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Juanito
(plomito)

Desde
chico me dicen Juanito, pero un mal parido en el colegio me ha
puesto plomito: Juanito-plomito. Bocanegra de mierda. Como no
dije nada ni me peleé con nadie me jodieron nomás:
Juanito-plomito-el-más-gordito, y los demás repetían
hasta querer hacerme desaparecer.
Hubo
una actuación por el día de la madre y la tutora
nos obligó a hacer un collage de papel crepé
para entregárselos a las mamás homenajeadas. Había
que escribirle algo bonito pero a muy pocos les salió.
La tutora cuando pasó revisión quedó un rato
observando la frase que yo había escrito: “algún
día dirás que te quisimos, mamá”. Y
lo repetía como buscándole el ritmo algún-día-dirás-que-te-quisimos-mamá,
algún-día-dirás-que-te-quisimos-mamá,
algún-día-dirás-que-te-quisimos-mamá.
Entonces corrigió: “porque como tú sólo
hay una, feliz día, mamá”.
Las
viejas que fueron al colegio, como todos los años, se emocionaron.
Algunos bailaron marinera y recitaron poesías como parte
del homenaje para luego cerrar con abrazos. Bocanegra no bailó
ni colaboró con nada. Es más, fue la primera vez
que lloró en público. Él, tan recio, tan
machito, se derramó en frente del salón cuando el
nombre de su mamá salió por los altavoces de la
secundaria. Sí, el homenaje a las madres también
era para ella, que nos acompañaba desde el cielo.
Del
cielo cayeron los ladrillos que la mataron en el Centro Comercial.
Aún no lo terminaban de construir y ya decían que
era el más grande del Perú. Tenía de todo,
cines, cafés, heladerías, ropa, pista de patinaje
y hasta un hotel en el último piso al que le faltaban unos
retoques para su inauguración. De ahí cayeron los
ladrillos que la mataron.
Bocanegra
estaba cabizbajo y se tapaba el rostro pero las lágrimas
lo rebalsaban. Pobrecito, daba lástima. Nadie se acercaba
a él porque lo tenían por loco y sus reacciones
eran toscas. El auxiliar se le acercó pero le mordió
la mano. Encerró su cara con los brazos sobre la carpeta
y se entregó al lloriqueo.
-----Eso fue cuando llegó
mi mamá.
¡Juanito,
Juanito, debemos irnos ya!, replicaba al son de sus tacos altos
que sonaban, desesperada por salir de ese lugar, frente a todos
“mis amigos”, y todos empezaron juanito-plomito-el-más-gordito
juanito-plomito-el-más-gordito... todos en coro cada vez
más fuerte. Y entre el calor de mi cara y los gritos, a
Bocanegra se le fueron secando las lágrimas hasta que volvió
a sonreír e incluso se unió a la joda juanito-plomito-el-más-gordito
juanito-plomito-el-más-gordito juanito-plomito-el-más-gordito...
Caminé
avergonzado entre la bulla y mi mamá seguía incómoda
de andar entre tanta chusma debajo de su nivel: Apúrate,
Juanito, que debo hacer muchas cosas y juanito-plomito-el-más-gordito
juanito-plomito-el-más-gordito... y ahora quien más
jodía era el estúpido de mierda de Bocanegra que
hasta le tiraba tiza a mi mamá, pero sus tacos eran demasiado
altos como para que le caiga un poco de malcriadez de los de mi
clase.
Cuando
pasé por su lado no pude contenerme: Bocanegra-marica-de-mierda
prefiero ser gordo a no tener vieja como tú.
Lo que más odio es mi gordura, pero me encanta cada animal
muerto en mi plato, me excita el paladar, el pollo, el venado,
el cuy con cola, todo, el pescado, los mariscos, conchas negras,
así me intoxique. En mi casa dicen que no debo hacer caso,
que el Santísimo es un buen colegio y que más bien
deje esa mala postura que me hace mal a la columna, que parezco
un viejito con joroba. Eres un acomplejado, cojudo. Levanta tu
mirada como un hombre. Pero me seguía hundiendo. Para ellos
es envidia, porque aquí en mi país estar gordo es
una señal de solvencia. Ahora me dicen que el sobrepeso
es poco sano y ya empiezan los problemas que en este país
hasta para morirse necesitas dinero.
Con mi mamá volvimos a casa. Siempre estaba harta de todo,
de las actuaciones del colegio, la marinera, la casa, hasta que
el tumulto no nos dejó pasar. Un accidente en la entrada
del barrio: un camionero se había llevado el puente de
la avenida Militar. Un camionero tipo asqueroso con el culo al
aire, de esos que transportan cosas en sus móviles de más
de cuatro metros de alto; se había metido a la avenida
cerca a la playa sin percatarse que había un letrero grande
que prohibía el paso de vehículos de más
de cuatro metros de alto. El muy imbécil se llevó
de encuentro el puente peatonal que felizmente andaba vacío
por la hora de almuerzo. Al camionero le pusieron una suerte de
multa-penitencia por bajarse el puente de cemento. La gente lo
abucheó un rato antes de que prenda su motor y lleve su
asquerosa panza de camionero por delante y su culo ventilado por
detrás. Una cámara de TV lo quiso entrevistar pero
el cerdo sólo se limitó a decir que el anuncio no
estaba visible. Entonces toda la gente se le fue encima porque
pudieron haber niños e inocentes justo en el momento de
su burrada y, además, cómo iban ahora a andar sin
el puente peatonal que permitía que los transeúntes
no tengan que cruzar la pista sorteando autos deportivos que salen
a toda hora del malecón y los prepotentes hijos de generales
que se creen dueños de la pista.
Del
puente quedaban solamente las escaleras para subir y desde allí
la reportera de TV hizo el llamado público al alcalde Miyashini
para que se manifieste frente al accidente. El alcalde era un
chino que acababa de ser reelecto y tenía más o
menos simpatía por el barrio, pues había sido vecino
hasta hacía algunos años que se mudó por
el malecón, junto al mar, pero volvía puntualmente
para cobrar la renta.
No
hace mucho se cruzó con mi papá y se pusieron a
conversar; felicitó al alcalde por el complejo deportivo
al que habían puesto su nombre, y mientras el alcalde le
explicaba su interés por el deporte y la juventud de nuestro
distrito, un tío que caminaba por ahí, ni bien lo
vio, empezó a insultarlo, chino reconchatumadre, hijo de
puta, ladrón dictador... llévate tu cemento, maldito…
político mal nacido… El hombre cogió un pedazo
de ladrillo pero el alcalde ni se inmutó ante el asunto,
sólo esperó que pasaran los gritos para luego marcharse.
Esa vez mi papá se acercó a mí y me dijo
en confidencia, en política es difícil mantener
a todos contentos, pero no le entendí el mensaje.
-----No pasaron muchos días
cuando sucedió lo del cochino camionero panzón con
medio culo al aire.
Por
la tarde, cuando ya la policía se había ido, un
par de ciegos que salían agarrados de la mano de la escuela
para invidentes subieron las escaleras del puente sin saber absolutamente
nada de lo que había pasado; se ayudaron uno al otro tocando
todo lo del frente con sus manos, intentando reconocer entre su
oscuridad el vacío al cual habían llegado. El primero
que cayó murió al instante. El otro ciego en el
Hospital, y el alcalde Miyashini apareció en el noticiero
diciendo con cara de pena que los fallecidos eran víctimas
de la estupidez del camionero asqueroso que de seguro ya tenía
un brevete nuevo con falsa identidad, que tenían en sus
manos los pagos de los sepelios de ambos y que continuaban las
investigaciones para dar con los responsables.
¡Ése es mi chino, carajo! Gritó mi papá
mientras despachaba desde su gran escritorio y le mencionaba a
todo el mundo que su hijo Juanito sería el heredero del
estudio, gritoneando a todo el mundo como si todo el mundo fuera
de su pertenencia, atendiendo varias llamadas a la vez mientras
esperaba que termine para pedirle propina. Entonces hacía
girar su sillón, dejaba caer el lapicero sobre el escritorio
y me enseñaba los callos de sus manos: hijo, Juanito, yo
a tu edad, no sólo ganaba mucho dinero… ¡Me
quería comer el mundo entero!
Yo
asentía obediente sin entender muy bien lo que decía.
Sólo quería mi propina y olvidarlo todo.
©
Juan José Sandoval Zapata
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Juan
José Sandoval Zapata |
Lima,
1976 | @
Escritor y músico por afición.
Ha publicado el volumen de cuentos Barrunto
(edición independiente, 2001). Actualmente, realiza
una investigación sobre la jerga en la prensa
escrita y edita el impreso cultural CONTRADIXIÓN.
El relato Juanito (Plomito)
pertenece al libro Cara
de vagina y otros queloides, que será
publicado hacia finales de 2004.
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