Mientras duermes


Broncano ha refregado su pedazo de pan en el fondo del plato y se ha puesto a pensar en aquella pelea con Mancuso, en la que al iniciar el segundo asalto, ya sabía que la noche era suya; porque el primer asalto siempre le sirvió para saber a quién tenía enfrente, y el posterior, para empezar a acabar con él. Y vaya que esa filosofía le hizo ganar decenas de peleas.

Ahora ha acabado de limpiar su plato con el pedazo de pan y ha mirado a su esposa con ternura y agradecimiento; por no haberlo dejado luego de aquella derrota en la bombonera, de donde salió abucheado y criticado por haberse vendido a tan poco precio, aunque el verdadero motivo de la derrota haya sido otro.

Hace una semana lo han presentado oficialmente a la prensa como el retador del campeón, y no le ha importado que lo menosprecien y subestimen. Sabe que sólo tiene que esquivar y correr, buscar el ángulo que Jason Pereyra le ha señalado como punto de quiebre del campeón, y aguantar todos los golpes por aquellas dos mujercitas, que de seguro le esperarían durmiendo en casa junto a su esposa de tan sólo dieciocho años; aunque él la vea como a una hermana menor después de aquella noche en la bombonera.

Broncano se enamoró de Milena cuando gozaba del título de campeón juvenil sudamericano. Él tenía dieciocho y ella catorce. Y ha pasado tan sólo cuatro años y la enfermedad ha hecho de él un cachorro en medio de una manada de hienas hambrientas.

Olenka, la menor de sus hijas, ha escuchado la bocina del automóvil de Fonz Lotto, su actual representante, y ha avisado a su padre aplaudiendo como si ya hubiese ganado la pelea. Broncano ha sacado varios de conejos de su cuello y dado un sonoro beso en la frente a cada una de sus tres reinas, que nunca olvidan que él daría la vida por ellas.

Y el sábado la daría una vez más.

Al interior del carro de Lotto, Broncano ha encontrado un Pereyra emocionado hasta los huesos. Era la oportunidad de ser grandes, de ganar una buena suma, regresar a la ciudad y disfrutar con la familia. De hecho que ese joven fortachón y maloso, hijo del Brooklyn, no era gran cosa. Le habían sobre dimensionado. También había ganado la serie juvenil y era evidente que haber obtenido una medalla olímpica le hacía tener más cartel, pero Broncano había demostrado que sus puños podían derrumbar paredes gruesas y fuertes, como cuando casi mata al líder de una barra brava dentro de la cárcel del Lurigancho.


SABADO 13, 8pm. Las Vegas, Nevada.

Don King ha sonreído y mirado de soslayo a Broncano; mientras que a Pereyra, le ha logrado extender la mano en señal de respeto por aquella gran trayectoria como púgil y ahora entrenador del retador. Pereyra no le ha correspondido del todo, porque eso hubiese significado decir sí a la suma
que probablemente le ofrecería por dirigir fallidamente a su pupilo ni bien entrase a los camerinos. Y King ahora ha clavado sus ojos en los de Broncano y ha podido ver a un león hambriento, y hasta se le ha pasado por la cabeza apostar por él; aunque, de inmediato, ha mirado a su alrededor y soltado una carcajada por detrás de sus dientes, que se ha perdido entre la bulla.

De pronto, el campeón ha entrado al recinto lleno de gente y de reflectores, repleto de orgullo y valor, con la moral al máximo gracias a los tantos retadores vendidos por algunos fajos de dólares. Broncano le ha visto de cerca y ni le ha prestado importancia a sus seguidores ni a su corona sujetada de la cintura.

De un momento a otro, ladies and gentlemen...

Pereyra le ha dicho que pelee como lo hizo frente a Mancini, que ese tal Frankie Motta no es más que un producto prefabricado, como algunos escritores que realmente no son sino marketing, pero que los medios, que por lo general difunden cojudeces, presentan como genios. Y él que no cree en
los genios. Al carajo con los genios, se ha dicho para sí, ya con un pie en la lona y el otro en el aire, saltando las mismas cuerdas que hace unos años mataron a un púgil nipón, cuando cayó de nuca sobre ellas: antes había sido golpeado duramente por Ray Mancini.

Una mujer semi desnuda ha pasado levantando un cartel con el número uno, y Broncano ni la ha mirado, cosa que Frankie Motta sí. Error, se ha dicho, está distraído... ¡Que empiece este circo de mierda para reventarle la cara a este simio hijo de puta y enseñarle a los gringos quién chucha es Broncano!

El primer asalto sirvió para medirse y por tanto lo ha sido para ambos: sólo jabs, enganches y cabezazos. El segundo y el tercero lo han sido para el campeón: desde que empezó la pelea no ha dejado ni un segundo de golpear y bailar. Broncano escuchaba la bulla de la gente y hasta alcanzó a escuchar ese zumbido que tanto miedo le origina: la moral, la bendita moral. Ya para el cuarto asalto, Frankie Motta dominaba el compromiso. Un jab, otro, y otro, fueron suficientes para que Pereyra le gritara, ¡cuida la guardia, cuida la guardia! Y ha pensado por un segundo, en medio del bombardeo, si estarían siguiendo tamaña paliza Milena y sus dos pequeñas princesas. Ya en el quinto asalto ha podido recuperarse y le ha podido conectar dos ganchos que han zapateado el cerebro de Frankie Motta y le han hecho retroceder y amarrarle contra las redes. Ambos cuerpos sudaban a chorros, emanaban vapores fuertes e insoportables. Parecían dos trenes maltrechos por el choque. Al sétimo asalto llegaron muy golpeados pero Frankie Motta con mejor físico que el retador. De eso se han dado cuenta los entrenadores del campeón.

Broncano, en medio de la charla técnica, sentado en su esquina, con las piernas que le temblaban y los pulmones que exigían a gritos oxigeno, ha mirado a Pereyra con impotencia y le ha dicho, esbozando una sonrisa, que cuánto recibirían si se dejaba caer. Y más rápido que un flash, Pereyra, aquella vieja gloria del boxeo sudamericano, le ha cacheteado y susurrado con fuerza, ¡de acá salimos campeones o todos nos vamos a la putasumarechico, está bien! ¡Fuerza campeón, fuerza…! ¡La meta es la cima, y ahí vamos a llegar cueste lo que cueste! ¿Entendiste, carajo?

Ya en medio del asalto, Broncano ha empezado a darle varios jabs, ganchos, golpes en la boca del estómago, a un campeón que asimilaba con firmeza, convicción y oficio. Broncano ha intentado hacerle sangrar los cortes que tenía en los pómulos y en la pirámide nasal a punta de cabezazos. Y lo ha logrado, cuando el referí les separó luego de amarrarse en una esquina.

Casi al final del asalto, Broncano se ha concentrado por un momento en el rostro del campeón y ha notado que era más joven que él y más sano inclusive. Su vicio, según decían, eran las mujeres; él, en cambio, estaba enfermo de gravedad. Lo suyo no eran las mujeres, ni el licor ni los escándalos, lo suyo era un romance desenfrenado con la enfermedad. En eso ha pensado por una milésima de segundo y quiso llorar. Y de hecho que lloró después, por dentro, al verse en la lona y al referí dictando la cuenta regresiva. Pero ni bien ha escuchado Two! de boca del referí, Broncano se ha puesto en pie, y, de improviso, ha sonado también el timbre de la campana.

Para el siguiente asalto, Broncano ha querido hacer lo que siempre le había resultado cuando se encontraba cansado: Amarrar, cabecear, aburrir, distraer y luego recuperar fuerzas y dar con todo al cuerpo del rival, aunque eso lleve a perder la pelea. Era eso o irse a casa con el rabo entre las patas. Y eso no lo iba a permitir. Juró por sus tres reinas morir en el ring y asegurarlas de por vida. El premio era de un millón de dólares. Además, Mosca Loca había apostado por él, y Mosca Loca era más recorrido y peligroso que el negro King.

Antes de iniciar el penúltimo asalto, Frankie Motta ya sabía que ante él tenía a un león con bastante hambre y sed de gloria. Supo que no fue un teatro el hecho de saborear su sangre y sudor frente a su esquina. Supo que si Broncano hubiese nacido en el Brooklyn, y conocido a King, hace tiempo sería multimillonario y campeón de una decena de coronas. Ambos chocaron sus puños, guiñaron el ojo. En ese asalto, quizás, se han dado los más certeros y letales golpes en lugares claves y también prohibidos. Frankie Motta ha pegado al igual que Broncano, pero era el primero quien tenía todavía fuerzas, oxigeno y piernas para resistir muchos minutos más sobre la lona. De pronto Broncano pegó un golpe en la sien del campeón y eso fue todo. Frankie Motta cayó. Toda América Latina saltó del asombro. Los apostadores empezaron a desesperarse y gritar, stand up, motherfucker! El referí ha mirado a King de soslayo, como pidiendo permiso para empezar con la cuenta regresiva. King ha movido la cabeza de manera horizontal. Pereyra gritaba, cuente, referí, cuente… El público se exasperaba. Kike Pérez, comentarista boxístico peruano, criticaba la inacción del referí. Un cubano, ex púgil y ahora comentarista televisivo, lamentaba otra artimaña de King para no perder jamás. Y entonces, ya cuando Frankie Motta se ha recuperado y la campana de término del asalto timbrado, Broncano ha corrido hacia él, lo ha levantado de las piernas y botado a la lona, como si fuera una gran bolsa de desechos. Acto seguido, el ring se convirtió en un campo de batalla.

Luego de una serie de entredichos y arreglos, ad portas del último asalto, los dos púgiles han vuelto a sus esquinas. Y tras unas breves palabras del referí, palabras que Broncano no ha escuchado por mirar con furia a un campeón desconcertado, empezarían los minutos más graves. Broncano pegaba y pegaba y Frankie Motta recibía y recibía. Era imposible que un león herido le haga frente a un elefante adulto. Entonces, mientras Broncano pegaba y pegaba y Frankie Motta recibía y recibía, las piernas le flaquearon, y, de repente, cayó sin que el campeón le pegara un solo golpe. El referí, muy astuto y raudo, ha comenzado con la cuenta regresiva no a partir de diez sino de seis, y cuando ha llegado a one, ha agitado los brazos dando por finalizada la pelea. El campeón, todavía desconcertado, ha buscado con la mirada a Broncano, para acercarse y presentarle su respeto. Y es en ese instante, también, que Jason Pereyra ha pensado en el futuro que le depararía a su ahijado ni bien retorne a casa. Seguro que le volvería a ver enfermo, como todos los lunes. Seguro que le diría, anda, lávate la cara y toma leche fresca. Y ahora más que nunca sabía que la depresión que le esperaba llegando a Lima, tal vez lo liquide para siempre.

Broncano regresaría a casa con algunos dólares que aplacarían poco el hambre. Abriría el refrigerador y no hallaría nada seguramente. Entraría a la única habitación que tenían, y en donde dormían Milena y sus dos hijas, quienes ya sabrían que su rey había sido golpeado duramente por un tal Frankie Motta. Milena abriría un ojo, y de él, avisaría una lágrima que esquiaría por su mejilla y daría a caer en la almohada; una almohada que la ha visto convertirse en mujer y a él en enfermo. Ella lo vería agarrar y mirar largo rato aquel trofeo de oro obtenido en el sudamericano juvenil, y luego salir con él.

Poco tiempo después, por la tevé, todos se enterarían cuán lejos llegaría ese tal Frankie Motta.

© Jorge Luis Chamorro


Jorge Luis Chamorro | Lima, 1976 | Escritor y realizador independiente de vídeo. Se licenció en ciencias de la comunicación y realizó estudios de literatura. En 2000 publicó el libro de cuentos Tendencia al Nirvana. Entre sus trabajos videográficos destacan: Punk’s Not Dead, SP, Megáfono. Sus vídeos se han proyectado en la Bienal de la Habana, Cuba; Festival de Cine de Bogotá, Colombia; Festival Geografías Suaves, México, entre otros circuitos y ciclos internacionales. En 2003 obtuvo el segundo Premio Humboldt de vídeo arte. Actualmente se dedica a la docencia, realización de vídeos, colaboración en distintas publicaciones literarias, y es director del Proyecto Corte Transversal. Tiene en preparación su próximo libro.


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