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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

PLANTEO Y MESA

Joaquín Valenzuela Bellocq | Argentina | 1971

 

bilis negra

 

Qué tiempo cuando no nos conocíamos

y hablábamos de los pies

sin temor a perdernos.

Qué tiempo cuando no hace tanto

cantaba y escuchabas con asombro.

Pero entiendo que ahora

estábamos hablando más profundo.

 

¿Buscaste pampa? El plano verde y arrugado

de esta torre acostada.

¿Buscaste puerto? Los botes como zapatos

de infinitos hombres o como ramas partidas.

¿Buscaste la polilla que se posa

en un cerezo de Hungría?

 

¡Ya basta de saltar!

He contraído algo por culpa de no sé.

No puedo hablar en voz alta.

No puedo explicar lo que sube

como gusano amargo por mi esófago

y se recuesta

a dormir en mi lengua.

No es pereza.

Es algo negro y peor.

El contagio es extremo y doloroso.

Nunca más podrán besarme.

 

Estoy perdido.

Condenado a la cárcel de otros vos.

Nuestros verdugos particulares nos acunan.

Mi verdugo se fue a vivir allí.

Tal vez ellos

se acuerden de la época en que compartían cadalso

y estudiaban cómo eliminarnos.

Tal vez ahora

ellos quieran renunciar a sus puestos,

cambiar completamente, curarme

con alguna planta extranjera.

¿Pero cómo haremos para quebrarles la vocación?

No puedo explicar lo que sube

como gusano y se recuesta a dormir en mi lengua.

 

la máquina

 

La nocturna pelusa blanca patina sobre el mármol.

La veo girar, hacer su juego frío sin estrellas

-las patas con medias, las manos enguantadas-

Aún es sueño. También es de día.

La veo llegar a la caja de las víctimas postales.

La caja de las medallas negras y los dientes

caídos que es su cofre de vampira sin escuela.

 

Las tiras rojas de mi bolsa de viajar son brazos de pulpos abiertos

ahogándose de sangre contra la pared.

Ah impulso!

Jorobado de capucha sucia y ojo de bola debajo de mi hombro

susurra: ya salté, ya volví,

ya me congelo.

 

Si me entraran por la piel enseñanzas como cuchillos,

y ópticas y facultades y papelerismo

Pero todo es carbón para el oído,

carbón para la jefa que se sienta

en ese hueso de vértebras montadas,

su sillón estrellado desde donde

eleva el aceite y gira la leva, maneja su mano,

su mano que es un brazo,

una anguila de plata,

sus dos brazos de anguilas que me sacuden los tendones

en ese mar.

 

Así quedo vestido de suicida sin piedra

que se arroja de los muelles y que siempre

es sacado a la orilla por esos delfines malditos solidarios.

 

Fuerzo la carne mojada, la carne en la ropa

la carne en los ojos fuerzo

y no es si no de mí la maqueta que construyo:

disperso en los campos

alejado de las torres de la orilla,

más sobrevolado en el centro, con

villas de emergencia. Si parecemos nubes mirándome a mí mismo.

Golondrinas de gabán que doblan el mapa en cuatro y se lo tragan.

También el cielo es lava invertida, volcán

polarizado por la nieve. Somos cielo.

Como un cielo pegándome detalles, amaneciéndome.

 

una libertad

 

Pequeña araña

me probé los dedalcitos que usás

cuando remendás la tela. Pequeña,

ya no quedaré atrapado entre tus cuentos,

ya sé tu secreto final: no tenés uñas,

cortás el hilo con tijeras, no tenés

veneno corrosivo… ¡No hay veneno!

¡No hay veneno! Está todo hilvanado

y mi híbrido pez anaranjado cola de velo

que monto por los sueños ya lo sabe

(y toda la farándula de torre:

Monárquico grupete de lagartos

Hombres cara de cageta,

Mujeres de piel de leche rosa)

 

Voltea el reloj otra vez, pata de vaca

No hubo espera, no hay araña, no hay más miedo:

la muy liebre saltó directo al tiro.

 

planteo y mesa

 

¿Qué miran fascinadas cinco vacas

por detrás de la línea de alambre?

 

No al colectivo como inmenso toro

ideal masculino, macho, escape del campo, chalet, hijos en fila

miran

el pasto de las zanjas como fuego seco

inminente viento anaranjado

y sueñan despiertas

-si es que las vacas sueñan dormidas o despiertas-

o mejor dicho algo

como carbón asado brasa tripa

carne familia mesa vino final cuchillo

algo les pasa.

 

© Joaquín Valenzuela Bellocq