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Andrés

No
suelo referirme al destino ni a la suerte en mi hablar cotidiano.
Básicamente mantengo una posición existencial fundada
en el libre albedrío, y es por eso que cualquier atisbo
de determinismo o fatalismo despierta mi inmediato rechazo. Pero,
por otro lado, debo aceptar que las cosas fueron demasiado sencillas
para mí desde el primer día, como si todo hubiera
sido previamente establecido a mi favor. Y no estoy pensando únicamente
en la invalorable hospitalidad que Federica y Elías me
brindaron, ni en la forma casi instantánea en que obtuve
un trabajo en el bufete de abogados de un pariente lejano, ni
mucho menos en lo de mi admisión a la Complutense. Porque
indudablemente, y al margen de todas aquellas cosas que de por
sí ya eran sumamente valiosas, hubo también otros
factores que, no obstante ser menos definibles o palpables, me
permitieron una adaptación casi natural. Pienso, por ejemplo,
en la asombrosa facilidad que tuve para comprender rápidamente
la significación real de algunos rasgos de lo que yo denominaría
“idiosincrasia española” (las palabras duramente
dichas, los temperamentos explosivos, la sinceridad salvaje, la
total ausencia de susceptibilidad y sentimentalismo), evitando
así ser protagonista de los típicos desencuentros
que suelen sufrir la mayoría de new-comers.
Pero también es posible,
que el verdadero factor que precipitó mi adaptación
haya sido mi conciencia de no tener marcha atrás: la decadencia
de mi entorno inmediato me había lanzado a un estado agudo
de tedio y depresión, el evidente empobrecimiento de mis
padres ya no me permitía esperar nada más de ellos,
los magros ahorros que había logrado reunir durante los
meses anteriores habían sido prácticamente diezmados
por los gastos del viaje… Se comprende, pues, que en tales
circunstancias la capacidad de adaptación de un ser humano
crezca, y entonces cualquier peñón sea una ínsula
y cualquier probabilidad una tabla de salvación. No se
me ocurrió mejor idea, por tanto, que la de apelar a algunos
miembros de mi distanciada familia (tan sólo tenía
el cercano recuerdo de la superficial invitación de Elías,
y una leve noticia sobre un pariente lejano y rico en Madrid)
con el fin de facilitar mi personal búsqueda de un camino
para la supervivencia.
En ese sentido, no me cabe la
menor duda de la veracidad de las palabras de Elías, la
noche en que brindábamos por mi nuevo trabajo de bibliotecario
con aquella excelente botella de vino portugués: es bueno
tener parientes, sobre todo si son ricos y judíos. Nos
cagamos de risa por el lugar común desde el que se levantaba
tal ocurrencia, es cierto, pero en el fondo creo que nos quedaba
claro a ambos que lo dicho contenía una patética
realidad: sin mis parientes en Madrid, no hubiera llegado ni siquiera
a pisar Barajas. Quién sabe si a estas alturas yo no siguiera,
como otros tantos, caminando por los jardines de la Residencial
en busca de distracciones simplistas —el bingo, una cerveza
o un porro con los amigotes de siempre—, o no hubiera regresado
finalmente a Buenos Aires para compartir la pobreza de mis padres
en la casa del Once que mi abuela nos dejó como única
herencia.
Tuve que estar entonces necesariamente
animado con lo que se me presentaba como futuro inmediato. Mi
inserción al nuevo entorno fue asombrosa, casi genética
(¡otro determinismo!). Ansiaba tanto comenzar a vivir mi
vida en esas nuevas circunstancias, que llegué demasiado
fácilmente al convencimiento de que mis años pasados
habían sido fielmente descritos por la metáfora
que creí entrever durante mi primera visita al Escorial:
miles de volúmenes colocados al revés en los anaqueles
de una biblioteca, de manera tal que sus lomos —sus títulos,
los nombres de sus autores— son encubiertos, y entonces
no existe nada que permita a un espectador foráneo diferenciar
uno del otro.
Yo quería, por el contrario,
sumergirme en la originalidad de una vida diferente, como la que
me estaba siendo revelada por Stephan y Garth, quienes apenas
me habían conocido en un viejo bar de esquina y ya se habían
ofrecido a guiarme por las cercanías en sucesivos viajes
domingueros (Stephan era de Frankfurt y compañero de clases
de Federica; Garth era de Bristol, había estudiado empresariales
y vivía de dictar clases de inglés mientras buscaba
trabajo en Madrid). La valiosa amistad que a la larga terminamos
forjando en trenes y caminatas por ciudades barrocas y medievales,
me ayudaría a encontrar un anaquel donde lucir el lomo
de mi volumen particular.
Inicié entonces una faceta
vital novedosa en la que trabajaba medio tiempo, cuatro días
a la semana, en la biblioteca del bufete de mi pariente lejano,
asistía a clases en el campus de la Moncloa, y desarrollaba
una simpática vida social en Lavapiés, el viejo
y divertido barrio donde aún se desenvuelve mi cotidianeidad.
De mis amigos del pasado reciente —con la sola excepción
de Sebastián, a quien había enviado una simple postal
a partir de la cual se comenzó a desarrollar una esporádica
correspondencia—, no tenía mayores noticias.
El dinero que me pagaba el bufete
de mi pariente lejano (por cierto, su enorme parecido con algunos
de los miembros de mi familia me hacía verlo tremendamente
judío y argentino, a pesar del acento que había
adquirido en más de treinta años de vida en Madrid),
no era la gran cosa; pero al menos me permitía apañármelas
para tener una vida más o menos independiente: alquilaba
la buhardilla de la Calle del Amparo, pagaba mi comida y mis copas,
e incluso podía comprar algo de ropa, música y libros.
Paralelamente, mi cercanía
a Elías y Federica fue creciendo día a día,
hasta llegar a constituirse en la especial relación fraterna
que en la actualidad nos une. En corto tiempo llegué a
la confirmación de mis sospechas: él era una persona
excepcionalmente inteligente, uno de esos tipos con quienes es
estimulante compartir, aunque sea lo más banal. Federica,
por su parte, se me reveló como una mujer sin duda inteligente,
pero sobre todo poseedora de un candor y una amabilidad que la
hacían realmente única. Todo un antídoto
para el carácter no pocas veces agrio de su marido. La
ausencia de barreras que evidenciaba esa pareja, su disposición
para la ayuda y el diálogo crítico, fueron elementos
que me permitirían ir definiendo el curso de acción
y de pensamiento que iría tomando en el futuro.
Pero, aunque suene paradójico,
hoy en día pienso que toda aquella positiva novedad que
súbitamente fue configurando mi vida, también me
produjo un sentimiento de profunda intransigencia frente a mi
pasado reciente; como si una idealización exacerbada de
lo que esperaba vivir, hubiera mediatizado en demasía todo
aquello que acababa de dejar atrás. Creo, en tal sentido,
que muchos de mis juicios de aquella época fueron extremadamente
severos y parcializados: me planteé las cosas como si no
existiera en mi vida pasada nada rescatable, o como si las circunstancias
y las personas con las que crecí no me hubieran aportado
nada positivo.
Pensaba, por ejemplo, en mis amigos
de Lima y encontraba profundamente insoportables sus formas casi
provincianas, la nada sutil ironía con la que se herían
y se dejaban herir mutuamente para no dejar de ser parte del grupo,
los prejuicios de los que alardeaban en público...
O recordaba con cierto rencor
indefinido las duras circunstancias con las que se había
visto permanentemente forzada a lidiar mi familia: habíamos
huido de la crisis económica y social de la Argentina de
los años setenta, mudándonos al Perú donde
mis padres pretendían encontrar un lugar más tranquilo
para vivir y criarme. Pero con el correr del tiempo, nos percataríamos
de que tal decisión no había sido nada más
que un paño de agua tibia en la frente de un enfermo terminal.
Efectivamente, la situación fue deteriorándose progresivamente
hasta un punto en que desapareció toda esperanza de futuro.
Vivimos entonces por muchos años rodeados de terrorismo,
inflación, delincuencia, cosas que de una manera u otra
siempre terminan afectándote. Luego vendría la decisión
de retornar a Buenos Aires, nuestra separación, el descalabro
total...
Seguía entonces aferrado
a Madrid —mi personal ínsula o tabla de salvación—
como única respuesta. Escribí una vez en un e-mail
que envié a mi madre: “vivo estrechamente, no veo
mayores posibilidades de mejora en el corto plazo; pero, por otro
lado siento que en este lugar, al menos por parte del estado,
no seré victima de ningún tipo de violencia...“
Reflexiones como ésta, cargadas de una clara tendencia
autojustificadora, eran el contenido común de mis mensajes;
aunque también escribía sobre otras cosas menos
profundas: anécdotas del barrio, de los amigos, la universidad
y el trabajo; reseñas de viajes cortos a, por ejemplo,
Barcelona o Sevilla; muy poco de Daniel Sadovnik, nuestro rico
y madrileño pariente lejano. Enviaba de manera casi diaria
estos e-mails a ella, que vivía pendiente de mi salud y
bienestar, y además sabía hacérmelo notar
(madre judía al fin y al cabo, y a pesar de su tan mentado
agnosticismo). Mi padre, en cambio, casi nunca escribía
y, por ende, mis mensajes a él eran más bien esporádicos.
Sabía, sin embargo, que seguía cayendo en terribles
depresiones y que para él ya no habría mayor esperanza
de mejora, a pesar de haber tenido la suerte de ser contratado
como dibujante por una empresa publicitaria. Era, pues, un perdedor
algo patético y bastante evidente. A los pocos minutos
de haberme conocido, Daniel Sadovnik ya me había dicho
sobre él: Jacobo siempre fue un idealista, un tipo soñador...
En el contexto en que fueron pronunciadas (un amistoso almuerzo
a pocos días de mi llegada), tales palabras no podían
ser más que un recuerdo de la juventud perdida o, a lo
sumo, un comentario risueño dicho sin grandes dosis de
malacia. Yo no podía, sin embargo, dejar de ponerme internamente
a la defensiva, quizá porque el hecho de venir de alguien
que había optado por un camino totalmente opuesto al de
mi padre, aportaba a tales palabras un cierto aire burlón
o peyorativo. Pero quizá también porque, en el fondo,
yo estaba completamente de acuerdo: mi viejo había desperdiciado
los mejores años de su vida en la supuesta búsqueda
de una utopía, por ingenuo idealismo —en el mejor
de los casos—, pero también por egoísmo o
simple falta de bolas. Y en ese vano intento, nos había
arrastrado a mi madre y a mí. Volví a ver entonces
a mi pariente lejano, que acababa de cerrar los ojos por unos
segundos y se tapaba la boca con una mano, como queriendo frustrar
una flatulencia: tenía unos dedos aún largos y hermosos
que contrastaban notoriamente con la arrugada epidermis de sus
manos. Había sido un talento precoz en el piano, que incluso
llegó a realizar varias presentaciones como solista en
algunos de los festivales de música clásica que
solían organizarse en el Buenos Aires de los cincuenta.
Pero llegado el momento de escoger por un camino de vida, decidió
tener a la música como pasatiempo y hacerse abogado. Una
buena decisión, sin duda, por lo menos desde un punto de
vista meramente material.
Las noticias que a través
de mi madre recibía del resto de la familia eran, en cambio,
completamente distintas. El desencanto y la frustración
de una clase media que había crecido en la confianza de
que educación y calidad de vida son factores unidos por
una necesaria relación de implicación, eran el telón
de fondo común a partir del cual se desarrollaba cada una
de las historias individuales, de jubilados viviendo en total
indigencia, empleados que súbitamente pierden sus trabajos
sin compensación ni derecho alguno, deudos que no encuentran
a sus cadáveres, cadáveres burlados por la infamia
de un indulto presidencial... Y en medio de todo aquel gris panorama,
podía ver a mi padre sentenciando —esto no necesitaba
que me lo contase mi madre— que todo estaba perdido, que
finalmente los traidores habían impuesto su ley de la manera
más artera, entre la inconciencia estrepitosa y los flashes
televisivos...
Yo no hubiera querido saber nada
más de esas historias de gente cercana teñidas de
fracaso y pena. Mi intención era —ya lo dije—
comenzar una vida diferente. Hubiera sido incapaz, sin embargo,
de dejar de leer los e-mails de mi madre o de interrumpir nuestra
correspondencia. No pocas veces, amagué pensamientos autoacusadores
en los que me reclamaba a mí mismo no estar con aquel par
de solitarios perdedores en los precisos instantes en que, sin
duda, algún consuelo pudiera haberles aportado la presencia
de su único hijo. Pero en tales ocasiones, procuraba de
alguna manera cambiar de pensamientos para no sumergirme en una
nostalgia que creía inútil. Volvía a escribir
entonces a mi madre en tono gracioso o anecdótico, como
queriendo que ella también compartiera mi vida juvenil
y alegre, pero nunca diciéndole que la amaba o lo mucho
que la extrañaba.
Fue tal vez por todo eso, que
no pude demostrar demasiada satisfacción cuando recibí
una sorpresiva llamada telefónica de Sebastián,
quien estaba en Madrid de paso hacia La Coruña. A pesar
de ser consciente de que se trataba de uno de mis mejores y más
queridos amigos, la actitud vital que había desarrollado
durante aquellos años no me permitía sentirme cómodo
enfrentando a un testigo directo de mi opaca y estandarizada adolescencia.
Tuve entonces que hacer un esfuerzo adicional a fin de mejorar,
por lo menos, mi tono de voz —tenía, por lo demás,
una horrible resaca producto de una juerga nocturna y excesiva—,
y pedirle que viniera nuevamente a Madrid para quedarse unos días
conmigo. Mi invitación fue, pues, una cuestión más
volitiva que espontánea. Sin embargo, me alegra sinceramente
habérsela hecho.
Fue así como en unas pocas
semanas volvería Sebastián procedente de La Coruña.
Según me había comentado en algunos e-mails previos,
estaba bastante hastiado de su recién conocida familia
paterna, y con enormes ganas de relajarse y pasársela en
grande en Madrid.
Por lo demás, estoy seguro
de que ninguno de los dos pudo haber previsto la conmovedora escena
que habríamos de protagonizar al encontrarnos frente a
frente en Atocha, donde nos abrazamos y palmeamos nuestras espaldas
fuerte y mutuamente. Algunas lágrimas salían de
los ojos de Sebastián mientras me decía:
—Hola Che, pero si estás igualito, sólo has
cambiado de anteojos y ahora tienes esa barbita maricona.
Él, por su parte, estaba
más moreno (el sol africano, me imagino), mucho más
corpulento. Su rostro, sin embargo, seguía idéntico
al de aquel amigo juvenil y candoroso que había partido
de Lima años atrás. Quizá por esto, experimenté
la clara sensación de no haber salido de aquella época
adolescente en que acostumbrábamos juntarnos para charlar
de música o simplemente para pasar el rato. Embargado entonces
por una inexpresable nostalgia, mis ojos también comenzarían
a humedecerse.
—¡Parecemos un par de maricones, huevas tristes! —exclamó
él con bastante energía.
Solté la carcajada y palmeé
su espalda nuevamente, esta vez con menos fuerza. El gracioso
chaleco de lona que vestía le daba un cierto aire de explorador
de las mesetas africanas. Pensé que estaría personificando
a alguno de los personajes de sus sueños adolescentes,
y me alegré por él.
—Si quieres tomamos el metro aquí mismo —le
dije—, pero en realidad vivo cerca. Si no estás muy
cansado podemos caminar y así vas conociendo.
—Caminemos entonces.
Salimos de la estación
con dirección a casa, avanzando entre el tráfico
y la continua afluencia de peatones del mediodía. Cuando
llegamos a la Ronda de Atocha, yo ya le estaba relatando con bastante
precisión los planes que tenía para esa noche (visitaríamos
a Federica y Elías, luego habría una fiesta en casa
de Stephan y Garth). A mi lado, mi viejo amigo simplemente caminaba,
cargando su enorme mochila en las espaldas, sin hablar mucho,
pero en todo caso dejando entrever en su rostro lo alegre que
estaba de volver a verme.
Y yo también estaba alegre
de que él estuviera por fin en Madrid conmigo.
Pienso
que tal vez en ese momento comenzó a producirse la reconciliación
de mi presente con mi pasado.
Fragmento
de la novela Las fugas paralelas
©
Octavio Vinces
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Octavio
Vinces | Lima,
1968 | Ha
residido en Perú, Venezuela, Argentina y los Estados
Unidos. Actualmente vive en Caracas. Se naturalizó
venezolano. Estudió Letras y Derecho en la Pontificia
Universidad Católica del Perú. Hizo una
maestría en derecho en la Universidad de Cornell.
Ha sido profesor de literatura en colegios secundarios
e institutos superiores. También ha escrito cuentos
y un poemario inédito intitulado La
distancia. Es autor de las novelas Las
fugas paralelas (Premio Primera Novela-UNAM-Alfaguara)
y La circunferencia inconclusa.
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