PLANTEO Y MESA
Joaquín
Valenzuela Bellocq |
Argentina | 1971
bilis negra
Qué tiempo cuando no nos conocíamos
y hablábamos de los pies
sin temor a perdernos.
Qué tiempo cuando no hace tanto
cantaba y escuchabas con asombro.
Pero entiendo que ahora
estábamos hablando más profundo.
¿Buscaste pampa? El plano verde y arrugado
de esta torre acostada.
¿Buscaste puerto? Los botes como zapatos
de infinitos hombres o como ramas partidas.
¿Buscaste la polilla que se posa
en un cerezo de Hungría?
¡Ya basta de saltar!
He contraído algo por culpa de no sé.
No puedo hablar en voz alta.
No puedo explicar lo que sube
como gusano amargo por mi esófago
y se recuesta
a dormir en mi lengua.
No es pereza.
Es algo negro y peor.
El contagio es extremo y doloroso.
Nunca más podrán besarme.
Estoy perdido.
Condenado a la cárcel de otros vos.
Nuestros verdugos particulares nos acunan.
Mi verdugo se fue a vivir allí.
Tal vez ellos
se acuerden de la época en que compartían cadalso
y estudiaban cómo eliminarnos.
Tal vez ahora
ellos quieran renunciar a sus puestos,
cambiar completamente, curarme
con alguna planta extranjera.
¿Pero cómo haremos para quebrarles la vocación?
No puedo explicar lo que sube
como gusano y se recuesta a dormir en mi lengua.
la máquina
La nocturna pelusa blanca patina sobre el mármol.
La veo girar, hacer su juego frío sin estrellas
-las patas con medias, las manos enguantadas-
Aún es sueño. También es de día.
La veo llegar a la caja de las víctimas postales.
La caja de las medallas negras y los dientes
caídos que es su cofre de vampira sin escuela.
Las tiras rojas de mi bolsa de viajar son brazos de pulpos abiertos
ahogándose de sangre contra la pared.
Ah impulso!
Jorobado de capucha sucia y ojo de bola debajo de mi hombro
susurra: ya salté, ya volví,
ya me congelo.
Si me entraran por la piel enseñanzas como cuchillos,
y ópticas y facultades y papelerismo
Pero todo es carbón para el oído,
carbón para la jefa que se sienta
en ese hueso de vértebras montadas,
su sillón estrellado desde donde
eleva el aceite y gira la leva, maneja su mano,
su mano que es un brazo,
una anguila de plata,
sus dos brazos de anguilas que me sacuden los tendones
en ese mar.
Así quedo vestido de suicida sin piedra
que se arroja de los muelles y que siempre
es sacado a la orilla por esos delfines malditos solidarios.
Fuerzo la carne mojada, la carne en la ropa
la carne en los ojos fuerzo
y no es si no de mí la maqueta que construyo:
disperso en los campos
alejado de las torres de la orilla,
más sobrevolado en el centro, con
villas de emergencia. Si parecemos nubes mirándome a mí mismo.
Golondrinas de gabán que doblan el mapa en cuatro y se lo tragan.
También el cielo es lava invertida, volcán
polarizado por la nieve. Somos cielo.
Como un cielo pegándome detalles, amaneciéndome.
una libertad
Pequeña araña
me probé los dedalcitos que usás
cuando remendás la tela. Pequeña,
ya no quedaré atrapado entre tus cuentos,
ya sé tu secreto final: no tenés uñas,
cortás el hilo con tijeras, no tenés
veneno corrosivo… ¡No hay veneno!
¡No hay veneno! Está todo hilvanado
y mi híbrido pez anaranjado cola de velo
que monto por los sueños ya lo sabe
(y toda la farándula de torre:
Monárquico grupete de lagartos
Hombres cara de cageta,
Mujeres de piel de leche rosa)
Voltea el reloj otra vez, pata de vaca
No hubo espera, no hay araña, no hay más miedo:
la muy liebre saltó directo al tiro.
planteo y mesa
¿Qué miran fascinadas cinco vacas
por detrás de la línea de alambre?
No al colectivo como inmenso toro
ideal masculino, macho, escape del campo, chalet, hijos en fila
miran
el pasto de las zanjas como fuego seco
inminente viento anaranjado
y sueñan despiertas
-si es que las vacas sueñan dormidas o despiertas-
o mejor dicho algo
como carbón asado brasa tripa
carne familia mesa vino final cuchillo
algo les pasa.
© Joaquín Valenzuela Bellocq |