Fragmentos hacia la fragmentación de una opinión informada

 

For DP, who knows


Paris, janvier 1972

Hedwig Wittgenstein estuvo, a la hora de morir,
silente en cama:

------pronunciamiento final de los forenses sobre el tema, forenses que,
-------por cierto—,
-----llegaron a la terminante conclusión habiendo encontrado al cadáver redomadamente muerto ------y maltratado,
-----pero quieto y sin –parecería—
-----mayores quejas,
-----sobre su colchón.

-----Nada de esto ha sorprendido al cruel discipulado del difunto.
-----´´Sabíamos que moriría en cama,
-----y en silencio´´.

-----Quienes saben, callan; y quien calla, otorga –aunque sea en calidad de préstamo—------------------alguna aquiescencia.

Los peritos supusieron envenenamiento de calibre .22, de mediano alcance, reactivo al potasio y al oxígeno. Las investigaciones, sin embargo, no procedieron en vista de que alguien, el último de los fieles, desapareció al cadáver.

Se sabe, ya a ciencia cierta, que el sujeto cosió al cuerpo de Hedwig dentro del colchón y que escapó en un camión frigorífico de placa inopinada con destino conocido a muchos, a excepción, como suele suceder, de los peritos mismos; quienes, en su calidad de expertos responsables, tampoco hablaron más de lo que no les importaba.

Bien que mal, los eventos no resultaron demasiados extraños si se considera que Hedwig había pasado ya unos quince años desparramado, ballenáceo, sobre el colchón, en esa misma posición, pagando el alquiler con teutónica puntualidad, con una bolsa de papel marrón (la cual se renovaba con las estaciones, en prueba de la permanencia irresistible de lo renovable) montada, muy austeramente, sobre una cabeza que, según los iniciados, entre quienes no me incluyo, se calificaba de indescriptible.

En vista de que todos los iniciados se cortaban manos, lenguas, y – hay quienes dicen, otros órganos de propensiones indiscretas— en ofrenda al heliogábalo, tampoco debe sorprender en demasía esta mentada indescriptibilidad.

Sobreentiéndase, señores: cuando Hedwig se ponía en manos de otros, no por ello se ponía, claro está, a su alcance.

Hay sólo un caso, dizque-autenticado, de alguien que lo haya visto, en tiempos recientes, alguna vez de pie. Uno de los intellos (pensador indigente de tercer orden, hombre sin atributos, propiedades o importancia), colisionó, y esto hace ya varios años, con Su Santidad cuando éste estaba ocupado en el lavabo, lo cual resarció el eterno interés en dar una respuesta definitiva —y es que por más falsas que sean, lo que se quiere son respuestas— al sexo incógnito de Hedwig Wittgenstein.

La situación no fue, sin embargo, la que podría presumir el lector (un Wittgenstein orinando es incoloro, cosa para el común de los mortales llanamente incompresible); Su Sana no estaba ocupado con su uretra o cuestiones de la membresía anexa, sino con la desobstrucción de cierto asunto intestinal llevado a sus más hondas e insensibles implicancias físicas: asuntos simples y concisos, en buen wittgensteiniano.

Pero el discípulo, encontrándose él mismo constreñido de asombro ante la geodésica presencia de Su Cedáneo, se ofreció como ``asistente hacia una resolución sostenible de garantía inviolable``, pensando quizás de ahí engarzarse, como lo añoraron tantos de su especie, a la bolsa de cabecera del regio Su Cesor.

Parece que Su Ssex, sin embargo, auscultó las intestinas intenciones del discípulo y lo agredió, como correspondía a un hombre de su alcurnia, con el desatorador del lavabo: ya a esta altura los recuentos no coinciden más y el desatorador pasa a pasa a ser un arco de violín, una horca, un falo gigante de hule, o un as de espadas. Acaso importa.

Lo que sí interesa (en cierta medida, y a unos pocos) es tener en claro quién fue Hedwig Wittgenstein, o qué.

Se dice que es un Wittgenstein, producto del incesto entre dos Wittgensteins, cortesía de la mediación macabra de un tercer Wittgenstein, caso en el cual quedaría en claro que el orden de los factores sí altera, ¡y cuánto! al producto.

Llegó a París cuando joven (lo cual es un decir; incluso entonces, hace treinta años, usaba la bolsa de papel para taparse la cabeza), imprecando en alemán, restellando a fustazos por sobre la mesas. Con el tiempo, dicen que se dulcificó, y dejó las fustas en manos de sus falanges de abogados—a quienes nunca nadie hasta la fecha ha enfrentado en tribunal, pero a quienes todos ven por todas partes— contratados con el exclusivo propósito de asegurar la inofensibilidad de Su Cesión por parte de crasos franceses y/o afrancesados.

Al momento de su llegada, Hedwig ya ostentaba su arsenal de (relativo) anonimato y –se dice, aunque la gente habla por hablar—, la idea fija de esclarecer –o, más bien, reconquistar-- todo a excepción de su apellido, librando una campaña profiláctica en oposición moral al peso atómico, sisífico y semántico del último.

La prueba más osada de disociación —la más famosa de sus excentricidades— consiste, parecería que desde antes de arribar a Paris, en referirse a sí mismo, no como a un hombre o una hembra, sino simplemente como ese. (El inglés tiene una justa equivalencia a la noción de Hedwig: it.)

Así, por ejemplo, uno debía dirigirse a Su Plantamiento de la siguiente manera, acatando al uso de tercera persona con el cual se otorga justa o úbica distancia a miembros más y miembros menos de la monarquía considerando, además, la especial y delicada deferencia que ha de tenerse para quienes pese a no ser de la realeza, se aproximan más que esta a la Realidad :

-------------Su Bpoena! Gracias por haberme concedido audiencia. El desespero apremia.
-------------Es por eso quizás mejor la espera, contesta éle, objeto simple de muy ----------------------------------subjetivos catalejos.

Y he ahí que la cosa adquiere un cariz distinto, difícil: Su Gerencia, ensoberbecido de sospecha, solicita (Su Licita, dicen las malas lenguas) que todo aquel que le visite ríndale homenaje en su injusta medida —los Wittgensteins son Wittgensteins, y pobre de quien ose hablar de justas medidas en relación al tema, pues excita Su Sed de juicio Su Premo—.

Se requería, pues, previa admisión a la cama (asunto del cual ya hablaré), hacer una ``descripción lírica y elogiosa de Su Persona, con motivos de imprimir en el alma de éle, resquicios de interés en vuestra causa de consulta``.

Puede darse aún, en librerías poco especializadas, con panfletería modélica y harto confiable acuñada por expertos en protocolo (monárquico, republicano, bélico, poliédrico, zoológico, astral de tránsito, et al) para el mejor abordardamiento del elaborado rito. Los únicos manuales válidos para la satisfacción final de Hedwig, sin embargo, fueron aquellos circulados por circuito intravenoso entre sus discípulos.

Muere así con Hedwig lo que vive, supondríamos, en ellos; pero con un grado tal de difusión, que cualquier cosa que pudiera decirse al respecto –y algo, dicen, se ha dicho—, debería ser (y en tanto ser, particular): irrepetible.

PROJECTIVE TITLE for A THESIS ON THE SENSES AND THEIR
FINER SENSIBILITES

(Edimburgh, circa 1760)

Extrasensory Perception is, by definition, Perfect Nonsense

(or, An Apology to the Effect that There Must Be More Senses than We Are Fit
to Fit into Our Philosophies)


es el título del único libro medianamente escrito –aunque no editado, ni tampoco impreso— en el curso de la que se sospecha fuera la primera vida (1737-1788) de Hedwig Wittgenstein.

El resto de sus escritos, los más importantes, quedaron en El Silencio, donde se supone aún podría encontrárselos.

Para mayores referencias, consultar a: Charlotte Polype,
---------------------------------------------------------Rue d´Amsterdam, 66, París.

(Madame Polype, tiende,
por cierto,
a no encontrarse en casa, por estar,
se dice,
ocupada, atendiendo,
encontrándose sitiada –aunque no inferamos
necesariamente situada –
en y entre otras cosas, etc, etc, etc).

Algo, creo, iba a decir sobre el arte de obtener paso –aunque jamás acceso— a los confines de la cama de Hedwig, aunque en razón de no faltar a las verdad, preferiría no extralimitarme cuando lo que conviene a mi rol y calidad de narrador, escueto, de los hechos es, precisamente, el atenerme a ellos, y a lo poco que estos puedan informar.

Últimas palabras de Hedwig Wittgenstein, proferidas a la hora de su muerte, y en silencio (léase, escritas):

------------------------------------Let us say there are two possible answers: the page is blank, and the -----------------------------page is not.
------------------------------------Now, read it again.
---------------------------The contradiction –or rather, the apparent contradiction—, is not made -------------------------------------wholly apparent with the first reading: the two possible answers (to one, ------------------------------------two, more or even no prior possible questions) merely state that the page ---------------------------------may be blank, or that the page may not be at all.

------------------------------------It does not matter whether the page is written or drawn on: its -----------------------------------------existence is more strongly implied be it by its silence, or its absence.

Hedwig Wittgenstein no legó al mundo más que una colección considerable de bolsas de papel de dimensiones varias, distintas todas pero aproximadas, cada una, al fin de un mundo.

París, janvier 1792


 

Excerpta de Toccata/Fugue


Book II, The TranScribe In His TranScriptorium

Enter: the orthodoncist Whimpanny, a nature fiendishly preoccupied (depotcupied--that is to say, ''most busy at the pot with...''—) …with all walks, deflections, parapets and skyliners at the vanguard of endodoncy, deontology, phenomenological fissures of the tooth and the pataphysics of the caries (in which it is established that the caries’ is immanently capable of trespassing the pulp, the nerve and damnit, watchit, Whimpanny, watch it sink with delicate occlusion, nip, nip, like a calibrated bite wrought smack into the quid of the question, ‘’much to the average patient's disturbance, although, as you know, Blunt, a serene inquiry into the patchwork of the mouth is heavily restricted to initiates in the art of hold him, Blunt, boy, hold the gooddam's head down’’).

As of late, Whimpanny's timbering queries circumambulated what should in justice be called --Blunt! The excavator, please!--, the situational hermeneutic of the jawline as a world unto itself; yes, dear Folly, said he from his corethodontick tack tick tack tick vantage (Folly eyes the clock up on the wall, his melanin absconding, ''Look, Blunt, tell me: is he paling, or should I say, do I perceive the Folly boy as paling? Wherein is the origin of pallor: is this a matter, that is, of emission or perception?’’)...’’but as I said, he said, my latest philosophicitch, says I now, levering the drill adulcorately into Folly's ooumythgod--, is aimed at the practical solution of a question as of yet moreorlessly circumscribed to theory.

''Ah,'' Blunt, all wilhemmeisterly and well-apprenticed, ''the transcendental philosophy of pain!’’ ‘’ Sleep on this one, Folly; here’s an anesthetic: is pain most adequately understood in the form of an impersonal, theoretic subject, (''or...Blunt, pass the serum!-- or, Folly-- says Whimpanny, says he, says I now, Folly boy, the platitudinary drill depressing almost to the rim of metaphysics, far beyond the reaches of any reasonable doubt or mental barrier, plunging categorically, to Blunt's neo-Kantian elation, back from the noumenal wastelands of Whimpanny's enquiry, way past Folly's matter –‘’never mind that, boy…oh devil, we've been led astray again’’, Whimpanny says, he says, I say now, Blunt says, covering the wound (the world) with an unwanted thumb –a tourniquet, look, Folly! Instrumental reason at my hand’s reach! Heidegger was right, already--; and Whimpanny saying, I say we’d do best to dismiss the breadth of possibility and social contracting of our enchanting transcendental subject for the time being (…but time being what, exactly?, Blunt brays) as Whimpanny attends to this, the finite, insignificant, thin creature below us threatening with lawsuits over such frivolous concerns as those commanded by the thinnite, Whimpanny, Blunt, inthingnificant drill puncturing some byway of his mouth. (‘’Oh,’’ Blunt warbles, baleful, bawl, bawl: ‘’aw, the Philistine!’’).

''But make an effort to forgive us, Folly! As philosophers, we tend, even against our wishes (‘’as collateral effect to native forces, foibles, fallibilities of modernism, of which we are nothing but bescattered soul-inheritors’’, says Blunt, wiping the blood off his hands on Descartes, poor devil, blood wiped mathematically from off the confines of immediate perception) –‘’though in honesty we do attempt to address the praxis of worldly concern, but naturally (naturally? Blunt sidewhines)—‘’yes, naturally’’, Whimpanny says, and Folly knows what's coming (oh, he knows) the drill comes coming down again, against all legal logic, tracing a suspiciously organic path (drunk’s the word, Blunt does not say, but slams the bottle on the tray, stirring a clatter of pretexts and glassy instrumentalia down my, down Whimpanny’s, how to say it ...—‘’, Folly, there's no way of discerning whether or not your world is any bit more real, or your pain a slice less speculative, than ours. To see you like this, at least to me, is heartrending...Blunt, hold!’’



© Mónica Belevan


Mónica Belevan | Lima, 1982 | @ Patafísica. Actualmente ocupada en varios proyectos de mecánica avanzada, entre los que se cuentan una tésis sobre ´´La función y lo inefable de la forma en la concepción estética de Wittgenstein y Duchamp´´, así como la elaboración del poemario The Wreck of the Large Glass: A Cadastral Register of Parts y de su ya mítica novela inconclusa: Toccata/fugue, a travesty; or The Impostors.


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