UN LIBRO SOBRE LA MESA: UNA BREVE INTRODUCCION A ALGUNOS POEMAS DE EDUARDO ESPINA
Hacia 1976, sobre la mesa del comedor de la casa de un amigo, encontré un libro de Eduardo Espina, Niebla de pianos. Nada sabía yo del poeta, como nada sabía de tantas cosas entonces, días en los que apenas si esbozaba algunos poemas y ya me consumía la idea de escribir el Libro. Mi amigo no me pudo explicar cómo ese poemario había llegado a sus manos, si por correo o por distracción de algún visitante. De todos modos, me lo regaló y desde entonces convive en mi biblioteca con los poemas de Michaux, de Valéry, de Eliot, de Pessoa… No sospechaba en aquellos años de que décadas más tarde escribiría una breve introducción a algunos textos de Espina, ésta –como tampoco sospechaba que alguna vez estrecharía la mano de Roberto Aizenberg, conversaría sobre magia con Olga Orozco, abrazaría por última vez, en la esquina de Corrientes y Paraná, a Alfredo Veiravé, oiría durante horas la voz de Pepe Soriano en un bar de Pergamino…-.
Eduardo Espina es poeta. No me caben dudas de que decir poeta aquí y ahora es lo mismo que decir invisible. O casi. La prosa domina el escenario. La poesía encuentra incómodo refugio en grietas, en márgenes, en sótanos. Pero, ¿qué prosa? Hoy, cualquier Corín Tellado puede pasar fácilmente ante los ojos de cualquiera por un Onetti –dijo el propio Espina. A cada rato, por los escasos medios que difunden literatura, se proclama la irrupción de un nuevo genio ; al poco tiempo la obra maestra cae en el más total olvido –quiero decir va a parar al fondo de las librerías donde se liquidan cuatro libros al precio de uno-. Agrega el propio Espina: …impera hoy más que nunca la improvisación y la trivialidad en los reseñistas jóvenes. Egresan de las carreras de ciencias de la comunicación con un menudo conocimiento del mercado editorial y de la literatura y llevan a las alturas novelas que no lo merecen... Claro, a esto hay que agregar – Espina debe estar de acuerdo, supongo- las conveniencias del mercado editorial que necesita seguir existiendo…y obteniendo ganancias. Si no hay, se lo inventa. Se contrata a galeotes y se les sugiere sobre qué escribir. Si hay venta, bien. Si no, hay otros dispuestos a seguir remando al ritmo del tambor. Ante la situación, la casi invisibilidad del poeta –que en otros momentos me parecía desesperante- ahora me reconforta. Y no es masoquismo, es sentirse todavía con la capacidad de crear un arte diferente al hegemónico, con más luz, peso y aire. ¿Me equivoco al afirmar que en estos poemas de Espina se respira algo semejante a lo que un niño desnudo y con el agua hasta la cintura respira? El poeta –el niño- juega, corre, camina al sol, bebe de algún río, hace malabares, enciende un fuego en la noche, contempla el amanecer.
En alguna oportunidad, tal vez en esta misma página en la red, repetí la frase de Guillermo Boido: La poesía no se vende porque la poesía no se vende. Por convicción o imposibilidad, hay quienes no se venden y hay quienes no lo logran, seamos francos, los poetas encuentran incómodo refugio en grietas, en márgenes, en sótanos. Allí estamos y estaremos hasta nuevo aviso. Allí está Eduardo Espina, con sus lapiceras y papeles, con sus dudas y certezas, con sus sueños y obsesiones. Incómodo, sí, pero capaz de poder escribir, por ejemplo: En la gema del ojo grazna lo agrietado, y también: Los ojos dan por verdad a las palabras, las cosas buscan un lugar en la mirada... ¿Puede alguien negar que estos versos, como alguna vez dijo Raquel Jodorowsky, no son capaces de enjoyar los días del hombre? © Carlos Barbarito
lengua materna
(Está escrito y entonces se escucha)
La mirada sueña su ser sin ser cierto.
Nada imprescindible es inversamente
proporcional: el uso sacia lo silvestre,
el empolvado a la par de la apariencia.
Hace un rato y en el país aún paisajes.
Las palabras preguntan por las plantas
en lo que no podrían responder, ¿y si
lo son? Abruma un deslumbramiento,
y dentro de la casa casi una situación;
la casa, ese espejo para pecar después.
Todo lo nuevo tendrá redor de urracas,
librada membrana adonde despertarse.
Corre a sus ansias una visión valiente:
el río sagrado en lugar de los hogares,
la velocidad del oro en aras del viento.
Entre tanto el árbol del tabú osó soltar
azores por las montañas nunca únicas,
pasó el pulso del papiro a la memoria
al morir la hora entre la ausencia y un
espesor infinito: algo todavía por ipar
y pare al alba el hábitat la sílfide feliz.
Raspa por el paisaje lo que no es poca
cosa y la costumbre de obrar en breve.
Ya el tiempo o regresa la idea a su lid,
regla grave para agregar a los agüeros.
Detrás del austro otro estruendo atraen
distraído por traer a las horas el drama.
Entre hoy y ya pasaron varias semanas,
quede para el domingo lo interminable,
el perfume cuya forma fue la felicidad.
Algún rato será mientras el aura ocurra,
rápido rasgando la suerte de herraduras
cuando a ras la siembra reciente roza al
sauce en los cielos pero sin nunca serlo:
nada simple es similar a la próxima vez.
¿O ha de ser el infinito, puro fin, de qué
y qué ha sido del silencio al asomar ahí?
Altura callada, hada del más dócil nido
de voz a variar con la voluntad del tala.
Tilos, hielo, años de ñandubay como va
único el corazón del agua a darles caza,
y zarzales al hacer del azur el resultado
y razones para las zorras en la cerrazón.
Va por tal porvenir el dorado anuro, va
la paja al pico en su pájaro, gira airado,
a lo invencible viaja antes de saber esto.
Ah del aire a solas como punto de vista.
Cimas, alma para no dejar de parecerse
al cierzo donde tanto está que ya estaba.
Rumbo de madréporas, de mirar encima
la misma similitud de sol cerca del lirio.
Sea hasta turbar fuera una esfera infinita
contra la fronda que en canéfora viajara
por ver el verano esperando al pampero,
plan inmóvil que la paz puso en peligro.
Oh del tiempo para después de los días
dados a la penúltima idea que les diera,
lingua, gualicho, noche de yutes chatos
siempre y cuando en el tranco aprenda.
Es por eso de pagarle a la belleza lares.
Pero no todo embellecimiento hablará
de lo oblicuo en la arboleda: el bosque
bañado de vencejos, da el visto bueno;
está la luna para que luego la explique.
En la gema del ojo grazna lo agrietado.
Dentro, lo que no es nada, deja de ser.
lo mejor de Magallanes
(Un poema estrecho)
Las crónicas dan cuenta al
encontrar triste trino detrás
de sirenas sin ser parecidas,
a qué, ¿al cielo, a la luz del
mundo en el día, pero cuál?
Parecidas a lo que sabría ser
la salida del sol a destiempo,
a una casa en silencio vacía.
Sobre el evo a dar la vuelta
en vano veía al viento tibio
bailando La Bamba a viva
voz como iba y embellece.
Bellezas para hacer mejor
a la mirada de tal manera
entre la marea y el aroma,
entre la pleamar y el afán
de los perfumes, cada mes.
Vino a mirar en el mundo
la manera de amar en más
de una forma al rey Momo.
Bellezas, zas, ¡qué zángano
a darse en celos por vencido
con la flor aunque no fuera!
Así le iba, abatatado en bote.
Encima de la mar respiraba
en chancletas por dar en el
clavo del desconocimiento:
para la cifra con mascarilla,
otra orilla querría descifrar.
Paisajes de cielos ausentes,
paisajes apenas empezando
con los zancos del carabón.
Una altura para los tesoros,
mientras un austro extraño
añoraba la bañera invitada
en bien de la inmortalidad
a medias cada vez menos
y amanecida por la mitad.
Bajo tales leyes del brillo,
el oro parecido al dinero,
la era manchada de arena.
A su plan el sol se agrega.
El azul no falta, el celeste
del Sur cambia para sí de
cetro que a través ve otro.
Tras los días de tranquera
en su quimera por la guita
guiaba al alba la vaguedad
del ojo habitado por abajo,
llegaba la lluvia, el báyamo
hallaba maneras de tararear
para poder decir yo vi, y fui.
El mundo entraba al verano
mientras ocurría la realidad.
Escenas de zen a estar solas,
días para quedarse cada uno:
salvaban al bien las briznas,
la luz al pelo perpendicular.
Tal la idea dividida, la vida:
corría a ras sin arrepentirse,
era pensamiento de repente,
y aquel grito, ay, ¡qué grito!
Algo había sido descubierto,
algo o lugar da ya lo mismo.
¿Y? Claro, luego nada debió
decirle a la lluvia del viernes.
Las horas se iban no venían,
tampoco el viento, la visión
de las semanas en ninguna.
Y al tiempo, ¿qué, pregunta
hacerle para que deje de ser?
La luna no lo explica, el plan
del cormorán hará murmurar.
Sobre sus alas la ola escribe.
Era el árido mar la sintaxis,
el oro para que alguien ore
natural encima del más allá
pero acá -donde estaban- la
verdad tuvo ganas de venir
en bicicleta al cálido clima.
Laberinto de todo detenido
en vocablos como charque,
chinchulín, chancleta chica
por aquí y allí cuanto tirita,
bicho, carpincho, piripicho,
digo más, chifle, cachimba,
palabras que han encausado
hasta ser en secreto escritas.
Va cansado a conseguirlas.
Oh lo inusual del universo
a babor del contemplante:
había llegado tan lejos,
que al mirar para atrás
vio el horizonte
un día después.
la patria, un objeto reciente
(Aquí la vida hace como que existe)
La mortalidad de su materia es lo que
da para empezar: a punto de quedarse
deseada encuentra la perla y el apodo.
Vida como dádiva duradera, como ha
sido la del aprendiz y detrás, hay otro.
De sí por decirlo sería huir a su ritmo
más allá del llano atravesando la verja
del paje que pregunta por el anfitrión.
A tiempo de poner lo que nunca nació,
la mañana derrama ramalajes de brillo,
el rubor que a la voz anuncia naciones,
nada más que la zancadilla de siempre.
Llega la lluvia, la costumbre del cobre
y el rocío que por cierto cae en desuso.
Todo cambia, nada viene a lo invisible,
la luna en el heno hace a la desazón, el
invierno al venado que alcanza a ceder.
Por su voz ha oído del sino disminuido,
en lados idealizado como adorno, o no.
Podría resumirse así: el margen de los
abejorros origina con el gerundio y la
canción llevada al grazno del susurro.
El cuerpo dispuesto por la posibilidad.
Arbol, revoleo, y va la brizna por libre
al abrir la brecha hasta que esté abierta.
La casa encuentra un coto encarnizado,
nácar de cardo para perder el recuerdo.
De toda su estatura hace decir al cielo.
Duerme la piel a pesar de lo que pasa.
Los ojos dan por verdad a las palabras,
las cosas buscan un lugar en la mirada.
poesía eres (también) tú
(Hipo rima con periplo)
La página, nebrija para pájaros,
(menos sucede en la indecisión
o amanece el azur a lo sublime)
la página, si por otro Sur asoma
con sortilegio a sentirse elegida,
la página, su ojo estando en paz,
desparejo acertijo de hicocervos
(y un rayo al resplandor oyendo).
Nada hay ni temas para entender.
Ante el tacto la lentitud detenida
dará su borde al alba de una vez,
un plan de lis por los alrededores
dará más de una razón al silencio.
Claro será el comienzo de conejo
a cercar la suerte con pata propia.
Blanco conejo a quien encuentra,
¿o es azul su sombra en persona?
Sombra de éstas contra el tiempo,
y la más veloz al hacerlo, lo hará.
Mojado de miradas da el destino
por entendido al entendimiento,
deja gotas de esgrimas y alegría.
Ah, y la irreverencia del escriba
mientras las esdrújulas pasan de
moda, enmiendan al mensajero
que por ojear tendrá radar en él.
Por ver su luz permanente, qué
decir, qué resero poner encima.
Encima del oro, el alma humea,
sirve a la raza salvada del deseo.
Sea el olvido la bestia diferente,
el esporádico túnel que lleva al
cazador, a la zona al fin cazada.
Como otra canción a la trampa,
como más al semblante del azor
saliendo de causas casi sinceras.
Como, en el cine de Tarkovsky.
Cine con cielo, lección solitaria.
Por mirar a su rosa hace un rato
los ojos sabrán de abril la mitad.
Una toma con el mal iluminado,
visiones entre cumbres y bruma
que obra burlando al taparrabos
cuando no lamentan descubrirlo
ni al brío descubren: la Historia
al tiritar entre estaturas aturdía a
la lantana lo que al fin la fortuna.
La mitad muerta relamía la mirra
real y el río al mundo demuestra,
tal situación sin estar sintiéndola.
Cuánta hora de tórax, autoría de
días en pasado hacia los sapos a
poco de pensarlo, cuánta réplica
que por arrobo libra otro drama.
Pero hay que seguir haciéndolo,
hacer al ser contrario al sentido.
Ya la luz lastima las posiciones,
las horas en fila serán estos días,
el premio de preguntar a la vida.
Toca como paga una parte peor.
A la puerta toca cual condición.
El tiempo reparte los recuerdos,
el pasado está aún por suceder.
vejez de Wittgenstein
(Un año antes de ser él mismo)
Quietud de cuanto después aparecía
al pasar del azar a la razón siguiente.
Es él, a leer en los lirios la duración.
Va de la lavanda a la banda oriental
hasta tal hora y al oro yendo natural
lleno de brillos mientras la luz llega
y la bruma en brazos de la mucama.
Va de un lado a otros, de la tricota a
lo que no cuesta ponerse ni aparece.
Vestido de tibidabos iba a su babor
hablando del hábito por bragarse el
gabán en boga que a tientas detenía
la eternidad de terminar la amenaza
entre las mansalvas y el inmenso no
de nomenclaturas, la efímera mitad,
ah sí, de la ocasión por las cláusulas
a usar la suavidad del espantapájaros,
la claraboya, el yo a quedar boyando.
Ahí la latitud a darle al sino su sabor
y al sureño sueños del árbol siguiente.
¿Sería pía la sierpe apenas despertara?
¿Será de quién el ocaso que no sirvió
envirgar bajo el bisturí en escabeche?
Y quién, al callar pensaría más de un
día luego de ayer mientras todavía el
viento estaba y estuvo la tentación al
lado de los adioses, pero de qué lado.
De éste, cuando la dote del hado dijo
“querer es más que quedarse quieto”,
aunque no eso, sino esto pero recién:
“la manera de escribir es la máscara”.
Inmóvil y no vil para morir bilingüe,
su ropa campera respiró en paréntesis
por sentir la resurrección del destierro
a ras de los ríos cuyo barro recorrían.
De la sima la ceniza al cierzo saldría
enterrando el error del rompecabezas
perdido a su pesar en el serpentinaje.
El aire como árido era sería más que
antes un jazmín dormido con la idea
de primavera en el espejo retrovisor,
era huir del lirismo de quien pudiera
o abrir primero la puerta para entrar,
pero entrar a la trampa por despareja.
Al cabo de una vez vio la posteridad
que la vida viajaba con larvas debajo,
vio a los labios cambiar de voluntad
(algo iba a decir justo cuando lo dijo).
Hablando tantas horas sin parar hacía
de los mecanismos un abismo menos,
hacia el aire iría como era ahora ayer
el canalla acostumbrándose a la casa.
Todo daba a la ventana de la bataraz,
tanto astro natal y semblante rasante
sin rastro de haber sido casi en serio;
lo blando, el bohío, una niebla débil.
Poco sería del arpa para escucharlos.
Samsaras serían, iracemas, cara seria.
Celada, azaleas y según la rosa supo,
siembra líquida de cuanto culminara
con nardos por adornar a cada alma
cuando es el destino lo que hizo él,
lunes desde éste a la noche anterior.
Tanto sino, cuánta causa hasta aquí
(roza la suerte su desconocimiento).
Y todo, por unas voces a salvo que
lo visitaban para avisar quien vendría.
Viene el ánimo o el amor a suspirar,
puede la sepia espera con el tiempo.
Ya nada ni lo tardío dará la muerte.
Muda a durar con tal aura la efigie
floja en el ojal desconocía su ciclo.
Hería el erial la claridad del ángel,
claro que no siempre sino después
la ceguera seguía al gris ingrato y
como premio ponía la costumbre,
constelación anterior a lo terreno:
queda duro el corazón horizontal.
Por pensarlo así mejor no decirlo.
Mejor dejar en paz a las palabras.
Hoy el pensamiento sabe si viene,
el tiempo hace que tirita pero está.
Ahora todo, hasta región y juerga.
Otro oír en lo que el mundo calla.
momias
(Morir entre comillas)
En la invencible inmensidad
del tiempo y de todo les toca
el ocaso de cada cromosoma,
la cuna que trajo cuanto tuvo.
Una invisibilidad las apabulla,
tanta antigüedad les dará edad
o ideas al responder dormidas,
y despiertas, ¿a quién esperan?
Saben de más venganzas, del
cielo que supo ser demasiado.
(Quietas, calladas como ellas,
hallan en la sombra su nación,
nacen, sueñan cerca, van para
saber cuándo está bien decirlo.)
Como tanto ven pero en verano,
su tiempo tiene una hora menos.
Ante el menor descuido cuidan
la duración del mundo reciente,
de lo ínfimo a lo mínimo miran
por el alma zen los almanaques
al quedar oídas de esta manera.
Es el silencio lo que confiesan.
Dentro de la inmensa morada
lo mismo la lamia que la hurí,
la nacida recién que aquella al
llegar del más allá hace un rato.
Ah la unión de los nacimientos,
blancura de holgados brocados,
seda somnolienta para librarlas.
Cabe la suavidad que las venda,
condición de todas, de ninguna.
Fijeza ni velocidad se les vio,
cuando a solas por las criptas
la piel o algo peor añorando.
La nada que nunca llegaba.
(Quedaron envueltas
para que la muerte
no las hiriera)
© Eduardo Espina |