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Los
tormentos de la memoria

Feliz ocurrencia la tuya, Letizia, el mandarte mudar así como si nada. Dejarme sola y sin destino, en plena guerra, desbaratada y viviendo albores de un holocausto. Idea mejor no tuviste. ¿Quién lo hubiera dicho? De ti, Letizia, esperé un mejor final.
Sucede que la mujer con la cual compartí mi vida en un mundo alzado en el calor y sin sentencias, se ha marchado. Sin avisar. Sin decir por qué. Sin una promesa de nada.
La calle se llena de voces y de pasos ajenos. Puedo oír desde acá. Suelto el aliento y aspiro nuevamente de este aire enrarecido que no quiere ingresar a mis pulmones. De espaldas lloro una realidad hostil.
Con dolorosa resignación me devuelvo a mi naturaleza animal.
Esa que puliste esmerilada, Letizia.
Mi Letizia de silueta distante y desbocada soledad.
Por eso mis ojos llenos de lluvia. Por eso ando quieta y tendida en esta cama de sueños imposibles. Y en este trance doloroso voy conociendo de cerca la tristeza.
Mi segura compañera desde que tú partiste. La que cubre de niebla mi cuerpo y mi conciencia.
Desde aquí falseo las hojas de un calendario y doblo el cuello recostada en mi silencio. Sé incorrecto el movimiento. El tintineo de una campanilla me obliga a improvisar otra postura. La de pie frente a la puerta.
En flexión olisqueando tus pasos que no llegan. Ser erguida no me resulta propio pues mi dolor ahuyentó la condición de sudores relucientes y mi vocación por alcanzar cimas de seducción.
¡Vaya contigo, Letizia! Mira que fue cruel largarte de esta casa como si yo no existiera. Como si no fuera la que más pensaba en ti.
No sé qué hacer en medio de este teatro de inmensidades que me creaste. Ya tanto dejé de ser de mí que divago sobre mis posibilidades. Me pierdo en el laberinto de una memoria decididamente perversa. Me gana la pena honda y azulada como eran tus ojos en las noches de luna nueva.
La desolación fundó reinos, echó sus raíces en mi pecho y reviento cada vez que te nombro. Me rebajo a la miseria total, a la cruda decepción y a la alambrada.
Excéntrico estilo el que sacaste a relucir, Letizia, al mandarte mudar.
Como el de la hetaira de alto vuelo y sin recuerdos. Sólo el irte con tu niebla de humo y un desganado aroma de danza y forzados besos.
Infinitos días transcurrieron desde tu callado adiós. Infinitos perros ladran incesantes frente a un árbol que huele a leña. Bajo un cielo inerte. Bajo un farol de luces amarillas.
Me pierdo en este torbellino de escasa indulgencia. Seguro soy ajena a una realidad afinada así de cruenta desde el inicio.
Presa de la evocación, sumida en un sollozo que no acaba vivo un crepúsculo jamás anunciado. Ya no puedo luchar con el quebranto que va arrastrándome sin trabas hacia un lado del camino. Me lleva a rastras al margen compacto e imprevisto.
¿Cómo no pude imaginar qué pasaría? ¿Cómo no supe entender el signo o el aviso? ¿Cómo digiero el gris de este repelente desamor?
Advierto mi debacle entre cuadros muebles copas libros fotografías y resortes jamás vencidos de tu mullido lecho sobre el que me enrosco y relamo mi desventura; desde donde porfiada te revivo enajenada en el aroma que queda aún de ti.
Sucede, Leticia, que te fuiste de mi lado. Sucedió, Letizia, corazón mío. Sin que tu boca destile un adiós quedo o airado. Sin el primario consuelo de un abrazo. Sin la ciega esperanza de perseguir tu huella con mi fidelidad a cuestas.
Esquinada, furtiva, sigilosa, te confundiste con las sombras y te alejaste de mi mundo mientras yo dormía y soñaba con tu sonrisa del día siguiente. Mientras mi ánima extraña y ya domesticada ecuménica volaba con las alas que tú le regalaste.
Mío tu corazón. Mi corazón tan tuyo. Nos aceptamos sin la fuerza de cánones sonoros. Sólo tú y yo magnificando lo más elevado de nuestros respectivos linajes.
¿Me reconoces? Soy nada. Encerrada en tu casa como si fuera una jaula insaciada de lágrimas.
Te busqué aquí esa mañana fatal. Aquí como todos los días. Y ya no estabas.
Solo vi a Orazio. Sentado en un taburete en observación de sí mismo y expresando ninguna emoción para el público presente.
Nos saludamos con esa cortedad de sonidos y afectos a los que estábamos acostumbrados y yo giré al instante en redondo. Me devolví a mi habitación intuyendo lo peor.
Pensé que tal vez fuiste a ver el mar muy tempranito o a comprar fruta fresca por allí. O que decidiste gozar del aire puro y del verde del parque cercano.
Nadie manifestaba alarma por tu ausencia.
Solo yo.
Mi paranoia me llevó a elaborar el guión de una fuga.
Orazio, tu marido, bebió más de la cuenta en la terraza. Luego salió como siempre.
Sin ti y con la mirada vuelta hacia dentro.
Yo, remisa a pensar que siempre todo me sale mal cuando no estás empecé a llorar. Desolada a contar las horas y al compás de un reloj equivocándose siempre.
Después pasé la tarde entre tus cactus y tus rosales. Oliendo tierra fresca para despabilarme. Y cuando cayó la noche empezó a dolerme más el dolor.
No sé cómo me mantuve en pie cerca de tus libros llamándote callada.
No respondiste jamás.
Con el paso amontonado de los días me expulsé de la luz y de su alcance. De las notas de la música, de los flashbacks de nuestra intimidad galopando por mis sienes y sobre todo me fui entera de aquella jubilosa sensación de plenitud que vivía contigo.
No es fácil sobrellevar esta pena.
Fueron tres años de comer, conversar, leer, danzar, reír, caminar, dormir, amarnos sinceramente siempre juntas.
Fui tu fiel compañera. Asistente de escritora, protegida de escritora, confidente de escritora.
Y Orazio tuvo que aceptar porque nunca te había visto tan feliz. Porque yo le inventaba historias de mis amores inexistentes para que no haya celos. Porque le hicimos ver que la soledad entre dos no es tan atroz.
Que toda pasión llega a su fin algún día, lo entiendo. Hablamos de ello más de una vez. Durante nuestros más íntimos coloquios. Luego, debo confesar, no pude dormir víctima de temibles conjeturas, estremecida solo de imaginar que hablabas de lo nuestro.
Y Dios sabe cuántas veces tropecé con mis pasos cuando al pasear nos quedamos en silencio, tú con la mirada perdida en un horizonte que no alcanzaba a divisar y yo, a tu lado, temblando, queriendo alcanzar tus cimas, queriendo decirte más y no poder.
Las calles de la ciudad me van a parecer oscuros callejones sin salida. Los vecinos entrometidos vomitarán niebla sin preocupación social. La vereda se romperá y seguro caeré en un hueco hondo y oscuro fuera de este mundo que me ha de tragar entera.
Tengo miedo, Letizia. No quiero salir de tu habitación. Recuerda que tú me guiabas con tu sola voz de melodía empapada de afecto. Me librabas de mi habitual melancolía. Mandaste lejos el sobresalto, la amenaza del vórtice, la sentencia de un mundo que me hacía vulnerable con sus múltiples ecos y sus conquistas de muerte.
No quiero volver atrás. Quiero seguir reconociendo el alba de un naufragio y subordinando destinos a un ideal.
Por eso no acepto se desmorone nuestra historia y es vivo mi aullido. No hay profunda meditación solo aceleración y desborde en la caída.
El seguro pendular entre el azul nostálgico de tu recuerdo y el estruendo de un futuro que se anuncia agonía.
Sin pretender patetismos, creo que hay una fuerza agazapada en esta habitación y escondida entre el cortinaje diciendo entre dientes que va a perderme en la nada.
No tuve tiempo de tomar providencias.
Letizia era brillante. Talentosa y brillante hasta en sus erranzas.
Me cinceló. Sacó lo mejor de mí forjándome a su medida.
Proveníamos de mundos tan distintos que debí advertir el riesgo de esta relación. Fuimos dos mitades en íntima comunión. Una unidad a la que le inventé infinitud. Pintamos un paisaje al que nadie más pudo entrar.
Éramos dichosas.
Con tanta medalla estoy jodida.
Ahora que no está me vuelvo loca.
Tres meses han pasado. Y merodea por mi mente la idea de irme también sin dejar huella, no sé si para ir a buscarla o solo para perderme infinitamente triste por los confines de un mundo sin más rumbo que el vacío.
¿Me reconoces, Letizia? Yo era un cascabel para tus oídos.
Mira cómo me has dejado. Sin oxígeno ni música ni danza ni Stravinsky ni ópera.
Traigo mis días vencidos. La duda me manosea pérfida. El rencor se anuncia y fecunda en esta habitación con mi fiebre.
Esto asemeja una pálida comparsa que se despide de la tarde luego de un animado carnaval.
Vaya sorpresa la que me diste, Letizia, al dejarme de este modo.
Nada hacía pensar que pasaría si ayer nomás me abrazabas con ternura y me decías te quiero en mil idiomas.
¿Qué hice o dije mal?
¿Orazio?
No se atrevía. Pienso que estás en tu derecho de partir cuando te plazca.
Incluso de no ofrecer explicaciones si regresas.
Pero no tenías derecho de animar estas secretas ansias, de hacer acordes con mi joven corazón y luego herirlo de muerte.
Tú siempre solvente. Letizia precisa. Sabia. La que me despertó de una inercia generacional, quien con empeño me insertó en un delicioso paisaje, la que jamás propició situación ridícula o vacua con su gesto o su palabra.
Ahora me ha dejado estática y asustada. Letizia afirmándose implacable.
Me ha dejado huérfana de emociones. Ajena a ese cielo de mil tonalidades.
Vuelta a lo que era otra vez y disminuida entre bastidores.
Tal vez, Leticia, fui yo que me equivoqué. Tal ve entendí mal. Tu amor lo comprendí con un sentido distinto al que diseñaste para mí. Exageré tal vez.
Y lo vivido ha sido una mascarada de refinada crueldad. Una anécdota para decir a tus amigos. Un juego.
Orazio a estas alturas debe estar diseñando estandartes de triunfo y mi partida.
Ya salí de tu tablero, de tu baile atropellado y tu mágica locura.
¿Podrás entender alguna vez el drama de fondo que me atraviesa como una espada haciéndome quieta como si ya estuviera muerta?
Atropellada.
La única atropellada fui yo por ti mujer de madrugadas y manos largas.
Dulcemente atropellada en mi más íntima naturaleza por una mujer de pálido creyón en los labios, enseñoreada conmigo, capaz de entender el lenguaje de las hormigas.
La que me hizo distinta y con grandes pensamientos empezar a vivir con mayúsculas. Ajena a un sino ya marcado de juegos inútiles y flores marchitas.
Ahora, amada Leticia, el vacío se yergue soberano.
Con vehemencia destila hiel mi boca en la pregunta eternizada: ¿Qué sentías por mí?
Mi memoria es despiadada. Algunas elaboraciones responden a sentimientos plebeyos. No a la verdad que, aunque dolida, exprese la dicha pasada.
La felicidad compartida. Y entonces..., señora ¿Por qué pateó el tablero y me dejó mirando el infinito como una imbécil?
Me asordina su silencio y nada entibia esta cama que compartimos cuantas veces abandonadas a nuestros sueños.
¿Orazio? Vuelve siempre Orazio como si quisiera exculparla. Como si quisiera encontrar en él la explicación a su imperdonable conducta.
No Orazio no. Estaba fuera.
Quizás se amaban a su modo. Con algunas concesiones mutuas. Con sus guerras y sus ritos embebidos de sus sangres.
Orazio permitió que compartiera su intimidad conyugal. Fui la secreta voyeur. La intrusa consentida disfrutando del olor a sexo en esta habitación.
Fui la aprendiza de una necesidad nueva. De compartir la soledad aún en esos momentos.
Quedé mitad sola. Nuestro santo y seña duerme insereno entre nebulosas.
Solo brotan de mi mente pensamientos opacos, punzantes y desesperados.
Avizoro volcanes en erupción desde esa puerta amenazante.
No tendré indulgencias cuando sepa la verdad, y ya se han abierto tanto mis heridas que tal vez no sangre para cumplir con algunas complacencias.
Es ocioso añadir algo más.
Imploro siendo autómata y gemidos, poder dejar su rostro y la evocación de su nombre y sus caricias persiguiéndome impíos como una obsesión.
No soporto más atravesar por esta noche densa y de ensordecedor himno ratificando el final de nuestro amor.
Mis ojos son marchitos. Arcaica doy vueltas y más vueltas sobre tu cama en un inútil intento por superar esta forzosa soledad. Me prendí de tu almohada con uñas y dientes para contarle mis abismos en una ceremonia de doliente unicidad.
Ante el veredicto apesto.
Mis gestos, mis escasos movimientos han perdido significado.
Huelo a mierda. Yo que fui un encanto para todos llevo el pelo desgreñado y pegado al cuero cabelludo como si fuera un rasta.
Me agito. Me doblo en cuatro gruñendo como una salvaje a quien se cruce en mi camino.
Es pesado el aire y la noche parece no acabar nunca jamás.
Para colmo de males, Orazio está convencido que estoy físicamente enferma e insiste en llevarme a donde odio ir con toda mi alma. Esta tarde lo escuché decir en el teléfono y mientras me sacaba bruscamente de su cama: “Pues si no es rabia lo que tiene, igual la llevo mañana al veterinario para que la bañen y le corten el pelo. La verdad es que esta perrita está muy engreída y luce horrorosa desde que Letizia no está en casa.”
Creo que hoy sí he empezado a morir.
©
Marita Troiano
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Marita
Troiano | Chincha,
1953 | @
Es
licenciada en Sociología y Ciencias Políticas
por la Pontificia Universidad Católica del Perú,
fotógrafa y guionista de cine y televisión.
Desde 1996 es editora del sello literario Carpe Diem.
Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés
e italiano. Además del libro de cuentos La
noche anterior, ha publicado los poemarios
Mortal in puribus,
Extrasístole,
Poemas urbanos y
Secreto a veces.
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