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Las
cartas

El
verano llegaba a la capital y con él se acercaba el fin
del año académico en la universidad. Por las tardes
iba a mi oficina, en el segundo piso del pabellón de profesores,
cerca del auditorio, y desde allí veía retozar a
algunos alumnos en el césped cercano a la cafetería,
a la sombra de las acacias.
Una
de esas tardes, me acerqué a la oficina del decano. Debía
ponerme de acuerdo sobre unos artículos que me publicaría
la revista de la facultad. Al salir, me detuve en Registros, donde
los profesores firmamos la asistencia. Saludé a Carmen,
la secretaria, mientras yo abría el cuaderno de tapas azules.
Al igual que otras veces, Carmen aprovechó para contarme
de su aburrimiento, de sus ansias de que llegara el fin de semana
para irse a la playa con su esposo y sus hijos. No sé por
qué algunas personas se muestran particularmente confesionales
conmigo; será porque las dejo hablar y las oigo atentamente.
Aunque les sorprendería saber que muchas veces no estoy
tan atento como parezco, sino envuelto en mis propias preocupaciones.
Precisamente,
en ese momento, yo estaba más interesado en observar disimuladamente
mi casillero de la correspondencia: no, esta vez tampoco había
carta para mí, como venía sucediendo en estas últimas
semanas. ¿Por qué Susana no me escribía?
Ya había pasado un tiempo más que razonable para
que lo hiciera.
Me
dirigí a mi oficina, desanimado. Había quedado con
Susana en que me escribiría cuando estuviera en Pueblo
Azul, el primer punto de su viaje de vacaciones por el norte.
Pero ya hacía como mes y medio que había salido
para allá, junto con su madre y la prima Laura, y yo no
tenía ninguna noticia.
Cuando
se fue, me había propuesto no escribirle sino hasta después
de que ella lo hiciera. Sin embargo, dos semanas después
de su partida, ya le había enviado dos cartas, una casi
detrás de la otra. En la primera, le preguntaba escuetamente
cómo le iba, qué le parecían los lugares
que estaba visitando. Pero en la segunda, que escribí una
noche de extrema depresión, me atreví a preguntarle
qué pensaba sobre lo que habíamos hablado la víspera
de su viaje, y si ya había tomado alguna decisión.
Al día siguiente, cuando entraba en Registros, hojeando
distraídamente unas revistas, me crucé con la profesora
Martita que llegaba apresurada. Nos saludamos y ella se dirigió
al lugar de los casilleros a revisar su correspondencia. La conocía
desde mucho tiempo atrás. Tenía una cátedra
de Historia y era muy apreciada en la universidad. El año
que empecé a estudiar aquí, me había enseñado
un par de cursos.
Mientras
yo firmaba en el cuaderno, me di cuenta de que Carmen observaba
a la profesora; luego me miró y me hizo un ademán
con el mentón para que me fijara en Martita, quien seguía
revisando su correspondencia, desechando folletos y buscando algo
con interés.
Martita
dejó una carta en la casilla de Envíos, que el empleado
encargado llevaría al correo por la tarde, y se marchó.
Carmen permaneció observando a la profesora cuando ésta
salió al patio, y aun después, cuando pasó
por el jardín que rodea el decanato. "Está
esperando noticias importantes", dijo luego. "Carta
de un caballero". No dije nada, aunque entonces comprendí
por qué últimamente Martita mostraba tanto interés
por la correspondencia.
–Últimamente le ha dado por escribir... –dijo
Carmen–. A su prometido.
–¿Su prometido...?
Pregunté, aunque sabía muy bien de qué hablaba.
Nuestra universidad es como un pueblo pequeño, todo se
sabe, de todo se entera uno. Hace poco, cuando una profesora se
divorció de un colega, ella tuvo que marcharse a Argentina
porque no podía soportar los comentarios ni las historias
que se tejían a sus espaldas.
Carmen
empezó a contarme, con esa manera detallista y casi didáctica
que tiene. Yo sabía casi todo aquello, pero la dejé
hablar. Martita había estado a punto de casarse con un
antiguo actor de teatro que luego dejó las tablas para
dedicarse a los negocios. Se decía que la familia de Martita,
o ella misma, no había aceptado el matrimonio con el actor
porque en esa época alguien dedicado a ese arte representaba
la vida disoluta; creo que precisamente ese hombre era un ejemplo
cabal de ello. La cosa es que no hubo matrimonio. Después,
el actor se casó, enviudó y a la vuelta de varios
años estaba otra vez en la vida de Martita, quien siempre
permaneció soltera. El ex actor quería casarse con
ella y parece que ahora sí Martita aceptaba. Así
andaban las cosas.
Carmen
sabía, además, que el ex actor se hallaba en un
pueblo de Chiclayo, en casa de uno de sus hijos; allá aprovechaba
los baños termales de la región para paliar su reuma.
A ese lugar le escribía Martita con regularidad; pero debía
haber problemas con el correo, porque hace tiempo que no recibía
respuesta.
Conocí a Susana el verano anterior, en una muestra de egresados
de artes plásticas. Charo, una de mis amigas, a quien yo
asesoraba en su tesis, había logrado arrastrarla con mucho
esfuerzo hasta allí, donde yo fungía de coordinador
de la muestra.
No
me impresionó mucho cuando Charo nos presentó, y
entiendo que tampoco le resulté muy especial que digamos.
Me hallaba más atento a lograr que los invitados de honor,
unos funcionarios del Ministerio de Educación y de la embajada
que promovió la muestra, no se aburrieran más de
la cuenta. En cierto momento me dediqué a observar a Susana
y la vi deambular indolentemente por entre la gente, sin mucho
entusiasmo, como si le diera lo mismo estar allí o en algún
parque público; miraba aquí y allá, leía
algún título de las obras, apreciaba algún
detalle nimio.
Al
marcharnos, llevé a las dos en mi auto. En ese tiempo yo
vivía cerca de la casa de Charo, en Barranco, y resultó
que la de Susana estaba a poca distancia, por lo que no tendría
que desviarme mucho de mi ruta. Los tres fuimos hablando de cosas
sin importancia, de la muestra, de la universidad. Susana se bajó
primero, luego Charo; lo cierto es que cuando llegué a
mi departamento, pensaba en varias cosas menos en Susana. Al despedirnos,
Charo me había confirmado que me esperaba en su casa el
próximo sábado para seguir con su trabajo de investigación.
Por
esas semanas, Charo estaba a punto de concluir su tesis, y yo
la ayudaba porque además de ser mi amiga es hija de uno
de mis antiguos profesores del colegio. Los sábados iba
a su casa, almorzaba con la familia, luego en la sobremesa conversaba
un rato con mi antiguo profesor. Solíamos referirnos a
la vida de mis condiscípulos, a sus labores profesionales.
Más tarde, Charo y yo volvíamos a sumergirnos en
su tesis: "La educación inicial: una propuesta metodológica".
El
sábado, Susana apareció por la casa de Charo casi
al final de la tarde. Entró en el estudio precisamente
cuando trabajábamos una parte importante de la tesis y,
de pronto, todo perdió su densidad académica. Tenía
esa facultad: la de restar solemnidad a las cosas. La verdad es
que nos olvidamos de la tesis y estuvimos hablando de otros temas,
entre ellos, acerca de un nuevo ministro de gobierno, que resultaba
ser tío lejano de Susana.
Toda
la conversación fue muy amistosa y nada más. Por
eso me sorprendió lo del siguiente sábado. Charo
pareció no mostrar demasiado interés en su tesis,
incluso empezamos a trabajar un poco más tarde. Aunque
durante el almuerzo me había convencido para que fuéramos
a un cine cercano, porque pasaban un estreno policial.
Después
de media hora de que habíamos empezado a trabajar, llegó
Susana: Charo la había invitado para ver la película.
En algún momento, Susana y yo nos quedamos conversando
en el estudio, sobre el familiar que era ministro, sobre el trabajo
en la boutique de su mamá. Y, la verdad, en ese momento
empecé a verla de manera diferente, con más interés.
Tenía una gracia especial cada vez que se movía,
cuando hacía un gesto para entregar algo, al sentarse y
cruzar las piernas; un aire de vaga sensualidad brotaba de su
cuerpo en movimiento. Me confesó que desde pequeña
había estudiado ballet y que le gustaba cantar.
Luego
vino Charo y dijo que no se sentía tan bien como para ir
al cine, la comida le había caído algo pesada.
–Pero, ¿por qué no van ustedes dos? –nos
propuso, con descarado entusiasmo.
Susana sonrió y no dijo nada. Por mi parte, no me hice
de rogar. Durante la película casi no hablamos, pero al
regresar, caminando por el malecón, veníamos conversando
como viejos amigos. Ella me hablaba de que le encantaría
viajar a Estados Unidos, a Texas, donde tenía unos parientes.
Más tarde, un muchacho que vendía rosas se nos acercó;
ella sonrió mirándome y yo metí apresuradamente
una mano al bolsillo para buscar unas monedas. Luego seguimos
conversando, como si nada hubiera pasado. Cerca de su casa, nos
despedimos con un beso en la mejilla.
El
siguiente sábado, luego de que terminé de trabajar
con Charo, vino Susana y salimos tan naturalmente como si todo
hubiera estado acordado. Fuimos a pasear por el malecón.
Caminé un buen trecho a su lado sin decir nada, embargado
por una agradable sensación de plenitud.
Desde
hacía algún tiempo, no tenía una mujer a
mi lado. Por las noches, cuando llegaba a mi departamento, me
quedaba viendo televisión hasta tarde, hasta que me dolía
la vista, y me tendía con la cabeza colgando de la cama
y los ojos cerrados, pensando en viajar, quizá a Ica, donde
mi familia.
Pasando
el malecón, cerca de un parque casi solitario, la tomé
de los hombros y la besé, suave y largamente. Luego nos
quedamos mirándonos, sin decir palabra, mientras yo trataba
de determinar qué había sentido dentro de mí.
Ella recostó su cabeza en mi pecho, y nos quedamos abrazados
largo rato oyendo a lo lejos el rumor del mar. "Me gustas",
le dije. Y no sabía por qué me había apresurado
a decirlo. Creo que para no tener que mentir diciéndole
"te quiero". Y sé que ella fue la más
franca cuando dijo que también yo le gustaba –sólo
eso. Sentí que estaba iniciando una relación más,
de esas que habían poblado mi vida y que no dejaban gran
huella ni hacían mucho daño.
Así
empezamos. Yo solía esperarla a la salida de la boutique
o al frente de un pequeño cine. Algunos fines de semana,
íbamos a una discoteca de Barranco. Debo reconocer que
desde el comienzo, sentí que no era una relación
con mucho futuro. Por esto no quise poner todo de mi parte, no
quise comprometerme. Al inicio, creí que ella se había
enamorado de mí y que quizá esperaba llegar a algo
mucho más serio, pero después me aclararía
que nunca llegó a pensar eso.
Al
final, todo acabó tranquilamente. Sucedió una noche
cuando salíamos de una fiesta de cumpleaños. Las
últimas semanas yo había estado ocupado con mis
clases, ella atareada con la apertura de otra boutique de su mamá,
y no nos habíamos visto demasiado. Le dije que iba a estar
muy ocupado de allí en adelante, y por su parte ella me
explicó algo parecido. Por último, nos miramos sonriendo,
comprendiendo que ése era el final. Un final poco romántico,
es cierto. No nos dijimos más porque no era necesario,
simplemente que ya nos comunicaríamos, ya hablaríamos.
–Lo último que se pierde es la esperanza –dijo
uno de mis alumnos al concluir su exposición en clase.
Los demás rieron al recordar que ésa es una frase
que yo suelo repetir.
Habíamos
estado estudiando el tema del amor en los cancioneros españoles
del siglo XV y ahora los alumnos exponían sobre un autor
de su preferencia.
El
nuevo ciclo logró que me involucrara del todo en mis temas
de enseñanza; había temporadas en que sucedía
eso, aunque en otras me la pasaba como desanimado y buscando en
qué distraerme. Por esos meses no sucedió nada llamativo
en mi vida, salvo que me cambié de departamento.
En
las vacaciones de mitad de año yo había estado a
punto de viajar, pero al final no lo hice, me desanimé.
Fue entonces cuando aproveché para mudarme a un lugar más
cercano a la universidad. Era más amplio y, sobre todo,
quedaba en una zona no tan húmeda. Siempre he padecido
de los bronquios y, a pesar de ello, más por pereza y costumbre,
viví en medio del clima húmedo de Barranco cerca
de siete años. En mi nuevo distrito podría salir
a correr y a hacer ejercicios por las mañanas en los parques
cercanos.
Casi a finales del invierno, en agosto, me encontré con
Susana en la fiesta de cumpleaños de un amigo pintor. No
sabía que ella iba a estar allí; de haberlo sabido,
seguramente que yo no hubiera acudido, lo que hubiera sido una
gran tontería pues el encuentro resultó muy agradable.
Esa
noche, cuando la vi, vestida con un traje negro escotado, el cabello
recogido atrás y los hombros desnudos, descubrí
que traía guardados deseos de volver a tenerla a mi lado
y de besarla otra vez. Me acerqué a hablar con ella y luego
casi no me moví de su lado. Bailamos varias piezas seguidas,
confundidos entre el resto de la gente. Yo –ayudado por
varios pisco sour– me sentí lo suficientemente desenvuelto
como para decirle que la encontraba linda, más que otras
veces; y ella sonrió halagada. Más tarde, salimos
al jardín y estuvimos conversando, alejados de los demás,
oyendo la música como si llegara de lejos, tomados de la
mano.
Nos
marchamos juntos de la fiesta, pero antes ella se despidió
de los amigos con los que había venido; les dijo que estaba
cansada y que yo la iba a llevar a su casa. Pero no fuimos a su
casa, sino a mi departamento. Entramos sin encender la luz, porque
ella me lo pidió, y luego nos besamos en la penumbra. Hicimos
el amor con precipitación, acuciados por un repentino deseo
mutuo.
Luego
nos quedamos descansando, abrazados, percibiendo el rumor de la
noche que entraba por la ventana. Yo quería que ella se
quedara, y sabía que ella deseaba lo mismo, pero me explicó
que debía estar en su casa antes del amanecer.
Nos
vimos un par de veces más en mi departamento. Hasta que
me contó sobre Gustavo. Se trataba de un amigo, me dijo
al comienzo; pero luego me explicó la verdad. Era un antiguo
amante, que volvía cada cierto tiempo a ella como quien
vuelve al redil después de haber extraviado el camino.
"Es como un hábito", añadió.
Esa
vez, estábamos en la cama. Ella seguía hablando,
refiriendo prolijamente su historia, añadiendo detalles.
Me hallaba con la cabeza casi colgando de la cama y los ojos cerrados,
sin decir nada. Trataba de entender aquello, sobre todo por qué
esa historia me hacía daño, si yo estaba convencido
de que Susana era un asunto pasajero y nada más.
En
la siguiente oportunidad que nos vimos, lo primero que me dijo
fue que Gustavo la había llamado la noche anterior.
–¡Si tanto te interesa, por qué diablos no
te vas con él! –le dije, repentinamente furioso.
Ella retrocedió hacia la puerta, sorprendida porque nunca
me había visto enojado, y se marchó sin decir nada
más.
Entonces
dejamos de vernos. Hasta la fiesta de la víspera de su
viaje, en casa de Charo. Lupita, la hermana menor de Charo, cumplía
veinte años y mi antiguo profesor había decidido
festejarlo a lo grande. Saludé a Susana como si se tratara
de una vieja amiga. Ella parecía más tranquila,
menos efusiva. Deduje que algo no debía andar tan bien
en su vida. En fin, pensé, ya no era cosa que me importara.
Bailé
con Lupita, con Charo, con las amigas de ellas. Recuerdo que,
mientras bailaba con Charo, ella comentó, sonriendo y mirando
de reojo a Susana: "Parece que la historia de ustedes quedó
atrás, ¿no?”. Yo puse cara de no saber nada
y bromeé: "¿Historia...? ¿Qué
historia?". Susana conversaba más allá con
unas amigas; parecía pensativa y no hacía nada por
divertirse. En la primera oportunidad que tuve, me acerqué
nuevamente a ella. Ahí me contó que al día
siguiente salía de viaje.
Casi
a medianoche estábamos en el jardín, hablando de
su viaje, de lo bonito que era el norte, mientras yo volvía
a sentir unas ganas terribles de besarla. Más tarde, cuando
ella estaba riendo por un comentario que hice, no pude más
y la besé en los labios. Ella me miró sorprendida,
sonrió un poco y luego se puso seria. Pero antes de que
dijera algo, empecé a hablar. Me hallaba algo embriagado,
por eso me atreví a confesarle: estaba enamorado de ella,
me daba cuenta de que la necesitaba, no sabía cómo
había pasado, pero así era. Ella sonrió muy
comprensiva cuando me dijo que yo le gustaba, que era muy tierno
y agradable, pero que debíamos hablar de esto en otro momento.
Quizá después de su viaje. Yo no quería esperar
tanto y le pedí que lo meditara en los próximos
días y que me escribiera, haciéndome saber lo que
había decidido.
Unos
días después, cuando pasé por Registros,
encontré a Martita pegando estampillas a una carta. Luego
de que se marchó, pude observar la carta. Estaba dirigida
a Armando Castro. "Nombre de actor", pensé, de
actor de la vieja escuela. En ese momento me entraron malos pensamientos.
Me hubiera gustado saber lo que decía, abrirla y leer sin
que nadie se diera cuenta. Por otra parte –para variar–,
en mi casillero no había carta.
Pensé
que Susana deseaba tomarse su tiempo para responderme. Pero yo
hubiera preferido que no demorara tanto y me dijera que sí,
que íbamos a intentarlo, con más seriedad y deseos
de compromiso que antes. Desde muy joven he tenido la costumbre
de rehuir las responsabilidades, sobre todo de evitar comprometerme
afectivamente hasta un punto en que no pueda alejarme sin mucho
esfuerzo; es una forma muy cómoda de vivir, aunque más
adelante siempre llega el momento en que uno se pregunta si todo
esto ha valido la pena. Me acordaba de los momentos cuando Susana
y yo nos conocimos; si entonces yo me hubiera decidido a crear
algo entre nosotros, quizá todo habría ido mejor.
Por
las noches pensaba en ella, bebía de una botella de Bacardí
y me dormía muy tarde. Se me ocurría que, probablemente,
ella no había recibido mis cartas.
El
domingo siguiente, me aparecí por la casa de Charo. Almorzamos
con el profesor y toda la familia. Luego, para obtener alguna
información, pregunté a Charo, como quien no quiere
la cosa, qué era de la vida de "nuestra amiga Susana".
Debo
haber preguntado con perfecto desinterés, pues Charo se
animó a confesarme, también con desinterés,
que Susana había estado saliendo con alguien, un muchacho
del norte. Sentí que una bola de algodón ascendía
desde mi estómago. Pero tuve la suficiente presencia de
ánimo para preguntar quién era.
–Un tal Gustavo –me dijo–. Pero tú no
lo conoces.
Durante los siguientes días estuve pensando, imaginando
muchas situaciones. Quizá ella había ido al norte
para verlo. Quizá todo era coincidencia. La verdad, no
sabía qué pensar.
El
lunes siguiente no vi a Martita, pero descubrí que en la
oficina había dejado una carta para el correo. Permanecí
mirando el sobre, de bordes azules. ¿Qué le diría
al ex actor? Hubiera dado cualquier cosa por enterarme. En ese
momento, Carmen se hallaba en el cuartito de los archivos. Entonces,
sin pensarlo más, tomé la carta de la casilla de
Envíos y me la guardé en un bolsillo de mi saco.
Salí
con dirección a la cafetería para profesores. Y
allá, en una mesa alejada, abrí la carta con mucho
cuidado. "Querido Armando", empezaba, con una caligrafía
de letras redondas y mayúsculas alargadas. Era sólo
una página. Martita preguntaba a Armando si se hallaba
mejor de sus males y por qué, luego de haber recibido sólo
una carta de él, no tenía ya más respuestas.
¿Había problemas con el correo de allá? Y
le recordaba, por si sus otras cartas se habían extraviado,
que estaba pensando vender la casa familiar. Su hermana y ella
habían decidido que era lo mejor, para adquirir otra propiedad
más alejada del centro de la ciudad. Ésta se iba
llenando de gente y ese sector, que antes había sido muy
tranquilo y agradable, ahora se había tornado muy difícil.
Al final, Martita le recordaba que no dejara de escribirle.
El día siguiente, por fin recibí carta de Susana.
Más que sentirme contento, como había esperado,
me envolvió un repentino temor cuando vi mi casillero;
tuve que disimular el desconcierto mientras procedía a
tomar la carta y guardármela. Me marché hacia mi
oficina, pero no pude esperar a entrar en ella; la abrí
en mitad del pasillo, aprovechando que no había gente por
allí, y empecé a leerla.
Susana
me explicaba que se había encontrado con Gustavo durante
su viaje, que en realidad desde hace algún tiempo se habían
reconciliado, y ahora hacían planes para casarse. Que la
disculpara, que yo era muy cariñoso y dulce, pero lo que
sentía por Gustavo era otra cosa. Mientras leía,
adivinaba que ella había evitado decirme que allá
estaba pasando “días divinos" –era su
frase habitual–, para no entristecerme. Me explicaba, en
un par de líneas, que había pensado en "lo
nuestro", que "fue lindo" y que nunca lo olvidaría.
Quizá para que su felicidad no me resultara demasiado ostentosa,
me decía que quién sabe si le iría bien,
pero que lo iba a intentar con Gustavo, a pesar de los problemas
que habían tenido. Y nada más, saludos, besos.
Entonces
empezó a desmoronarse el edificio de ilusiones que yo había
estado armando durante estas últimas semanas. Ya no volveríamos
a estar juntos; ya no experimentaría lo que era vivir con
una mujer tan vital, alegre y deliciosamente sencilla; ya no dejaría
esta soledad que empezaba a causarme daño.
Me
marché a mi departamento. Estuve tendido sobre el sofá,
pensando en lo mismo, en ella. Hasta que me acordé de la
carta de Martita. Para algunos las oportunidades se dan sólo
una vez; así había pasado conmigo. Por no haberme
decidido cuando debía, yo había terminado perdiendo.
Entonces, para descargar mis penas, jalé la máquina
de escribir, puse una hoja y empecé a teclear. Era una
carta franca, en la que Martita aparecía confesando al
ex actor que había decidido casarse con él, que
no podían dejar pasar su oportunidad, que las cosas habían
cambiado, que no había tiempo que perder...
Al
otro día sólo me tocaba dictar clases por la mañana,
así que iba a pasar por Registros y de allí me iría
al correo central para enviar la carta de Martita: no quería
correr el riesgo de que ella la viera. Pero recibí una
nueva sorpresa cuando descubrí una carta en su casillero.
Vi el nombre del remitente. "Es del actor", dije en
voz alta y luego traté de disimular. Era necesario que
me enterara de lo que decía.
La
carta resultó ser de uno de los hijos del ex actor y estaba
dirigida a la "Doctora Marta Nolasco". En forma lacónica
pero amable, explicaba que su padre, el señor Armando Castro,
luego de una penosa enfermedad que en las últimas semanas
hizo inesperada crisis, había fallecido en el hospital
de ese pueblo. Y en una sesgada alusión a lo que había
habido entre su padre y Martita, terminaba diciendo que le agradecía
el interés dispensado a su padre y que esperaba que Dios
la bendijera.
Permanecí
la mayor parte de la noche releyendo la carta y pensando qué
hacer. Y cada vez, como al comienzo, volvía a concluir
que no, que la suerte o lo que fuera no podía ser tan injusta
como para hacerle eso a Martita. No podía pasarle eso a
ella también. Finalmente, decidí volver a escribir.
La
mañana siguiente fui a Registros con una nueva carta, una
en la que el ex actor, luego de decirle a Martita que la amaba,
que siempre la había amado, le informaba que estaba visitando
Pueblo Azul y otros lugares del norte. Se trataba de un viaje
de inspección, para unos negocios que pensaba emprender
y que de seguro lo obligarían a viajar por Colombia y Brasil.
Después, explicaba que no sabía cuándo volvería
a escribirle porque el viaje prometía hacerse más
extenso, pero le pedía que lo esperara porque todo se iba
a arreglar.
Por
último, le decía: "Te quiero, siempre he soñado
contigo, con tenerte a mi lado. La primera vez pudo haber resultado
si ambos hubiéramos puesto todo de nuestra parte. Pero
tú no quisiste. Ahora que ha pasado un tiempo y apreciamos
mejor nuestra situación, tenemos una nueva oportunidad.
Debemos intentarlo, porque lo último que se pierde es la
esperanza". Luego metí la hoja en el sobre, que había
abierto con mucho cuidado.
Poco después del mediodía, me hallaba en la cafetería
para profesores, observando atentamente a Martita. Ella permanecía
inquieta, sentada a su mesa de costumbre, cerca de las ventanas
que dan al jardín. Y otra vez, como desde hacía
un rato cuando llegó, volvía a sacar la carta para
releerla, sonriendo sin disimulo, y por momentos hasta parecía
buscar a alguien, a cualquier conocido, para contarle lo feliz
que era en ese momento.
Y
mientras ella volvía a releer, yo me prometía que,
sin importar las dificultades que pudieran surgir, iba a continuar
con esa aventura, con las cartas, hasta cuando fuera posible.
Pero en ese momento sólo quería seguir gozando de
la alegría de Martita, de este momento de felicidad, que
era también mío.
De
Muñequita linda
©
Jorge Ninapayta de la Rosa
| |
Jorge
Ninapayta de la Rosa |
Nasca, 1957 |
Ha
realizado estudios de Literatura en la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica
del Perú. Sus cuentos, aparecidos en revistas y
antologías, han merecido diversas distinciones:
Premio Juan Rulfo, París 1998; Primer Puesto en
El Cuento de las 1000 Palabras 1994, de la revista Caretas;
Premio Julio Ramón Ribeyro 1998; Premio Juegos
Florales 1992 de la Pontificia Universidad Católica
del Perú; Premio Jorge Luis Borges 1987. Es autor
del libro de cuentos Muñequita
linda. En la actualidad reside en Nueva York
donde trabaja en su primera novela.
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