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Un
invierno hospitalario

HABÍA TECLEADO EL PUNTO final en la máquina de escribir
cuando perdí el conocimiento. Trabajaba como traductor
en la Agencia France Presse y, como cada vez que me sobrecargaba
de trabajo (llevaba cuatro días seguidos sin dormir, fumando
como un murciélago), mi cuerpo se desconectaba en el momento
exacto de terminarlo. Mis compañeros de oficina sabían
de mis abusos físicos, pero también de lo difícil
que es para cualquier estudiante extranjero mantenerse en París,
de manera que tuvieron la buena idea de llevarme al hospital de
la rue Réve para que me hicieran un chequeo completo.
Desperté
como a las cuatro de la tarde, en una sala inmensa, rodeado de
numerosos enfermos y conectado a una botella de suero. Por los
ventanales se veía caer la nieve sobre los árboles
desgreñados. La doctora que me atendía ?una mujer
madura, pelirroja, entrada en carnes pero muy guapa? llenó
con mis vagas respuestas la historia clínica y luego ordenó
a un par de enfermeras que me efectuaran los análisis de
rutina. Al cabo de tres horas de auscultaciones, radiografías
y seis pinchazos en el brazo izquierdo, la doctora llamó
a un lado a un muchacho alto de porte atlético y sonrisa
seráfica ?un internista, deduje, por el excesivo empeño
que ponía en cada cosa que hacía? y le comentó:
“Este paciente tiene todos los síntomas que buscabas.
Creo que será un caso bonito”.
Con
ese curioso calificativo me trasladaron del tópico de emergencia
al noveno piso de ese edificio enorme y sombrío: el pabellón
de Medicina General. Jean-Luc, tal era el nombre del internista,
resultó ser un tipo simpático, de frases optimistas
y ademanes elocuentes, aunque de una impulsividad algo candorosa.
“Tienes un virus extraño”, me dijo sin rodeos
mientras empujaba mi silla de ruedas por un largo corredor. “Pero
no te preocupes, te pasará en un mes o dos. La doctora
Rosay me ha encargado tu caso porque es justo el tema de mi tesis”.
Eché
un vistazo al cuarto. Al lado de la entrada dormía otro
paciente: un viejito apacible, de piel oscura y cabellera canosa.
En la penumbra amarilla parecía un pajarito asustado. “Es
peruano como tú”, sonrió Jean-Luc. “No
hay muchos por aquí. Te hará buena compañía”.
No sé si lo dijo en serio, pero la verdad es que esa noche
no pude dormir bien. Cada media hora el viejito convulsionaba
o entraba en un acceso de tos que resonaba terriblemente en todo
el hospital. Al otro día varios pacientes del pabellón
se acercaron hasta mi cama para darme la bienvenida y compadecerse
de que me hubiera tocado ese cuarto. “Debe pedir que lo
cambien cuanto antes”, me aconsejó preocupada una
señora gorda a la que iban a operar de una apendicitis.
“¡Ese viejo es el diable!”
El
viejito se despertó bastante tarde, poco antes del mediodía.
Tenía los ojos hundidos, la cabellera despeinada, y la
lentitud de sus movimientos revelaba los efectos secundarios de
algún somnífero. “Buenos días”,
me saludó con un tono militar mezclado con el inconfundible
dejo andino. “Mi nombre es Ernesto Palomino Pancorvo, para
servirlo”. Iba a responderle el saludo, pero no me dejó
hablar. “Soy panadero, de la Marina de Guerra del Perú,
treinta y cinco años de servicio, señor”.
“Ah”, le dije, “qué coincidencia: mi
padre también fue marino”. Incomprensiblemente no
siguió el hilo de la conversación sino que volvió
a repetirme lo mismo, como si no me hubiera escuchado: “Soy
Ernesto Palomino Pancorvo, panadero, de la Marina de Guerra del
Perú, treinta y cinco años de servicio, señor”.
Y se quedó observando el extremo de su cama.
Comprendí
por su mirada extraviada y el automatismo de su voz que el viejito
no estaba bien de la cabeza, y que el temor de mis vecinos no
era totalmente infundado. Con todo, preferí no hacerme
problemas. El virus raro que yo padecía, según las
didácticas explicaciones de Jean-Luc, no pasaba de manifestarse
a través de mareos o migrañas e, internamente, de
una hinchazón del bazo, pero para que mi sistema inmunológico
lo asimilara debía soslayar cualquier tipo de preocupación.
Así que, después de los análisis matinales,
y de que una veintena de estudiantes de Medicina palpara a diario
mi bazo inflamado, me dedicaba a hacer lo que más me gusta:
leer, leer buena literatura. Por las tardes recibía algunas
visitas; en realidad se trataba de Berenice, la dependienta del
hotel donde me hospedaba, y de unos cuantos compañeros
de la Agencia, quienes más o menos a la tercera o cuarta
semana, debido a una acumulación de ocupaciones, dejaron
de venir (solo el “turco” García se presentó
una tarde de domingo, en lo más crudo del invierno, trayéndome
un cuento suyo sobre su anterior centro de trabajo). El viejito
empezaba su rutina a las once de la mañana, cuando dos
enfermeras poco agraciadas llegaban al cuarto para bañarlo,
afeitarle la barba y peinarlo. Durante el resto del día
se mantenía tranquilo, en silencio, hojeando revistas antiguas
o mirando las calles nevadas a través de la ventana. De
noche, sin embargo, yo tenía que soportar no solo sus accesos
de tos sino sus imprevisibles arranques de cleptomanía:
más de una vez lo descubrí guardando con gesto sonámbulo
mi tenedor o hasta mi cepillo de dientes debajo de su colchón.
Una
noche de esas, en que el viejito trataba infructuosamente de esconder
mi televisor portátil en la taza del baño, me harté
y decidí despertarlo. “¡Deje eso!”, rezongué.
Al contrario de lo que yo esperaba, no se alteró, me devolvió
calmadamente mi televisor y se fue a acostar a su cama. Al poco
rato, me preguntó muy educado cuál era mi nombre.
Yo estaba bastante cansado y quería dormir, de modo que
le contesté lo primero que se me vino a la mente: “Mi
nombre es Jorge Luis Borges, soy escritor”. Enarcó
las cejas y se quedó en silencio, pensativo, como si esa
respuesta le aclarara las cosas.
Durante
casi una semana el viejito no volvió a darme problemas;
y en ese tiempo improvisé una solución muy sencilla
para no escuchar su tos: dormir con los audífonos del walkman
puestos. Vivaldi o Mozart en el entresueño resultaban reconfortantes.
La convivencia pacífica sí es posible, pensé.
Sin embargo, una mañana particularmente fría, me
quise poner unas medias gruesas de lana que guardaba en el armario,
pero no las encontré por ninguna parte. Debía de
habérselas puesto ese viejo desconsiderado. Me dirigía
a descorrerle violentamente la frazada para ver si las tenía,
cuando el viejito me las señaló con rostro arrepentido
a un lado de mi cama: allí las había arrojado unos
segundos antes, tibias y percudidas, y con un inmenso hueco en
uno de los talones. No le dije nada (se había puesto a
mirar al techo, en estado de catatonia), pero por primera vez
consideré seriamente la posibilidad de pedir un cambio
de cuarto.
Por
esa época yo alimentaba una sospecha: la de que Jean-Luc
y la doctora Rosay eran amantes. Cada vez que los veía
juntos, notaba que cruzaban miraditas cómplices, se rozaban
innecesariamente o conversaban con un arrobamiento embobado. Lo
de la tesis no podía ser más que un pretexto para
verse en cualquier momento. No tardé en confirmar esa sospecha:
una noche, al despedirse, se tomaron de las manos y se dieron
un beso breve en la boca. Mi deliberado distraimiento hizo que
continuaran y que, con el tiempo, me tuvieran confianza. Más
aun, la ubicación estratégica de mi cuarto, el descanso
de la escalera que daba al tópico del piso, me llevó
a formar parte ?sin quererlo? del circuito cerrado de sus amoríos
clandestinos, a tal punto de que me dejaban recados o se citaban
en mi habitación para después perderse en cualquier
ambiente desocupado. Ese papel de celestino me resultaba altamente
estimulante, considerando que se llevaban por lo menos unos veinticinco
años de diferencia, y que la sombra del marido de la doctora
Rosay andaba muy cerca, pues era jefe del pabellón de al
lado.
Fueron
ellos mismos, Jean-Luc y la doctora Rosay, los que me informaron
acerca de los innumerables males de mi compañero de cuarto.
Era todo un caso: a sus sesenta y pico años padecía
de epilepsia, de tuberculosis leve y, para colmo de males, de
síndrome de Korsakov, un tipo de demencia senil provocada
por el alcoholismo. Había sido, en efecto, panadero de
la Marina de Guerra del Perú, y había dado en sus
barcos varias veces la vuelta al mundo, pero su afición
al vodka y al vino grueso lo había hundido en la locura.
Llevaba seis meses y un poco más en París, pasando
de un hospital a otro en calidad de menesteroso, y la única
persona verdaderamente interesada en su restablecimiento era una
asistenta social de la embajada peruana que se negaba a repatriarlo
en semejantes condiciones.
Tal
vez fue por eso, o porque se trataba de una persona mayor, o porque
finalmente éramos dos peruanos solitarios compartiendo
el mismo cuarto en un hospital de París, que empecé
a tratarlo de otra manera. Lo primero que hice fue dejar
que escondiera mis cosas: nada me costaba ubicarlas al otro día
en una habitación que, al fin y al cabo, no era muy grande,
y además los escamoteos se producían cada vez con
menor frecuencia. También dejé que se volviera
a poner (previa zurcida) las medias gruesas de lana que yo ya
no pensaba utilizar y que, por lo visto, le hacían falta.
Por último, condescendí en colocar mi televisor
sobre la mesa metálica que había al pie de nuestras
camas, para que así pudiéramos verlo los dos. Yo
cambiaba de canales tratando de captar su atención hasta
que encontraba algún programa que nos gustara a ambos;
por lo general, dibujos animados o series cómicas. Esa
fue nuestra primera forma de establecer contacto; la otra fue
a través de la literatura.
Una
noche de fuerte aguacero en que ninguno de los dos podía
dormir, encendí la luz del velador y me puse a leer. “Don
Jorge Luis”, murmuró el viejito en la semioscuridad,
“me gustaría que me leyera alguna de sus obras”.
Yo estaba justamente releyendo el cuento “El aleph”
y, más allá de lo gracioso que resultaba que me
llamara con ese nombre, pensé que no sería mala
idea leérselo en voz alta. En medio del rumor de la lluvia
(el agua tamborileaba afuera, sobre el pavimento y las ramas de
los árboles), le leí el pasaje de las enumeraciones,
esas largas y hermosas enumeraciones visionarias. El viejito me
escuchaba con ojos maravillados, trémulo, la cabeza apoyada
entre las manos, perdido el pensamiento en la música y
las imágenes. Por momentos subía y bajaba alternadamente
la cabeza siguiendo el ritmo de las frases. Y cuando alguna imagen
de esa fluencia parecía impactarlo en especial, se detenía
como hechizado, con la boca medio abierta. “Hermoso”,
susurró al final, “muy hermoso”. Luego se volvió
de lado, se arropó con el cobertor hasta el cuello y se
quedó dormido repitiendo para sí mismo esas dos
palabras agradecidas.
Esa
noche tuvo un sueño tranquilo, sin la crisis de tos. Sin
embargo, antes de rayar el alba, lo vi manotear el aire en tinieblas,
como si quisiera capturar mariposas, y lo escuché hablar
dormido. En realidad no eran palabras, sino una especie de canción,
una melodía infantil y repetitiva que iba componiendo con
balbuceos y gorgoritos y que interrumpía de tanto en tanto
al mencionar nombres de personas, expresiones en quechua. Quizá
revivía algún momento agradable de su vida porque
su voz era cálida y por momentos hasta sonreía.
No
estoy seguro de que llegáramos a conversar, ni tampoco
que estuviera en condiciones de hacerlo. A la hora del desayuno,
cuando para entablar diálogo le pregunté por los
lugares del mundo que conocía, me habló de manera
inconexa del contrabando de vinos, de un estuario color turquesa
que había visto en las costas de Singapur y de lo difícil
que era conservar cualquier tipo de harina cuando se tenía
muchos meses en alta mar. Recordó con lágrimas y
suspiros una lluviosa mañana de invierno en que, jugando
con un lamparín, prendió en llamas el caserío
en el que vivía de niño con su madre, en la provincia
cuzqueña de Sicuani. Se lamentó de lo cara que estaba
la vida y de los malos manejos en que incurría la Junta
Militar (creía que estábamos en el Perú,
en los años cincuenta, bajo el gobierno de Odría).
Sin embargo, en el momento menos pensado de su deshilvanado monólogo,
era capaz de decirme cosas como esta: “Pero todo lo que
vemos se olvida, don Jorge Luis; lo único que queda aquí
(y se tocaba con el índice el corazón) es el sentimiento,
como el de las poesías que usted hace”.
Lo
decía con gesto visiblemente sincero, sin el menor ánimo
de impresionarme. Desde luego, hubo otras oportunidades en que
le leí otros relatos y poemas bajo el sortilegio de que
yo era Borges (le leía, por ejemplo, “El fin”,
“El otro poema de los dones”, los dos “Poemas
ingleses” y todos aquellos textos cuya comprensión
no fuera tan difícil). Y en cada lectura que compartíamos,
en la noche, antes de dormir, al compás de la lluvia y
el viento frío que golpeaba los ventanales, advertía
su cara de aprobación, me sorprendían sus comentarios
emotivos y me preguntaba si de veras importaba que estuviera loco.
Porque siempre he pensado que las personas sensibles al arte son
las más confiables del mundo o, para decirlo en términos
prácticos, las únicas con las que realmente se puede
llegar a intimar. De cualquier modo, esas sesiones de lectura
nocturna eran tomadas con simpatía por médicos y
enfermeras (Jean-Luc y la doctora Rosay me exigían entre
risas un recital de poesía erótica), y con sorpresa
y hasta con molestia por los vecinos del pabellón, quienes
poco a poco se dejaron de interesar por si me sentía incómodo
o no en ese cuarto y, en muchos casos, optaron por ignorarme o
mirarme con mala cara las raras veces en que por casualidad debían
cruzarse conmigo. “¡Tal para cual, métèques
de mierda!”, tronó finalmente la señora de
la apendicitis el día en que, no bien recuperada de su
operación, la pillamos husmeando desde el vano de la puerta.
Mi
virus, a esas alturas, había resultado más complejo
de lo que se me pronosticaba. “Es un microorganismo proteico,
de composición cambiante”, me explicaba con tono
doctoral Jean-Luc, convencido del poder de sus artes suasorias.
“Se transmite por el aire y se incuba en la sangre; tú
has debido contraerlo en un lugar cerrado. Si estoy en lo cierto,
el anticuerpo se encuentra en el colágeno, que también
es un compuesto de la sangre”. Por si no le creía,
me traía libros, apuntes, estadísticas de los últimos
congresos de medicina. Y si confundido le preguntaba por algún
término o punto oscuro, me miraba con una sonrisa beatífica
y luego de trazar unos esquemas y dibujos sobre su cuaderno de
notas, se entregaba a una larga y entretenida disertación.
En todo caso, yo era su conejillo de indias y estaba allí
para ayudarlo a demostrar su teoría. No hubo prueba que
no me aplicara con esa idea: me sometió a ecografías,
me sometió a tomografías, me sometió a la
increíble “pancreotografía digestiva retrógrada
múltiple”, nombrecito mucho menos complicado que
los procedimientos y los aparatos que el examen implicaba (ayuno,
enemas, inoculación de un líquido febril en una
recóndita venita del pie izquierdo y cinco horas de exposición
ante una enorme máquina de rayos infrarrojos). Lo curioso
es que, de tantas pruebas que Jean-Luc me hacía, me había
acostumbrado a los pinchazos al inicio de cada mañana y
me parecía inconcebible disfrutar del desayuno ?jugo de
naranja y tostadas con mermelada? si antes no me inyectaban suero
o me extraían un poco de sangre. El viejito, para bien
o para mal, estaba exceptuado de todas esas pruebas y se limitaba
a observar el ritual desde su cama. No había nada que lo
inmutara, ni siquiera el frío de estepa que hacía.
Fuera de sus breves exaltaciones literarias, vivía así,
de modo contemplativo, en una suerte de limbo intemporal, creado
sin duda por las fuertes dosis de sedantes que le suministraban
las enfermeras dos o tres veces al día.
Solo
una vez lo vi salir de ese letargo. Habíamos terminado
de almorzar y nos disponíamos a comer el postre, que para
ese día era higos enteros. “Mire, don Jorge Luis”,
me llamó de pronto, y cuando reparé en él,
comenzó a restregarse los higos contra la cara con una
algarabía desenfrenada. Estaba tan alegre, y se le veía
tan vivo con el rostro y el cabello erizados de pepitas rosadas,
que no dudé en cederle los míos. El resultado fue
una explosión de higos reventados que salpicó el
piso, las paredes y parte del mobiliario. La habitación
quedó como encostrada por las deyecciones de una turba
de pájaros al ataque. Se lo comenté divertido, y
el viejito se levantó y empezó a danzar y a dar
vueltas frenéticamente alrededor de mi cama, aleteando
y graznando como un verdadero pájaro. El estruendo de sus
chillidos fue tan fuerte que alcanzó la sala del tópico.
La enfermera de turno entró alarmada y, al encontrar el
cuarto en tal desorden, no tuvo más remedio que llamar
a los paramédicos para que la ayudaran a limpiarlo. Estos
no solo trapearon el piso y cambiaron las sábanas sucias,
sino que bañaron al viejito con agua helada, lo envolvieron
en una bata quirúrgica (el piyama y la ropa interior que
llevaba puestos era lo único que tenía) y para neutralizarlo
lo sedaron con una dosis dos veces más fuerte que la normal.
El
viejito despertó veintisiete horas después, cuando
nos trajeron la comida del día siguiente, y en ese largo
lapso confieso que me fue difícil conciliar el sueño,
temeroso de que los paramédicos se hubieran excedido con
el somnífero y no fuera a despertar. Amaneció, sin
embargo, rozagante, con buena cara, más animoso que de
costumbre. Parecía que, en lugar de narcóticos,
le hubieran inyectado un tónico reconstituyente. Comió
toda su dieta e incluso alabó las buenas artes de la cocina.
“No hay nada como la comida”, suspiró. Para
ser sincero, me alegró verlo de tan buen ánimo y,
de paso, me sentí liberado de un vago sentimiento de culpa.
A los diez minutos, cuando yo empezaba a releer “El Sur”,
le oí decir algo sobre la conveniencia de dar una vuelta
para digerir mejor la comida. “Ya lo creo”, le dije,
sin prestarle mucha atención. Al poco rato volví
la mirada a su cama y me di cuenta de que ya no estaba. Se había
ido a pasear sin permiso, descalzo, con la bata de yute mal cerrada
que apenas si le cubría el magro cuerpo desnudo. Ningún
paciente en su sano juicio hubiera abandonado así el contacto
con una frazada, y menos aun con esos trancazos de viento helado
que amenazaban con romper los cristales de las ventanas. Por inverosímil
que parezca, ni los guardias ni las enfermeras lo vieron salir
del edificio. Los paramédicos que fueron a traerlo de vuelta
me contaron que lo encontraron al cabo de media hora a cinco cuadras
del hospital, completamente desnudo, bajo una polvorienta mata
de siemprevivas, jugando feliz con unos montículos de nieve.
Después
de ese episodio, en las dos semanas siguientes que permanecí
en el hospital, algunas cosas cambiaron. El proyecto de tesis
de Jean-Luc fue rechazado por partir de un supuesto equivocado:
mi virus no tenía nada que ver con el colágeno.
El deprimido Jean-Luc no tuvo cara para decírmelo, pero
me envió el informe del decano y una notita de disculpas
con la doctora Rosay. Mi caso, en tales circunstancias, perdió
interés y, ”por mi propia comodidad”, fui trasladado
a otro pabellón, a un cuarto individual. Sé que
el viejito ?misteriosamente restablecido de la tos? se quedó
en el mismo, aunque por un plazo perentorio pues la dirección
consideraba que debía ser derivado a una casa de salud
mental.
La
mañana en que finalmente me dieron de alta, había
terminado el invierno. Me costó trabajo reincorporarme
a la realidad. Las calles sin nieve de París, vistas desde
el apacible pórtico del hospital, me parecían demasiado
bulliciosas. Pero nadie que pasara por ahí iba a reparar
en eso, ni en eso ni en nada, porque el cielo estaba más
azul que nunca y el sol brillaba ya en lo alto anunciando un día
maravilloso.
De París personal
©
Marco García Falcón
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Marco
García Falcón |
Lima,
1970 | Estudió Lingüística
y Literatura en la Pontificia Universidad Católica
del Perú. Ha obtenido los primeros premios en los
Juegos Florales de la PUCP (1991), en el primer Concurso
de Cuento Jurídico organizado por la revista Thêmis
(1995) y en el Gran Premio Adobe de Cuento otorgado por
la Universidad Ricardo Palma, Adobe Editores y el diario
Expreso (1999). Asimismo, ha recibido la mención
de finalista en la X y XII bienales del Premio Copé
(1998, 2002), así como el tercer premio en la XI
versión de dicho concurso (2000). En el 2002, la
Serie Ficciones del Fondo Editorial de la PUCP publicó
su primer libro, París
personal, que recibió una muy buena
acogida por parte del público y la crítica.
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