Lector in fabula


En la conferencia de despedida de la docencia universitaria dictada por el profesor Hans Robert Jauss en Konstanz en 1987, y cuyo título fue Die Theorie der Rezeption - Rückschau auf ihre inerkannte Vorgeschichte, el público estuvo demasiado concentrado para inquietarse por la súbita desaparición de uno de los asistentes, en el momento culminante en que el profesor se disponía a responder a uno de los principales críticos de su controvertida producción científica. El personaje, sentado en la penúltima fila, tosió repetidas veces y tuvo una pequeña contorsión que podía indicar un vómito. Se levantó bruscamente y salió haciendo aparatoso ruido sin lograr despertar la curiosidad de quienes lo rodeaban. El ujier le abrió la puerta de salida, y el hombre se dirigió hacia un parque cercano.

Por la noche todavía estaba sentado en una banca, y así continuó hasta la madrugada, en que lo encontraron muerto. La policía llevó el cadáver y se procedió a hacer la autopsia. El empleado encargado de desnudar el cuerpo guardó cuidadosamente cada una de las prendas de vestir en una bolsa de plástico con su respectiva nominación. En un bolsillo derecho del abrigo que llevaba el difunto, halló un pequeño paquete que deslizó con cuidado en su propia chaqueta blanca. Lo revisó ligeramente y vio, decepcionado, que no se trataba de dinero. Siendo la hora del refrigerio, nadie más permanecía en la sala de la morgue, así que tuvo la tranquilidad suficiente para sospechar que no había sido visto.

Al atardecer, el empleado se dirigió hacia su domicilio, llevando el paquete en el portafolios que usaba diariamente. Durante el trayecto recordó que tenía una cita con el psiquiatra con quien se medicaba desde hacía dos años. Aunque era de mente olvidadiza, procuraba ser puntual y ordenado con el médico, a quien le tenía una cierta simpatía. El oficio que desarrollaba desde muchos años atrás en la morgue no era grato. Siendo hijo de migrantes, su lengua torpe y carente de fluidez le impidió acabar satisfactoriamente el bachillerato. Sus estudios rudimentarios lo colocaban en una posición desventajosa en el mercado laboral, y la ocupación que ejercía le producía incomodidad y tristeza. Con el transcurso de los años, desarrolló una gran depresión, pero también algunos mecanismos compensatorios. Descubrió la soledad de los muertos en el espacio frío y abandonado del mortuorio, y hallaba cierta complacencia en hablarles mientras procedía a realizar su trabajo. Sabía que el hecho era inusual y podría considerarse anómalo. Pero tampoco hacía mal a nadie, y no pocas veces escuchaba o leía historias acerca de la catalepsia, súbito sopor de causas inexplicables que presentan algunas personas y que induce a diagnósticos falsos de muerte corporal. Tenía la esperanza de descubrir alguna víctima de la catalepsia, y en la creencia de encontrarse frente a ella trataba a los cuerpos exánimes con profunda delicadeza. El hastío y la rutina del oficio lo llevaron a consideraciones más prácticas. No tardó en sustraer objetos de cadáveres de gente fallecida por causas accidentales en la vía pública, o aquellos muertos por homicidio. La experiencia le demostraba que los deudos, si es que aparecían, no solían ser muy exigentes en estos casos respecto a las pertenencias del difunto. Llegado ya al consultorio del médico, y viendo que era tarde para la cita, resolvió esperar entreteniéndose con el paquete. Este era cuadrangular y estaba envuelto en un sobre amplio con los bordes sucios de grasa como si hubiese sido constantemente manipulado. En el interior encontró un cuaderno de unas doscientas páginas, con solapas de cartón, al estilo antiguo. Notó que era un texto impreso con una letra fina y alta, estando ilustrado con grabados clásicos de sutil belleza. Lo poco que leyó le indicaba que la persona que lo había escrito parecía de mentalidad enredada. Dejó el texto sobre sus piernas y se quedó dormitando a la espera de que la secretaria lo llamase una vez que el doctor se desocupara. Luego de un buen rato, la voz áspera de la mujer, le indicó que el doctor no lo recibiría, y la cita se pospondría hasta la semana siguiente. Disgustado se retiró bruscamente del consultorio. Ya en el metro, descubrió que se había olvidado el paquete, pero no le dio demasiada importancia al asunto puesto que lo hallado no le interesaba verdaderamente.

La empleada de limpieza del consultorio, de origen antillano, detestaba a los alemanes. Ahorraba todos los meses hasta la última moneda con la esperanza de juntar la pequeña fortuna que le permitiría abrir un pequeño comercio de confección en La Martinica. Atribuía al racismo germano la frialdad característica con que la recibían cada tarde en que iniciaba su labor. Se había acostumbrado a utilizar las palabras estrictamente necesarias para relacionarse con cada uno de los inquilinos de los numerosos consultorios que poblaban el pequeño edificio de dos plantas. Reparaba, no sin demasiada sorpresa, en la desconfianza extrema con que la miraban los empleados y secretarias cuando husmeaba debajo de los sillones y los escritorios. Sabiendo que cumplía cabalmente su oficio, revisaba hasta los últimos rincones de las alfombras y los muebles en busca del pedacito de papel y las briznas de polvo que justificaban el sustento diario. Sin dificultad encontró el cuaderno debajo de la mesa de la salita de espera del doctor Sigfried Lenz. Tenía el color de la vejez de los libros que poseían las personas de mucho estudio. El sobre estaba un poco más retirado, por lo que supuso que era alguna basura de uno de los pacientes y lo arrojó al saco de desperdicios.

Al día siguiente, la secretaria del doctor Lenz encontró el cuaderno sobre la pila de historias clínicas que tenía que ordenar para la consulta y movió negativamente la cabeza. Le disgustaba que la mujer de limpieza se tomase atribuciones que no le correspondían, puesto que notaba constantemente algún detalle que no pertenecía a la ubicación espacial, que su memoria fotográfica retrataba, de cada uno de los objetos que dejaba dispuestos sobre el despacho al terminar el horario. Apartando el cuaderno, procedió a la tarea urgente de ordenar las historias, ya que aquella tarde, como rara vez sucedía, por una llamada telefónica sabía que el doctor llegaría justo una hora antes a la consulta. Siendo de carácter algo irritable, habituaba ser muy puntilloso con sus exigencias. La secretaria que lo conocía hacía diez años, cumplía minuciosamente cada una de sus órdenes. Y la situación que molestaba más al doctor Lenz era no encontrar las historias en el lugar correspondiente. Alguna sorpresiva emergencia solía ser la causa de la alteración súbita de los horarios rígidos a los cuales el médico estaba acostumbrado. Por lo que la secretaria revisó con preocupación la lista de los pacientes que serían atendidos en el día, separó los que tenían la anotación de urgente en una esquina superior de la hoja, buscó las historias, las distribuyó en el panel, las juntó de nuevo y las llevó al consultorio depositándolas sobre el escritorio del médico.

El doctor Lenz no pasaba de cincuenta y cinco años, pero un estudiado aire de respetabilidad y paciencia le hacía tener movimientos reposados que le aumentaban la edad. Cuando llegaba al consultorio dirigía algunas palabras amables a la secretaria, para quien tenía no sólo una gran consideración sino una profunda atracción despertada a través del hábito diario. No se había atrevido nunca a invitarle ni siquiera un café, pero una noticia recibida hacía una semana lo tenía conmovido. Un cáncer de próstata amenazaba, inexorable, su cómoda existencia. Deseoso de una emoción intensa que alegrara el futuro miserable que le esperaba, hacía un escrutinio detallado de las mujeres que lo acompañaban en las diferentes esferas de su vida social. Una y otra vez la imagen de la mujer que silenciosamente lo atendía durante interminables y agotadoras jornadas en el consultorio, invadía sus pensamientos. En las últimas horas se había deleitado con el espartano y colegial atuendo de la secretaria, siempre vestida de ropas oscuras y con aquella mirada de reverencia y probable admiración con la que lo contemplaba incansablemente. Estaba decidido a dar pasos importantes y, no siendo un hombre de cavilaciones lentas, diseñó una pequeña estrategia. Adelantó el horario de su consulta de tal manera que podía tener tiempo para invitarla a cenar antes de que se acabara la jornada. Conocía superficialmente la vida cotidiana de la candidata, sabía que era soltera y vivía con una sobrina casada. No evidenciaba tener novio alguno, y en todo caso, la duda se despejaría aquella misma noche. Atento a lo que seguiría después de la consulta, apenas reparó en las historias referidas por sus pacientes. Más aún, al contrario de lo que era siempre su práctica, atendió precipitadamente a cada uno de ellos. El tercero, un abogado de veinticinco años, que consultaba por segunda vez, con un cuadro no muy definido pero que él atribuía a una crisis existencial muy propia del estrés del trabajo, había dejado, al parecer, un cuaderno que encontró sobre su historia clínica. No recordaba exactamente lo que había pasado. Si es que el hombre le había dado el manuscrito por alguna razón particular, tal vez era un diario o un testimonio, como a veces le entregaban algunos de sus pacientes, pero consideró imperdonable no haberlo leído. Peor aún, no rememorar claramente el origen de la entrega. Como lo halló en el momento en que se entrevistaba con el hombre y juzgando que sería impertinente hacer referencias al texto sin haber reflexionado sobre él, hizo una alusión velada, pero obtuvo una respuesta confusa. Tampoco tendría tiempo en aquellas semanas cruciales que tenía por delante, de leer un material tan extenso. Así que se lo devolvió cuando se despedía, explicándole que se lo entregase en la siguiente consulta, dentro de un mes, puesto que la palabra hablada en el momento revestía más importancia que la palabra escrita, sin desdeñar -e hizo hincapié en ello- el valiosísimo material que consideraba era aquel cuaderno.

Hans Magnus, recibió el texto desconcertado, pero no tuvo ni siquiera tiempo para preguntarse qué significaba aquello. Desde que entró a la consulta encontró a la secretaria distraída y revoloteando entre pilas de papeles, y lejos de la sonrisa amable con la que lo recibió el día anterior, ahora estaba atareada y apenas le dirigió la palabra. El doctor Lenz lo contemplaba con una mirada ausente y respondía con vaguedades a cada una de sus interrogantes. En la consulta previa, habían fijado el horario y los términos contractuales de las entrevistas. Sin embargo, aún a pesar de que la consulta inicial había revestido un carácter operativo, le parecía más cálida y humana que aquella, en la cual el doctor lo miraba como a un ser extraño a quien se contempla por primera vez. Lo había despedido rápidamente, casi sin escucharle, y antes de que él pudiera expresarse, había abierto la puerta y, estrechándole la mano, sin mirarle, llamó al siguiente paciente. El detalle le pareció desconsiderado y meditó rápidamente en ello, todavía de pie ante la puerta del consultorio con el cuaderno en la mano. Tal vez él resultaba un paciente antipático o estúpido, o quejumbroso, o quizás así eran las consultas clínicas. No comprendía qué pasaba y no se sentía satisfecho. No creía que un psiquiatra pudiera ser un amigo, pero por lo menos era alguien que podía ayudarle a ordenar su vida. Sin embargo, el médico parecía bastante caótico, o él había tenido una primera impresión equivocada. Había demorado mucho tiempo en decidirse a tener una consulta clínica. Primero fue tomar la determinación, luego recorrer un itinerario de referencias sobre algunos pisquiatras. Por fin había optado por el doctor Lenz, pero ahora, contemplando el cuaderno, se preguntaba si esa había sido la alternativa correcta.

Salió del edificio y se dirigió hacia una cafetería cercana. Pidió un vino y procedió a revisar el manuscrito. Era posible que se tratase de una táctica particular. De algún método de tratamiento dirigido a algunos pacientes. El doctor había dicho que le devolviese el cuaderno dentro de un mes, y que la palabra hablada era más importante que la escrita, por lo que dedujo que debía leer el texto y comentárselo. Pasando rápidamente las hojas, pensó que era muy difícil que lo hubiese escrito el médico. No podía tener tiempo para hacerlo. Los grabados le parecieron oscuros y sobrecogedores. Supuso entonces que sería de algún otro paciente, alguien cuya vida o cuyas meditaciones tuvieran que hacer con la historia que él mismo estaba atravesando. El vino le resultó reconfortante y decidió leer con tranquilidad el cuaderno en su domicilio.

Caminó largo trecho sintiéndose extrañamente ligero, como le acontecía desde algunas semanas atrás, cuando la sensación de vacuidad le invadía. Cada vez que se levantaba por las mañanas, sentía una gran desazón. Al principio aquello no le había preocupado, pues en otros momentos de su vida lo había padecido, pero llegó a convertirse en un sentimiento permanente que lo acompañaba a todas horas. Si no hubiera sido porque cada vez se hallaba con menos fuerzas para cumplir con las tareas cotidianas del trabajo, el asunto hubiera sido intrascendente. Pero llegó un momento en que ya no soportaba el tintineo de la computadora en la oficina, y la conversación de sus compañeras de labores llegó a convertirse en un cotorreo inaguantable. La falta de paciencia y el malhumor constante, le hicieron tomar conciencia que su vida estaba cambiando. Cuando perdió el sueño, comenzó a preocuparse. Al cuarto día de dormir entrecortadamente, llegó a pensar que podía arribar al desborde y a la locura. Tal vez estaba padeciendo los primeros indicios, así que aquella misma tarde resolvió consultar con un psiquiatra. Ahora pensaba que no tenía por qué esperar conductas adecuadas en la gente. Hasta el psiquiatra se comportaba de manera extraña.

Al llegar al edificio de apartamentos donde vivía, caviló sobre el sentido de acudir a un tratamiento y hablar de su vida a un hombre insensible o, en todo caso, a cualquier hombre. El mundo era hostil, y los seres humanos ya no estaban preparados para escuchar. Y menos para arreglarle la vida a otra persona. Además el psiquiatra era caro, y el dinero a él no le sobraba. Más feliz sería si gastaba sus ingresos en invitar a una amiga y tener una buena compañía de vez en cuando. Dicho esto, decidió no regresar nunca más a la consulta y mucho menos leer ese cuaderno ridículo. Lo que él buscaba era comprensión, empatía, una conversación amable y reparadora. Y lo que había recibido era un libro para aprender de la vida, como si el psiquiatra fuese un maestro y él su alumno. Aquello era verdaderamente absurdo. Ya en su departamento, depositó el cuaderno en su biblioteca, pensando que se lo enviaría por correo cualquier día próximo. Se olvidó de él en las semanas siguientes, tal vez por alguna necesidad inconsciente, pero una mañana que leía el periódico descubrió en la página necrológica el nombre del psiquiatra, fallecido de una enfermedad incurable. Entregó el cuaderno, junto con un lote de libros, a una de las bibliotecas del barrio a las que usualmente hacía donaciones de publicaciones viejas o inservibles.


La bibliotecaria, una mujer bastante joven, recién egresada de un curso de archivadora en la universidad, recibió con mucha alegría la donación del abogado. Aunque era natural recibirlas cada cierto tiempo, le parecía sorprendente que todavía hubiese gente generosa que quisiera desprenderse de los libros. Revisó detalladamente la entrega, y encontró el cuaderno. Lo cogió con curiosidad y luego de recorrer sus páginas lo puso a un lado. Había desarrollado cierta habilidad para descubrir aquellos ejemplares que merecían otro destino.

Ella amaba los libros, los quería como si fuesen sus hijos, y ninguno le resultaba inútil. Cuando estaban deteriorados los forraba y los pegaba, y aquellos que creía eran especiales, se los llevaba discretamente a su casa, donde en poco tiempo estaba formando una pequeña pero selecta biblioteca. Aquel día colocó el cuaderno, con gran regocijo, en el espacio de la casa donde atesoraba sus libros. Ya que eran demasiado caros, y puesto que ella no tenía la culpa de haber nacido pobre y, mucho menos, de ser integrante de un sistema social tan injusto como el que vivía, consideraba que no sólo era lógico, sino casi indispensable restituírse de la suerte que le había dado el azar. Elegía los libros que podían ser costosos, enciclopedias o textos de colección, aquellos que ya no circulaban en el mercado, o bien cualquiera que por alguna razón le llamase la atención. Esperaba hacerse de un capital con ellos, y en el momento en que hubiese conseguido una cantidad respetable, los vendería a un librero a un precio justo. La directora del establecimiento, una mujer mayor bastante displicente, aficionada a la bebida y que pasaba largas horas encerrada en su despacho, le dejaba prácticamente toda la responsabilidad administrativa. Ello le dió a la bibliotecaria libertad para pasearse entre los anaqueles del local y hacer una lista detallada de las obras que podían enriquecer su propia biblioteca. Al principio sólo se apoderaba de uno o dos libros por semana, pero luego aumentó la cantidad a uno por día. Una mañana en que llegó al trabajo fue detenida por la policía. La directora había revisado sus pertenencias el día anterior y descubierto la magnitud del robo. Con gran escándalo del vecindario, la policía allanó su vivienda y requisó los libros. Estos fueron empaquetados en cajas y llevados a la dependencia policial para ser devueltos a la biblioteca.

El día en que los libros fueron sacados de la casa, granizó y una lluvia intensa se desató sobre las calles de la ciudad. El automóvil de la policía resbaló en la ruta y debido a la mala visibilidad se estrelló contra las barras de un puente que cruzaba al río. En el estrépito del accidente, numerosas cajas cayeron a las aguas y fueron arrastradas por la corriente. Los gendarmes consiguieron rescatar algunas de ellas, que fueron recogidas días después por la directora de la biblioteca. El agente que la atendió le ayudó a reparar varias cajas maltratadas durante el accidente, pero otras tuvieron que ser eliminadas y los libros fueron colocados en sacos. El hombre que colaboraba esmeradamente en la tarea revisaba distraído las tapas de los libros hasta que se fijó en el cuaderno. Lo abrió y pasó las carillas con lentitud, deteniéndose en una de ellas. Leyó con atención el texto. Solicitó entonces a la bibliotecóloga que se lo prestase. La mujer se mostró reticente, afirmando que sólo se hacían préstamos a quienes estaban inscritos en la biblioteca. El policía insistió encarecidamente, por lo que ella, a regañadientes, le hizo la concesión, remarcando que era muy estricta con las devoluciones.


Al terminar el día el hombre caminó hacia su departamento, que quedaba a corta distancia de la jefatura de policía. Se había casado por segunda vez, y su mujer tenía dos hijos pequeños de un anterior compromiso, de conducta rebelde y conflictiva. Él quería mostrarse paciente e intentar ser una persona afectuosa para los chicos, puesto que el padre apenas se ocupaba de ellos. Al llegar, los muchachos ya estaban acostados, pero leían alumbrados por la lámpara de la mesa de noche. Se quitó la chaqueta y aunque estaba tenso y cansado porque le había tocado un patrullaje prolongado en el lugar más violento del barrio, hizo un esfuerzo pensando en su esposa, y saludó cariñosamente a los niños. Sabía que les gustaba leer antes de dormir, así que se sentó en el sofá del dormitorio. Sonriente, su mujer lo contemplaba debajo del marco de la puerta. Procedió a abrir el cuaderno. Luego, con voz clara y sonora, inició la lectura.


De Ave de la noche

© Pilar Dughi


Pilar Dughi | Lima, 1956 | Médica psiquiatra egresada de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; realizó su posgrado en la Universidad de Paris y cursó estudios de Literatura Peruana e Hispanoamericana en la UNMSM. En 1989 publicó su primer libro de relatos, La premeditación y el azar, y en 1995 ganó el premio del III Concurso de Cuento de la Asociación Peruano Japonesa con el libro Palabra errante (título provisional de Ave de la noche). También ha sido galardonada en certámenes literarios como el Copé, el premio de novela del Banco Central de Reserva del Perú, con el libro Puñales escondidos, y el Juan Rulfo que convoca Radio Francia Internacional.


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