I
Y
siento amor por cada uno de tus cabellos durmiendo en
mi garganta, nutriéndose en el sol de una ola delirante
y besada dentro del corazón, buscando el anhelo
hasta en los más cálidos recodos. Mi corazón
está dentro de tu boca caliente, la que habla ahora
frente a la horda enaltecida, lo digo porque eres mi hermano,
la sangre que nunca tuve y aún deseo incendiada.
Siento amor ya que conozco tus ojos primeros, los albores
que jamás llegué a besar; en mis sueños
me faltan los brazos y ansío tu crianza plena de
sierpes e intensos ocasos. Sí, tu niñez
desesperada euforia, y no tengo que culparte de nada aunque
la angustia me amenace y vengan ellos con su ternura a
enterrarme más. ¿Cuántas veces te
habrán herido el rostro delante de tus hijos y
humillado, avergonzado habrás huido dando cualquier
excusa para hacer más llevadero el sueño,
para que sigan creyendo en ti, dulce padre, lo importante
es que nos quieras sin importar nada? Sangre mía
en vertiginosa forma, le sonrío a la memoria de
tus brazos, a la voz que tiernamente ardía en el
horizonte mientras tus hijos otra vez fantaseaban tu nombre
con orgullo.
¿Recuerdas cómo nos veíamos nacer?,
¿no te alzabas en el crepúsculo a cada golpe
de ternura, tan solo ligeramente evocado?
Acaso espero que regreses.
V
Hubo
un tiempo -creo- en el que emergíamos o por lo
menos, retornábamos. Yo me sentaba a la mesa sintiendo
una constante piedad, la pena característica; comía
con un traje de pieles curtidas y una débil voluntad
revelada en el sudor de las espaldas. Jamás fingí
el deseo, cría previsora que aún deseaba
apoyo, y por supuesto ustedes llegaban ya con el olor
a grasa en todas partes, y la antigua casa se volvía
una pequeña gota de saliva, y tú y él,
luego un hermano, hiena y hermana, charla, parloteo, decepción,
consideración de dos cariños; recuerdo cómo
aquello simbolizaba nuestra fecunda tierra.
¿Acaso todo está en el pasado? Hasta el
deseo que recorría mis vellos vuelve ahora convertido
en vergüenza.
Retorno de los Ojos Jadeantes, mendigo y ladrón,
barata madre libre en un día asolado con el albor
indomable en las migajas. Todos en el refugio avanzan
entre encuentro de miradas, hiel y madrigueras. Estoy
ocultando el llanto de esa mujer, el velo turbio en el
que se duerme. De nuevo estoy amando el cortejo involuntario
de estas almas sosegadas.
VIII
Me
percato del habitual escozor en las fisuras de mi columna,
la carne hirviendo,
el orgánico, el vital polvo cancerígeno
que une las miradas.
Siento nuestras pieles rozarse única, indefinidamente
en esta coagulación notoria
del principio, las estimo inmensas, estiradas, cada una
un capullo
una reserva de agua virgen.
Es difícil concebir que sólo ayer desconfiaba
de tu respiración,
de aquellas historias del placer, de tus intrigas y bondades
inciertas
y que ahora mi alma, agobiada, sin ánimos de renacer
sólo desea ver tu rostro,
empequeñecerlo, apoyarse en tus justas lágrimas,
ayudarte a dejar de ser una sombra
una presa que se anida en latidos exiliados.
¿Qué no sientes como lentas las paredes
se acomodan
sonriendo en ángulo agudo hacia ti?
Curiosas alergias a la sangre y pena humana causas
curiosas alergias furtivas.
El
sol ardiendo en nuestras espaldas, la plenitud de una
vida, tus inflamados labios,
tus heridos cabellos, ¿interesa tanto conocer las
causas, los engaños, el valor?
Hemos dejado ya de bordear llantos, hemos calmado el temor
y las ansias.
No más recelo en tus ojos, el recuerdo de lo que
fuimos
ha quebrado los pilares de este orgullo.
Entiende pronto que mis rabiosos tendones,
de nuevo ávidos por emerger, sólo quieren
seguirte.

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© Oliver Glave
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