pleodrina

Oliver Glave / Perú / 1977


 

I

Y siento amor por cada uno de tus cabellos durmiendo en mi garganta, nutriéndose en el sol de una ola delirante y besada dentro del corazón, buscando el anhelo hasta en los más cálidos recodos. Mi corazón está dentro de tu boca caliente, la que habla ahora frente a la horda enaltecida, lo digo porque eres mi hermano, la sangre que nunca tuve y aún deseo incendiada. Siento amor ya que conozco tus ojos primeros, los albores que jamás llegué a besar; en mis sueños me faltan los brazos y ansío tu crianza plena de sierpes e intensos ocasos. Sí, tu niñez desesperada euforia, y no tengo que culparte de nada aunque la angustia me amenace y vengan ellos con su ternura a enterrarme más. ¿Cuántas veces te habrán herido el rostro delante de tus hijos y humillado, avergonzado habrás huido dando cualquier excusa para hacer más llevadero el sueño, para que sigan creyendo en ti, dulce padre, lo importante es que nos quieras sin importar nada? Sangre mía en vertiginosa forma, le sonrío a la memoria de tus brazos, a la voz que tiernamente ardía en el horizonte mientras tus hijos otra vez fantaseaban tu nombre con orgullo.
¿Recuerdas cómo nos veíamos nacer?, ¿no te alzabas en el crepúsculo a cada golpe de ternura, tan solo ligeramente evocado?
Acaso espero que regreses.


V

Hubo un tiempo -creo- en el que emergíamos o por lo menos, retornábamos. Yo me sentaba a la mesa sintiendo una constante piedad, la pena característica; comía con un traje de pieles curtidas y una débil voluntad revelada en el sudor de las espaldas. Jamás fingí el deseo, cría previsora que aún deseaba apoyo, y por supuesto ustedes llegaban ya con el olor a grasa en todas partes, y la antigua casa se volvía una pequeña gota de saliva, y tú y él, luego un hermano, hiena y hermana, charla, parloteo, decepción, consideración de dos cariños; recuerdo cómo aquello simbolizaba nuestra fecunda tierra.
¿Acaso todo está en el pasado? Hasta el deseo que recorría mis vellos vuelve ahora convertido en vergüenza.
Retorno de los Ojos Jadeantes, mendigo y ladrón, barata madre libre en un día asolado con el albor indomable en las migajas. Todos en el refugio avanzan entre encuentro de miradas, hiel y madrigueras. Estoy ocultando el llanto de esa mujer, el velo turbio en el que se duerme. De nuevo estoy amando el cortejo involuntario de estas almas sosegadas.


VIII

Me percato del habitual escozor en las fisuras de mi columna, la carne hirviendo,
el orgánico, el vital polvo cancerígeno que une las miradas.
Siento nuestras pieles rozarse única, indefinidamente en esta coagulación notoria
del principio, las estimo inmensas, estiradas, cada una un capullo
una reserva de agua virgen.
Es difícil concebir que sólo ayer desconfiaba de tu respiración,
de aquellas historias del placer, de tus intrigas y bondades inciertas
y que ahora mi alma, agobiada, sin ánimos de renacer sólo desea ver tu rostro,
empequeñecerlo, apoyarse en tus justas lágrimas, ayudarte a dejar de ser una sombra
una presa que se anida en latidos exiliados.
¿Qué no sientes como lentas las paredes se acomodan
sonriendo en ángulo agudo hacia ti?
Curiosas alergias a la sangre y pena humana causas
curiosas alergias furtivas.

El sol ardiendo en nuestras espaldas, la plenitud de una vida, tus inflamados labios,
tus heridos cabellos, ¿interesa tanto conocer las causas, los engaños, el valor?
Hemos dejado ya de bordear llantos, hemos calmado el temor y las ansias.
No más recelo en tus ojos, el recuerdo de lo que fuimos
ha quebrado los pilares de este orgullo.
Entiende pronto que mis rabiosos tendones,
de nuevo ávidos por emerger, sólo quieren seguirte.

 



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