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Joyce

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Bioy Casares

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Paz Soldán

 

Sonia Scarabelli
Argentina
1968
sscarabelli@ciudad.com.ar

 

La niebla

 

Sólo nos queda languidecer, esperar y mirar en vano.
S.Weil

 

I


Si ella hubiese podido elegir el momento, todos hubiesen comenzado a las doce de la noche, esa hora en la que tanto encajaban los muertos como los vivos. Pero los ataques actuaban según unos designios que le eran por completo ajenos; rostro visible de la enfermedad que conquistaba una autonomía cada vez más furiosa, el ataque empezaba cuando quería.

Hacía tiempo que había perdido la esperanza de controlarlos, de obtener una tregua. En la época en que todavía eran sólo nocturnos, recordaba, le quedaba la ilusión de que se disiparan con la llegada de la mañana. Ahora, hasta eso había perdido. Más de una vez se despertaba en pleno día o en medio de la noche y sabía, con absoluta seguridad, que había olvidado respirar.

El cambio de ambiente no modificó en nada la situación. Hacía doce años que había dejado de vivir allí en forma permanente y durante ese tiempo había realizado algunas visitas esporádicas a la casa, llevada siempre por el único deseo de ver a su madre. Cuando ella aceptó mudarse a la ciudad, sus visitas cesaron definitivamente.

Ahora pensaba que hubiese podido pasar el resto de su vida en aquella casa, si no fuera por los recuerdos. El proceso de separación había sido lento y arduo. Había comenzado, quizás, con su hermana menor y había concluido con su padre. Podría decirse que un buen día descubrió que aquellas paredes se le habían tornado opresivas y decidió irse. Ahora esa historia le resultaba parte de un pasado muy lejano. Y la casa estaba en venta.

Puso atención. Un silencio denso y sin pesadumbre la rodeaba prolongándose como una ausencia. ¿Qué la había impulsado a quedarse allí los pocos días libres que restaban a sus vacaciones de invierno? Ya se sentía completamente despierta y dejó que la pregunta se retirara con la discreción de una fámula acostumbrada a cerrar con delicadeza las puertas de las habitaciones. Era mejor así. A santo de qué escarbar en las heridas. Recordó una frase del libro que había estado leyendo antes de viajar, decía que los años no son nada para los muertos ni para los que han asesinado lo que aman. Ignoraba por qué, pero aquel libro la había impresionado mucho.

A través de la ventana entraba una luz blanca, fosforescente, más heraldo del frío y la humedad que de la mañana y se difundía por todo el cuarto dejando al descubierto el vacío y la improvisación con que lo había restablecido del largo abandono. Tenía que levantarse y cerrar las cortinas.

Se frotó la piel irritada de la garganta. A un lado, las mantas de abrigo dibujaban una figura ausente puestas en un montón desordenado y del largo de un hombre. Junto con los primeros signos de agitación sintió que la invadía un profundo desaliento. Levantó la sábana: estaba empapada. Observó sus pies, blancos y helados como si hubiera dormido a la intemperie. Los movió de improviso, mientras el pecho se le hundía bruscamente, como si fuera a pegársele a la espalda. Entonces se sentó, y ladeó la cabeza con un gesto resignado, entreabriendo la boca y apoyando la mejilla contra el respaldo frío de la cama. Había que respirar. Para ella respirar era un trabajo.

II


A fin de cuentas, no eran más que cartas. Las cartas de un hombre joven y lleno de tristeza. Sólo a raíz de que él se había convertido en un escritor famoso, las habían reunido y publicado. Antes de devolver el libro, se había tomado el trabajo de copiar varias frases en un cuaderno. Una decía: "Pues sí, yo odio mucho al mundo y mi odio es constante. Quizá por esto el mundo me ha tratado mal y me ha hecho desafortunado". ¿El infortunio era un castigo?

"Lida", dijo la voz de su hermana, "abrí los ojos, abrí los ojos, ahora!". Entonces, ella abrió los ojos y vio, en efecto, a su hermana, en la misma inalterada apariencia de la última vez, cuando tenía unos ocho años, arrodillada a su lado, con las mejillas rojas y el cabello vuelto sobre la cara, mirándola desde arriba, con el mismo gesto perplejo de las criaturas cuando tratan de averiguar si un animal está muerto o sólo se hace el dormido. Sintió el silbido agudo de la disnea nacer de los estrechos desfiladeros de los bronquios y el movimiento esforzado del pecho liso bajo la tela del vestido. "Tranquila", le dijo entonces su hermana niña, "te estás ahogando". Después, sin dejar de observarla, se corrió el mechón de un castaño espeso que le tapaba la boca, y preguntó con voz infantil: "¿Cuántos años tenés?". "Cuarenta", contestó Lida. "¿Cuarenta?". "Sí". "Debés estar muy cansada. Dormí".

Se despertó llorando de aquel sueño. Una fatiga enorme se había apoderado de su cuerpo. ¿No era cierto que los sueños podían ser algo terrible? Podían llegar hasta lugares remotos y traernos imágenes perdidas. El rostro fresco y nítido de la hermana muerta en la niñez, por ejemplo. Percibió el frescor de la madera en la mejilla izquierda y un dolor creciente en el cuello debido a la posición forzada en la que la había tomado el adormecimiento. Se sentía pesada y lenta como esas grandes tortugas que habitan en el fondo de los mares tropicales y a las que un tifón apenas si consigue mover, hasta que llegan a confundirse con una piedra más en el paisaje oscuro y abismado. Se levantaría y comería algo, sin embargo, y correría las cortinas. A pesar de que la luz permanecía inalterable e irritante, reconoció el avance de la tarde.

Afuera, el paisaje habitual se ofrecía incompleto. La niebla había llegado para quedarse y desde hacía una semana sólo eso era el mundo, un resplandor cerrado, una voracidad acuosa e inmutable que tragaba colores y lejanía. Si algo creciera allí, bajo la niebla, arbusto o animal permanecerían siempre invisibles para sus ojos cansados; daría igual que no hubiesen existido nunca.

Tal vez, pensó, les hubiese convenido plantar palmeras, como las que solían verse en las plazas de los pueblos, mojones de una urbanidad más imaginaria que probable. Pero a santo de qué pedir signos a aquellas latitudes abstractas como líneas. No tenía caso. Y los dos grandes eucaliptos, confinados en el patio trasero, ya eran más bien como la niebla y la llanura, tan parte de la tierra, que casi se habían vuelto invisibles. Los eucaliptos son tan altos que uno los olvida.

En aquellos parajes, según alguien había dejado escrito, hasta los días pasaban sin saberles el nombre, tanto más las horas, unificadas por la continuidad equívoca del cielo, fijo en una especie de vibración rosada desde la caída de la tarde hasta el próximo despunte del alba.

Comprendió que era un tiempo incapaz de llevarse nada: licuado en la atmósfera, formaba con la planicie una sola sustancia monstruosa. Se entendía que allí los recuerdos durasen tanto. Se entendía que para olvidar, hiciera falta irse. Entonces, como alguien que, de pronto, al ver voltearse una carta boca arriba la reconoce como si la hubiera adivinado, recordó el otro sueño.

"Y ésta", dijo él, "era mi abuela, y éste mi abuelo, y estos de aquí tus tíos y éste soy yo". Las imágenes en blanco y negro sobre la cartulina ajada aparecían borrosas. Él quedó suspenso unos segundos. Después la miró. La miró con unos ojos acuosos e indefinidos, comidos por una nostalgia tan honda y sentimental, que ella misma se sentía traspasada por aquellos recuerdos como si fueran suyos. De pie frente a la ventana de la habitación, cortando la luz como una sombra imprevista y querida, él alargaba su mano como si intentara apremiarla a observar también ella la foto. "¿Éste tan lindo sos vos, papá?", decía entonces Lida, señalando, sólo por complacerlo, un punto incierto en el retrato difuso. "Sí", confirmaba él, sonriendo. "Dame un beso, hija", le decía después. Y cuando ella se acercaba para abrazarlo, se había ido.

A ese último recuerdo le seguía el vacío, amplificado como una luz distante en la noche neblinosa.

III


Había algo sentencioso en aquellas cartas, algo que tenía la fuerza de una revelación, pensó. Por eso se grababan a fuego, como las cosas que nos duelen. "Porque yo iba por el camino donde es necesario endurecerse para soportar las cosas. Por el camino que no va a ninguna parte", decía él. Y ella avalaba esas palabras, pues conocía que a veces el dolor llega a ser tal, que se siente como si a uno lo quemaran por dentro, hasta hacerlo diluirse en aquel calor y quedar convertido en algo informe y sin destino. Decidió, no obstante, cambiarse la conversación, como quien ejecuta una vieja costumbre.

Le hubiera gustado dar un paseo, pero no se animaba a salir. Si uno miraba hacia afuera, lo primero que pensaba, era que el mundo estaba muerto; no dormido ni en reposo, sino muerto. Sólo después de quedarse un buen rato frente a la ventana, con las cortinas casi completamente cerradas -que moderaban la luz del cuarto envolviéndolo en una penumbra compasiva- la generalidad de la llanura le hacía pensar en una tierra dormida. Entonces se le despertaba un miedo, o una envidia de todo lo que parecía idéntico a sí mismo, todo lo que vivía en paz sin contemplarse. Ella, nunca podría. Comparada con su situación presente, aquella vida propia que tenían allí las cosas, horizontales e inmóviles, le producía el efecto de una conspiración. Apenas si encontraba algún consuelo en verse como la figura anónima de quien vela, silenciosa, el sueño de un enfermo; la figura sentada, contenida en la sombra de su paciente anonimato, velándose a sí misma.

Desde chica había conocido ese miedo: el miedo de morir. Ahora le parecía que aquel paisaje lo ilustraba como una estampa. En la muerte veía una especie de traición, pero una traición doble, la que los vivos le hacían a los muertos y la que los muertos le hacían a los vivos. Era algo que la llenaba de incertidumbre. La seguridad, entonces, sólo podía llegar como un desmayo, un estado breve y sin alarma, que interrumpía por un instante la visión detrás de los cristales.

Había desviado la mirada y se sorprendió observando con curiosidad el mueble de la cómoda, que les llegó heredado de su abuela, y que su padre, personalmente, había lijado hasta dejar del color natural de la madera. Se preguntó si de algún modo su padre estaba allí, en aquella tarea. Él siempre había sido un hombre laborioso que veía todo desde la óptica del sacrificio, del esfuerzo y el premio. Cuando su hermanita murió de una forma tan inesperada, tan horriblemente accidental que helaba la sangre, atropellada en la ruta, anónima, él tomó sobre sí todo el peso de aquella desgracia. No sólo su parte, sino también la de su madre y la de ella. Él tomó ese dolor, lo cargó y lo llevó lejos, a un lugar que él solo sabía, a un lugar donde no pudieran verlo, y lo tapó con un amor terrible, inmenso, que casi provocaba espanto de tan fuerte. El nacimiento de otro hijo había sido su premio. Ella, en cambio, nunca pudo entender que la felicidad fuera un trabajo. Peor aún, le daba rabia. Le daba rabia pensar que su padre, quizás, había tenido razón.

Quiso ocupar la mente en otra cosa. Uno tras otro detuvo su mirada en los objetos que deberían serle familiares, intentando arrancarles una imagen que sirviera de desvío, pero fue inútil. Así que una vez más, levantó la cabeza y se quedó mirando el aire.

De pronto parecía como si la niebla se hubiera metido también en la casa, enturbiando lo último que podía quedar allí de propio y cotidiano, envolviéndolo todo en una apariencia extraña y distante.

Había vivido tanto tiempo en otros lugares que tenía la impresión de que algo en su memoria se encontraba borrado para siempre. Sus mudanzas continuas y anárquicas, vistas desde la obstinada fijeza de aquella casa, se le aparecían ahora como las vueltas desesperadas de las hormigas que extravían el camino de regreso. Sintió que algo semejante sucedía en su interior. Era como si la agitación de los últimos años le hubiese hecho nido dentro del cuerpo, arrastrándola en su propia deriva. Al contrario de su padre, ella se había abandonado. Para defenderse de la vida, la rechazó de la forma más completa que conocía: olvidando. Rechazar la memoria era un modo de rechazar la existencia, y rechazar la existencia era, en última instancia, como rechazar la muerte. Sólo que ahora veía que nada se deja gratuitamente. Ella había aprendido a fondo las lecciones de la privación pero ignoraba en qué la habían convertido. Al llegar a ese punto, le pareció que la llanura, como si pudiera leerle los pensamientos, se revolvía en su lecho gozoso de inmensidad, donde cualquier arbusto duraba más que un hombre.

IV


Claro que los había querido. A todos. Los quería aún. Pero no podía recordar, no podía recordar por más que se esforzaba, que se los hubiera dicho. "Y créeme, no dudé nunca de tu corazón. Eran mis pensamientos los que me llevaban y me traían de un lado a otro por puros campos de tristeza", decía otra de las cartas.

Fue hasta el extremo de la habitación, donde el viejo armario vacío bamboleaba su sombra inocente y palpó con la mano el interruptor medio oculto detrás del mueble. Valía la pena intentar, por última vez, encender la lámpara que pendía del techo y mejorar la iluminación que ofrecía el modesto velador de noche. Otra vez, no tuvo suerte. Mientras tanto, la luz exterior había decaído para entrar nuevamente en la vibración amoratada y cotidiana de aquel extraño cielo de agosto.

Recordó, en cambio, que acordar vender la casa y decidir pasar unos días en ella fue todo uno. Lo consideró íntimamente como la culminación de una despedida que había estado sujeta a una larga postergación. Declinó escarbar en los porqués. Antes de partir había telefoneado al hermano, avisándole que se quedaría hasta el domingo, y que, entonces, si así lo quería, podría ir a buscarla. Temía, en el fondo, la reacción de su madre, y le pidió que guardara el secreto, valiéndose de un tono que quiso autoritario. Mientras reconstruía la conversación, se reprochó internamente su cobardía. Es que, como siempre, había necesitado inventar una excusa.

Ahora, sobre el desorden de la cama, su excusa reposaba corporizada en una pila de papeles ignotos. Se mezclaban allí impuestos viejos, en su mayor parte desechables, con tres o cuatro billetes fuera de circulación, unas cuantas fotos que la humedad del ambiente había convertido en manchas blancuzcas y por último, un par de cartas de pésame firmadas por un desconocido. Que las dos se iniciaran con la misma fórmula, apenas si llamó su atención. "Pésame dirigirme a Ud. tras la triste noticia del fallecimiento de su hija, y en este momento de dolor..." y la otra, "Pésame dirigirme a Ud. tras la triste noticia del fallecimiento de su esposo y en este momento de dolor...", etc., etc. Sin saña imaginó al remitente dictando el texto de las misivas a una secretaria agrisada por el hábito, en una oficina casi tan vacía como aquella cortesía funeraria, y por lo que ambas habrían sido justamente olvidadas.

Eran cosas inútiles, descolocadas, como esas olas pequeñas que delatan el mar de fondo. Por un momento, la situación llegó a parecerle hasta divertida, casi como si la sorprendieran en una travesura; aquello no duró mucho, sin embargo. Consideró el inútil patetismo del montón de papeles y la consecuente mirada fija de su hermano, que quizás el mismo día siguiente, estaría escudriñándola, levantando capa por capa de excusas, intentando, a pesar de su apatía, sorprender un asomo de correspondencia a su amor que sentía ignorado. Él también, pensó, creía que la felicidad era un trabajo.

Esa última afirmación le ensombreció el ánimo, como si de pronto se hubiese levantado una barrera. Más de una vez había tenido la impresión de que entre ellos algo permanecía oscuro e irresuelto. De algún modo y por motivos que ella sinceramente ignoraba, habían tomado bandos distintos. Pero ¿cuáles eran esos bandos? Tampoco podía decirlo, sólo lo sabía. Por empezar, él se había quedado.

Quizás fuera así siempre. Quizás eso sucediera con todos los hermanos. Sobre todo con los que se separaban demasiado pronto. Se creaba un equívoco. Recordó la parábola del hijo pródigo, donde también había un equívoco, de suerte que uno terminaba olvidando que el pródigo lo era porque había malgastado su herencia, para concentrarse sólo en que había vuelto y había sido recibido con amor y preferido por el padre. Los que se habían quedado no podían entender. Hay algo que se pierde lejos del hogar paterno, pensó, algo tan indescifrable como el deseo de sentarse detrás de la ventana a imitar el silencio.

¿Pero qué hubiera pasado, se le ocurrió preguntarse entonces, si el padre del hijo pródigo se hubiera muerto antes? Mientras encendía un cigarrillo y el silbido de la disnea se imponía poco a poco en el ambiente cerrado, volvieron nítidas a su memoria las imágenes de los sueños recientes. Una especie de sollozo obstruyó por un momento la sibilación aguda y regular. En ese momento, hubiese deseado abrir los brazos como un Cristo, en pura compasión. Sólo que en ella la compasión era un ahogo. Apagó el cigarrillo sin poder darle otra pitada. Algo dentro de su cabeza caía sin estruendo, con una tristeza de película muda. Se sintió desarmada. Su padre y su hermana muertos, por un lado, y su hermano y su madre vivos, por el otro, se le aparecían, de pronto, en la forma de las orilla opuestas de un mismo río; en el centro de la corriente, la barca crujiente y frágil de su cuerpo se balanceaba, indecisa.


V


Sobre todo, la había impresionado, en aquel libro, el tono irreversible, desolado, que apenas si lograban quebrar, aquí y allá, violentos arranques de ternura. Ese tono entraba en un profundo contraste con los deseos puestos de manifiesto por las palabras: en el fondo, ser uno más.

"Así hasta que crecí. Después nada. Nadie. La pura soledad. Y la soledad es una cosa que se llega a querer del mismo modo como se quiere a una persona", decía una frase que había copiado.

Trató de concentrarse nuevamente en el paisaje, que, entonces le pareció, tenía la propiedad de ir siempre un paso adelante de sus temores, siempre más incierto, más ancho, más vacío que cualquier cosa que ella pudiera imaginar. El cielo continuaba rojizo, convirtiendo apenas en un matiz de resplandor la diferencia entre el día y la noche; se diría que allí, en esa luminosidad indefinida, vivían las tormentas. Sin embargo, el cielo, ocurriese lo que ocurriese, seguiría preso en los límites de su infinitud. La niebla, en cambio, podía crecer, crecer en sí, como la desolación de una naturaleza inhospitalaria y lúgubre. ¿Cuántas veces la había visto formarse después de que el sol brillara durante varias horas? Nadie sabía si subiendo de la tierra o llegando desde dónde, pero una vez surgida, se afirmaba intangible sobre el terreno y lo presionaba, como una tormenta que se cerniera a la altura de un hombre. Allí, a campo abierto, la niebla actuaba con esa especie de celeridad de quien se conoce a fondo. Era capaz, pensó, de lograr en unas horas lo que a un ser humano le puede llevar toda una vida.

La habitación, a causa del cigarrillo mal apagado, se había llenado de una especie de bruma y aquello acentuaba la impresión de continuidad entre el exterior y el interior, como si una barrera necesaria hubiese sido burlada y ahora ninguna de las dos partes supiera muy bien qué hacer. Mientras entreabría la puerta de la habitación para renovar el aire, sintió cómo su pecho se ocluía entre reclamos y estertores.

Una bocanada de frío húmedo penetró el cuarto, llegando desde el resto de la casa. La decisión que la había devuelto allí se presentaba ahora a su conciencia como el producto de una lista interminable de actos fingidos. Una sucesión de espejismos entre los que había perdido el rastro de los otros y aún su propio rastro, pues había vivido como absorta en la contemplación de un hecho futuro. Era esa presbicia temporal la que le había otorgado una visión clara y ostentosa del porvenir, donde sólo se había de enseñorear la muerte, estrechándole, por el contrario, la percepción de otros bienes más modestos y próximos.

Comprendió que ya no tenía caso temer el poder alucinatorio de los grandes espacios vacíos. Allí, donde la ilusión óptica ensayaba su verdad dentro del mundo, la enfermedad real de la llanura era, sin duda, la soledad. Se concebía entonces, cuán fantasmal podía volverse alguien para sí mismo en aquellas latitudes. En esa relación asimétrica entre el punto y el plano, la vida resultaba más que nunca algo puramente accidental, el desvío sorpresivo de un suceso cósmico, que tarde o temprano debería volver a diluirse en la continuidad sin nombre. Como cuando la niebla permitía tomar forma a un cuerpo con el solo propósito de hacerlo desaparecer.

En contravención directa al orden de sus reflexiones, deseó, sin embargo, poder esperar algo. Siempre pasaba lo mismo, siempre estaba el deseo mediando la pobreza de las verdades humanas. Ellas, lo intuía, se dejaban atrapar sólo a las cansadas por la ilusión del cogito, con el único fin de revelarle la existencia de otras realidades, aún más insondables y lejanas.

Al igual que en aquellos parajes, en el mundo no menos inmaterial de las ideas, el horizonte se trastocaba en indicio del cerco y el alma se sentía doblemente rodeada por el linde abstracto, siempre moviéndose a una distancia incalculable. Entonces se advertía lo absurdo que era intentar reflejarse de cualquier modo en aquel espacio, de cualidades tan vastas e imperecederas como ninguna criatura podría esperar jamás para sí misma.

No era sino hasta ahora que la realidad de su situación se le aparecía bajo una luz nueva e intensa. Había fingido mucho y estaba sola: era el miedo lo que la había hecho amurallarse, fuerte como una superstición, pero eso no significaba que aquel regreso careciera de sentido. Sí tenía un objeto haber vuelto, una razón de ser más poderosa que aquella enfermedad que la estaba minando, sólo que no lograba recordarla.

Sintió deseos de probar nuevamente a encender la lámpara grande. De pronto, le resultaba natural tener ganas de ver retirarse aquella penumbra hacia el reducto exterior del llano; alejarla de la casa, oponerle una resistencia que hasta allí había considerado utópica.

Se asomó resueltamente a la ventana, tratando de descubrir aunque fuera sólo a la distancia, algún signo de movimiento. Sin embargo, con esa niebla cubriéndolo todo, se llegaba a temer que fuera más probable encontrarse a los muertos que a los vivos, por lo fantasmal, quizás, o por lo triste. Ante la posibilidad de que aquella impresión adquiriera una forma definida, volvió a alejarse de la ventana, que recuperó entonces su proporción material respecto de la casa. Afuera, sujeto a los códigos inflexibles de la llanura, el centro de la gravedad terrestre parecía haberse diluido en un punto flotante en el espacio.


VI


Sopesó la naturaleza de sus consideraciones y lamentó que aún quedara casi toda la noche por delante. Pensó dormirse. Necesitaba ahuyentar una creciente sensación, mezcla de temor y enojo, que, en irrefrenable torbellino, subía ahora, con nueva fuerza, por su pecho. Reconocía en aquellos eventos los signos de la vieja dolencia. Eran celos. Un último fragmento de las cartas vino a su memoria: "Sabes, decía, tengo una mirada de odio. Yo ahora casi no odio a nadie; pero allí está la mirada. Es una mirada hacia arriba, odiando algo. Y eso es lo que yo no admito: salir con los ojos furibundos".

Cuando ella se había ido de la casa, había sido simplemente porque no podía soportar la ausencia de su padre. Sin que pudiera explicar cómo, una rigidez extraña, un remedo de la muerte física de aquel hombre, se había hecho plena y dolorosamente sensible para ella en cada lugar de la casa. Le bastaba entrar a cualquier habitación para sentir inmediatamente cómo empezaba a enfriarse hasta quedar vacía de aire. Entonces tenía que salir corriendo hasta la puerta que daba al patio trasero, y allí, bajo los eucaliptos, se quedaba jadeando, reducida al puro cuerpo, temiendo no alcanzar a reponer a sus pulmones la cantidad de oxígeno necesaria para seguir con vida.

Al principio no se alarmó mucho, considerando la situación por la que pasaban. Ella, su madre y su hermano se hallaban igualmente debilitados por la tristeza; caer enfermo era algo que podía suceder cuando las personas sufrían una pena muy grande. Los antecedentes familiares en materia de alergias, por otra parte, favorecían la suposición de que no se trataba más que de una crisis pasajera, producto de un largo período de esfuerzo físico y anímico. Para empezar se valieron de los clásicos remedios caseros contra las dificultades respiratorias: vahos; frasquitos con yodo en las habitaciones para enriquecer el aire; y cataplasmas de lino, cuando el catarro se volvía incontrolable. Para las cataplasmas su madre calentaba unas bolsitas de tela rellenas de afrechillo y se las ponía sobre el pecho desnudo. Cierta vez, tratando de darse aquel tratamiento por su cuenta, se había quemado. Aún podían verse las cicatrices, brotando entre los senos como pequeñas inflorescencias rosadas. Luego de ese día, la madre le prohibió las cataplasmas. Tuvo que conformarse con los vahos, y, después que hubieron cerrado las heridas de las quemaduras, las fricciones con linimento blanco.

Transcurridos los meses, empezó a sospechar que el malestar se había vuelto crónico. Al hacer un par de comentarios a su hermano él sólo se había preocupado por el efecto que sus palabras causarían en la madre. Atravesada por aquella reacción más que si hubiera recibido un reproche directo, recurrió a su madre. No recordaba qué había dicho con exactitud, quizás no más que lo que pensaba: tenía miedo de morirse. Pero sin darle tiempo a nada, la madre se había puesto a llorar desconsoladamente. Justo en ese momento, su hermano entraba en la cocina. La luz que se filtraba a través del hueco de la puerta, no le dejó ver más que la silueta oscura y alta, con la cabeza hundida entre los hombros. Sintió vergüenza y rabia a la vez, y a los pocos días decidió mudarse. De allí en más, sólo había vuelto de visita.

Llevaba una vida solitaria en la ciudad. Para amar, creía ella, era necesario tener buenos pulmones. Hacia los últimos años, las personas que veía eran principalmente médicos. Parte de sus ingresos los obtenía llevando la contabilidad de varios comercios. Era un trabajo que podía hacer en su casa, y además gozaba de una renta modesta pero segura. El administrador de lo que el padre había dejado era su hermano.

Cuando ella iba de visita comían los tres juntos. Casi no hablaban. Después del café, se levantaba, le daba un beso a cada uno y volvía a marcharse, con tanto silencio que parecía como si temiera despertarlos de un sueño: un sueño que sólo ellos dos conocían. Con cada encuentro la escena se repetía casi sin variantes. En el colectivo de vuelta, pensaba. Ella era un mundo; la madre otro; el hermano otro. Durante el breve momento del almuerzo familiar permanecían vagamente unidos, pero cumplido el ritual, volvían a separarse y a dividirse como pueblos dispersos en un territorio incalculablemente amplio e incierto. Ya no se conocían entre sí, y quizás ya no se conocieran a sí mismos. Pero ese, en todo caso, era el secreto que compartían los tres por igual.

Ni su madre ni su hermano habían visitado jamás su casa. Sabían, a lo sumo, que estaba llena de libros, libros y papeles, libros con palabras y papeles con números.

Se adormecía. Si en ese momento alguien le hubiese preguntado cómo se sentía, ella hubiese respondido, brevemente, que la oscuridad la había alcanzado en el camino. Un lento jadeo, acompañado por la sibilación aguda de las crisis más violentas, comenzó a avivar el silencio como un agüero. Despertó de golpe, en la habitación vacía de aire. Sentía aflorar el antiguo dolor envuelto en una cáscara brillante, dura e incorruptible que resplandecía ante sus ojos como una alucinación, con el brillo absoluto de lo imperecedero. Miraba, por fin, el interior extremo de sí misma, separado en porciones insondables. Allí su vida se le presentaba como un liso tablero de ajedrez, en cuyos cuadros negros se intercalaba la muerte, rítmica y segura de ser, en última instancia, la verdadera antagonista de toda partida.

Empezó a sentir la presión de un abrazo fatal a la altura de los pulmones. Permanecía un momento en calma, conteniendo la respiración, hasta que los dolores volvían con más fuerza, tallando en la carne su sinfonía tempestuosa. Conservaba el aire persiguiendo una duración inútil, sintiendo que abandonaba contra su voluntad ese mundo dividido en dos bandos. El bando de los que, como su padre, veían la muerte como un hecho de la vida, y los que, como ella, sólo podían dejarla para más adelante. Resistía el corazón, resistía todo, pero el cuerpo se iba. Ella decía "morir", pero morir era irse, como el humo con el viento: un soplo. Eso era todo: salir. Aligerarse y salir. Así, de esa manera. Alma errante, suave. ¿Qué era lo más pesado? El odio. Ahora se daba cuenta. Era el odio que por su peso se volvía odio de lo alto, odio nacido de un efecto de gravitación contraria, sin encono. Entonces lo dejó salir y al mismo tiempo soltó el aire.

Al partir el alma, decían, se levantaba del cuerpo como una niebla, como una nubecita, ni gris ni blanca, incolora, translúcida. Una evaporación apenas, bajo la luz benigna y tibia de la mañana.

 

 

 

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