LO SUBTERRANEO Y
HECTOR ROSALES
No resulta gratuito, por el contrario, hablar de lo que
es, o pudiera ser, la poesía aquí y ahora,
en esta breve presentación de los poemas de Héctor
Rosales. Pasó un largo tiempo desde Hugo y su frisson
nouveau ante los versos de Baudelaire. Exactamente ciento
treinta y ocho años. A esta altura, y desde hace mucho,
no estamos para fantasmas ni fantasías deleitables– pienso
en Swedenborg y en Walpole al escribir esto-. Me atrevo a
afirmar, hablando de fantasmas, que, al cabo de tanto tiempo,
es el poeta mismo lo que acabó por convertirse en
fantasma. Me explico: de una confianza ciega en la inspiración,
de un autoconvencimiento de ser una integridad, de permanecer
sin dudas tras una voz y seguirla hasta el fin, el poeta
se situó en la antípoda –donde ahora habita-:
ser escindido, fragmentado, caído entre pliegues,
oculto en lo secreto, extraviado en un punto de un viaje
que comenzó siendo promesa de néctares y piedras
de filosofía. Sí, autobús otrora
carruaje: y autobús oscuro, en el que viajan
unos pocos, por una tierra enferma, cubierta de ramas desnudas. ¿Todavía
podemos decir, con Dylan Thomas, que el corazón
es más fuerte que todo el polvo?
Leo estos poemas. Provienen de lo subterráneo, de
lo que el poeta ubica en el fondo de algún volcán
oscuro. Figura que representa, por un lado, la morada –mejor,
el refugio- donde el poeta vive; por el otro lado, al poeta
mismo, su ser y su conciencia. Rosales sabe lo que yo sé,
no en vano compartimos un mismo momento: en más de
una pared de editorial un cartel anuncia: No leemos poesía. ¿Para
qué escribimos versos? Esta pregunta es de difícil
respuesta, pero tiene respuesta: para no enloquecer, tal
vez; para no ahogarnos en lo oscuro, quizás; para
que la muerte no nos alcance, podría ser… Ahora, si
preguntamos ¿hay alguien del otro lado? ahí sí que
surge el temor, la incertidumbre: ¿y si a nuestra
voz contesta sólo nuestra voz convertida en ecos por
interminables galerías de piedra vacías? Si
escribir poesía es expresión de un amor, lo
dice el poeta, ¿qué salvación para este
acto que se repite? No hablo de teología. Hablo, lisa
y llanamente, de almohada donde apoyar la cabeza, plato lleno
de lentejas, hueco para acomodar el cuerpo, una ventana para
ver caer la lluvia, camino bordeado de árboles. ¿Es
mucho pedir? ¿O ya todo esto, por pequeño que
parezca, son cosas remotas, inalcanzables para los cultores
de un arte u oficio que se transformó, a los ojos
de tantos, en incomprensible maniobra de extraño,
de extranjero?
© Carlos Barbarito
receta del trébol encendido
Compensar el defecto del trébol, añadirle
la hoja cuarta recortando con cuidado
esta misma superficie que lees y olvidas.
Poner la figura en el ojal y salir
por cualquier página hacia las palabras
que te afirmen tres veces, o te nieguen,
iluminando sin ayudalguna de la suerte.
De El manantial invertido
al mejor postor
el gentío es un depósito descuidado en las
láminas
de la trastienda ---retales de gastadas
emociones
que un vientocioso lima con desgano ---menosprecia
una nueva muchedumbre se afana en distinguir
los murmullos columnados hacia el techo impreciso
---mientras maullan las horas entre latas
vaciadas de sustento coloración y estampas
el pordiosero plegará géneros
---trámites
---cábalas
para meter en su botella exhausta
más tarde se arrastrará por el pantano
un tumulto confundido en vidrio ---restarrojada
al no ---al abajo ---a la depredadorapuesta
que desplaza
De Desvuelo
lo apremiante
anaranjadamente se inicia
la convulsión hasta
que las cornisas formulan
invitaciones al turismo sin
folletos entusiastas
y se anda por cantones con
un globo desalentado y un
silbato
en los ascensores se incuban
los aviones que
rabiosos piratearán en
los restos del crepúsculo
un zumbido las letras anuda
a las escoltas del sub-
mar(c)inismo
entre el sombrero alto y
las líquidas profundidades
una cabeza rebota en
los desfiles sonámbulos la
programación de
lo apremiante
Inédito
la(r)va
Sin mediar modelo, aunque con visos
de rumor antiquísimo, he oído rezar
en el fondo de algunos volcanes extinguidos.
Escorados haciallí, los ángeles entendían
sin extender traducción. Taimados, seguían
mostrando haciabajo cálices desprovistos
del alivio, herencias
que la lava había rechazado.
De El manantial invertido
ese viejo peligro
el asteroide había remolcado ese viejo peligro
durante milenios ---exactamente seis
milenios y seis días
al séptimo lo soltó detonando
la extensión y el rosario de sobadas precauciones
hay quien pudo comentar la remembranza
describir las centellas imprevistas y las siguientes
cruces proliferando sobre débiles tejados
entonces pasaban las cosas como sonámbulas
descalzas bajo el mandato de una turbia jerarquía
prosperaban ayunos al conmemorarse cada laberinto y
en la pausaritmética vaciaban los ceros su escalofrío
hay quien no volvió a levantar la vista evitando
el destello evocador de las naves ---arrojadas
hacia un confín vibrantemente opaco
y hubo quien por el suelo tembló ---al
adivinar
esos vuelos en la sombrafilada del menhir
incorporado en el octavo día
De Desvuelo
última frontera
¿Estamos llegando al objetivo?, cuestiona
el comandante de la nave interestelar.
Partimos hace tanto viaje que los millones de años
o sueños alteraron los datos originales.
No podemos regresar.
En la pantalla se angosta ese puerto perentorio,
allí quedaremos. Desconectad los sistemas, olvidaros
de vuestros nombres, afectos, malabarismos.
Ocupad vuestros puestos vacíos para el descenso.
No me preguntéis nada más, nada más,
os lo ruego.
Hasta este horizonte creímos avanzar... Mas
ahí veo la calle donde jugué cual niño
astronauta.
¿Están ya desconectados los sistemas?
Ha sido un honor acompañaros en el extravío.
Ocupad vuestras sombras.
Oremos.
De El manantial invertido
brisa
Tijeras, tallos, pétalos, primer vals
rosado de la brisa. Aquel perfume.
Y lo que tanto amé sin salvación.
El aire respirándome hasta hoy,
sin saberlo.
De El manantial invertido
la danza
De los escenarios del frío aquellos ventanales
vieron danzar una débil, azulada bailarina
que huyó con la tibia cajita de música
donde dormía mi corazón.
En aquel tiempo suspendido un carruaje recorría
ovaladas sendas de piedras innumerables,
un sombrío carruaje solitario, solamente ocupado
por la voz que lo impulsaba preguntando
a los cuatro silencios quién sabía de aquélla
y de mi vida.
Acontecieron inviernos sofocantes, sequías, desquicios
de agua envenenada, navidades espolvoreadas con ceniza,
eclipses, objetos trabados en su olvidado sino,
pasaron mapas ilegibles, bomberos incendiados, afónicos
profetas, impermeables vacíos...
... Y un autobús claro (¿otrora carruaje?)
sin señas, salvo
aquella débil silueta de familiar tibieza que daría
la vuelta,
recobraría cristales y aceras, extendería
brazos ofreciendo
un nuevo viaje por el mismo, cambiado camino.
De los escenarios del frío, de los opacados
vestuarios sonámbulos, de las recias lejanías
los seres queridos retornando, palpables las hebras
de alboradas apacibles, consumada la danza
giratoria, dormida en mi fe la bailarina.
Inédito © Héctor Rosales |