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Poeta
al habla
De
mí
Por
Carlos Barbarito
En
algún reportaje, allá por 1978, Lezama se
define aglutinante y convergente. Y agrega: Lo
mismo que en mis años escolares que en la Universidad
siempre procuré buscar una solución coral.
Y las pruebas están a la vista: las revistas Nadie
parecía, Escuela de Plata, Verbum, Orígenes,
sus prolongadas reuniones en los cafés de La Habana
Vieja, La Lluvia de Oro, El Reboredo, etc., con
músicos, poetas y pintores. Durante muchos años,
veinte o más, tendí a ello con todas mis
fuerzas, ya fuese editando revistitas hechas a mimeógrafo,
ya fuese colaborando con quien pretendía fundar
un medio de difusión del arte, incluso viajaba
cientos de kilómetros para leer unos pocos poemas
ante públicos que, con frecuencia, eran menores
en número que aquellos que hacíamos uso
del micrófono -cuando lo había-. Pero, circunstancias
exteriores y mareas interiores, me fueron poco a poco
replegando y restringiendo mis labores a una solitaria,
aunque persistente, labor de casi eremita.
No acuso a nadie en particular. Por el contrario, desde
hace tiempo pienso que todo se debe a la conformación
de mi espíritu. A mi naturaleza. No soy afecto
a lo que Juan Ramón Jiménez llamaba pelea
de perros: los cruentos enfrentamientos entre unos
y otros, inútiles, estériles, antípodas
de la polémica que aporta riqueza y claridad. Al
contrario de Lezama que se sentía insensible
a este tipo de cosas, a mí me lastiman y mucho;
supongo que generalmente se trata más bien de una
especie de deporte, de gimnasia, hasta de folklore que,
al final, acaba como empezó, mucho humo y ruido
y luego todos a casa, pero prefiero pasar al lado, alejarme.
Además, todo en mí tiende a la concentración
-más allá de la poesía unos pocos
escritos sobre arte y alguna que otra miscelánea-
y no quiero que ese tipo de ejercicios invadan mis quehaceres.
Escribo poesía, podría decirse que sólo
escribo poesía, y no veo sino poesía
hasta el horizonte, la novela o el ensayo de largo aliento
son en mi pensamiento tan remotos como el Cypango de los
hombres del Medioevo. Hay quienes se pasan al lado de
lo narrativo -supongo que como un movimiento lógico,
claro para su lógica que no es la mía-,
yo me veo escribiendo poesía por el resto de mis
días y noches. Y si me falla la poesía,
prefiero no pensar mucho en eso, a hacer silencio.
Mis referencias literarias son escasas, diría que
raras teniendo a la vista lo que hoy se escribe: Valéry,
Jouve, Eliot, Montale, pocos más. Mi escritura
no es, o al menos yo no la siento, dispersiva, más
bien es reconcentrada. Supongo que todo arte verdadero
es experimental, pero creo que si se detiene en el experimento
sin ir más allá, se reduce a pirotecnia.
Prefiero el término experiencial. Dentro de este
concepto quedan comprendidos, me parece, los ricos y opuestos
elementos que hacen a la poesía: lo colérico,
lo placentero, lo amoroso, lo odioso, lo calmo, lo encendido,
lo delicado, lo violento.... No sigo a nada ni a nadie,
salvo a mí mismo, en el sentido de estar tras las
mareas de mi ser, esto es: seguir un camino individual,
propio, lo que lleva, inevitablemente, a la soledad. Jamás
me desvié de lo que creo debe ser mi obra por tal
o cual tendencia o moda. En una carta, una poeta amiga,
hace por lo menos veinte años, me dijo:... tu
poesía es rara...
No creo en una poesía elaborada con las mismas
palabras, o el mismo sentido que le da a las palabras,
de las que se vale el mero diálogo, la conversación
vulgar. Pienso que la poesía debe estar en dirección
de una elevación de lo vulgar, de lo cotidiano.
Una poesía, digamos de esa que pulula por aquí,
concretista o exteriorista, no es sino un circulo vicioso.
Y, con frecuencia, una justificación elegante -
hasta alabada por la crítica - de una carencia
de recursos, de vacío intelectual, de resignación
a lo más pedestre. A veces me agota la confirmación
de que aquí y allá se registra esa coronación
de la mediocridad. Pero, como islas, de vez en cuando,
aparecen cosas que, felizmente, la contradicen. Y si a
esa elevación le responden, como aquella poeta,
con un esto es extraño, a esto no lo entiendo,
concluyo este breve escrito con quien lo inicié,
con Lezama: ...el hombre tiene la obligación
de entenderlo todo o no entender nada... cuando se adopta
la posición del "no entiendo" estamos
en bancarrota.
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© Carlos Barbarito
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