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Raquel
Moreno Herrero
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Española
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1980
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raquelmor@hotmail.com
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Caramelos amargos para niñas perdidas |
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Un nombre, una imagen volvió a mi cabeza. Volví a aislarme, me introduje en ese mundo impenetrable del que sólo yo tengo la llave de su entrada. Me volví a introducir en la cripta de mi sueño y deseé morir para vivir para siempre en mi otra realidad. En torno a mí, sirenas, bocinazos, pocas palabras, resonaban en mis oídos sordos. Ante mí, me ahogaba, ante el fuerte olor a gasolina y perfumes baratos. Nadie se percató de mi existencia. Me encontraba sentada en el bordillo de la acera. Mis piernas en la calzada esperaban ser recogidas por algún camión a toda velocidad. Fumaba para dejar pasar el tiempo, esperando a no sé quién, o si sé, pero no existe. Mis ojos miraban ciegamente al infinito y mi rostro se volvió impenetrable. Nadie podía derruir las murallas que encerraban mi realidad y el resto. Nadie quiso intentarlo. Me dispuse a levantarme y en un intento fallido, me desplomé contra el suelo. Mi cuerpo quedó tendido entre la acera y la calzada. Sentí un gran dolor, mientras me desangraba por la boca; me había partido los labios. Esos labios que habían dado tanta vida a corazones inseguros, hasta que sus besos fueron pecaminosos. Me levanté con ayuda de un amable caballero que tras ver mi rostro ensangrentado me ofreció un pedazo de papel. Su generosidad me aterrorizó y corrí velozmente a lo largo de la calle. Mis ojos se cubrieron de lágrimas y con mis manos ensangrentadas intentaba pararlas, no quería que nadie me viera llorar. Una nube de edificios se derrumbaba ante mí, al mismo tiempo que miradas sin nombre me atravesaban. Aturdida, intenté cruzar una gran avenida, pero el aire no quería llegar a mis pulmones, me ahogaba, podía sentir cómo mi corazón intentaba salir de mi propio cuerpo, cuando de pronto un estridente sonido hizo que llegara la oscuridad a mis ojos. Éxtasis, libertad, silencio... Una vez más me perdí en la noche, dejándome llevar por mis instintos. Quise gritar, pero mi boca estaba muda, mi mente se llenaba de emociones y sentimientos que luchaban por escapar de un cuerpo que ya no tenía alma. La pureza se había desvanecido entre noches sin principio ni final. La pureza había muerto, el alcohol y las drogas se habían encargado de asesinarla. Imágenes
desordenadas recorrían mi mente como fogonazos: Oigo una voz familiar, entre llantos de desesperación y de ira, me suplica que vuelva, le ruega a un dios que me perdone por haber amado más a la vida que a mí misma. Siento su piel, cómo sus cálidas lágrimas recorren mi rostro mientras me abraza intentando fundirse en mi propia muerte, como si no quisiera separarse de mí jamás. Es ahora, ella, mi madre, quien está sobre mí, protegiéndome de lo desconocido y lo eterno con su única arma, ella misma. Pero no quiero volver. El castigo de mi pecado ya lo he recibido con mi propia vida, deseo morir, como los ecos de voces que invaden mi subconsciente afirman, estoy entre la vida y la muerte y sólo un dios decidirá mi final. Yo soy mi único dios, creadora de mi propia vida y de mi propia muerte, artífice de mi destino y asesina de otros. He recibido el regalo de la vida, de la muerte, y quiero ser libre y eterna en ella. Ese dios me hizo pagar el tributo de haber nacido, de haber amado, de haberme otorgado... Ese dios me ha premiado por haber sufrido las consecuencias de sus caprichos. La muerte es el paraíso de los vivos y la vida su infierno. No, no quiero volver, quiero seguir viviendo entre la seguridad de los recuerdos del pasado sin que existan las consecuencias del futuro, quiero morir. -Puedo
oler el sabor salado del mar, escuchar el canto de sus olas. Esas manos
destapan mis ojos y descubren ante mí su inmensidad y su grandeza.
Siento cómo la arena abrasadora impregna mis pies mientras la
suave brisa acaricia mi rostro. Me siento feliz. -Un susurro del viento me despertó en lo alto de una gran torre. No entiendo lo que quiere decirme, siento cómo me abraza y luego me empuja hacia el vacío, me siento caer lentamente, suavemente, me siento libre. Al fondo, miles de estrellas esperan mi llegada, alegrando con su luz la oscuridad de la noche. Un estruendo me hace volver en mí. Y al abrir los ojos me veo en medio de una autovía, me he desplomado desde una pasarela y los coches han quedado apiñados en mi entorno. Un conductor grita, le oigo, pero no puedo verle, me maldice porque ha podido arrebatarme la vida o porque yo he podido arrebatársela a él. No entiendo el porqué de tanto alboroto, de tantas luces, de tanta gente. Intento moverme, pero no puedo, me siento inmóvil, inútil entre el movimiento y el escándalo. La sangre ha teñido mis cabellos y mi rostro con un color púrpura que recuerda al esbozo de un mal cuadro olvidado. Cierro los ojos y espero, olvido. Prefiero no pensar, prefiero volver a mi mundo. No quiero admitir que el viento me engañó con su abrazo. No quiero reconocer que las estrellas no me esperaban. -Esas manos. Siento que amo, que sigo amando, que no puedo parar de amar, que me aman. Los días parecen tener otra luz, otro olor. La vida cambia, se vuelve hermosa y tan sólo una palabra, un gesto, se convierten en eternos regalos. Una sonrisa se despierta en mi rostro, sin que yo pueda dominarla, pero cuando el amor me mira a los ojos siento miedo. Porque sé que es cruel y mentiroso, que es fácil disfrazarse de amor y ser lujuria y egoísmo. Y entonces, mi mirada se hace fría, y mi miedo acaba asesinando aquello que acaba de nacer. Cada amor que nace, es un aborto en mí; con la magia de ser engendrado, y el dolor y las secuelas de su asesinato prematuro. Esas manos Oigo la voz de un joven, acaricia mi rostro y me besa, pero no sé por qué lo hace. No sé qué siente, no siente, no siento. Pero me besa y vuelve a hacerlo y continúa besándome hasta que de sus labios no nacen más besos. Y llora y me pide que vuelva, que no le deje solo, que la vida no es sino conmigo. Me pide perdón, le oigo, le siento. Sus manos me acarician y oprimiendo mi inerte cuerpo contra el suyo, oigo que está vivo, oigo la música de su corazón, el dulce compás de su respiración. Ahora sé que siente. Ahora siente. Ahora siento. Me vuelve a besar, pero sólo un beso, uno sólo, pero lo dice todo. Empiezo a recordar ese sentimiento, empiezo a recordarle, empiezo a sentir. Algo me empuja a volver, él me empuja a volver. Pero tengo miedo, porque sigo sin saber si volverá a ser un espejismo de mi deseo, de mi lucha, de mi desesperación y mi vida. (La confusión me vuelve a hacer presa de su inseguridad y me arrastra hacia el vacío). Estoy confundida, no me entiendo. Mis deseos se han perdido entre los opuestos: la vida y la muerte, la eternidad y lo caduco, el paraíso y el infierno. No sé si morir para vivir eternamente en el infierno que yo creé o seguir viviendo y crecer en un nuevo paraíso. Crecer me da miedo, me da miedo volver a nacer, porque sólo yo misma puedo hacer que mi vida sea o deje de ser una muerte eterna. Aún siguen vivos los fantasmas de mi pasado, soy incapaz de asesinarlos porque viven en mí y me torturan irónicamente. Puedo oír sus carcajadas pletóricas, fruto de mis errores, la música de sus cadenas maltratan mi alma, y la hacen presa de su propio juego. Quisiera poder asesinarlos, pero ya están muertos y viven en la eternidad de mi subconsciente. Me besan, esos labios, me acarician y vuelvo a sentir, mientras cálidas lágrimas limpian mi rostro, intentando ahogar a mis fantasmas y borrar mi pasado. Empiezo a entender el porqué de la risa de los fantasmas. La risa es el llanto de la locura. Mis fantasmas están locos porque viven presos en mí y su risa es fruto de la desesperación de un alma abandonada. Siento cómo esas lágrimas y ese beso me llenan de vida. Y me empujan a volver a nacer. Antes he de liberar a mis fantasmas de sus cadenas, dejándolos huir de mi mente y liberándolos de su locura. Ahora sé que puedo volver a nacer. Camino en la oscuridad hacia una luz que me deslumbra. Siento miedo mientras que la inseguridad de las grandes decisiones me confunde con hermosas palabras, pero mis ansias de vivir de nuevo me hacen sorda y ciega ante su insensatez. Sigo caminando, ahora, entre una tormenta del desierto donde cada grano de arena traspasa mi piel y ciega mis ojos. Es el sufrimiento de los grandes deseos, de las grandes metas, de los soñados objetivos. Y sigo avanzando entre la tormenta de arena, arrastrándome entre las olas del desierto, pero con un rumbo fijo, la vida. Mis labios empiezan a perder su suavidad y se llenan de aspereza, mi boca ha dejado de alimentar con su savia a mi lengua que se retuerce presa en su interior buscando donde no hay más que arena. Pero mi piel, morada, por haber permanecido perdida demasiado tiempo en la inseguridad de la muerte, se curte por el mismo sol que ciega mis ojos, pero que sin embargo resucita mi piel. Es el sol, el que ilumina el camino de mi vida, donde antes sólo había tinieblas. ¿Es el sol? ¿O será el dios que todas las religiones esperan? ¿Será cierto que existe esa unificación? ¿Será ese dios el que yo veo? ¿El que me hace sufrir pero me da la vida? Quien quiera que seas, me da igual tu nombre. Gracias. Vuelvo a la calma, y con timidez, abro mis ojos a la esperanza, y puedo ver a quienes derramaron en mí sus lágrimas dadoras de vida, y escuchar la voz de quienes en mi sueño dijeron que me amaban y de cuyos corazones sentí la vida y su amor eterno. Son tan pocos, que me entristezco al recordar a tantas de aquellas personas que pasaron por mi vida, pero que me asesinaron en sus mentes, aquellas personas para las que aún sigo muerta porque no supieron perdonar mis errores... Me atrapan, me cuesta respirar, y oigo por primera vez mi voz. Lloro para sentirme viva, puedo hacerlo, oigo con más nitidez la música de ese otro corazón y siento la suave piel de mi madre. Siento cómo su amor se desliza sobre mi cuerpo y su calor me atrapa protegiéndome para la eternidad. |
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