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El
perro semihundido

Algo
huele mal, muy mal. Está pasando algo extraño y
no logro entender qué es. Mientras todos corren, voy caminando
como si ya hace mucho estuviera muerto, como si tuviera un cadáver
pegado a mi espalda. Camino solo, tan solo, que me embargan unas
ganas inmensas de hablar con este cadáver. Y aunque las
palabras que me digo y me respondo tienen un vacío, es
el silencio el que mejor abraza, no hay mentira, no hay nada.
A veces tengo la ligera impresión de que en otro mundo,
en otro tiempo, va mi espíritu caminando tan solo como
yo sobre la tierra.
En las calles la gente grita y
agita sus pancartas, los policías van y vienen arrastrando
algún manifestante. Atrás dejo los golpes, las piedras
volando como aves, las tanquetas, el mundo. Camino a casa esquivando
la huelga y el tránsito. Sólo camino intentando
recordar el camino a casa, se hace tarde y aún no puedo
regresar. Mis primeras horas de libertad y aún estoy tan
perdido, con los zapatos tan cansados como en prisión.
Extraña y lejana suena la libertad. En prisión jamás
pude tocar algún periódico o revista, no quise acercarme
a nada que tuviera que ver con el mundo más allá
de los muros de mi celda. Me dediqué a dar vueltas en círculo
intentando abrir los ojos otra vez, intentando recordar y comprender
lo que había hecho, por qué mis ojos se apagaron
de pronto, por qué me dejé caer al abismo cuando
apenas había empezado a caminar. Jamás volví
a tocar un lienzo. Todo es tan sombrío. Hasta ahora no
puedo recordar cómo acabé con aquel infeliz. Aún
no sé si lo que siento por aquel hombre es odio o lástima,
o lo que sea, igual. No lo sé. Es tan difícil vislumbrar
la dimensión de mi pérdida. Estaba ciego, solo quería
defender mi honor. Mientras me lanzaba furioso contra aquel hombre,
en realidad estaba matando lo poco que tenía en pie: mi
débil ego, todo el mundo.
Ha pasado tanto tiempo de aquello
y aún todo parece tan fresco y oscuro. Aún apesto
a cadáver. Largos son los años en prisión.
Largo el tiempo del exilio aquí, adentro. Jamás
logré tocar otra vez los pinceles. Y la vida se fue. Y
la vida pasó frente a mis ojos como una pésima película,
peor aún: en cámara lenta. ¿Cómo aprender
a vivir si no tienes fuerza para amar lo que más odias
de ti?
Las
sombras. La humanidad. Recuerdo a Goya. Veo gente, un mar de carne
que arrastra sus pasos, la humanidad variopinta llena de andrajos
que abunda en esta parte de la ciudad, algunos llevan presurosos
sus míseras pertenencias en carretillas. Otros corren.
Otros sólo arrastran sus pies como alejándose del
puerto. Detengo a un niño que carga unas cajas, le pregunto:
¡Qué sucede! ¿A dónde van todos?
¡De qué huyen! Me responde: ¡Ya se
acerca, ya viene! El niño se suelta y va corriendo
hacia un camión lleno de gente. Sube a la volada, su madre
le jala el cabello y luego lo abraza. Detengo a una vieja que
va con un pequeño televisor sobre la espalda. Le pregunto
qué es lo que sucede, por qué se van todos del puerto.
La vieja me mira con cara de puñete y me pide que le ayude
a llevar el televisor hacia la carretilla donde están sus
pertenencias. Lo hago, levanto el aparato y lo llevo a donde me
indica. Resoplando me dice: ¿acaso no has escuchado
las noticias? ¿No sabes lo del terremoto que se viene y
la ola gigantesca que arrasará con todo el Callao y parte
de Lima? ¡Pero si está en todos los periódicos,
en la radio y hasta en la televisión!” “Pero
de qué habla señora, los terremotos no se pueden
predecir, todo debe ser un malentendido!” “No, hijo.
Es verdad. Nada es eterno. Además, en los últimos
días la virgencita de la capilla ha llorado sangre, hijo.
¡La virgencita ha llorado sangre, no te parece suficiente!
Dicen que sólo falta una señal más para que
comience el fin de esta ciudad corrompida por el pecado. Pobre
de todos los que se queden en el puerto. Aunque todavía
hay mucha gente que no cree que todo esto se va a destruir. Deberías
irte ahora mismo, debes salvarte hijo, todavía eres joven...”
Dejo el televisor en la carreta y me alejo sin saber si reír
o asustarme. Camino entre la gente que va agitada en dirección
contraria a mí. Masa de hormigas desesperadas que huyen
de la nada. ¡Pero cómo se les ocurre que los terremotos
se pueden predecir! Dos viejos me miran serenos desde la puerta
de su casa. Más allá, en el Paseo de la Buena
Muerte, desfilan los vendedores de raíces contra la
impotencia, los mendigos, los ladrones, los vagabundos y toda
clase de brujos, ellos son los más felices, la gente ha
salido a comprar toda clase de amuletos.
Observo los ojos de la multitud.
¿No te recuerda a alguien, Yoeu? Masa informe de huesos
y pellejos que no mueren. Nunca imaginé que fueran tantos,
hasta que ahora, caminando aquí, me he dado cuenta que
yo también formo parte de la jauría. Soy un cuerpo
más entre la multitud, un cuerpo frágil bajo el
cielo, ese lienzo en blanco que se posa sobre la ciudad. Por qué
esperar la salvación. Debo resistir. ¡Pero cómo
resistir, con qué fuerzas! Todo esto me hace pensar en
la oscuridad en que, inocente, he caído mutilado a ese
abismo en forma de caracol.
El toque desesperado de un claxon
me ha despertado de estos inútiles pensamientos. No debería
pensar, debería actuar, pero qué diferencia hay
cuando estás parado en medio del camino sin saber diferenciar
el rojo del verde, lo bello de lo triste. Cruzo la avenida. El
chofer del auto que me ha despertado -me grita: ¡Idiota,
qué no ves que es rojo y no puedes pasar! Yo lo miro y
continúo. Aún me es imposible encontrar el camino
a casa.
Es
curioso que haya pasado tantas y tantas veces por estas mismas
calles, por este mismo puente, y sin embargo, me sienta un extraño
en mi propia ciudad. Estoy perdido en los detalles del paisaje.
Debes terminar ese gran lienzo blanco allá en lo alto del
cielo, Yoeu Jeichio. Observo el río Rímac.
Una revelación. Desde aquí puedo ver el mar... la
marejada. Eso eres tú, Yoeu Jeichio, la marejada. ¡Soy
la marejada de la oscuridad, el dolor llegando a los mares del
recuerdo, el color intentando formar parte de la luz! Camino por
las callejuelas, entre yuppies, snobs y zombis
que no se tragan el cuento del terremoto y que por el contrario
continúan con su vida de temblores.
Cuánto tiempo he caminado
en estas calles sin encontrar el camino a casa. ¿Qué
hora es? No mires la hora, te haría daño. Resiste
a tu primer día en libertad. Deja pasar el tiempo, deja
que termine el día y serás un “verdadero hombre
libre”. Piensa en resistir al tiempo. Camino observando
en lo alto de esa iglesia la inquieta manijuela del reloj que
corre con furia sobre mí. Veo encorbatados, gente, más
gente. Sol. Aves. Autos. Zapatos. Carteras. Semáforos.
Policías. Gente. Sólo hay gente en las esquinas.
Y yo que me siento en las gradas de un edificio a descansar y
la gente que pasa y yo que miro alrededor y que un perro negro
y flaco está sentado junto a mí. Esos ojos, ¿no
te recuerdan algo? Y yo que saco un carboncillo y un papel y el
perro que me ladra y saca la lengua y yo que le grito y le arrojo
algo, cualquier cosa y el perro que se queda frente a mí
y yo que empiezo a dibujarlo.
Antes
sólo quería pintar, retratarlo todo. Pero ahora
estoy estéril. Dibujo un perro negro en un día blanco.
No soy artista. Los artistas no prostituyen su talento. Me quedaré
aquí, bajo la sombra de la catedral, dibujaré gente,
haré retratos y caricaturas por un par de monedas para
poder comer. Recuerdo a Goya y esa monstruosidad llamada El
perro semihundido. Las imágenes oscuras bañan
mi mente, es un mar de sombras en donde zozobra una diminuta y
grotesca cabeza de perro, un animal que intenta sobrevivir. Cuando
Goya dibujó la cabeza de aquel perro sobre el muro de su
casa, era tan fuerte en esa debilidad que lo asediaba, entre esas
sombras que lo abrumaban y lo obligaban a morir. Crear es hacer
violencia a lo existente, pero yo, con qué fuerzas puedo
violentar, no tengo más impulso que para repetir y hacer
cosas “bonitas”. Estoy débil, las calles están
llenas de gente como sombras, manchas. Sólo sombras bañan
mi mente. Saco la lengua, pataleo, ladro, busco flotar en esta
aridez. Soy un perro semihundido que no sabe amar. “...acaso
un breve instante de dolor, asco eterno...” Maldita
voz. Debo olvidarme de todo. Ahora sé que esta extraña
voz responde a dos cosas, la ley y la locura, en todo caso ambas
son la misma cosa.
No hay gente en esta calle que
quiera hacerse un retrato, todos tienen otras preocupaciones que
hacerse retratar. Tendré que emigrar pronto de aquí.
La mañana está llena de blanco y gente. El perro
negro me persigue. Ladra. Lo espanto. Nada. Me sigue. Esta ciudad
está invadida de perros. No hay lugar en dónde no
encuentres uno enfermo o rabioso, hambriento, ruidoso, violento,
mostrándote incansablemente sus colmillos y todas sus ganas
de acabar con la humanidad. Aquella jauría va de aquí
para allá, haciendo suyas las calles. Siempre abominé
los perros vagabundos hasta el punto de odiarlos con todas mis
fuerzas. Los ves copulando a toda hora, pariendo y mendigando,
pariendo y mendigando, desgarrándose la piel por un pequeño
trozo de hueso... Si antes los aborrecía, ahora creo que
la presencia de aquellos perros vagabundos me producen pavor.
No creo poder volver a caminar en libertad por allí, como
antes, sin estar huyendo de cada esquina, de cada estrecho callejón,
de cada vía invadida por perros apáticos, perros
furiosos. Perros. Camino con cuidado de no toparme con la jauría.
Me paralizo. Ya es demasiado tarde para las advertencias, la jauría
está frente a mí. Me mira fijamente, parece que
va a atacarme. Será mejor retroceder sobre mis pasos y
luego dar media vuelta. No, no hagas eso Yoeu. Nunca retrocedas.
Si aquellos perros pretenden lanzarse sobre ti coge esa piedra
que está junto a la vereda y pégales un buen golpe
en la cabeza. ¿Acaso le tienes miedo a unos perros flacos,
moribundos tal vez? Míralos bien, hasta parecen estar rogando
con sus ojos que los ayudes. Resiste al temor, ¿con qué
fuerzas pretendes vivir si no puedes avanzar por unos perros que
te cierran el paso en la vida? Mira sus ojos, ¿no son de
tristeza? ¿Te recuerdan algo? Mira ahora cómo se
cagan frente a ti. Vamos, olvídalo y sigue caminando. Al
costado de la vida siempre habrá huesos triturados, pero
esta vez no serán los tuyos. A mi costado está el
perro negro, me ha seguido durante todo este tiempo. ¡Qué
perro tan terco es!, sólo quiere mirarme a los ojos. ¡Largo!
¿También tú me vas a cerrar el paso? ¡Vamos,
fuera perro! ¡Largo de aquí! Déjame seguir
mi camino. ¡No me mires con esos ojos! ¡No me ruegues,
que no puedo salvarte, no puedo salvar a nadie! ¡A ningún
perro! ¡Y mucho menos a uno tan repugnante como tú
que no merece ser salvado! ¿Y este otro perro pardo? ¿De
dónde ha salido? Ahora son más y más. Creo
que me están rodeando para atacar. Allá hay otro
meando, y otro, y otros dos más doblando la esquina, vienen
hacia acá. Hay tantos perros en esta ciudad. Sus colas
parecen serpientes peludas a punto de lanzar su veneno. Pero,
¿y esos ojos? Mira sus ojos, ¿no te recuerdan algo?
Perros de arena, perros de sudor, de orín, perros de muerte
y desesperación. Será mejor que des media vuelta
pronto, si quieres salvar el pellejo, Yoeu. Aunque sería
ya imposible huir ahora. Debes enfrentarlos. Pero cómo,
una sola piedra no bastará, una piedra no basta para enfrentar
una jauría. Patas manchadas de barro y mierda. Hocicos
de baba y hambre. Ojos de cansancio y tristeza. Ojos de mundo.
¿No te recuerdan algo? Sería inútil correr,
matarlos, ignorarlos. Sería inútil todo. A veces
convivir a diario con el temor te hace ya no intentar huir de
él, peor aún, puedes pasar a formar parte activa
del objeto del terror. Así que ve a batirte a muerte con
esos pulgosos. ¡Se más furioso que ellos! Aprende
a dar mejor y más furiosos golpes, muestra tus colmillos.
Daré el primer paso para
el encuentro. ¡Pero qué pasa con este perro negro!
¡Por qué me mira como si estuviera leyendo en mis
ojos algo que yo aún no he podido descifrar! No logro entender
nada. Tengo un pan duro en el bolsillo, es lo único que
me queda, un pan duro en el bolsillo que no comí esta mañana
en prisión. Lo parto en dos, lanzo los trozos al aire.
Toda la jauría va por las migas, se pelean y ladran. Sin
embargo el perro negro se queda a mi lado, me mira a los ojos,
husmea mi pantalón, arruga la nariz, ladra como queriéndome
decir algo y luego me deja en paz, se va junto a los suyos y me
deja solo con este primer día de libertad. Sabía
que un pan duro me salvaría la vida...
Fragmento
de la novela inédita Días
y noches con un demonio en el ojo izquierdo
©
Julio César Vega
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Julio
César Vega |
Lima,
1976 | @
Comunicador
Social por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Se desempeñó como conductor de programas
de radio y periodista. Recibió la Mención
de Honor del Premio Nacional de Novela del Banco Central
de Reserva del Perú, el Crisol de Cuento, el concurso
Una Aventura Nocturna convocado por el Circuito
de Librerías de Miraflores y el concurso periodístico
Corpus Barga organizado por la Embajada de España
y la UNMSM. Ha publicado el poemario Kilómetros
Marcados y el libro de relatos:
Cuatrogatos. Aún
inéditas se encuentran sus novelas:
Adiós tristeza,
La Espantosa Felicidad
y Días y noches
con un demonio en el ojo izquierdo.
Es uno de los promotores del proyecto editorial Sarita
Cartonera. Sitio web: Julio
César Vega
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