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Alejandro
Feijóo
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Argentino
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1966
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alejofeijoo@terra.es
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Concentración
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Me disgusté cuando Rudy dijo que pensaba regalar el maletín a su mujer. Me chocó porque nunca hablamos cuando vamos caminando, con él y Jorge, hasta la parada del autobús, cada uno concentrado en sus cosas. Además, porque mi mujer es secretaria, y sé que no me gustaría verla con aquel maletín en lugar del bolso colorido que lleva todos los días a la oficina. Todos los días no. Ahora su gerente se la ha llevado a uno de esos encuentros que suelen organizar, y ha tenido que decidirse por la bolsa de deportes para meter todas sus cosas. Está bien, yo le digo que aproveche, al fin y al cabo es un viaje, aunque éste sea a pocos kilómetros de la ciudad. Suelen ocupar la planta entera de un hotel y comen todos juntos en restaurantes muy decorados. Es también un viaje; al menos para mí lo es, ella no está en casa y para mí es como si se hubiera ido de viaje. Rudy no se llama Rudy. Yo no sé cómo se llama. Él no es de aquí. Rudy es el nombre que eligió porque el suyo es muy difícil de pronunciar. Rudy viene de lejos y está aquí para buscarse un poco la vida. Yo por eso lo respeto, aunque no me gusta mucho la gente de fuera. Pero es un buen hombre, y tiene el pelo rubio y es un buen trabajador. Cuando él termina con lo suyo suele ayudarnos a Jorge y a mí con lo de la sala; por lo general le dejamos fregando el suelo de baldosas. Es natural, él se ofrece y además así acabamos antes y podemos volver a casa en el autobús de las dos. De otro modo deberíamos esperar al de las tres. Todavía no entiendo cómo no pudimos ver el maletín, si estaba debajo de una de las sillas que Jorge y yo tenemos que subir sobre las mesas. Tal vez Jorge lo viera y decidiera no cogerlo, por no meterse en problemas. Si el jefe se llega a enterar habrá problemas y Jorge no quiere problemas. A Jorge le gustan las motos y jugar al fútbol los sábados por la tarde. Está pagando la moto a plazos, es joven y vive con su madre. La verdad es que su madre depende de él, de su sueldo, aunque no estoy seguro pero me parece que ella cobra una pensión. Es lógico que no quiera meterse en problemas. La situación no está para perder el trabajo, al menos en éste ya estamos acostumbrados y nos dan de comer. Alguna que otra noche nos dejan llevarnos comida de la que sobra para los clientes. A mi mujer no le gusta que yo lleve comida del trabajo y por lo general acabamos tirándola a la basura, o me la como a escondidas cuando ella duerme. Rudy sí se lleva la comida, pero más Jorge. Incluso hay veces que Rudy le da su parte a Jorge, y yo también, aunque Rudy tenga un hijo recién nacido y su mujer no tenga trabajo. Pero la cuestión es que cuando Rudy vino a nuestra sala a ayudarnos enseguida lo vio, al maletín de piel negra, y con un rápido movimiento lo guardó debajo de su abrigo, aprovechando una distracción del jefe. Rudy es un hombre alto, alto y ancho, y su abrigo es grande como una manta. Lo extraño es que nadie se asombrara de que Rudy saliera con el abrigo en la mano. Si yo fuera el jefe no se me escaparían esos detalles. Apenas dimos la vuelta a la esquina Rudy se detuvo un momento, desplegó su gran abrigo encima de un cubo de basura y acarició el maletín, el relieve de la marca sobre el cuero. El maletín tenía tres pequeñas ruedas con números, y después de probar varias combinaciones empezó a hacer fuerza, no había modo de que aquel cacharro se abriera por las buenas. Yo no pensaba que pudiera contener nada de valor, acaso algún contrato o algo así. Esta clase de gente nunca lleva dinero en los maletines, ésas son cosas de las películas. Pero Rudy se puso a probar con las llaves de su casa hasta que una de ellas se partió, un corte limpio justo donde termina la parte redonda. Rudy bufó, como se bufa cuando hace calor. Miré la hora, por suerte esa noche íbamos con tiempo de sobra para coger el autobús de las dos. Igual le dije que lo dejara, que lo mejor sería hacerlo en su casa, tres tíos tratando de abrir un maletín encima de un cubo de basura podrían resultar sospechosos. Mejor lo haces en casa, dije, con una barra de hierro o algún destornillador fuerte. Hoy en día todo el mundo tiene un destornillador en casa, aunque no seas de aquí, aunque hayas venido de muy lejos para ganarte la vida. Así se lo dije, con estas palabras, pero enseguida me di cuenta de que la frase había sido más bien áspera. La verdad es que estaba un poco enfadado, mejor dicho, preocupado, porque había empezado a pensar qué ocurriría si al día siguiente algún cliente de traje y gomina, como el gerente de mi mujer, se apareciera por allí reclamándolo. Hasta entonces Jorge había permanecido callado, con las manos en los bolsillos y la barbilla contra el pecho. En general es de poco hablar, pero esa noche no sé qué le pasaba que apenas abría la boca. Pero entonces le dijo a Rudy que se tranquilizara, que lo mejor sería dejarlo para mañana. Ya verás cómo, con un poco de concentración, logras abrirlo sin romper nada. Era un poco lo mismo que le había dicho yo, pero esta vez Rudy le hizo caso. Se calzó el abrigo y cogió el maletín por el asa. Nos pusimos a andar. Entonces Rudy dijo aquello de que le iba a regalar el maletín a su mujer. Creo que lo dijo para quitar hierro al asunto, para hacernos creer que no pensaba en lo que aquello pudiera contener. A lo largo de la explanada ya podían verse los autobuses aparcados cada uno en su sector. Mientras, Rudy contó que su mujer estaba buscando trabajo, por las mañanas la veía salir muy temprano con un traje que se compró aquí, un traje de chaqueta que cuando se lo pone parece un hombre. Eso fue lo que dijo, más o menos, porque Rudy no domina del todo bien nuestro idioma y casi hay que adivinar lo que quiere expresar. No es que no conozca las palabras, lo que no sabe es usarlas. Por eso trabaja dentro y no en la sala como nosotros. Entonces lo daré a señora que busca el empleo, dijo. Después me pareció entender que ella habla mejor que él, pero no se sabe por qué no encuentra trabajo. La cuestión es que cada vez que su mujer sale por la mañana, él debe quedarse con el niño. Hay días que lo veo llegar con los hombros hundidos. Entonces me dice: Hoy dormí todavía dos horas. Yo no le digo nada; casi todas las noches duermo dos horas, tres a lo sumo. Me cuesta mucho dormirme; desde pequeño me cuesta mucho dormirme. Pero no le dije nada, porque no me gusta quejarme. Cada uno tiene lo que tiene. Rudy tampoco dijo nada más. Rudy tampoco es de quejarse. Jorge sí. No sé por qué pero Jorge está siempre quejándose. Igual es amigo mío, pero no me gusta que se queje. Es el único con quien me veo fuera del trabajo. Recuerdo algún sábado que fui a verlo jugar al fútbol. Recuerdo que eran las semifinales del campeonato regional, a la que habían llegado luego de ganar a todos los equipos locales. Aquel día perdieron, y después del partido estuvimos hablando. Aquella tarde se soltó y poco menos me cuenta su vida. Lo de su madre, que no salía de casa; lo mucho que le gustaba jugar al fútbol; también me dijo que estaba contento con el trabajo pero que le daba lo mismo ése u otro cualquiera. Así habla cuando se queja. Ayer mismo, antes de empezar el turno, se quejaba porque no sé qué ocurría con la cremallera de su pantalón. Creo que se quedaba abierta y como su madre cada vez ve menos, no atina con la aguja y el hilo. Había mucha gente esperando los autobuses de las dos. Cruzamos la avenida por el centro, al trote. Al llegar junto a las marquesinas nos separamos. Yo cojo un autobús y Jorge y Rudy cogen otro; sus casas están más o menos próximas; la de Jorge cerca del centro; Rudy y su familia viven un poco más alejados, casi al final del recorrido. No nos dimos la mano: Jorge y Rudy fueron hacia su parada y yo me quedé en la mía. Están una junto a la otra. Entonces los miro y ellos me miran a mí. Estamos cerca, casi juntos, pero por separado, ellos por un lado, yo por otro. Igual así contado no parece tan absurdo, pero cada noche que ocurre pienso en ello. Encendí un cigarrillo, mientras miraba a Rudy que miraba su maletín. Jorge miraba al conductor de su autobús, que esperaba dentro del coche con las puertas cerradas. Entonces Jorge me hizo una seña con la cabeza, en dirección al chofer. Era el mismo de todas las noches. Según me cuentan, conduce muy despacio. De repente arrancaron los motores, todos al mismo tiempo, rugiendo como bestias. El humo de los escapes me hizo picar los ojos, y me vi un poco idiota fumando en medio de la humareda. La gente que esperaba fue concentrándose junto a las puertas; se podía ver cómo tensaban los músculos; la gente se pone nerviosa y comienza a moverse en círculos, o se apoya sobre una pierna y luego sobre otra. En ese momento pensé que si alguien nos viera desde las alturas se asustaría de nosotros, esperando, entre todo ese humo y ese ruido. Yo ya tengo experiencia y haciéndome el distraído me coloco como de costado, paso sin ser visto entre los jóvenes que vuelven de divertirse y como mucho subo el segundo o el tercero. Siempre es así. Esta vez subí segundo al autobús. La chica que iba delante de mí se sentó en un asiento de dos junto a mi asiento de uno. No sé por qué me fijé en sus pies. Llevaba unas sandalias de piel blancas, muy raras de ver en un invierno como éste que estamos pasando. Tal vez ella piense que no hace frío y eso es todo. Hay gente que sólo con proponérselo consigue todo. Y otra cosa me llamó la atención, tenía los dedos muy separados, tanto que cabría un dedo más entre dedo y dedo. Me pareció un pie de nueve dedos al que le faltaban cuatro. No sé qué me pasó. Todavía no logro entenderlo, y de hecho cuando mi mujer vuelva no se lo comentaré, porque ella es de las que se agarran de este tipo de cosas. Pero me quedé dormido. Y no enseguida, como sería de pensar: a punto de llegar a mi destino el sueño me venció. Estábamos casi al final del recorrido cuando desperté. No sé cuánto tiempo anduve hasta mi casa, pero al llegar me crucé con el autobús de las tres que bajaba a toda velocidad. Estaba tan cansado que hasta que no metí la llave en la cerradura no recordé que mi mujer estaba fuera. Fue la única alegría de esa noche, porque cada vez que ella se va yo me tiendo en su lado de la cama y me quedo dormido enseguida, casi sin concentrarme en ello. Es como mágico. Si hay algo que me gusta es dormir de su lado de la cama. |
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