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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

 

 

UN LIBRO SOBRE LA MESA: UNA BREVE INTRODUCCION A ALGUNOS POEMAS DE EDUARDO ESPINA

Hacia 1976, sobre la mesa del comedor de la casa de un amigo, encontré un libro de Eduardo Espina, Niebla de pianos. Nada sabía yo del poeta, como nada sabía de tantas cosas entonces, días en los que apenas si esbozaba algunos poemas y ya me consumía la idea de escribir el Libro. Mi amigo no me pudo explicar cómo ese poemario había llegado a sus manos, si por correo o por distracción de algún visitante. De todos modos, me lo regaló y desde entonces convive en mi biblioteca con los poemas de Michaux, de Valéry, de Eliot, de Pessoa… No sospechaba en aquellos años de que décadas más tarde escribiría una breve introducción a algunos textos de Espina, ésta –como tampoco sospechaba que alguna vez estrecharía la mano de Roberto Aizenberg, conversaría sobre magia con Olga Orozco, abrazaría por última vez, en la esquina de Corrientes y Paraná, a Alfredo Veiravé, oiría durante horas la voz de Pepe Soriano en un bar de Pergamino…-.

Eduardo Espina es poeta. No me caben dudas de que decir poeta aquí y ahora es lo mismo que decir invisible. O casi. La prosa domina el escenario. La poesía encuentra incómodo refugio en grietas, en márgenes, en sótanos. Pero, ¿qué prosa? Hoy, cualquier Corín Tellado puede pasar fácilmente ante los ojos de cualquiera por un Onetti –dijo el propio Espina. A cada rato, por los escasos medios que difunden literatura, se proclama la irrupción de un nuevo genio ; al poco tiempo la obra maestra cae en el más total olvido –quiero decir va a parar al fondo de las librerías donde se liquidan cuatro libros al precio de uno-. Agrega el propio Espina: …impera hoy más que nunca la improvisación y la trivialidad en los reseñistas jóvenes. Egresan de las carreras de ciencias de la comunicación con un menudo conocimiento del mercado editorial y de la literatura y llevan a las alturas novelas que no lo merecen... Claro, a esto hay que agregar – Espina debe estar de acuerdo, supongo- las conveniencias del mercado editorial que necesita seguir existiendo…y obteniendo ganancias. Si no hay, se lo inventa. Se contrata a galeotes y se les sugiere sobre qué escribir. Si hay venta, bien. Si no, hay otros dispuestos a seguir remando al ritmo del tambor. Ante la situación, la casi invisibilidad del poeta –que en otros momentos me parecía desesperante- ahora me reconforta. Y no es masoquismo, es sentirse todavía con la capacidad de crear un arte diferente al hegemónico, con más luz, peso y aire. ¿Me equivoco al afirmar que en estos poemas de Espina se respira algo semejante a lo que un niño desnudo y con el agua hasta la cintura respira? El poeta –el niño- juega, corre, camina al sol, bebe de algún río, hace malabares, enciende un fuego en la noche, contempla el amanecer.

En alguna oportunidad, tal vez en esta misma página en la red, repetí la frase de Guillermo Boido: La poesía no se vende porque la poesía no se vende. Por convicción o imposibilidad, hay quienes no se venden y hay quienes no lo logran, seamos francos, los poetas encuentran incómodo refugio en grietas, en márgenes, en sótanos. Allí estamos y estaremos hasta nuevo aviso. Allí está Eduardo Espina, con sus lapiceras y papeles, con sus dudas y certezas, con sus sueños y obsesiones. Incómodo, sí, pero capaz de poder escribir, por ejemplo: En la gema del ojo grazna lo agrietado, y también: Los ojos dan por verdad a las palabras, las cosas buscan un lugar en la mirada... ¿Puede alguien negar que estos versos, como alguna vez dijo Raquel Jodorowsky, no son capaces de enjoyar los días del hombre?

© Carlos Barbarito


lengua materna

(Está escrito y entonces se escucha)

 

La mirada sueña su ser sin ser cierto.

Nada imprescindible es inversamente

proporcional: el uso sacia lo silvestre,

el empolvado a la par de la apariencia.

Hace un rato y en el país aún paisajes.

Las palabras preguntan por las plantas

en lo que no podrían responder, ¿y si

lo son? Abruma un deslumbramiento,

y dentro de la casa casi una situación;

la casa, ese espejo para pecar después.

Todo lo nuevo tendrá redor de urracas,

librada membrana adonde despertarse.

Corre a sus ansias una visión valiente:

el río sagrado en lugar de los hogares,

la velocidad del oro en aras del viento.

Entre tanto el árbol del tabú osó soltar

azores por las montañas nunca únicas,

pasó el pulso del papiro a la memoria

al morir la hora entre la ausencia y un

espesor infinito: algo todavía por ipar

y pare al alba el hábitat la sílfide feliz.

Raspa por el paisaje lo que no es poca

cosa y la costumbre de obrar en breve.

Ya el tiempo o regresa la idea a su lid,

regla grave para agregar a los agüeros.

Detrás del austro otro estruendo atraen

distraído por traer a las horas el drama.

Entre hoy y ya pasaron varias semanas,

quede para el domingo lo interminable,

el perfume cuya forma fue la felicidad.

Algún rato será mientras el aura ocurra,

rápido rasgando la suerte de herraduras

cuando a ras la siembra reciente roza al

sauce en los cielos pero sin nunca serlo:

nada simple es similar a la próxima vez.

¿O ha de ser el infinito, puro fin, de qué

y qué ha sido del silencio al asomar ahí?

Altura callada, hada del más dócil nido

de voz a variar con la voluntad del tala.

Tilos, hielo, años de ñandubay como va

único el corazón del agua a darles caza,

y zarzales al hacer del azur el resultado

y razones para las zorras en la cerrazón.

Va por tal porvenir el dorado anuro, va

la paja al pico en su pájaro, gira airado,

a lo invencible viaja antes de saber esto.

Ah del aire a solas como punto de vista.

Cimas, alma para no dejar de parecerse

al cierzo donde tanto está que ya estaba.

Rumbo de madréporas, de mirar encima

la misma similitud de sol cerca del lirio.

Sea hasta turbar fuera una esfera infinita

contra la fronda que en canéfora viajara

por ver el verano esperando al pampero,

plan inmóvil que la paz puso en peligro.

Oh del tiempo para después de los días

dados a la penúltima idea que les diera,

lingua, gualicho, noche de yutes chatos

siempre y cuando en el tranco aprenda.

Es por eso de pagarle a la belleza lares.

Pero no todo embellecimiento hablará

de lo oblicuo en la arboleda: el bosque

bañado de vencejos, da el visto bueno;

está la luna para que luego la explique.

En la gema del ojo grazna lo agrietado.

Dentro, lo que no es nada, deja de ser.

 

lo mejor de Magallanes

(Un poema estrecho)

 

Las crónicas dan cuenta al

encontrar triste trino detrás

de sirenas sin ser parecidas,

a qué, ¿al cielo, a la luz del

mundo en el día, pero cuál?

Parecidas a lo que sabría ser

la salida del sol a destiempo,

a una casa en silencio vacía.

Sobre el evo a dar la vuelta

en vano veía al viento tibio

bailando La Bamba a viva

voz como iba y embellece.

Bellezas para hacer mejor

a la mirada de tal manera

entre la marea y el aroma,

entre la pleamar y el afán

de los perfumes, cada mes.

Vino a mirar en el mundo

la manera de amar en más

de una forma al rey Momo.

Bellezas, zas, ¡qué zángano

a darse en celos por vencido

con la flor aunque no fuera!

Así le iba, abatatado en bote.

Encima de la mar respiraba

en chancletas por dar en el

clavo del desconocimiento:

para la cifra con mascarilla,

otra orilla querría descifrar.

Paisajes de cielos ausentes,

paisajes apenas empezando

con los zancos del carabón.

Una altura para los tesoros,

mientras un austro extraño

añoraba la bañera invitada

en bien de la inmortalidad

a medias cada vez menos

y amanecida por la mitad.

Bajo tales leyes del brillo,

el oro parecido al dinero,

la era manchada de arena.

A su plan el sol se agrega.

El azul no falta, el celeste

del Sur cambia para sí de

cetro que a través ve otro.

Tras los días de tranquera

en su quimera por la guita

guiaba al alba la vaguedad

del ojo habitado por abajo,

llegaba la lluvia, el báyamo

hallaba maneras de tararear

para poder decir yo vi, y fui.

El mundo entraba al verano

mientras ocurría la realidad.

Escenas de zen a estar solas,

días para quedarse cada uno:

salvaban al bien las briznas,

la luz al pelo perpendicular.

Tal la idea dividida, la vida:

corría a ras sin arrepentirse,

era pensamiento de repente,

y aquel grito, ay, ¡qué grito!

Algo había sido descubierto,

algo o lugar da ya lo mismo.

¿Y? Claro, luego nada debió

decirle a la lluvia del viernes.

Las horas se iban no venían,

tampoco el viento, la visión

de las semanas en ninguna.

Y al tiempo, ¿qué, pregunta

hacerle para que deje de ser?

La luna no lo explica, el plan

del cormorán hará murmurar.

Sobre sus alas la ola escribe.

Era el árido mar la sintaxis,

el oro para que alguien ore

natural encima del más allá

pero acá -donde estaban- la

verdad tuvo ganas de venir

en bicicleta al cálido clima.

Laberinto de todo detenido

en vocablos como charque,

chinchulín, chancleta chica

por aquí y allí cuanto tirita,

bicho, carpincho, piripicho,

digo más, chifle, cachimba,

palabras que han encausado

hasta ser en secreto escritas.

Va cansado a conseguirlas.

Oh lo inusual del universo

a babor del contemplante:

había llegado tan lejos,

que al mirar para atrás

vio el horizonte

un día después.

 

la patria, un objeto reciente

(Aquí la vida hace como que existe)

 

La mortalidad de su materia es lo que

da para empezar: a punto de quedarse

deseada encuentra la perla y el apodo.

Vida como dádiva duradera, como ha

sido la del aprendiz y detrás, hay otro.

De sí por decirlo sería huir a su ritmo

más allá del llano atravesando la verja

del paje que pregunta por el anfitrión.

A tiempo de poner lo que nunca nació,

la mañana derrama ramalajes de brillo,

el rubor que a la voz anuncia naciones,

nada más que la zancadilla de siempre.

Llega la lluvia, la costumbre del cobre

y el rocío que por cierto cae en desuso.

Todo cambia, nada viene a lo invisible,

la luna en el heno hace a la desazón, el

invierno al venado que alcanza a ceder.

Por su voz ha oído del sino disminuido,

en lados idealizado como adorno, o no.

Podría resumirse así: el margen de los

abejorros origina con el gerundio y la

canción llevada al grazno del susurro.

El cuerpo dispuesto por la posibilidad.

Arbol, revoleo, y va la brizna por libre

al abrir la brecha hasta que esté abierta.

La casa encuentra un coto encarnizado,

nácar de cardo para perder el recuerdo.

De toda su estatura hace decir al cielo.

Duerme la piel a pesar de lo que pasa.

Los ojos dan por verdad a las palabras,

las cosas buscan un lugar en la mirada.

 

poesía eres (también) tú

(Hipo rima con periplo)

 

La página, nebrija para pájaros,

(menos sucede en la indecisión

o amanece el azur a lo sublime)

la página, si por otro Sur asoma

con sortilegio a sentirse elegida,

la página, su ojo estando en paz,

desparejo acertijo de hicocervos

(y un rayo al resplandor oyendo).

Nada hay ni temas para entender.

Ante el tacto la lentitud detenida

dará su borde al alba de una vez,

un plan de lis por los alrededores

dará más de una razón al silencio.

Claro será el comienzo de conejo

a cercar la suerte con pata propia.

Blanco conejo a quien encuentra,

¿o es azul su sombra en persona?

Sombra de éstas contra el tiempo,

y la más veloz al hacerlo, lo hará.

Mojado de miradas da el destino

por entendido al entendimiento,

deja gotas de esgrimas y alegría.

Ah, y la irreverencia del escriba

mientras las esdrújulas pasan de

moda, enmiendan al mensajero

que por ojear tendrá radar en él.

Por ver su luz permanente, qué

decir, qué resero poner encima.

Encima del oro, el alma humea,

sirve a la raza salvada del deseo.

Sea el olvido la bestia diferente,

el esporádico túnel que lleva al

cazador, a la zona al fin cazada.

Como otra canción a la trampa,

como más al semblante del azor

saliendo de causas casi sinceras.

Como, en el cine de Tarkovsky.

Cine con cielo, lección solitaria.

Por mirar a su rosa hace un rato

los ojos sabrán de abril la mitad.

Una toma con el mal iluminado,

visiones entre cumbres y bruma

que obra burlando al taparrabos

cuando no lamentan descubrirlo

ni al brío descubren: la Historia

al tiritar entre estaturas aturdía a

la lantana lo que al fin la fortuna.

La mitad muerta relamía la mirra

real y el río al mundo demuestra,

tal situación sin estar sintiéndola.

Cuánta hora de tórax, autoría de

días en pasado hacia los sapos a

poco de pensarlo, cuánta réplica

que por arrobo libra otro drama.

Pero hay que seguir haciéndolo,

hacer al ser contrario al sentido.

Ya la luz lastima las posiciones,

las horas en fila serán estos días,

el premio de preguntar a la vida.

Toca como paga una parte peor.

A la puerta toca cual condición.

El tiempo reparte los recuerdos,

el pasado está aún por suceder.

 

vejez de Wittgenstein

(Un año antes de ser él mismo)

 

Quietud de cuanto después aparecía

al pasar del azar a la razón siguiente.

Es él, a leer en los lirios la duración.

Va de la lavanda a la banda oriental

hasta tal hora y al oro yendo natural

lleno de brillos mientras la luz llega

y la bruma en brazos de la mucama.

Va de un lado a otros, de la tricota a

lo que no cuesta ponerse ni aparece.

Vestido de tibidabos iba a su babor

hablando del hábito por bragarse el

gabán en boga que a tientas detenía

la eternidad de terminar la amenaza

entre las mansalvas y el inmenso no

de nomenclaturas, la efímera mitad,

ah sí, de la ocasión por las cláusulas

a usar la suavidad del espantapájaros,

la claraboya, el yo a quedar boyando.

Ahí la latitud a darle al sino su sabor

y al sureño sueños del árbol siguiente.

¿Sería pía la sierpe apenas despertara?

¿Será de quién el ocaso que no sirvió

envirgar bajo el bisturí en escabeche?

Y quién, al callar pensaría más de un

día luego de ayer mientras todavía el

viento estaba y estuvo la tentación al

lado de los adioses, pero de qué lado.

De éste, cuando la dote del hado dijo

“querer es más que quedarse quieto”,

aunque no eso, sino esto pero recién:

“la manera de escribir es la máscara”.

Inmóvil y no vil para morir bilingüe,

su ropa campera respiró en paréntesis

por sentir la resurrección del destierro

a ras de los ríos cuyo barro recorrían.

De la sima la ceniza al cierzo saldría

enterrando el error del rompecabezas

perdido a su pesar en el serpentinaje.

El aire como árido era sería más que

antes un jazmín dormido con la idea

de primavera en el espejo retrovisor,

era huir del lirismo de quien pudiera

o abrir primero la puerta para entrar,

pero entrar a la trampa por despareja.

Al cabo de una vez vio la posteridad

que la vida viajaba con larvas debajo,

vio a los labios cambiar de voluntad

(algo iba a decir justo cuando lo dijo).

Hablando tantas horas sin parar hacía

de los mecanismos un abismo menos,

hacia el aire iría como era ahora ayer

el canalla acostumbrándose a la casa.

Todo daba a la ventana de la bataraz,

tanto astro natal y semblante rasante

sin rastro de haber sido casi en serio;

lo blando, el bohío, una niebla débil.

Poco sería del arpa para escucharlos.

Samsaras serían, iracemas, cara seria.

Celada, azaleas y según la rosa supo,

siembra líquida de cuanto culminara

con nardos por adornar a cada alma

cuando es el destino lo que hizo él,

lunes desde éste a la noche anterior.

Tanto sino, cuánta causa hasta aquí

(roza la suerte su desconocimiento).

Y todo, por unas voces a salvo que

lo visitaban para avisar quien vendría.

Viene el ánimo o el amor a suspirar,

puede la sepia espera con el tiempo.

Ya nada ni lo tardío dará la muerte.

Muda a durar con tal aura la efigie

floja en el ojal desconocía su ciclo.

Hería el erial la claridad del ángel,

claro que no siempre sino después

la ceguera seguía al gris ingrato y

como premio ponía la costumbre,

constelación anterior a lo terreno:

queda duro el corazón horizontal.

Por pensarlo así mejor no decirlo.

Mejor dejar en paz a las palabras.

Hoy el pensamiento sabe si viene,

el tiempo hace que tirita pero está.

Ahora todo, hasta región y juerga.

Otro oír en lo que el mundo calla.

 

momias

(Morir entre comillas)

 

En la invencible inmensidad

del tiempo y de todo les toca

el ocaso de cada cromosoma,

la cuna que trajo cuanto tuvo.

Una invisibilidad las apabulla,

tanta antigüedad les dará edad

o ideas al responder dormidas,

y despiertas, ¿a quién esperan?

Saben de más venganzas, del

cielo que supo ser demasiado.

(Quietas, calladas como ellas,

hallan en la sombra su nación,

nacen, sueñan cerca, van para

saber cuándo está bien decirlo.)

Como tanto ven pero en verano,

su tiempo tiene una hora menos.

Ante el menor descuido cuidan

la duración del mundo reciente,

de lo ínfimo a lo mínimo miran

por el alma zen los almanaques

al quedar oídas de esta manera.

Es el silencio lo que confiesan.

Dentro de la inmensa morada

lo mismo la lamia que la hurí,

la nacida recién que aquella al

llegar del más allá hace un rato.

Ah la unión de los nacimientos,

blancura de holgados brocados,

seda somnolienta para librarlas.

Cabe la suavidad que las venda,

condición de todas, de ninguna.

Fijeza ni velocidad se les vio,

cuando a solas por las criptas

la piel o algo peor añorando.

La nada que nunca llegaba.

(Quedaron envueltas

para que la muerte

no las hiriera)

 

© Eduardo Espina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Barbarito | Argentina, 1958 | Poeta y bibliotecario. Su trabajo comprende libros de poesía y de crítica de artes plásticas como: Teatro de lirios, Éxodos y trenes, Acerca de las vanguardias, Bestiario de amor, Desnuda materia y Puntos de fuga. Su obra ha sido traducida al inglés y portugués y aparece en diversas antologías. Recientemente publicó el poemario La orilla desierta. Página web: Carlos Barbarito
Eduardo Espina | Uruguay, 1954 | Es autor de Niebla de pianos (1975), Valores personales (1982), El disfraz de la Modernidad (1992), La caza nupcial (1993), El oro y la liviandad del brillo (1994), Coto de casa (1995), Mínimo de mundo visible (2003), La condición Milli Vanilli: ensayos de dos siglos (2003) y El cutis patrio (2006), entre otros. Reside en Estados Unidos, donde se desempeña como profesor universitario y como editor de la revista Hispanic Poetry Review.