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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

LUISA FUTORANSKY: LA ETERNA LUCHA

Retrocedo en el tiempo hasta mi adolescencia. Organizábamos un concierto de un grupo de rock, en mi ciudad natal, Pergamino. En una revista de prensa subterránea, una de las tantas que pululaban por entonces, encontré un poema de Luisa Futoransky del que apenas recuerdo un verso: ...uníos a esta misa. De inmediato se lo mostré a los integrantes del grupo quienes decidieron ponerle música. Fue en el ya desaparecido Cine San Martín, semanas más tarde, cuando esa canción surgida de modo imprevisto tuvo su estreno y única interpretación. Yo no sabía entonces quién era Luisa Futoransky, lo supe bastante después. De todos modos, desde aquel momento hasta hoy no dejé de leer sus textos y de interesarme por su actividad tanto poética como periodística. Luego supe que Luisa vive en París desde 1981, al cabo de una década de travesías por el mundo que la llevaron a Iowa y a Roma, que desde 1989 ocupa el cargo de conferenciante en el Centro Pompidou, que desde 1995 es redactora en la Agencia France Presse. Leo en una biografía suya: ...cuando la niebla y el frío lo permiten, va a trabajar en bicicleta. Lo que no imaginé es que, décadas después de aquel primer poema encontrado por azar, me encargarían una breve presentación de unos textos de Luisa. No pretendo calcular la cantidad de mecanismos que debieron ponerse en marcha y en contacto para ello, sólo quiero celebrar el hecho. 

El pescador sabe devolver al agua/las palabras que no sirven. Aquí, lo primero que atrae mi atención. Tal vez porque, desde siempre, el agua constituye una de mis obsesiones y, también, porque la ardua elección entre una palabra y otra es tarea continua de todo poeta y, obviamente, no soy una excepción. Claro, no hay palabra que no sirva pero hay palabras que nos atraen y otras que nos producen rechazo, palabras que nos alegran y otras que nos entristecen, palabras que nos alimentan y otras que nos hieren. Hay palabras que desde que tenemos memoria nos alumbran y otras que nos empujan hacia la sombra. A veces tenemos una explicación para ello, a veces no.  Pienso en la división entre bestias puras e impuras del Antiguo Testamento, así las palabras: el poeta-pescador eliminando de las hinchadas redes lo que no lo alegra, alimenta y sostiene. Es mucho más lo que se devuelve al mar que lo que se conserva en el bote. Unas pocas palabras-peces quedan sobre la madera del fondo luego de una prolongada y fatigosa pesca entre olas inmensas y a menudo con el viento en contra.

No sólo pescador el poeta, también jardinero. Las plantas como las palabras crecen de forma inesperada –escribe Luisa. La labor es modelarlas conforme su naturaleza, nos dice, pero sin olvidar el azar. Ciencia y magia, de un extremo al otro del oscilar del péndulo está comprendido el quehacer del poeta, del jardinero. Porque si todo estuviese calculado, medido y pesado, no habría lugar para el asombro. Cuidar, regar, hacer acodos, cortar lo que está demás o se secó, sí, pero, también, dejar que el aire, el rocío, la lluvia, la luz del sol hagan lo suyo. La poesía como bella planta surgida de la razón y del prodigio, de la vigilia y del sueño, surgida de la tierra y que crece con paciencia. Si con paciencia crecen calas y malvones, también con paciencia se hacen los poemas, el resto –me parece que así piensa Luisa- es vanidad.


Finalmente, como última confesión, lo que siente Luisa frente a la eterna lucha de los poetas. O, mejor, de toda aquella persona que sueña. Con una ristra de ajíes en el muro se puede atravesar el invierno. Hacer como que no existen los estragos del dinero, las arrugas ni la fatiga de vivir. Pero: Tarde o temprano los ángeles llegarán cargados de advertencias. O promesas. Con sus cuentas de diezmos a pagar. Es que, tiene razón Luisa, para una cosa están los hombres que sueñan, entre ellos los poetas, y para otra muy diferente, están los ángeles. Los ángeles no sueñan ni escriben poesía, hacen que órdenes ajenas se cumplan y nada más. Para ellos la ruta es siempre la misma, la cumplen sin chistar. Para nosotros, dice Eliot, es el intento; el siempre cambiante, interminable viaje hacia el mar.

© Carlos Barbarito


 

arte poética

 

El pescador conoce de aparejos, sedales, tanzas,

cañas, anzuelos y plomadas.

 

El pescador sabe devolver al agua

las palabras

que no sirven.

 

consignas al navegante

 

Hacer las cosas bien,

determinar el punto de fuga

por el que el ojo elige

todo lo que no elige

llegar a buen puerto

al corazón de los lugares

 

2

escribo poemas, atlas

algunas glorietas

aquella filigrana del desasosiego

 

3

La palabra

tierra inicua, tierra amada

dulcedumbre

 

Intimo,

efímero amor

efímero pudor

 

la mano fértil

 

las plantas como las palabras crecen en forma inesperada

por tanto hay que modelarlas de acuerdo a su naturaleza

sin desdeñar el azar

 

yuxtaponer sin empastar, dice

mostrando las palmas llagadas de otros brotes, otras podas

 

tras los rigores del invierno, la gracia

 

la rosa de Jericó es una rosa que se hace la muerta

y cuando la asperjan

revive

con olvido

pero más que nada

con paciencia

 

la ristra

 

Con una ristra de ajíes en el muro se puede atravesar el invierno.

Hacer como que no existen los estragos del dinero, las arrugas ni la fatiga de vivir.

Con ella se pueden machacar derrotas. Y sentarse con aparente indiferencia en un banquito, la puerta entreabierta, desmenuzando en hebras finísimas la urdimbre de historias enrevesadas. Pieles y sudores afines con que neutralizar ejércitos hostiles.

 

Tarde o temprano los ángeles llegarán cargados de advertencias.

O promesas. Con sus cuentas de diezmos a pagar. Que para eso están.

 

La rosa de los vientos, el firmamento, el ocaso en el alhajero de los chiles.

Aunque por la Sangre de Cristo, por Santa Fe y Taos falte el mar.

 

los efectos del viaje según ibn arabi

 

Hay tres tipos de viaje y no cuatro que Dios reconoce: los que vienen de Él, los que van hacia Él y el viaje en Él. 

Reconocer y aceptar hasta sus últimas consecuencias la energía del corazón. Seguir su huella. El movimiento, el viaje, es inherente a todo lo vivo.

Comprender el viaje es develar la realidad; permite conocer el carácter del viajero, adherir y separarse de los compañeros de ruta y por último, recorrer el sendero que va del hombre al Creador.

Describir el paisaje permite, entre los pliegues, introducir el desmadre personal: siempre y cuando, claro está, no nos detengamos demasiado en un lugar. El imprevisto es frágil y siempre está a punto de desmayo; rutina, necedad y aburrimiento le son fatales.

Ni el exceso ni la carencia sacian.

 

corto fierro, corto rostro

 

Imagen fuerte entre las fuertes. Desde un puente viejo las vías del tren; siempre grises, los rieles brillantes.

La luna en el mar riela, comprueba el poeta.

La luna descarrila los durmientes. Aquí transitaron los trenes de ganado para hombres, aquí los violadores se aprestan a cortar camino.

Dentro del tren al ritmo hipnotizador los desconocidos se meten mano bajo la cobija de la bella Natacha de los filmes que aparta el visillo y decide abrir un momento la ventana. Con mano enguantada, por favor.

Como si nada.

El paisaje hiede a carne y yuyo calcinados. A devastación nuclear.

A libro de San Juan.

 

muerto de cerca

 

haga lo que haga

me anega la belleza de los ocasos levantinos

del carmín indolente a ese naranja sanguinario

cebado en piedra de afilar

 

loquero al aire libre

al aire enrarecido

los gatos

son aquí casi tan salvajes como la gente

aquí, donde todos lamemos heridas

manoteamos zarpazos

donde por el solo hecho de deambular

la historia nos convierte

en muertos de cerca

en el abono de desvergüenza

que clama la tierra

 

las plantas aguerridas quién sabe

pero las delicadas, nunca tuvieron

intención de resucitar

 

estofado

 

Escribir con la paciencia de un entomólogo, la displicencia de un dandy y la febrilidad del buscador de oro.

El poema, la más frágil transparencia nupcial.

 

© Luisa Futoransky

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Barbarito | Argentina, 1958 | Poeta y bibliotecario. Su trabajo comprende libros de poesía y de crítica de artes plásticas como: Teatro de lirios, Éxodos y trenes, Acerca de las vanguardias, Bestiario de amor, Desnuda materia y Puntos de fuga. Su obra ha sido traducida al inglés y portugués y aparece en diversas antologías. Recientemente publicó el poemario La orilla desierta. Página web: Carlos Barbarito
Luisa Futoransky | Argentina, 1939 | Reside en París desde hace 25 años. Ha publicado, entre otros, los poemarios: El diván de la puerta dorada, La parca, enfrente, De dónde son las palabras, Estuarios. Es autora de las novelas: Son cuentos chinos, De Pe a Pa, Urracas, El Formosa (Finalista Premio Planeta 2004). También ha publicado ensayos (Pelos, Lunas de miel). Su obra ha sido traducida al inglés y francés. Chevalier des Arts et Lettres 1990; Beca Guggenheim 1991, entre otras distinciones.