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Héctor
Lisonje
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Español
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1981
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Alfiler
de luna
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Un hombre cualquiera, de lo más normal, que participe de la más elemental de las vulgaridades y hasta de las carencias, puede obtener el privilegio de los dioses: el culto y la muerte, el ser adorado y superado. A Esteban Sánchez, el mestizo, lo echaron del trabajo por negligencia. Era conductor de ambulancias, un aburrido y ambidiestro conductor de ambulancia que tuvo un accidente grave por un descuido insignificante, sólo que se le ocurrió pensar en la muerte mientras negociaba, a toda velocidad de sirena y urgencia, una curva de herradura. El paciente que trasladaba murió en el acto, masacrado junto a los amasijos de la camilla, hierros divididos en la garganta como deslumbrantes alfileres de luna, muy rígido junto al portón deformado. Él salió sorprendentemente ileso, pero el despido fue inapelable. Después de ese hecho, que no le causó el menor remordimiento, y tras comparecer en juicio y ser declarado absuelto, prefirió no buscar otro sueldo y se dejó caer en desgracia con toda la alevosía. Con lo que había ahorrado, le bastaría para cubrir las necesidades primarias de dos meses, y así dar rienda suelta a la depresión y al decaimiento. Porque aparte de desempleado y cuarentón, Esteban se regía independiente y resuelto en la condición de soltero definitivo, sin esperanzas de encontrar compañía. Su nariz prominente, sus ojos agazapados en las cuencas profundas y enigmáticas, quizá celosas de un secreto o quizá simplemente vacías, su cerviz encorvada de arpa vieja y polvorienta de desván, el inmundo olor de su chaqueta de pringues y transpiraciones, la expresión de su cara, imposible de rescatar de la pesadumbre y el apocamiento, lo hacían poco atractivo a las mujeres. Su carácter tampoco contribuía a mejorar su carta de presentación, sus limitadísimas credenciales de conquistador: era despistado y arisco, tímido y malhumorado, de modo que no se podía entablar con él ni conversaciones divertidas ni emocionantes. Su tono habitual era el de la mesura y la rutina a la que amaba, el abatimiento de la emoción y las sorpresas; su concepción del mundo y de la sociedad, misántropo y desesperanzado. No creía en los cambios ni en la bondad humana, no creía en las utopías ni en las revoluciones. Era uno de esos hombres que hacían de su devenir un simulacro de omisiones y ceños fruncidos, malas respuestas y silencios, ficción de años conduciendo heridos hasta los sanatorios, siendo él el realmente herido. Desubicado en el mundo, apabullado de tanta gente aparentemente feliz alrededor, buscó su lugar sin pasión, con el dudoso vigor del que vigila y acosa a una jugosa presa siendo vegetariano y sabiendo que no va a ser capaz de degustarla sino entre lágrimas de dolor. Llevaba el paso cambiado, el dos en el tres, y ese desfase le abocaba a llegar siempre tarde, siempre con el casi en la maleta. Por otra parte, nunca había ejercido el arte de la seducción, el rumor insistente del cortejo. Y solo estaba. Un hombre solo debe saber cohabitar junto a su sombra y a sus silencios, un hombre solo debe saber soportar el sonido monótono de su propio respirar y el tibio progresar de sus pensamientos, reparando en ellos uno a uno de forma insufrible; un hombre solo debe aprender a no pensar, a ser una piedra, fuerte y resistente, vacía. En esas se veía ahora, implicado en casa, en unas circunstancias de aislamiento y rechazo poco o nada confortables, aunque en el fondo, constituían la exacta consagración de sus actitudes. En realidad, no era rechazo en sentido estricto, en el sentido de expresión de una actividad, lo que lo postraba en la soledad de penumbras y silencio, sino indiferencia, una especie de repulsión pasiva, tácita, forzosa. De ese repudio unánime de sus ex compañeros de trabajo y sus pocos amigos, extrajo el respaldo suficiente para eludir la obsesión del suicidio, que alguna vez le había rondado la mente con áspera vehemencia de revólver y soga, y lograr sostenerse en esa pleamar de abandono. Sus orondas hechuras diseminadas sobre el colchón sin sábana ni cobertor, reflejadas apáticamente en un espejo que pendía vacilante y pendular de una alcayata frágil sobre la pared de cal y cemento, le inculcaron la idea, o más bien la conciencia de realidad, de que era un ser de otro tiempo, un sujeto en el que confluían muy distintas nociones de entes, muy distintas naturalezas, muchos y muy variados hombres, porque verificó que cada día se parecía menos al prejuicio que tenía de sí mismo. Se incorporó y se asomó hasta apreciar la reverberación frontal del rostro encuadrado en el marco ocre: se halló desfigurado y triste, irreconocible. En esa vicisitud, tenía dos opciones: rehacer la compostura del rostro apurando sus escasas energías en el esfuerzo descomunal gracias al cual se puede fingir alegría en mitad de la tragedia cotidiana o destrozar el espejo de un puñetazo. El impacto de su puño ensangrentado, fracturó el espejo en miles de añicos que se esparcieron en una pulverización colosal que se expandió, con sordo rumor de cámara lenta, por toda la pieza. Un manto de diamantes cubría el suelo junto a sus pies descalzos. Luego miró con descaro y osadía la ventana y el salto al vacío como la asequible y quimérica desembocadura del laberinto hacia la luz y la calma. Lloraba porque se apercibía que comenzaba a desquiciarse y no poseía el valor suficiente para emprender el trance del suicidio. A partir de esa noche, el caos irreparable. Comía desordenada y compulsivamente, no siempre comida y no siempre por la boca, en ocasiones ingería entre estertores a través de los ojos y las uñas, en ocasiones directamente abriendo el vientre e introduciéndolo con su propia mano en el estómago para evitarse los tragos amargos de los alimentos descompuestos, todo era posible porque habitaba entre el delirio y el vértigo, sombras desiguales y acompasadas se ceñían sobre su figura escurridiza, sobre su yo que negaba el tiempo y el presente. Para ese entonces, ya había plagado de imágenes todas las paredes de la vivienda, desde el vestíbulo hasta la cocina, de una punta a otra, plenamente. Incapaz de ocupar su soledad, resolvió ocupar las paredes. Ese era el último remedio con el que aplacar la soledad, la fiebre y la mugre que subyace a toda corrupción. De esa manera, mantenía fresca en el recuerdo la estructura de la realidad fuera de los insuperables muros de su encierro, se consolaba en los paisajes que admiraba con inflexible anhelo: ilustraciones de playas y paraísos caribeños tapizando los rincones de la sala principal, representaciones de mujeres comprando en uno de los inagotables mercados ambulantes de Londres rellenando el frigorífico vacío y el alicatado de la cocina, fotografías de amaneceres y puestas de sol sobre su frente al amanecer atormentado, distribuidas e hincadas con chinchetas y clavos por toda su pieza, saturando de mundo el pasillo que deambulaba sin alma, sin recursos, ya en la pobreza, quemando las naves postreras, llorando las últimas lágrimas, palpando la muerte aproximarse sibilinamente entre la basura apilada y los desconchones. Cuando dejó de comer, su ocupación primordial consistía en contemplar las imágenes, con alguna de las cuales se sentía revivir; un inextricable aliento le anunciaba en el corazón las semillas de la redención. Sucedió que las fotografías y sus integrantes entraron en la virtud del dinamismo, adquirieron movimiento, y las mujeres que compraban transigieron a pagar definitivamente los importes, y las olas cristalinas rompieron al fin en las múltiples orillas de los paraísos turísticos. No era ese dinamismo, sin embargo y muy al contrario de lo que especuló Esteban, sencillas oscilaciones en torno al mapa previsto en el contexto de las instantáneas, sino que sus miembros estaban dotados de autonomía bastante para tomar decisiones y rumbos imprevisibles. Las mujeres, luego de pagar e introducir la mercancía en bolsas, podían seguir merodeando en el mercado o podían salir del plano, y entonces penetraban en un terreno inexplorado. De ese modo, todas ellas cambiaron su fisionomía y se constituyeron en retales de una realidad mucho más amplia, en tramos de escenario, donde ingresan y emigran personajes continuamente. Y ese movimiento, los vaivenes y los ademanes de lo que parecía abocado a la inamovilidad desde su edición, parecieron involucrarlo y hacerle sentir la necesidad de también él recobrar el mundo y, por qué no, el amor que no había paladeado hasta entonces. Pero era demasiado irresistible la observación atónita de esa maravilla, de ese fenómeno sobrenatural en que los habitantes de las ilustraciones se arrodillaban frente a él y le dirigían todo tipo de cultos y reverencias. Supo que se referían a él, porque era él el único espectador de esa panorámica, de ese íntimo universo de escenarios y postales Esa circunstancia le absorbió los deseos de abandonar el enclaustramiento y lo redimió del sueño, al que acabó por desterrar del proyecto de sus días. Desde aquella manifestación de aprecio y sometimiento, se sintió un dios para aquellas figuras vivas de las fotografías que lo idolatraban. Aprendió a protegerlas y amarlas, y en ese amor halló el justificante de su existencia, pero con posterioridad aplicó los rigores de la represión e irrumpió en él el odio y la necesidad (el placer) de la venganza, y este sentimiento que afloraba inabortable le instruyó en el castigo a los infieles y en la perpetración de catástrofes en los territorios de los pueblos que lo rechazaban. En ese caso, había automatizado un comportamiento: desclavaba la imagen y la rompía enfurecido, como con una en el que aparecía el mar y se inundó las manos de un agua escasa y salada que se derramó suave por entre sus dedos, como una lágrima. Pero ese hecho no aludió a su humanidad, no afectó a su determinación de disciplinar férreamente al mundo que había creado, a la civilización que había nacido de su desamparo y su miseria. Como parte de esa jerarquía de sumo rector, organizó y redispuso las imágenes agrupándolas en orden a su afinidad, estableciendo una articulación casi geográfica. Los dividió en una triple dimensión conforme a los sectores de la casa: norte, sur, y este. Este hecho generó algunas protestas de los miembros del mercado de Londres, que se unieron en manifestación. La respuesta de Esteban, tan cruel como desmesurada, no se hizo esperar: le prendió fuego, con lo que la concentración reivindicativa ardió entre gritos lejanos solapados por cientos de ecos que resonaron en el pasillo durante horas. Esto atormentó a Esteban, que se introdujo afligido en la cama y se tapó la cabeza con la sábana para no escuchar el gemido múltiple que se estrellaba contra la puerta, arrepentido tal vez de semejante atrocidad; había comprendido, por los lamentos y las orgullosas proclamas finales, ahogadas y secadas por el clamor del fuego humoso, y por los indicios de autonomía y de razón que demostraban haber adquirido, que ese cosmos empezaba a escapar de su modesto control de solitario, que lo desbordaba, que un dios debe saber ser más indulgente y menos rencoroso para hacerse respetar. En varias semanas no se atrevió a salir de la cama. Era absurdo, pero temía represalias. Cuando verificó que, en lugar de la venganza, habían optado por la sumisión y que en su honor habían edificado inmensos templos con los cuerpos carbonizados como sustitutivos de los ladrillos y la sangre como elemento unificador en lugar del cemento, se mostró satisfecho y tranquilo, y dio por bueno el escarmiento que, aunque salvaje y algo desproporcionado, había resultado un remedio eficaz. Más tarde, al reintegrarse al mundo exterior con nuevos bríos, y con la inercia positiva que le infundía su recién adquirida condición de divinidad doméstica, constató que ese poder interior no era válido, que en la sociedad, inmerso en su automatismo y regulado por sus pautas, era sólo una figura más desempeñando su papel de inadaptado, otro vulgar componente de la fotografía que alguien observaría desde otro lugar, desde otro corredor u otra sala remota; fuera de su dominio se sentía indeciso, atrapado en el tiempo y el espacio; dentro, por el contrario, era un ser seguro y soberbio, igualmente atrapado en el espacio de su mansión, pero con total disposición sobre el tiempo de sus súbditos. Esa reincorporación difícil le rehabilitó para la vida. Encontró un nuevo empleo y así pudo seguir viviendo algunos meses hasta que una noche, mientras dormía sin soñar (un dios no sueña), un zumbido multitudinario irrumpió en sus oídos despistados y aún durmientes; escuchó desde la colosal llanura del corredor, cientos de pisadas de caballos galopando, inabortables herraduras vibrando sobre el suelo y un griterío ensordecedor y lejano que se aproximaba a un ritmo trepidante. Entonces reconoció que había sido engañado y que la confianza en los síntomas exteriores es un vicio inadmisible en un dios que pretenda ser déspota eterno de un pueblo. La construcción de los templos sólo había sido una maniobra de despiste, y no un veraz ejercicio de culto. El trote de los caballos era inminente; dos puños de fuego descomunales reventaron la puerta y hordas de guerreros sucios y desgreñados se plantaron frente a Esteban Sánchez, el mestizo, que, renunciando a la índole trascendental que había asumido, hizo callar al dios ficticio de su interior y quedó sin respuesta. Petrificado, el rostro pálido moduló dos expresiones en las que les rogaba clemencia con la voz corrompida de pavor y los ojos turbulentos. Entre los hombres que se disponían frente a él, identificó a aquel paciente que murió en la ambulancia que él conducía negligentemente. Un hierro le atravesaba la garganta y era una verdadera catarata de harapos y suplicios. Le pareció irreal que todo aquello fuera producto de una enajenación de su cabeza desequilibrada, que su pasado y su presente su fusionaran y aparentaran ser un todo preciso, y quiso gritar para desvanecer la pesadilla, pero el hombre del hierro se acercó rápido hacia él y le amordazó con una mano sangrienta y fría con la que le bloqueó toda posibilidad de articulación. De repente, y sin captar la severidad de una manifestación inaudible (quizá innecesaria), se vio emparedado por hombres enormes encaramados en los bordes del catre, que, desde las alturas de sus torsos acorazados e irreprochables, lo inspeccionaron con curioso rencor, manejando mandobles y charrascas envenenados y levitantes; iban ataviados con chalecos de lana negra y destrenzada y cascos con símbolos heréticos en que se maldecía su efigie con inscripciones ofensivas que Esteban no comprendió; una ceguera repentina le segó la vista y se limitó a oír; oyó las maniobras y los preparativos, oyó dos oraciones tribales en idiomas indescifrables, oyó cómo los mandobles cortaban el aire cerca de su cabeza adosada a la almohada, oyó, con lástima, cómo alguien le llamó asesino al oído, y cómo, acto seguido, un inexorable alfiler de luna de los mil que se elevaban sobre la cama, le seccionó la tráquea. |
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