Los Peruanos Iletrados

 

Cuando inicié esta selección hace unos seis meses atrás, algunas personas me preguntaron por qué del nombre Peruanos Iletrados. En ese momento dije que solamente se trataba de una ironía, y creo que se aceptó como tal. Si tuviera que explicarlo con cierta añoranza dadaísta diría que el título Peruanos Iletrados no significa nada… pero tal vez signifique todo, o quizá sea una ventana hacia el todo. No iré tan lejos como Tristán Tzara, pues este no es precisamente un sistema en contra de los sistemas, sin embargo creo que sí se ajusta a una metodología vanguardista. Me preocupa sobre todo lo nuevo, como decía Ramón: “lo nuevo sin razones ni dudas”. En esta antología hay muchos autores novísimos, que, a pesar de serlo, ya han definido su registro. Hay otros que, en contraste, llevan varios años publicando. Deseo que se les conozca, si es que todavía no saben de ellos, y que este párvulo llamado Peruanos Iletrados engendre nuevas voces tan pronto como hoy. No me importa en lo absoluto si son a favor o en contra, si se dejan influenciar por las series de televisión o por la trova, lo que realmente merece la pena es la creación constante, y eso es a lo que me allego.

Antes de ahondar en lo que es la compilación en sí quisiera mencionar los criterios que la moderan. Como toda reunión de textos, Peruanos Iletrados es ineludiblemente arbitraria y parcial basándose en tres grandes pretensiones. La primera, reunir narradores (la mayoría de ellos “nuevos”) que juzgo valiosos ya sea para la continuidad del proceso narrativo peruano, ya sea para actualizar las fuentes que existen. En segundo lugar, exponer que la riqueza de cualquier literatura se ciñe en sus distintas voces y matices y no en la difusión de una palabra única o propósito generacional. Finalmente, deseo impulsar la creación de selecciones como esta en las que no sólo se conciban validas aquellas voces editadas sino también las noveles y poco difundidas. Soy consciente de que el último punto es el más subversivo, pero tengamos en cuenta que la sedición no siempre es perniciosa.

A pesar de que Internet me permite contar con un espacio prácticamente infinito y que he reunido a casi treinta autores, no puedo negar que hay algunos ausentes y que estas ausencias siempre serán inevitables. A cambio de ellas les brindo nuevos nombres. He tratado, no obstante, de ser lo más concreto y abierto dados los recursos y los contactos con los que cuento, pero aun así anticipo dos flaquezas importantes en esta entrega: (1) que la mayoría de autores seleccionados son limeños y (2) el haber recogido estos textos lejos del Perú y no in situ. Que por favor me perdonen las masas y los omitidos.

Esta antología se compone en gran parte de relatos y cuentos, pero creí indispensable incluir fragmentos de novelas, porque considero que ambas posturas son no solamente dignas sino también equiparables; es insulso considerar que un narrador es más talentoso que otro por el hecho de escribir novelas. En tal universo autores como Augusto Monterroso y Jorge Luis Borges serían inadmisibles. A mi entender, la valoración de la narrativa breve debe ser la misma que la que se le ofrece a las obras más extensas, y viceversa.

Peruanos Iletrados es bastante libre en cuanto a su montaje; escogí personalmente a la mayoría de los participantes pero también he aceptado un recomendado que no había leído antes del inicio de esta selección. De la misma manera, preferí que varios de los invitados, debido al respeto que les tengo, eligieran por sí mismos sus colaboraciones. Tan sólo he escogido “a dedo” doce de los veintiocho textos, pero a cambio de la renuncia a la dictadura he estimado muy beneficiosa la evaluación que los propios autores hacen de su obra, sabiendo que en algunos casos estoy publicando escritos a los que les tienen un aprecio grande.

Retornando a la maniobra del segundo párrafo, antes de ahondar en lo que es la compilación en sí, quisiera mostrar un abreviado panorama, garrafalmente breve y lleno de omisiones, por cierto, de lo que ha sucedido en la narrativa del Perú a partir de la segunda mitad del siglo pasado hasta el día de hoy. Lo hago, sobre todo, pensando en los lectores que no están muy familiarizados con esta narrativa que llamamos peruana. Para satisfacer esta intención me parece que la pregunta precisa sería:

¿COMO LLEGAMOS AQUI?

Complacidos o a regañadientes, personalmente respeto este patrocinio aunque celebre a otros narradores, de la mano de Mario Vargas Llosa (1936), como el representante cardinal de la Generación del 50, una generación repleta de figuras trascendentales que marca la modernidad en la prosa peruana. Antes de MVLL el mundo narrativo peruano era como aquel libro: ancho y ajeno; sin desmerecer el legado de Ciro Alegría y Cía., no fue hasta la llegada de la Generación del 50 que la narrativa del Perú terminó de cuajar. MVLL es quien ordena ese mundo con mayor tenacidad gracias a sus innegables aportes estilísticos y la asimilación de nuevas fuentes como son las de Faulkner, Camus y Sarte. Sin embargo, no lo hizo solo, y creo que este es el punto que provoca animosidades después de la llegada de Vargas Llosa, éstas son sobre todo evidentes en los narradores nacidos en los años 70. En ellos percibo una fuerte tendencia a resaltar las figuras de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), Oswaldo Reynoso (1931) y Luis Loayza (1929) sobre la de MVLL. En algunos casos, como en el mío, es sólo una cuestión de gustos. Sinceramente, me siento más cómodo al lado de Ribeyro y Loayza, quizá no sea tan apegado a Reynoso, pero concuerdo en que los tres son gurús de la narrativa peruana. Julio Ramón Ribeyro, desde luego, es quien más sombra le hace a MVLL, y es curioso porque la obra de Ribeyro deviene de autores como Chejov, Maupassant y Kafka, que tienen una prosa más tradicional. No obstante, es este hombre, Ribeyro, quien goza de la devoción de las multitudes. Creo que no exagero al reconocer que en el Perú los cuentos de Julio Ramón son más estimados que las novelas de MVLL, y es un fenómeno literario que ocurre desde hace más de veinte años, a partir del momento cumbre en el que Ribeyro sintetiza su obra en aquella admirable colección llamada La palabra del mudo (1974).

No hay duda que las escuelas de Ribeyro y Vargas Llosa son dos grandes pilares de la segunda mitad del siglo XX, por encima de la de Luis Loayza, quien impulsó cierto coqueteo con Borges pero ha publicado muy poco, la de Oswaldo Reynoso, que fue un poco inconstante y reapareció hace aproximadamente diez años, a pesar de que su libro emblemático, Los inocentes, se copie al derecho y al revés, y la del otro gran renovador y pionero que es Carlos Eduardo Zavaleta (1928). Zavaleta es sorprendente en sus técnicas narrativas (cabe resaltar que fue el primero en introducir las maravillas de James Joyce y del propio Faulkner), mucho más osado que Ribeyro, Reynoso y Loayza, en su producción, fecundísima, y en la poca difusión que tiene su obra fuera de los círculos académicos o meramente literarios. Un caso para los peritos.

La Generación del 50 produjo algunos libros que definitivamente deben visitarse fuera de la burbuja peruana y espero que aquellos curiosos con tiempo que nos leen en el resto de América Latina y España se tomen la molestia. Si alguien pasa por Lima o por una biblioteca con buenas referencias, debería buscar de Luis Loayza El avaro (1955) y la magnífica colección Otras tardes (1985), de Oswaldo Reynoso: Los inocentes (1961) y la novela Los eunucos inmortales (1995), de Zavaleta sus cuentos completos y un libro como Los Ingar (1955). Creo que estas obras merecen la referencia ya que nos adentran en universos que complementan los de Ribeyro y MVLL. Otra persona que revela el porqué de ciertos orígenes es quien siempre nos hace reír con su felicidad, ja, ja.

Alfredo Bryce Echenique (1939) completa la Santa Trinidad Narrativa Peruana. Empezaría a producir hacia fines de los años 60; primero con el conjunto de cuentos Huerto cerrado de 1968 (el título que recomendó Julio Ramón Ribeyro) y luego con la aplastante novela Un mundo para Julius (1970). Bryce Echenique es quien, a mi modo de ver, mantiene el balance entre esas dos fuerzas que son MVLL y Ribeyro, tal vez porque ha tenido una relación cordial y fraterna con ambos personajes o quizá porque es el mosquetero humorista de la triada. De la melancolía miraflorina de Ribeyro y el Perú jodido de MVLL pasamos a aquella aristocracia limeña venida a menos que no provoca más que carcajadas. Sociológicamente hablando, y no vendría mal un simposio al respecto, creo que Alfredo Bryce Echenique es el escritor que salvaguarda la sociedad peruana. Una especie de paladín que previene la caída de la espada de Damocles y los suicidios masivos en las plazas: aquella felicidad, ja, ja que nos hace reír de nuestras propias desventuras. Pero más allá del humor y la simpatía, Bryce Echenique cumple un papel muy significativo en dos recursos narrativos que en el Perú se explotan todos los días: el estilo autobiográfico-personal y la oralidad. A través del humor y la facilidad de palabra, Alfredo Bryce Echenique nos encanta, pero eso no significa que no exista una generación del desencanto.

En 1984, el narrador Guillermo Niño de Guzmán (1955) escribió uno de los dos libros de cuentos más importantes de la década del ochenta: Caballos de medianoche. Junto a la colección publicada un año antes, Las batallas del pasado, de Alonso Cueto (1954), Caballos de medianoche da algunas pautas para la creación en prosa en esos años agitados: la apropiación del relato y el cuento como armas narrativas certeras, un lenguaje neutral propuesto por sus lecturas de los neorrealistas norteamericanos y, sobre todo, la virtud de una narrativa concisa y directa. Niño de Guzmán, además, se encarga de reunir a una serie de cuentistas de la época en la antología de aprendizaje En el camino (1986), y de acuñar el nombre con el que se conoce a los narradores de este tiempo, una generación del desencanto, que se refiere especialmente al momento de transición que tuvieron en frente: del último gobierno de generales a la recuperación de la democracia, de las tendencias socialistas conservadoras a las social-demócratas, de la novela total vargallosiana al cuento que busca interiorizar más que resolver las problemáticas nacionales. Aunque esta década es considerada eminentemente una estación de poetas, no pueden dejarse de lado los nuevos aires de escritores como Cueto y Niño de Guzmán, que sin ser totalizadores, brindan un respiro necesario en cuanto a las formas narrativas. Del mismo modo, creo que no debe menospreciarse un aporte poco mencionado como la aparición del libro de cuentos Desde el exilio (1984) de Mariella Sala. Con este libro se da inicio a una nueva era en la literatura femenina peruana, en la que la mujer es protagonista de su propia historia. En mi opinión, más que en lo puramente literario, el mérito de Mariella Sala está en las puertas abiertas y los puentes que se extienden para la elaboración de un tipo de literatura. Son estos puentes los que nos acercan a los años 90 y, de lleno, al siglo XXI, pero antes paremos el mundo para hablar de Fernando Ampuero.

Fernando Ampuero (1949) publicó sus primeros libros de cuentos a partir de los años setenta: Paren el mundo que acá me bajo (1972) y Deliremos juntos (1975), versión ampliada y definitiva del libro que apareció tres años antes. Ampuero es, sin duda alguna, un cuentista esmerado; sería un dislate desestimar un cuento clásico de mediados del setenta como Magda sola. Sin embargo, pienso que la obra de Ampuero se transforma en obra relevante tan sólo a partir de su ficción mayor, es decir, bajo los títulos Malos modales (1994) y Bicho raro (1996), en los que el autor demuestra que ya es un verdadero narrador de cuentos. Desde mi punto de vista, sus novelas siempre quedan en deuda. Por esa razón me parece un poco más acertado ubicar a Fernando Ampuero como un impulso de fines de los 80 y principios de los 90, soportando una obra ya solidificada y cuentos logrados, porque son sus cuentos sus verdaderos héroes, piezas como Taxi Driver sin Robert De Niro o Criaturas musicales, que a mediados de la década pasada abrían paso a la narrativa última, aquella que he tratado de reunir en esta antología.

La narrativa peruana de los años 90 es un poco problemática porque nadie adivinaba el surgimiento de tantos autores jóvenes, ni mucho menos varia invención. Más bien se esperaba la consolidación de figuras de los ochenta, que por supuesto no cesaron de crear. No obstante, se dio un cambio tanto en el aspecto creativo como en el editorial, con escritores relativamente desconocidos, nuevas pequeñas casas editoras, y un mayor volumen de ventas. Esa multitud de novedades trajo, también, lo que suele acompañar a lo nuevo: numerosas complicaciones, que se manifestaron sobre todo al momento de intentar hallar una explicación al fenómeno y describirlo. En aquella época se eligió el camino más corto diciendo que se trataba de una generación de escritores que simplemente no se parecía en nada. Eran (son) tantos autores y tan disímiles entre sí, que es verdaderamente difícil homologarlos, pero tampoco es correcto resaltar su heterogeneidad como la única característica llamativa. Aunque su producción es bastante dispareja y de alguna forma hasta antagónica, creo que es posible nombrar algunas similitudes. En primer lugar, la nueva narrativa peruana de los 90, siguiendo lo iniciado por Niño de Guzmán y Cueto, carece de una preocupación social precisa o crítica manifiesta, y las menciones que hace de la vida política nacional o del plano urbano suelen ser acompañantes de tramas más íntimas; casi siempre anécdotas que escoltan a una historia individualista. También existe una simplificación del lenguaje, que es menos ornamentado (aunque unos lo elaboren con mayor oficio) y de fácil decodificación. Por último, esto no es muy novedoso sino más bien la prolongación de una manía narrativa peruana, la sellada tendencia al realismo.

Otro aspecto distintivo de la prosa de los años 90 es el caos generacional. En esta época se confunden tres grupos contrarios. Predominan los narradores provenidos de la década del 60, en realidad se trata de su época de florescencia, pero también participa una ola más juvenil de alpinchistas de los setenta y narradores “intrusos”, nacidos a mediados de los 50. El problema real no es precisamente la polifonía sino la polifonía y la virginidad, ya que se trata de autores que publican su primer o segundo libro prácticamente en el mismo espacio-tiempo, lo que ocasiona una colisión de propuestas que no es sangrienta pero sí delicada desde el punto de vista del comentarista literario que se ve constreñido a efectuar un examen casi personalizado.

En mi opinión, es esta diversidad de voces la mayor bendición que ha promovido, consciente o inconscientemente, la narrativa de los 90. Es aquella riqueza a la que hacía mención al inicio de este prólogo. Se trata fundamentalmente de una década en la que pueden coexistir las antípodas: la prosa elaborada de Pilar Dughi (1956), menos feminista, a veces lúdica y primordialmente psicológica; los personajes que huyen del centro, los marginales de Carlos Rengifo (1964) y Carlos García Miranda (1968); las historias juveniles, sucias y callejeras de Sergio Galarza (1976); la ocurrencia y la prosa más tradicional de Fernando Iwasaki (1961); la narración lineal de aliento ribeyriano de Jorge Ninapayta de la Rosa (1957); el humor negro y el fatalismo de Rocío Silva Santisteban (1963); los problemas existenciales que plagan la literatura de Iván Thays (1968), los dobles, los borges de Ricardo Sumalavia (1965), y ese canon perpetuo, minimalista, aquella imaginación prodigiosa de Mario Bellatin (1960).

Gracias a la ausencia de una narrativa coral, aquello que sin querer crearon los citados y muchos otros que no he podido nombrar en estas líneas, hoy tenemos más de una ventana abierta para lanzarnos con los ojos cerrados hacia el todo, una ventana para esa nostalgia meditabunda de Santiago Roncagliolo (1975), para el sosegado lirismo de Julio César Vega (1976), o la percepción clásica de Elio Vélez Marquina (1979). En este instante estamos frente a los ensueños de Claudia Ulloa Donoso (1979), las raciones ingeniosas de Rauf Neme (1980), y convivimos con Rocío Uchofen (1972) y Margarita Saona (1965). Daniel Alarcón (1977) escribe en inglés sobre el Perú, y Mónica Belevan (1982) es filosofía y vanguardia e ironía en más de una lengua.

Sé que se acaba la página y no he llamado todos los nombres. Pero creo que ya he dicho en exceso. Tal vez, ahora, lo más prudente sea ponernos de pie para asomarnos a aquellas ventanas.


Salvador Luis

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