Díptico de la memoria

 

I. La persistencia de la memoria o Tu nombre en los labios


Pensaba que se había librado de todos los recuerdos, que se había despegado de todas las memorias, una por una, que el traslado a la nueva ciudad, con todo lo difícil que le resultaba, pondría un océano de olvido de por medio.

Decidió aceptar el nuevo trabajo a miles de kilómetros de distancia como la mejor cura para el amor perdido. Se dejó guiar por eso que su amigo Héctor llamaba filosofía barata de la universidad de la vida, y decidió creer que el tiempo cura todas las heridas, que la distancia es el olvido, que no hay mal que dure cien años, que sufre menos el que se va… Por eso, y por aligerar el equipaje, dejó todas las cartas, las fotos, los libros, que le recordaban a su amante. Dejó la cafetera que les preparaba el desayuno, las películas que miraban metidos en la cama en húmedas tardes de domingo, los discos con los que cantaban como locos a las tres de la mañana, la ropa tibia todavía de su olor. Y por supuesto, dejó también las playas por las que caminaban en atardeceres estivales, los parques en los que se besaban como adolescentes apasionados, las plazas con sus monumentos cagados por las palomas, los geranios, las moreras, los cafés al aire libre, los restaurantes chinos, los helados de lúcuma.

Y así llegó a la nueva ciudad, con dos maletas que parecían el arquetipo de la página en blanco. Nunca habían estado juntos en esa ciudad. Nunca habían estado en esa ciudad. Ninguno de los dos. Tenía los mejores augurios para emprender el olvido. Empezó a construir su nueva rutina, a dejarse llevar por las nuevas imágenes que veía cada mañana desde la ventanilla del tren que tomaba para ir al trabajo, a leer un diario diferente, a distinguir nuevos acentos, a comenzar nuevas cordialidades cotidianas con el tendero de la esquina y con la muchacha que vendía café en la estación. Aprendió una paciencia nueva en la cola del banco, se acostumbró a una disposición distinta de los productos en el supermercado y a sabores hasta entonces desconocidos. Y todo estaba bien. Había empezado su nueva vida.

El problema comenzó una mañana de invierno en plena estación. La bruma matinal velaba el tren que venía a lo lejos, que se anunciaba apenas con su rumor y con sus luces, y el recuerdo se le impuso de pronto, estaba ahí, ante sus ojos, más rápido que el tren. Era un recuerdo tierno, húmedo, como la niebla, pero tibio. Era el recuerdo de una madrugada en que avanzaban a ciegas entre la bruma. Nunca supo de dónde salió, si lo había traído todo el tiempo en el bolsillo, si se le había escondido entre los dedos de los pies, en el plieguecito del ombligo o en el pelo. Le pareció extraño, pues llevaba ropa nueva y se duchaba meticulosamente todos los días, pero no cabía la menor duda. Ese recuerdo se le había colado por alguna parte, en el forro de la maleta, entre las páginas del pasaporte, o en el rabillo del ojo, y ahora estaba ahí, derramando ternura y nostalgia. Reaccionó al desconcierto a tiempo para abordar el último vagón, pero no alcanzó a sacudirse el recuerdo, que ahora buscaba el calor de su cuello. Esta vez, al mirar por la ventanilla, los tejados y los altos árboles húmedos le trajeron a la memoria algún poema leído una noche después de hacer el amor. Al llegar al trabajo consiguió mantener a raya al recuerdo y cumplir medianamente bien con sus obligaciones y hasta pensó que se había deshecho de él. Por lo demás, nadie parecía notar que hubiera algo distinto en su apariencia, así que se convenció de que era sólo la sombra de un recuerdo, que en realidad no había recordado, que se trataba apenas de una fantasía surgida de la bruma y que, como ésta, se había evaporado rápidamente.

Sin embargo, en el supermercado, dos días después, se encontró en uno de los anaqueles con un paquete de sus dulces favoritos. Pensaba que no se conseguían fácilmente en el país y ahora estaban allí, en la esquina de su casa, y el recuerdo, más intenso y más tibio, le recorrió la espalda. Y poco a poco en la nueva rutina, en los viajes en tren, en los gestos de la gente, fueron apareciendo nuevas viejas memorias. La ciudad se fue poblando de recuerdos, y cada recuerdo venía poblado de otros tres o cuatro. Pero tal vez los peores eran los recuerdos futuros, todas las cosas nuevas que sabía que podrían haber compartido. Una tarde decidió ir al cine para distraerse y la película, nueva y muy original, estaba llena de citas de todas las películas que habían visto juntos. Fue a comprar libros y cada libro traía mil y un veces los libros que habían comentado alguna vez. Al pasar por una tienda de discos cometió el error de buscar en la sección destinada a la música foránea y encontró sin querer un disco cuyas canciones alguna vez habían intentado descifrar sin éxito. Se abrió un nuevo restaurante en su ruta hacia el trabajo y desde el tren veía todos los días un gran letrero luminoso que anunciaba el nombre del amor perdido. Para entonces cada uno de los objetos, de las calles, de las gentes de la nueva ciudad le traía una imagen suya. Le maravillaba pensar lo que podía hacer la memoria, traer su presencia a un lugar en el que jamás había estado, pero al mismo tiempo los pasos se le iban haciendo más lentos, la mirada más triste, y descubrió que llevaba un constante dolor en el costado, porque se dio cuenta repentinamente que la nostalgia era mucho más dura, mucho más intensa, mucho más mortal, cuando hablaba con un acento extranjero.


II. Impugnación de la memoria o Tus viejas fotos mienten


Cuando su amor se fue -y ya se sabe que irse puede ser una metáfora de la muerte, pero también puede ser simplemente irse- cuando su amor se fue, digo, se consoló pensando en todos los recuerdos que conservaba. No lavó las sábanas para seguir sintiendo su olor; ponía una y otra vez los discos que los acompañaban a la hora del café; al atardecer se sentaba en la sala frente al que fue su sillón favorito, el que usaba para leer, y podía reconstruir con absoluta nitidez la manera en que al caer el sol se filtraba por la ventana y se refugiaba en su pelo en un instante perfecto. Y por si la memoria no bastara, conservaba las cosas, esos objetos tangibles, testigos del amor que ahora era ausencia: releía las cartas que se habían escrito alguna vez, llevaba una foto suya en la cartera, en un gesto secreto tocaba brevemente el dije que le regaló hace años, un diminuto cocodrilo de plata que nunca había abandonado su cuello.

Los días transcurrían indiferentes y pensaba que el universo parecía ya haber olvidado. Incluso sus amigos cercanos continuaban con sus vidas sin casi hablar del asunto. A medida que pasaba el tiempo se decía que si sus recuerdos no fueran tan intensos y si no tuviera todos esos rastros de su vida en común, pensaría que sólo había sido un sueño. Entonces se llevaba la mano al cuello y con el tacto invocaba la realidad de su ausencia, el cocodrilo, nueva flor de Coledrige confirmando la veracidad de un sueño que amenazaba con desvanecerse.

Una mañana de sábado llevó a su sobrina a la playa. El olor del mar invitaba a la nostalgia de alguna tarde en que hablaban tumbados al sol, pero la pequeña Alejandra quería construir torrecitas en la arena, buscar caracoles en la orilla, zambullirse entre las olas, y pronto hubo que emprender el regreso con una Alejandra cansada que le echaba los bracitos al cuello. Al llegar a casa de su hermana como tantas veces cada día buscó con la mano el cocodrilo y no encontró nada más que su propia piel. Buscó en el piso y entre su ropa, volvió sobre sus pasos examinando el camino sin ningún éxito. Alejandra contemplaba su abatimiento sin saber cómo ofrecer consuelo: “Mi mami te va a comprar otro... -dudó Alejandrita al darse cuenta de que tal vez no podría cumplir esa promesa-...cuando tenga plata, ¿ya?” Una capa de ternura recubrió la tristeza, pero no podía explicarle a la pequeña Alejandra que ciertas cosas no se pueden reemplazar.

Volvió a su casa tratando de decirse que no pasaba nada, que era sólo un objeto, que su pérdida no iba a cambiarle la forma al universo. Por la tarde se preparó un café y se sentó en la sala. Un rayo de sol iluminó el sillón vacío, pero esta vez no consiguió evocar a su amor perdido. Decidió abrir el cajón en el que guardaba sus cartas y encontró muchos papeles, pero no los que buscaba. Los miró una y mil veces, uno por uno, por delante y por detrás. Buscó en otros cajones, en los estantes, en la mochila. Pensó si las habría botado por error y no le parecía posible, pero no había ninguna explicación satisfactoria.

Esa noche, hundiendo la cara en la almohada, quiso evocar la forma de su cuerpo. Se llenó de un olor vagamente rancio, vacío de imágenes, mientras le llegaba un sueño asordinado de melancolía. A la mañana siguiente, antes de entrar a la ducha, sacó las sábanas en un gesto automático y las depositó en el cesto de la ropa sucia. Bajo el agua de un Leteo doméstico, intentó restituir sus memorias, recuperar el brillo y la nitidez de sus recuerdos, pero estos aparecían apenas como una hermosa historia ajena, como un cuento inventado por cualquiera. Una única prueba conservaba del amor perdido, pensaba, hasta que horas más tarde, en la panadería, tuvo que sacar su cartera para pagar y la foto que llevaba le tomó por sorpresa, se quedó contemplándola sin emoción, sin pena: un rostro extraño fingía una sonrisa. Volvió a guardarla. Pensó que sería hermoso amar esa sonrisa, que sería hermosa una historia de amor triste, un amor perdido, que deja solamente rastros, recuerdos. Pensó que era posible construir huellas de un amor ficticio y otorgarle así existencia, pensó en la flor de Coleridge, pensó en escribir un cuento.



© Margarita Saona


Margarita Saona | Lima, 1965 | @ Licenciada en Lingüística y literatura hispánicas por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Cursó un doctorado en Literatura Latinoamericana en Columbia University. En el año 2000 obtuvo una Mención Honrosa en el Concurso de las 2000 palabras de la Revista Caretas con el cuento Ángeles caídos. Se especializa en literatura hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX enfocándose en la obra de autores como Carmen Boullosa, Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi. Desde 1998 es profesora de literatura en la Universidad de Illinois, Chicago. Recientemente publicó Novelas familiares: Figuraciones de la nación en la novela latinoamericana contemporánea.


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