuestión nominal. El mismo
sargento sabía que sus nervios lo estaban traicionando
y que poco a poco su vida dependía de su soldado.
El subordinado comprendió el impulsivo ascenso
que su superior le había concedido y sin decir
palabra lo aceptó.
Aquí y ahora, 13 de Abril de 1987
Sabés
cómo odio comenzar las cartas:
Ayer mientras almorzaba viniste a mi mente por cuarta
vez en el día. Estoy harta de tu invasión,
de tu dominio, de tu yugo en mi diezmada facultad de razonar.
Aunque lentamente siento algunos elementos insurrectos
que comienzan a sumar fieles. Es el comienzo del fin.
No quiero darte más razones para que pienses que
cada vez estoy más lejos de la realidad que te
rodea, porque estoy más cerca de lo creés.
Sin embargo un impulso egoísta me ahoga y reclama
mi libertad. Me detengo y pienso que durante demasiado
tiempo tomé una posición equivocada ante
las cosas; entre esas cosas estas vos. Pero quiero que
mis palabras emanen un oscuro y angustiante halo de misterio...
Porque no hay nada, nada más amargo que la incertidumbre
y su consecuente sentimiento de impotencia, aquella que
ni con la más honesta resignación se logra
reducir y menos aún superar.
No más atardeceres negros y grises amaneceres;
no más lágrimas estériles; no más
lúgubres interpretaciones de mi vida; no más
de vos.
Odio mis contradicciones.
--------------------------------------------------------------------------------Y.S.Q.
Enderezó
su espalda y decidió perder unos instantes para
asegurarse de no dejar nada al azar. Su mirada recorrió
toda la superficie del suelo del pasillo y los embarrados
borceguíes de su jefe. Inmediatamente, y sin mediar
ningún aviso, empuñó su arma y disparó
a la cerradura. Pudo escuchar que el sargento soltó
un grito que se ahogó detrás del estruendo
del disparo. La puerta se abrió violentamente dejando
ver sólo oscuridad. En el momento siguiente ninguno
de los dos se atrevió a emitir un sonido. Sin estar
conciente de ello, el soldado se acercaba lentamente al
oscuro interior del cuarto. El sargento lo observaba absorto;
y aterrorizado, prefirió quedarse en el ámbar
resplandor de un foco que colgaba al otro extremo del
pasillo. Ante sus ojos vio que su soldado fue absorbido
por las oscuras fauces de la habitación.
En
ningún momento y en ningún lugar; 15 de
Abril de 1987
Sin
encabezamiento:
Si los muertos tuvieran algún servicio de correo,
quizá nuestra comunicación sería
más efectiva, más dinámica. ¿Pero
quién envía cartas a quién?
Y.S.Q.
El
sargento aguardaba en el pasillo apoyado contra la pared
para que sus temblores no lo tiraran al suelo. Estaba
pálido y parecía estar tolerando el peso
de un yunque en su espalda. Se secó el sudor de
sus manos en su pantalón. La culpa y la cobardía
hacían de azotes que flagelaban su mente. Era él
quien debía estar adentro de la habitación,
sin embargo, estaba en el pasillo aguardando que desde
adentro le arrojaran un cadáver.
Aquí y ahora; 18 de Abril de 1987
Kkjghlhñfhadsñfb:
Hay veces que me desespera el no poder influir sobre el
acontecer de las cosas. Es triste sorprenderse a una misma
esperando que tu incorpórea presencia se materialice
de alguna manera para calmar demandas y fantasías
pasadas. Sé que estás por ahí, no
sé donde, pero mi carne se pudre en la espera y
mi alma envejece. Es triste verme pasar las horas esperando
que tu figura se deje ver atravesando el umbral, y que
con tus palabras chorreantes de paz aquietes la intolerable
caldera de pasiones que bulle en mis adentros. A veces
puedo sentirte tan cerca que podría medir nuestra
distancia con una regla; pero no estás, ni aquí
ni ahora.
Y.S.Q.
En el dilema más terrible de su vida, el sargento
seguía paralizado mirando desde el pasillo el interior
de la habitación oscura. Su corazón golpeaba
su pecho de un modo grotesco a medida que perdía
el ritmo. Sentía que sus sentidos, sus contactos
con la realidad lo comenzaban a engañar. Pero antes
de desvanecerse logró oír el grito que lo
condenaría a la locura por el resto de su existencia.
Contagiado perpetuamente por el horror de ese alarido,
cayó inconsciente en el suelo.
No sé dónde ni cuándo; 21 de Abril
de 1987
No
sé si deba encabezar esta carta:
Ayer en mis recurrentes estados de lúgubre reflexión
que me absorben del mundo, caminaba por el barrio sin
rumbo y llegué a la plaza. Arrastrando mis pies
y viendo a la vida brillar arrogantemente a mi alrededor,
me senté en un banco sintiendo mi cuerpo derrotado.
Algunas nubes encapotaban la plaza y el Sol se mostraba
renuente a concederme su luz. Mi piel era la frontera
entre dos realidades antagónicas en ese momento.
Afuera luz, adentro lágrimas. Pero todo esto no
es nuevo para vos, no quiero aburrirte con mis repetitivos
discursos.
Lo cierto es que me encontré con él. Pensé
que ya había muerto hace años; no lo veía
desde que vos te fuiste. Está viejo y perdido.
Estaba sentado en una banqueta mirando a la nada y dejando
que las palomas se posaran sobre él como si fuera
una estatua. Estaba con su viejo uniforme gastado, desteñido
y mugriento. Debo confesar que se me congeló la
piel y que me hirvió la sangre en el momento que
lo reconocí, pero un fantasma interno hizo que
me quedara sentada y lo observara. Hablaba solo, murmuraba,
mejor dicho, y le faltaba un zapato. Su mente estaba profundamente
erosionada por la locura. Pensé en acercarme y
tomar venganza, pero me pareció que su realidad
es suficiente castigo. Vos sos la inextinguible llama
que quema su conciencia. Vos sos aquel que se perdió
en la oscuridad de esa habitación. Por su cobardía
hoy no estás conmigo. Hoy el viejo sargento está
pagando las consecuencias con creces y para siempre.
Y.S.Q
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