Poeta al habla: Guillermo Pilía | No basta con escribir bien

g u i l l e r m o | p i l í a | Argentina, 1958 | @ Nació en La Plata. Es egresado en Letras y autor de los poemarios: Arsénico, Enésimo Triunfo, Río Nuestro, Río Nuestro / Cazadores Nocturnos, Huesos de la Memoria, Caballo de Guernica y Ópera flamenca. Ha obtenido numerosos premios nacionales e internacionales: Faja de Honor de la Sociedad de Escritores de la Provincia, los premios nacionales “Ciudad de Bahía Blanca” y “Carmen Gándara”, el Premio “Carlos Auyero” de la Cámara de Diputados de la Provincia, segundo premio del certamen “Ciudad de Almendralejo” de Badajoz (España) y el Primer Premio de la Association International “La Porte des Poètes” de París, entre otros. Sus poemas han sido incluidos en antologías y en páginas de Internet en Argentina, España y el Reino Unido. Sus cuentos y ensayos también le han reportado importantes distinciones en su país, en España, Estados Unidos y Ecuador.

 

Selección de textos y autores por Carlos Barbarito

 

Es de mañana y afuera hace frío. Este invierno me trajo, hace un rato, algunos poemas de Guillermo Pilía. Alguno supondrá que escribir sobre la literatura de un amigo es una tarea fácil. Se equivoca. Veinticinco años de amistad no son garantía de que pueda yo moverme en el mar de la poesía del poeta platense como pez en el agua. Nunca, por más cercanía que se tenga con creador y obra, puede hablarse de facilidad. Todo lo contrario, ante la poesía –cuando es auténtica, profunda, ascética- la cabeza titubea, la mano tiembla ligeramente porque no se trata de un mar sereno, en reposo: por más que así nos parezca su superficie debajo hay múltiples corrientes que se cruzan, chocan entre sí o se fusionan.

Emprendo entonces la labor con –ahora cito a los Evangelios y a Kierkegaard- temor y temblor. Temor de no poder sondear al menos con cierto éxito en la poética de Pilía y temblor ante una poesía que se me aparece tan pulcra como abigarrada, tan transparente como abismal, tan próxima a lo clásico como expuesta a los vientos del presente. Me dice el poeta no basta con escribir bien. Tiene razón. Ahora, ¿qué significa escribir bien? Pregunta semejante me hizo y se hizo alguna vez Roberto Aizenberg al hablar de plástica -¿qué es pintar bien?-. ¿Cuál es el referente, el modelo, el paradigma? ¿Escribir bien, saber escribir, es seguir cierta corriente, parecerse a, hacer que lo escrito en nada se diferencie de lo que el mainstream escribe para proclamar que se es de hoy, de última hora, aunque haya que rematar el alma a precios de liquidación? Si ese es el precio que se debe pagar para seguir a bordo de la pesada carreta, mejor es apearse y seguir a pie al borde del camino. Esto lo piensa Guillermo Pilía y su labor es eso: una larga, interminable travesía solitaria junto al transitado camino donde muchos se afanan en seguir aunque haya casi nada de lugar, poco aire para respirar y, sobre todo, a cada paso haya que dejar jirones de sueños, de dignidad.

Hoy, en un titular, leía la palabra ruinas. En alguna conversación reciente otra palabra surgió una y otra vez: vacío. El poeta escribe ante el espectáculo de lo ruinoso y con la percepción de que cuanto hace es una muela que gira en el vacío. Busca encontrar, antes que cualquier otra cosa, significados. En medio de una trágica realidad que alimenta la nada con sucesivas oleadas de nada, que arroja trabajo y hasta la idea de trabajo al rincón de los trastos, que rubrica apologías a la huida por la huida misma –no importa si se trata de barbitúricos, alcoholes o tabiques-, el poeta busca significados. Lejos de ser una antigüedad, la frase de Rimbaud – este es el tiempo de los asesinos- continúa resonando en calles y casas. No es placentero, al contrario, ser el solitario, el excluido, el excéntrico en el sentido más desnudo y verdadero del término, pero ¿es preferible adherirse, formar parte de la legión que repite lo que hay que repetir, asiste a la compraventa de cuerpos y almas agenda de teléfonos en mano? ¿Es preferible formar parte de los que se premian a sí mismos y reciben el premio con los ojos llenos de lágrimas?

Estos son poemas de Guillermo Pilía elegidos por el poeta mismo. Son escritos de soledad, desesperación, angustia, infancia, duda, dolor. Son preguntas lanzadas al ancho y abisal ruido del mundo. Son las huellas de un solitario caminante en el polvo que bordea el pavimento. Son miradas al mundo antiguo y al mundo del presente, una mezcla de nostalgia por tiempos de relámpagos en la morada de los dioses y espadas reflejando la luz del sol, y de interrogantes y certezas mientras el agua lava el cuerpo, la camisa cubre del frío mientras adelante espera un nuevo día sobre hojas secas, entre humos de automóviles y pantallas que muestran niños muertos de males curables y cadáveres en vagones destruidos.

 

Carlos Barbarito


 

Para que se cumpla la ley que me obsesiona

He colgado a mis víctimas de un árbol,
las he desollado.

Las he partido en cuartos,
del tronco he extraído las vísceras azules.

He preparado el festín sobre la hierba,
salvajemente he comido carne humana.

He sacado los tendones más robustos
para cuerda de arco, para punta de flecha
los huesos más potentes he afilado.

Para que se cumpla la ley que me obsesiona
y cada hombre tenga parte
en la muerte del prójimo.

Cazadores Nocturnos, 1990


Niebla

Hay sobre la madrugada un vidrio opaco:
caminamos a tientas, en lo ambiguo
entre la tierra y el cielo: así creemos
que caminan también nuestros difuntos.

Quizás se esparcirá también la niebla
sobre campos y canales, contra el muro
verdinoso de la infancia,
entre los juguetes y el incienso de Rimbaud.

Es este humo de Dios como una llaga
que se percibe apenas con dolor: la pupila turbia
del milagro evangélico, quizás
un ojo lisiado de la mañana y de la vida.

Huesos de la Memoria, 1996


L

Bate en el corazón una palabra
algunas veces, como un redoblante.

Más bajo que un rasguido
de ruinosas guitarras
apenas si se escucha desde afuera.

Tengo la voz hundida
y la lengua con moho,
igual que un campanario sumergido.


LII

Cae la tarde, el perdón, una niebla
suburbana. Tu pena es solidaria
con el dolor de todo lo que nace.

Es sencillo tu mal:
crece como la barba y el cabello,
como malezas de un bosque difunto.

La boca abierta a las estrellas,
lloras como el caballo de Guernica.


LIII

En medio del bullicio de la tarde
puedo escuchar mi voz,
pura herrumbre de puerto abandonado.

Y es como si buscara en tierra firme
la soledad de las aguas abiertas
donde nacen las islas.

Ansias de clara palabra, de sílaba
de acento luminoso,
como moneda en la taza de un ciego.


Caballo de Guernica, 2001


Pan de la memoria

He dejado a mis padres
en esa casa que fue alguna vez
del tamaño del mundo.
—Hay allí,
bajo esos zócalos, en cada grieta
de sus lajas, un tiempo en su sepulcro;
allí una hierba fina va creciendo
como la cabellera de los muertos—.
Estos pocos recuerdos son mis únicas
certezas por ahora.
—Y la infancia
—como una espina de naranjo verde—
es una extensa mañana de lluvia;
es un agua metálica y humilde
que hervía en grandes ollas
y el perfume del apio y del arroz,
del perejil y la albahaca. Más tarde
yo iría a revolver en los roperos
sin saber que otras vidas más profundas
perduraban detrás de las maderas.
Acaso no existía diferencia
entre el sueño y la vigilia, entre un lado
y el otro del espejo, del armario
—aquel en que un abuelo silencioso,
embutido entre los sacos decrépitos,
sonriente descansaba—. No sabía
entonces lo que vive o sobrevive
debajo de las lajas y los zócalos,
ni el destino del pelo y de las uñas;
hoy hablo —claro está— de aquellos años
en los que nunca sentía el temor
de vivir con las sombras, tan distantes
de otros que llegarían a traer
gota a gota la piedad y la pena.
¿Por qué será que ahora
casi nunca se despierta feliz
quien soñó con sus muertos?
Sólo tras muchos viajes por mi sangre
volvería a esos cuartos para hurgar
entre los sueños y entre los roperos,
igual que cuando era aquella casa
del tamaño del mundo.
—Hoy comprendo
que todo ese mosaico de vivencias
tuvo encaje y sentido en aquel tiempo:
las perchas, las cigarras, las sombrillas,
las cuentas de un collar, las flores rojas
que veía al despertar de la siesta.
Y el olor de la harina humedecida
con que se amasa el pan de la memoria.

Ópera flamenca, 2003


Tranvía hacia la quema

Yo era entonces como un pájaro enfermo:
toda la noche tosía, y hacia el alba mi piel
estaba ya del color empolvado de los muertos.

—Años de una niñez de silencio y temores:
un débil sol brillaba en la avenida de plátanos
en mis mañanas de convaleciente—.

Aún me veo:
muy temprano mi madre me cargaba en un tranvía
que llegaba hasta la quema —perdura
todavía ese olor dentro de mí, los hombres grises
que entre el humo escarbaban osamentas y papeles—.

Hoy no sé por qué me vino esta imagen
de mi propia y la ajena pobreza, cuando leía
un poema, por azar, en un diario. A ofrecerme,
quizás como jarabe o revulsivo, una palabra;
para que ese recuerdo, como una flema estancada,
brotase saludable del pulmón de mi memoria


Las ratas

Nunca pude ver tan de cerca a las ratas
como en las noches de mi año de soldado,
si me dormía apoyado en mi fusil
debajo de un gran farol, en ese puesto
cercano a las barracas, entre los vahos
de comida descompuesta. Era entonces
cuando en silencio salían a mirarme
acorralándome en círculo, esperando
que también a mí se me abriesen los ojos.
Jamás me hicieron daño, pero llegaban
a observarme en el minuto de flaqueza
en que el sueño me vencía. Es extraño
que con el tiempo no volviesen las ratas
a atormentarme en las noches, que hoy evoque
esa imagen de miseria como si a otro
le hubiera acontecido. Yo mismo a veces
las llamo en medio de un instante de dicha:
a que me recuerden qué frágil resulta
la felicidad, qué cerca de los sueños
acechan siempre sus hocicos en punta


El milagro

Contaba mi padre que mi abuelo tenía
un ojo que siempre le lloraba, producto
de un golpe que le dio —brutal— mi bisabuelo.
Tendría entre ocho y diez años entonces
y con esa marca vivió hasta los setenta.
Nunca supe qué falta nimia le acarreó
un castigo tan dilatado en la distancia
y el recuerdo: ese ojo lisiado que no obstante
no logró hacerlo cruel ni resentido.
Cuando hoy mi vista llora de cansancio
—como esta mañana que tanto se parece
a aquellas en que escuchaba de niño
la historia de mi abuelo— pienso en el milagro
de mi padre que no sufrió la misma suerte,
de mis ojos sanos y de los ojos
más sanos aún de mi hijo; en el milagro
de que esa infancia dolorosa de mi abuelo
se haya quedado allá en su isla, y solamente
trajera aquí sin odio un ojo humedecido
que hoy bien podría estar llorando por piedad.

Inéditos, 2003-2004


Todos los poemas © Guillermo Pilía

c a r l o s | b a r b a r i t o | Argentina, 1958 | @ Nació en Pergamino, Buenos Aires. Es bibliotecario y miembro del equipo de LOS NOVELES. Su obra comprende libros de poesía y de crítica de artes plásticas. Entre su obra publicada están los libros: Teatro de lirios, Éxodos y trenes, Páginas del poeta flaco, Acerca de las vanguardias, Bestiario de amor, Desnuda materia y Puntos de fuga. En internet ha publicado Figuras de ojos y sombras. Su trabajo ha sido traducido al inglés y portugués y aparece en varias antologías. Recientemente publicó el poemario La orilla desierta. Página web: Carlos Barbarito

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