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Observó
el reloj. Era un viejo Rolex que había pertenecido a su hermano
cuando inició su maestría y que ahora, luego de años,
él -ufano- lo llevaba puesto. Escondió el reloj debajo
de su manga y esperó la salida al aire. No tenía la corbata
adecuada y el saco le quedaba muy holgado. Mucho polvo me ha echado
este amanerado, dijo, disfrazando su fastidio -por el maquillaje-
con una mediana sonrisa. Miró su jean y sus zapatos de diario.
No importa, pensó, ajustándose el nudo. Las cámaras
enfocaron de la cintura para arriba mientras él con un puntero
indicó el mal tiempo en la sierra norte, lluvias alrededor de
las seis de la tarde en Pucallpa, cielo despejado en la costa meridional
y la temperatura para Lima que oscilaría entre los doce y quince
grados. Se despidió recomendando tomar precauciones por el invierno
y no confiarse del sol de mediodía. Evitó mirar a la cámara
y revisó la hora. Cinco minutos diarios, ni un minuto más
ni un minuto menos.
-Señor González- llamó la señorita de administración
-¿Sí?
-Debe de pasar por caja- dijo, ocupada en revisar su lista.
-Está bien. No agradeció. Se limitó a mirar de
reojo como la señorita se alejaba a otro set y, con la mejor
de sus sonrisas, le decía a los conductores del noticiero nocturno
que sus sobres de pago estaban en administración.
Se
quitó el micrófono del saco y recogió sus papeles.
Pensó que de nuevo tendría que resignarse a hacer cola,
mientras puso en marcha su auto.
Hoy
era cumpleaños de su mujer. Tuvo en cuenta que debía llegar
a casa temprano y aceleró. En el camino pensó que a mucha
gente le importaba trabajar en la televisión, pero a él
no, o eso pensaba.
Vivía
en un edificio cerca de la avenida. Desde abajo, se veía las
luces encendidas de su departamento. El conserje lo saludó al
abrirle la verja. Él pulsó el botón del octavo
piso. Dentro, el aire olía a perfume de gladiolos.
-¿Usted trabaja en algún canal? Sí, creo que lo
he visto-comentó ella, observándolo con curiosidad.
-En el noticiero - apuntó, fijándose en la cabellera rubia
de aquella chica. A pesar de la vestimenta formal, le parecía
una niña.
-Claro, en el noticiero. Usted es, a ver espere...
-Digo el tiempo.
La rubia se cercioró y le dio la razón. No volvió
a decir nada más. Estuvo a punto de sacarse los aretes pero faltaba
poco para llegar a su piso: el seis.
-¿Le gusta su trabajo?- agregó
-¿Y por qué no habría de gustarme?
-No sé, es como no hacer nada- respondió. El ascensor
se detuvo y ella avanzó sin despedirse. Sólo quedo el
sonido de sus tacos mientras se perdía en el recodo.
Estúpida, pensó. Se desajustó la corbata,
remedó la voz de un modo chillón es como no hacer nada
y qué sabe esa despintada cuatro ojos. No quedó satisfecho.
Volvió una bola la corbata y la guardó con prisa en su
bolsillo.
Había
luz en los pasillos. Los departamentos eran simétricos y reducidos
pero a él le agradaban los espacios pequeños, no tenía
complejos. Insertó la llave y jaló de la manija.
Vio
a su mujer en camisón, estirada sobre el sofá. Notó
que le aparecía un rollito de grasa en el límite con la
ropa interior. No había señales de alguna visita. Ella
estaba dormida y la televisión parpadeaba en comerciales. Acarició
sus cabellos para despertarla.
-Eh... Eduardo. Me quedé dormida -dijo, aún somnolienta.
-¿Qué tal la has pasado?
-Como cualquier martes.
-¿No te visitaron?
-Sólo llamadas; tú sabes, es día laborable y esas
cosas, que el trabajo... bueno, y otros pretextos; tu comida está
en el refrigerador- dijo, cogiendo el control remoto.
Eduardo caminó hacia la cocina. La comida era una masa dura,
parecía que era arroz con verduras y algo de carne. Todo estaba
revuelto. Sin mucho apetito lo devolvió a su lugar.
-Al menos me llevaron a almorzar-dijo ella, sin dejar de pulsar el botón
de los canales
-¿Quiénes?
-Los del estudio. Me felicitaron, fuimos a un lugar bonito, con pececitos
y flores, y luego me dieron la tarde libre. Les dije que si podían
pasar por la casa y se excusaron con el asunto del litigio; hasta mi
tío se hizo el rancio porque tenía que estar presente
en la firma de un contrato con unos directivos, creo que de tu canal.
-¿Mi canal? Si mi canal
-dijo entre dientes, casi con desilusión-.
¿Y tu madre? -preguntó.
Ella seguía concentrada; apretaba el control y los canales volvían
a repetirse. No volteó a pesar que Eduardo insistía.
-No llamó, ¿cierto? Tu mamá sigue odiándome.
-Ay, Eduardo, tú sabes que mamá nunca llama. Vino un ratito
y se fue. Olvidémonos de eso y mejor piensa que dentro de dos
meses voy a poder continuar la universidad. Mi tío me ha dicho
que en el estudio me pueden apoyar con horas libres para concluir la
carrera.
-De todas maneras, abogada o no, tu mamá seguirá resentida
por haberme casado contigo- dijo, sentándose a su costado, apenado
e impotente a la vez. Observó la publicidad de un dentífrico
y detestó tanta sonrisa agradable. Cogió el control y
empezó a jugar con él, sin ganas.
Ella lo acomodó en su regazo como a un pequeño. Acarició
la calvicie temprana de los ángulos de su frente.
-Eduardo, el tiempo arreglara las cosas entre ustedes. Lo que importa
ahora es tu trabajo y mi carrera. Yo no quiero ser una practicante eterna,
hasta Claudia ha concluido. Esa mocosa me ha llamado y me cuenta que
esta administrando un hotel de turistas en México; tiene un dejo
espantoso, fíjate que ni la reconocí- dijo riéndose,
y cambio de canal por que no le gustaban los Reality Shows.
-Además, Eduardo -continuó- tú siempre tendrás
la televisión, un trabajo que tanto te gusta.
Aquella frase parecía desilusionarle más; hasta se escuchaba
bonito, pensó. Sin embargo, no era él a quién se
le debía de animar sino a ella.
- Pero hoy es tu cumpleaños y nadie, ni tu mamá...
-Calla, no hables más- dijo, atenazándolo para morderle
los labios cariñosamente como a él le gustaba. Eduardo
respondió internando sus manos por debajo del camisón.
Ella logró hilvanar algunas palabras con los labios aún
pegados.
- ¿Me quieres? -dijo, deteniendo las manos de él en aquel
ajetreo.
-Claro que sí. No he tenido aventuras y no me interesa tenerlas-
contestó seguro.
-¿Por qué?
-Imagino que debe ser porque te quiero.
-¿Imaginas?
-No sé, ¿por qué me preguntas esas cosas? -dijo
él zafándose de su brazo. No le gustaban aquellas intrigas.
-Es que se ve tantas cosas de la gente que trabaja en televisión,
Eduardo. Para ustedes no hay intimidad y lo peor es que hay amoríos
entre todos; hasta los de tu canal, parece que mucho se pegan.
-Eso depende. Yo nunca he visto que se metan con mi vida privada -dijo,
corrigiéndola, mientras esperaba que aparecieran las letritas
en la pantalla.
-Pero, Eduardo, tú trabajas dando el tiempo- dijo ella. Un grupo
de cabellos caía sobre su sonrisa. No supo por qué aquella
sonrisa le recordaba tanto a la secretaria del canal.
-Y eso qué- replicó, sintiendo un escozor a la altura
del ombligo.
-No te amargues, pero es casi como no estar en televisión- dijo
con sorna.
-¡Tengo cinco minutos diarios! Eso es un horario- dijo fastidiado,
desabotonándose la camisa; dónde me esta ardiendo carajo,
pensó, rebuscando en su piel con los dedos.
-Sí, pero escucha, no te acalores, amor...
-¡Mira tú no sabes lo que hago yo allí! Anticipadamente
tengo que preparar mi texto, debo de estar dos horas revisando los reportes
y a veces cumplo una tarea administrativa. Nadie va a venir a decirme
que no trabajo, porque estúpidamente la gente cree eso. Y eso
va para la gente estúpida, que piensa que trabajar en la televisión
es salir en pantalla todo el rato- concluyó, remangándose
las mangas de la camisa. Casi tiró el Rolex encima de la mesilla.
La alejó y ella se quedó sorprendida. Eduardo se desquitó
pulsando los botones. Esa voz, es el mismo timbre, sólo falta
que me digas señor González.
- Bueno, cariño, no te enfades, he sido una completa tonta, no
debí jugar de ese modo. Deja tranquilo el control o sino lo vas
a malograr. Yo no quería herirte; soy consciente que de tu trabajo
también vivimos...
-¡Cómo que también vivimos! -estalló-. ¡Quieres
decirme que mi sueldo no alcanza! Infórmate bien, no sólo
de tu trabajo se sostiene esta casa, señora abogada, o debería
decir...
-¡No digas más! Es por gusto, contigo no se puede- exclamó
antes que terminara su ironía. Él calló, se hundió
en el sillón, pero volvió a hablar entre dientes con pesimismo.
-Estoy cansado, qué quieren que sea. No, pues, ya no se puede.
Si tanto les jode mi trabajo, no me contraten, no se junten conmigo.
Vete con otro si quieres, qué haces con el del tiempo, no
pierdas el tiempo- dijo esto último con una carcajada sorda,
sin gracia.
Ella se levantó del cojín, enfadada. Corrió hacia
el baño y abrió el grifo. El agua formaba una poza en
el lavadero y ella se enjuagó los ojos. Eduardo la llamó
varias veces. No estaba para aguantar su propio silencio. Ella seguía
encerrada en el baño y lo único audible era el discurrir
del agua.
Apagó
el televisor. Por la ranura de la puerta vio el pasillo vacío
y las luces tenues. El tráfico desaparecía cuando él
corría la cortina. Llorona, mañana no voy hacer ninguna
maldita cola, vas a ver, pensó, cubriéndose totalmente
dentro de la cama.
Seguía
amargada, le enfurecía la actitud de Eduardo; y es el día
de mi cumpleaños, pensó. Esperó que él
roncara para salir del baño. Insultos, sólo ella pensaba
insultos y sentía que su lengua se adormecía. Cruzó
la puerta y vio la sala despejada. Se escuchaba el segundero del Rolex.
El reloj que había sido del hermano, dijo, sintiendo el
metal frío que se deslizaba pesado en su brazo, del hermano
de la maestría, terminó en un gesto despectivo. Encendió
el televisor y los canales volvían a saltarse, luego se detenían.
Casi sin interés escuchó un inglés fluido que poco
entendía. Un hombre vestía un terno entero, lucía
sonriente y con un puntero indicaba buen tiempo en Nevada y vientos
huracanados en las costas de la Florida. Pero notó que también
sus ojos tenían esa sombra, esa vista baja, ese qué
cosa es eso que tenía Eduardo.
La
señal desapareció, y en silencio se durmió con
las luces encendidas.
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