CUATRO
Juan
Carlos Muñoz |
Argentina | 1960
2001
Un día de estos, me hago trapecista.
Me enrosco en un árbol y dejo el pellejo si es
necesario.
Oiga, soy tercera generación de desnutridos,
un bailarín de músicas diversas,
clavadista de los séptimos pisos para arriba,
un acólito de soga al cuello sobre un cable de
acero.
Un desquiciado, en el más coloquial sentido del
término.
Oiga, ahora escúcheme bien lo que le digo:
para ser argentino, además de ser equilibrista,
hay que tener la lengua afilada,
el ánimo altivo y el don de hacerse invisible.
Por favor, compatriotas, antes de quemar las naves,
que todos hagan sus apuestas.
según pasan los días
Todo depende del cristal con el que se lo mire,
lumpen proletario insatisfecho,
nada de peros,
el tren ya está en marcha.
En el vértigo de un mundo excitado,
los días y las noches pasan de atrás para
adelante.
Todo depende de la hora y del día en que lo digas,
lumpen proletario insatisfecho,
si corres el velo del pasado,
lo primero que aparecen en el espejo retrovisor,
son banderas y pancartas.
advertencia
Antes de entrar en otra boca,
si puedo me escapo,
salgo corriendo.
No sea cosa que se anticipe de nuevo,
oculta detrás de lo inerte,
entrando y saliendo de su madriguera.
Lengua de mujer:
vidrio rectangular,
vástago congelado,
puente colgante,
pezuñas, jeringa,
sierra atascada en cada centímetro cuadrado de
la corteza.
Anguila de arenas buscando la humedad del mar,
liso cartílago lanzado desde la ortodoncia,
en un intento por conseguir complicidad.
Imán, semen, láminas de fuego,
reflejos de un lago escondido entre manchas viscosas,
manejada a control remoto.
En último caso, la boca habla o calla, si no otra
sería la historia.
extraña pareja
Mi paciencia tiene un límite.
¡Perro!, no me sigas como si yo fuera tu amo.
La calle es pública.
A punto estoy de creer
que uno tiene la obligación moral de ser paciente.
Rezagado y rengo, sé que el día menos pensado,
puedo ser tu almuerzo,
cual se cobra una cuenta pendiente.
Aunque tus ojos lo nieguen,
sos un asesino en potencia,
planeando venganza.
Por más que muevas la cola,
contornees tu cuerpo pequeño caminando a destiempo,
y no ladres para no empeorar las cosas,
la verdad es que vamos para lados diferentes.
En la calle, la gente me saluda,
luego te observa,
en ese orden.
Todo sucede mientras bostezo,
compleja maniobra,
antes de tener que aclarar algunos puntos,
si es que al final vamos a convivir bajo el mismo techo.
Perro mudo, ¿sabes de lo que estoy hablando?
Lo primero, es lo primero;
no hay por qué andar siempre rindiendo pleitesía,
ni dando las gracias por todo.
Es menester que sepas, que no tolero la obsecuencia.
© Juan Carlos Muñoz |