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Yamanote
Line

Cuando
va por la calle conduciendo su cuerpo, sufre la sensación
de estar como metido en el compartimento del conductor de un tren
y hasta cree que sus ojos son como los ventanales de una locomotora.
Será porque es maquinista y no admite otra forma de vida
que no sea la de rodar con monótona precisión sintiendo
el metálico retumbo de las ruedas sobre los durmientes.
Cada jornada de trabajo supone
un recorrido diario de seiscientos cuarenta kilómetros;
doce mil ochocientos al mes, es decir, ciento cincuenta y tres
mil seiscientos kilómetros en un año, y como lleva
más de veinte años conduciendo locomotoras, eso
da una distancia recorrida de más de tres millones de kilómetros,
lo que equivale a unos ocho viajes a la Luna. Por eso, en la calle,
al andar, siente que todo discurre más despacio. Que caminar
es una pérdida de tiempo. Si en vez de caminar pudiera
rodar.
Usa un enorme reloj de bolsillo
que le cabe en la palma de la mano. Con el minutero y el segundero
atrapa la velocidad y las distancias, las pausas en las estaciones
cuando los carromatos se detienen para abastecerse o descargar
pasajeros. Le ha costado subordinarse a los imponderables que
discurren fuera del sistema de ferrocarriles.
El universo ferroviario se basta
así mismo. Es un organismo autosuficiente y casi perfecto.
A diferencia de los hombres que no saben qué camino seguir,
el tren tiene el destino trazado por los durmientes. Tiene el
camino hecho. A veces le vienen ideas raras. Le cuesta darle forma.
Por ejemplo, se dice a sí mismo: si estoy en el tren manejándolo
pero a la vez estoy dentro de mí mismo manejándome
y viéndome cómo conduzco el tren, entonces ¿quién
es el conductor que está detrás de mí conduciéndome?
Por eso, cuando camina por la calle lo hace como si le faltara
el tren.
También se le ocurre pensar
que el sistema ferroviario funciona como una orquesta sinfónica.
Donde cada tren es un instrumento unido y vinculado por la partitura
que entra en movimiento con la batuta del director de la orquesta.
Basta un leve error, que una nota se atrase o entre a destiempo
para que colisionen corchetes, fusas, negritas y semi fusas...
una catástrofe musical que en el caso de los trenes sería
toda una tragedia.
El paisaje citadino pasa y se
esfuma por las ventanas del tren. Pasa y se esfuma. Pero él
permanece en la cabina, en su butaca de conductor. Allí,
sentado, va controlando la velocidad, acelerando y desacelerando
en los cruces.
Le gusta cavilar sobre el oficio
que acaba de perder. De maquinista ha pasado a ser ex maquinista.
Ahora viste de civil y no el uniforme gris de corte militar de
la compañía. Aún conserva la placa que utilizaba
en la solapa del uniforme con su nombre escrito: Kawashima Masahito,
conductor. Ahora es tan solo un individuo condenado a la rutina
del pasajero que sube y baja en cada estación. La compañía
RJ de ferrocarriles le despidió por problemas de salud.
Todo iba muy bien hasta que su vida se descarriló una mañana
tras un fatal accidente en una de las estaciones de Yamanote Line
que circunda la ciudad de Tokio. Él conducía cuando
de repente una sombra se arrojó sobre la vía y los
dieciséis vagones pasaron por encima del desconocido. Las
ruedas del tren mutilaron el cuerpo del suicida. El accidente
le impactó de tal manera que prefirió no ver el
cadáver. Después de ser interrogado por la policía,
sus amigos trataron de apaciguarlo, y esa noche, después
de completar sus turnos, fueron a beber sake con él para
que olvidara el incidente. Pero, desde ese día, ni todo
el sake del mundo pudo embriagar ese recuerdo.
En ese ínterin va recordando
su pasado, cómo se hizo oficial de ferrocarriles, cómo
conoció a la pasajera que más tarde sería
su esposa. Una mujer puntual que siempre abordaba el mismo vagón
en la plataforma número Dos de la estación de Tamachi.
Fue un novio dichoso el día de su matrimonio y un hombre
abatido el día de su divorcio. Tuvieron un hijo. Un chico
que creció en un hogar desdichado. El universo ferroviario
fue lo único perfecto y sincronizado que dio sentido a
su vida. Fuera de los trenes es tan solo una sombra.
Así,
pues, mientras nos vamos enterando de lo que le pasa, descubrimos
que él va por la calle conduciendo su cuerpo como si de
un ferrocarril se tratara. Va en dirección del hospital
imitando el ruido que producen las ruedas sobre los durmientes.
Todas las tardes a las cuatro charla amenamente con el doctor
Abe, que es psiquiatra. Solo entonces nos enteramos que el que
se lanzó a las vías era su hijo.
©
Pablo Lores Kanto
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Pablo
Lores Kanto |
Chincha,
1960 | @
Periodista, pintor y dibujante. Debió
seguir estudios en la Escuela de Bellas Artes de Lima
pero acabó postulando sin éxito a la marina
mercante y a una plaza de derecho en una universidad.
Más tarde hallaría su lugar en la Escuela
de Periodismo Jaime Bausate y Mesa. Cuentos suyos han
aparecido en el semanario International Press de
Tokio y en Encuentro
(1997), una colección de cuentos y relatos escritos
por autores latinoamericanos que residen en ese archipiélago.
Es autor del libro inédito La
Sombra del Sol, que trata sobre los emigrantes
establecidos en el país del Sol Naciente. Desde
hace varios años reside en la ciudad de Chiba,
Japón. Blog
de Pablo Lores Kanto
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