Encuentro con Milovana

 

Dedicado a La dama del perrito

 

Le di a mi mujer la oportunidad de ser ella la mártir y yo el canalla que se fuga con una mujer menor, casi una niña. Dejé Venecia para perseguir a Pola a Trieste.

Pola tenía 22 años. Era primma donna de una compañía de danza contemporánea. Cuando la conocí llevaba un buzo deportivo y estaba de pie en medio de una parva de niñas con tutú rosado que movían sus piernitas regordetas enfundadas en medias blancas. Ningún talento, salvo el de Pola para la paciencia. Terminó la clase, las niñas corrieron hacia el baño o hacia sus padres. Yo me quedé mirando desde un vidrio polvoso el maravilloso rostro de Pola. Esa tarde no había tenido nada mejor que hacer, pasé por ahí, curioseé por la ventana y la vi con cierta mala conciencia de parecer, a los casi cincuenta años, un viejo verde. Me imaginé que ella era una falsa flaca, una de esas mujeres que son radicalmente distintas desnudas que vestidas. Me entretuve fantaseando con sus formas posibles, ensayando combinaciones, calibrando pesos, cúspides y perfectas hondonadas.

- Ya has mirado bastante -me sorprendió, abriendo de golpe la puerta-. Ahora invítame un café.

Trieste era, para mí, una ciudad completamente literaria, casi un espectro surgido de mi imaginación o, más bien, de la sombra que proyectaban los poemas de Umberto Saba. La recordaba con alguna nostalgia pues mi esposa y yo habíamos estado ahí como última estación antes de Venecia, donde viviríamos durante años y perderíamos, poco a poco, todo lo que tuvimos alguna vez.

Para aquel nuestro primer café, Pola eligió un lugar frecuentado por los de su compañía, a pocos metros de la escuela de danza. Una experiencia desagradable. Ella conocía a todos los parroquianos, a cada rato se ponía de pie y corría a saludar a uno que otro muchacho sudoroso quien me echaba, mientras sonreía cogiendo a Pola de la cintura con gesto afeminado, largas miradas interrogantes donde no faltaba nada, ni el odio.

Pola me contó su vida. No en aquel café sino en otro, en alguno de la Giudecca. Me dijo que odiaba Venecia y que iba a unirse a un grupo de danza cuyo primer destino era Trieste. Así me dijo, Trieste, casi con tristeza pero repitiendo el nombre de la ciudad y de su hotel lo suficiente como para que yo lo anotara en mi memoria. Aún no nos habíamos besado, si acaso le había cogido la mano contándole mi larga tragedia matrimonial. Pero ya había creado un lazo incuestionable, metiéndome en su vida como una cuña.
- ¿Qué hacías ese día ahí, observándome con esa mirada de perro? -preguntaba ella de vez en cuando, recordando cómo nos conocimos.
- Nada. Mirándote con ambición de perro.

Graziela, mi esposa, no dijo nada. Se quedó mirando un punto cualquiera en medio de la casa. Los brazos cruzados, de pie, dando la espalda a la puerta para no verme salir escurriéndome con las maletas.

El hotel de Pola quedaba en Vía Milano. Yo me conseguí uno en Fabio Severo. La compañía a la que se había unido Pola iba a representar su coreografía en un pequeño teatro alternativo de San Giusto. Cuando llegué a Trieste me sorprendió ver la publicidad que le hacían al espectáculo. Una infinidad de carteles enormes, llenos de colorido. Me alegré por ella, pero no por mí. El éxito me espantaba.
- Qué estúpido eres -me atacó Pola sin dejarme explicar-. ¿Acaso no sabes leer o qué? No es para nosotros esa publicidad farisea sino para la ópera que se va a hacer en las ruinas del teatro romano. El Fedora.
- Es que leí San Giusto -confesé avergonzado-, y me dejé llevar por la impresión.
- Eres un estúpido, pero también un tierno. Me seguiste hasta aquí. Pero ¿qué haces en ese hotel de Fabio Severo? ¿Por qué no te hospedas en nuestro hotel? Te haré pasar por uno de la compañía y podremos compartir una habitación.

Su hotel estaba lleno de pulgas. Las cortinas miserables golpeaban contra una de las extremidades de la cama. Unas pequeñas patas de cucarachas, delicadamente esparcidas, formaban para el detective acusioso un rojizo camino diagonal hacia el baño. Se perdía en la bañera de lata. El olor a creso en las alfombras era insoportable.
- ¿Por qué mejor no te vienes tú a mi hotel de Fabio Severo? -la invité.
- Es una vieja costumbre del teatro. No debo dejar a los compañeros solos.

Descansaba en mi cuarto de hotel, dispuesto a darme una ducha y salir corriendo a ver el ensayo de Pola, cuando la vi desde la ventana bajar de un taxi. Llevaba el pelo atado en una cola de caballo, zapatillas sin medias, una minifalda en volandas, una maleta horrenda. Entró en mi habitación y dio un salto hacia la cama.
- Me quedo -dijo y sonrió.
- ¿Y eso?
- Una nueva costumbre.

El ensayo fue tedioso. El teatrín parecía una prolongación de los cuartos del hotel de Via Milano. El olor a creso, el camino dorado de las cucarachas. Pola estaba brillante, deliciosa. Sus piernas largas, adolescentes, parecían devorarse toda la luz de los reflectores. Pero nada justificaba observar una y otra vez los mismos movimientos, oír los mismos gritos histéricos del coreógrafo, escuchar esa música de carrillón repetida al infinito por los autoparlantes. Le hice un gesto a Pola con el brazo levantado para indicarle que iba a dar una vuelta. Ella no me hizo caso. Era una de esas personas que se concentran en su trabajo, que todo se lo toman demasiado en serio. Estaba bien. Salí a caminar. La guía Michelin había marcado con dos estrellitas, "vale la pena desviarse", un mosaico del siglo XII en la Basílica. Fui hacia ahí. En ir y volver no demoraría media hora.

Unas máquinas enormes, pero extrañamente silenciosas, ubicaban sillas a lo largo del perímetro del antiguo Circo Romano. En un improvisado estrado, con estructuras de acero, unos tipos colocaban las luces gigantescas para Fedora. Otros discutían un equipo de sonido. Sobre la estructura, algunos personajes disfrazados se llevaban el protagonismo. Ensayaban sus parlamentos, levantaban la voz, bajaban el tono, se interrumpían y volvían a alzar la voz llenos de gestos dramáticos. La máquina para colocar sillas seguía su labor sin perturbarse por nada.
- No lo puedo creer –oí una voz detrás de mí.
- ¿Qué no puedes creer? –contesté, mientras me daba media vuelta.
- Tú.

Milovana estaba frente a mí. Una vieja amiga de Lima, a quien había dejado de ver hacía casi veinte años. Me llamó por mi nombre, varias veces, antes de estrecharme en un abrazo fuerte. Nos separamos luego, para calibrarnos. Ambos hicimos una rápida ecuación que debía sumar el tiempo que no nos habíamos visto y restarle las marcas de la vejez. El saldo, pensé en ese momento llevado por la amistad y la sorpresa, era a favor de Milovana. "Estás muy bien" le dije, y me contestó que yo también estaba bien, pero en ese momento me quité los anteojos y me pasé la mano por la cara en un gesto de cansancio, y Milovana añadió: "Dentro de lo que puede esperarse".

Fingí protestar ante su insolencia, pero ella estaba muerta de risa y no me quedó sino reír también. Entonces, pasada la sorpresa, por primera vez la observé. Vista desde esa orilla, había envejecido. Aún mantenía aquella cierta belleza ornitológica, con movimientos rápidos y nerviosos de pájaro, pero se había convertido en una señora con peinado de peluquería, gesto plácido o abotagado, y un traje demasiado clase media, demasiado turista, que no llegaba a ocultar un cuerpo que había desbordado sus límites.
- Un milagro -dije.
- Una coincidencia nomás, no exageres.
- ¿Y qué haces aquí?
- Marcello. Va a cantar en Fedora.
- ¿Cantar?
- ¡Vaya! -rió Milovana-. No puedo creer que estés tan desvinculado de Lima. Marcello es barítono de la Escuela de Milán. Un genio. ¿Acaso no te enteras de nada?
- De nada. Me lo imaginaba un niño. No sé, no tenía idea.
Entonces, luego de un silencio incómodo, Milovana me sorprendió con un gesto de sensatez poco habitual en la mujer encabalgadamente tosca que yo había dejado de ver hacía tanto tiempo. "No te averguences, hombre" dijo "no tenías por qué saberlo". La novedad de esa sensatez, de esa cortesía, hizo que Milovana envejeciera para mí decenas de años más aún. La envejeció irremediablemente.
- ¿Y Pepe? –pregunté, de pronto, recordando a su esposo.
- Nada. ¿Y Graziela?
- Nada -dije también.
- Todo el mundo habla del Fedora -dijo Pola-. Qué mala suerte para nosotros, eso nos va a anular, nadie se enterará de nada. Todo el mundo habla de eso. Hasta los mismos bailarines hablan del Fedora, imagínate. ¡Qué infierno!

Habíamos vuelto a nuestro cuarto de hotel. Ella caminaba, nerviosa, con un cigarrillo encendido. Echaba las cenizas por la ventana, se quedaba un rato mirando cualquier cosa, y luego seguía caminando de un lado a otro. Yo la miraba andar y desandar tendido sobre la cama. Le había contado lo de mi encuentro con Milovana y esperaba preguntas, pero al parecer ella no le había prestado mucha atención.

- Lo único que les importa es si lloverá o no. De toldos y resguardos y no sé qué más. Tienen miedo de que si llueve se cancele el Fedora. ¿Puedes creerlo? Los mismos luminicos de la compañía estuvieron una hora de cómo harían ellos para salvar la iluminación del Fedora en caso de lluvia. Hablaban encima de nosotros, colgados en el estrado. Mientras tanto, nosotros ensayábamos abajo interrumpidos por sus cuchicheos. Yo fui la única que no aguanté más y les grité: "¡Pueden dejar de murmurar! ¡Estoy tratando de concentrarme!" Dios mío, me miraron con una cara, no te imaginas, ¡una cara! Seguro ya me deben haber hecho fama de engreída. Pero era nuestro ensayo. ¿Entiendes?

Su pregunta la alcanzó justo en el medio del cuarto. Se detuvo, me miró, apagó su cigarrillo y, de pronto, sin decir más, se llevó ambas manos hacia la espalda en silencio. Demoré unos segundos en descubrir qué estaba haciendo. Estaba desabrochando su sostén. Iba a desnudarse por primera vez para mí ahí, en medio de la habitación, sin preámbulos ni nada, sacándose el sostén por debajo del pulover y luego el pulover por encima de la cabeza, sin gracia, con las piernas un poco separadas y los brazos en alto, quizá enredándose la ropa con el pelo leonino de valquiria.

- Pola -dije.
- ¿Cómo dices?
- Pola... Pola... no.

Ya estaba con el torso desnudo, pero aún no se había quitado la falda ni las zapatillas de práctica. Dejó caer el pulover a un lado de su pierna, cubriendo el sostén que había dejado desfallecer antes con fatal desprendimiento.
- ¿Sucede algo?
Sus pechos eran enormes, con pezones sonrosados y perfectos. Su cintura, delgada y lisa, e iba estrechándose hacia las caderas enormes. Demasiado perfecta, demasiado sueño; pero bajo esa luz mortecina, esa alfombra desinfectada, esos brazos en jarra sobre su cintura, un desperdicio.
- Dime una cosa -pedí poniéndome de pie frente a ella y llevándole hacia atrás el cabello-. Si yo tuviera diez, o digamos quince años menos, ¿te enamorarías de mí?
- ¿De qué me estás hablando? ¿Estás loco o qué? Venir a preguntarme eso ahora...
Repentinamente, le tapé la boca con la mano. Ella abrió los ojos asustada.
- No me digas nada -dije-. Mejor no me digas nada. No quiero escucharte.

Pola luchó para librarse de la mano. Al fin libre, me gritó que estaba demente y que ella no iba a soportar esos jueguitos. Iba a contestarle yo algo, pero fue ahora ella quien llevó su mano a mi boca.
- No me digas nada -dijo.
Y, gracias a Dios, sonrió.

Tuve razón desde la primera vez que la vi y Pola era una falsa flaca. Nunca fallaba. El tamaño de sus caderas y sus pechos, el peso de su cuerpo, el tacto que demoraba en las rodillas, en los muslos, en el vientre; a la mañana siguiente, sirvió el desayuno, me ganó el baño, insistió en que levante el volumen del televisor para que no la oyera ocuparse, tendió la cama, preparó mi ducha, se vistió y se fue un minuto antes de que su presencia servicial me pareciera asfixiante. Cuando cerró la puerta supe que regresaría un minuto después de que empezara a extrañarla como un demente.

Estuve toda la mañana leyendo y después del almuerzo fui a buscar a Pola al ensayo. Cuando entré en el teatrín, Pola estaba discutiendo con el director y un actor más. Parecía muy iracunda, señalaba duramente con el dedo, miraba con los ojos desorbitados. Se alejó del grupo y fue a tomar agua. Le di el alcance. Estaba ofuscada, me pidió que mejor la recogiera mucho después, en un par de horas, y que no me quedara en el teatrín para ver el ensayo porque no necesitaba de más distracciones. Me dio un beso pequeño en la boca, con los labios cerrados, que me excitó cándidamente. Salí a caminar sin más remedio. Se me ocurrió que podía encontrarme con Milovana en pasar el ensayo de Fedora. La vi sentada en una banca de madera pintada de rojo. Ella vestía de verde pistache. Una combinación desagradable su traje y la banca. La llamé y no me respondió. Le toqué el hombro y pareció despertar de un sueño.
- Te aburres ¿verdad? - le dije-. Vive uno en Moquegua, Huancayo, Tacna, no sé, las ciudades más absurdas y enanas del universo y no se aburre, pero llega de vacaciones a la hermosa Trieste y todo le parece aburrido y polvoriento.

Milovana me echó una mirada larga, se aferró a mi brazo y me dijo: "A veces no sé lo que me pasa. Pero no me aburro".

Pola regresó al hotel de peor humor que el día anterior. Lo único que hacía era despotricar contra el "mercantilismo cultural" del Fedora.
- No va a ir nadie a lo nuestro -dijo seria, sombríamente.

Esa madrugada, me despertó un arañazo que Pola me hizo entre sueños. Estaba sudando, tenía una pesadilla. "Soñé que el teatro ardía" dijo "Soñé que todo ardía, que todo se quemaban, las cortinas, los sillones, el vestuario, todo".
- ¿El teatrín? -pregunté aún dormido.
- No. El Fedora.

Había quedado el día anterior en almorzar con Milovana. Fui a buscarla a uno de los hoteles más hermosos y caros de Trieste, a pocas cuadras del mío, en el mismo Fabio Severo. Decidimos ir a un restaurante que Marcello le había recomendado, frente al mediterráneo y junto al célebre Acuario. Pedimos pescado. Hablábamos de todo, con la complicidad tácita de evitar los silencios vergonzosos. Marcello era el orgullo de Milovana, su centro, el eje alrededor del cual rotaba su vida. Los recuerdos de Lima se habían vuelto amables y domesticados tanto para ella como para mí. Hablábamos del pasado sin nostalgia.

- Hace un par de años me encontré con Tomás en Venecia –le conté.
- ¿En serio? -preguntó intrigada-. Yo sólo sé de él por las revistas.
- Se ha vuelto un escritor respetable, quién lo iba a decir.
- Un puto.
- ¿Cómo?
- Que de escritor famoso y respetable nada. Un puto que aprovechó sus conecciones políticas. No puedo creer que te gusten sus libros efectistas.
- Bueno, es cierto que es medio folklórico, pero no es malo.
- ¡Vaya! Con la vejez te has vuelto concesivo -se burló Milovana-. Tú sabes bien que sólo es un payaso que le vende souvenirs del Perú a los gringos, les escribe lo que quieren leer. Es malísimo. Al menos en el taller escribía estupideces pero eran sus estupideces, ¿verdad? Ahora es sólo parte de una guía turística para gringos. Un puto.

Aunque nunca lo quise reconocer, para no parecer mezquino o envidioso, opinaba lo mismo de Tomás. Pero eso no era importante, preferí callarme. Mientras, no pude evitar sorprenderme al sentir que, de pronto, había vuelto aparecer la Milovana agresiva e hiriente de la juventud en Lima. Aunque ahora se le veía más principista que entonces. Ya no era sólo esa mujer que jugaba al cinismo para llamar la atención, para inmiscuirse en la vida de los demás y no pasar desapercibida. Ahora parecía dolida y llena de batallas personales.
- Ya sé lo que estás pensando -dijo-. Pero no, no lo digo por envidia ni mezquindad. Tú me conoces. Ya no escribo hace años, la literatura me interesa un puto comino. No sé por qué todos ustedes hablan tanto de eso, por qué todos se mueren de ganas de ser escritores. Lo mismo Esteban y Ricardo.
- Yo no. Ya no. Hace años que tampoco escribo, para el beneplácito de ustedes, los centenos. ¿Recuerdas? "Serás un buen profesor de literatura pero jamás un escritor". Profecía cumplida. ¿Quién la dijo? ¿Tú? ¿Esteban? ¿Tomás?
- Sigues siendo un disforzado, no has cambiado nada. Tú eres el único que podías tomar en serio las estupideces del centeno.
- ¿No eran en serio?
- Desde luego que no. Ahí se cumplía la política del "Entre tu arte y mi arte, prefiero mearte".

Milovana se echó a reír. También yo reí.

- ¿Sabes qué cosa? -me dijo-. Encontrarme contigo me ha hecho muchísimo bien. Me has hecho sentir otra vez joven. La segunda juventud.

Nos habíamos levantado y caminábamos hacia el bar a tomar una copa. Milovana me abrazó fuerte, pasando sus brazos por mi espalda, apretando mis omóplatos, mi cintura, como si me tanteara, como si tratara de descubrir en medio de mi obesidad reciente al viejo amigo delgado como un gato. Luego, levantando su cabeza hacia la mía, me dio un beso en los labios. Tomé aquel beso como ternura, amistad, una entrega nostálgica, hasta que de pronto sentí que su boca se deslizaba por mi cuello y sus manos desordenaban mi pelo, mientras respiraba agitadamente. La separé con un poco de temor. Milovana tenía un brillo intenso en sus ojos.

- El pescado estaba medio pasado -le dije para calmar los ánimos-, la verdad es que me ha caído mal.
- Tú siempre con lo mismo. Realmente nunca cambiarás. Por una vez, deja de pensar en tu estómago y en ti mismo. Aunque ahora es más difícil que no pienses en la barriga -dijo, acariciando mi vientre enorme pero dejando las manos unos segundos más de los suficientes para calificarlo de broma.

Tres horas después, salimos del bar abrazados y completamente ebrios. Nos reíamos por cualquier cosa, y con cualquier cosa nos tropezábamos. Milovana me dijo sonriendo que nunca habría podido pensar que estaríamos así después de tanto tiempo y tan lejos de Lima. Eso la hizo reír más aún. "Al fin te tengo borracho y a mi merced" dijo. Por algún extraño motivo, aquello me hizo tanta gracia que no pude dejar de reír y tuve que apoyarme en una pared. Milovana se pegó a mí, me abrazó y escondió su cabeza en mi pecho riéndose también. Quise tomar un taxi, pero ella propuso irnos caminando al hotel. Era una locura, pero acepté. La noche era perfecta, las calles estaban tranquilas, sin tráfico, sin gente. Me sentía feliz y en paz como en años no me había sentido. Caminamos un rato en silencio, sin borrar la sonrisa de los labios. Por primera vez, me dieron ganas de hablar con alguien sobre Pola pero sin culpa sino feliz, ufanarme de la conquista o quizá sólo decir lo bien que me hacía sentir que aún pudiera estimular a una muchacha. Cogí de la mano a Milovana y le conté todo lo de Pola, lo de Graziela, y que no me arrepentía de nada. Incluso hablé de sexo. Estaba irreprimible. Milovana me escuchó en silencio, haciendo apenas breves advertencias de que me estaba oyendo, y cuando terminé de contarle todo me hizo repetir el nombre de la chica. "Pola" le dije, saboreando cada sílaba, "si supieras que muchacha más deliciosa..." Milovana siguió andando sin soltar palabra ni opinión, adelantándose unos pasos. Luego, en una esquina, detuvo un taxi. Subió al asiento trasero y le dio la dirección al taxista. No me pidió que subiera. Me quedé de pie, confundido, con un repentino dolor de cabeza. Bajó la ventanilla y me llamó. "¿Sabes?" me dijo. Pensé, evidentemente, que iba a haber una reacción después de lo que le conté. Me acerque ansioso a oírla. "Tenías razón. El pescado estaba malo."

Pola me recriminó que llegara ebrio. Le conté agolpada y desordenadamente lo de Milovana, el almuerzo frente al mar, el Acuario, los años transcurridos, el Centeno, el reencuentro. Pareció enterarse por primera vez de su existencia. "Milovana" dijo "que nombrecito más absurdo". Me sentí feliz ante su primer ataque de celos. "¿Y de dónde dices que la conoces?" me dijo, obligándome a contarle todo de nuevo, quizá tratando de pescar alguna contradicción.
- De Lima, de un taller de narrativa en Lima, hace siglos.
- ¿Un taller de narrativa? Entonces ¿escribías? No puedo creer que tú hayas escrito alguna vez. Tienes un aspecto tan burocrático.

Yo me acababa de meter al baño y de echarme agua a la cara. Aquellas palabras de Pola, soltadas como al azar, ardieron en mi más profundo centro. Salí estrujando la toalla con las manos y con la cara levantada y desafiante, mirándola de frente, en un gesto combativo.
- Aún escribo -le dije-. Soy escritor.
-Por favor, escritor, no exageres -me contestó sin darme la cara.

Eché una mirada a la mesa, cogí un cenicero, que fue lo que más al alcance de mi mano estaba, y lo levanté hacia sus ojos. "Si tú quieres mañana mismo tendrás un cuento. Se llamará El cenicero". Y en aquel mismo instante aquel objeto cogido al azar experimentó una transformación mágica. Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado forma concreta, estaban ya empezando a cristalizarse en torno al cenicero. Pola me dio la espalda y se puso a mirar por la ventana, jugando con la cortina de tul. Yo, con el cenicero aún en la mano, me senté sobre la cama y le pedí que cerrara esa cortina y viniera a mi costado. Lo hizo, rendida, sin reclamar ni decir nada.

El piso donde quedaba la habitación de Milovana era de un lujo impresionante. Una síntesis precisa y sofisticada de antiguo con moderno. Demoré un poco en llegar hasta su cuarto porque estaba al final de un pasillo enorme, casi cinematográfico, con empleados vestidos de negro que salían de las habitaciones arrastrando carritos con bandejas de plata. Toqué la puerta y Milovana me anunció que estaba abierta, que pase y le eche llave por dentro. Entre al recibidor y cerré la puerta. Avancé unos pasos y terminé en una terraza. Salí a ver la avenida Fabio Severo desde ahí. Sobre una mesita de mimbre descansaba el servicio del almuerzo que aún no había sido retirado. "Me dolía la cabeza. No tuve ánimos para salir" gritó Milovana desde su cuarto. "¿Por qué no vienes aquí. Hasta ir a la terraza me da vértigo después de lo de anoche". Entré al cuarto. Milovana estaba desnuda, con una bata de seda abierta, entregada bajo una luz casi crepuscular. Me miraba fijamente. Dejó que la bata resbalase por su cuerpo. Avanzó hacia mí con una paciencia que pretendía ser erótica. Yo, por más que hubiera deseado estar atravesado por el deseo o al menos por la ternura, no podía sino observarla con la maligna objetividad de un entomólogo. Los senos, el estómago, el vientre, la línea de las caderas, el cuello, los pies, las manos, el vello púbico... todo había sido entregado al tiempo y su oficio de ruinas. Cuando estuvo cerca de mí le dije que no podía hacerlo. Me di media vuelta, girando sobre mis pies pero sin salir del cuarto, en un gesto teatral incomprensible y hasta ofensivo, y le dije que esperaría a que se vistiera. Sentí que ella se alejaba. A los pocos segundos, di otra media vuelta y miré al interior de la habitación. Milovana aún no se había vestido y caminaba desnuda por el cuarto, sin fijarse en mí, como si estuviera sola. Se agachó, levantó las sábanas y buscó algo debajo de la cama. Luego, se levantó y fue hacia la cómoda. Tomó asiento y rebuscó entre los cajones. Encontró un lápiz de labio. Lo tomó, cruzó las piernas y empezó a pintarse sin prisa, desnuda solo para ella y su imagen en el espejo. En aquel momento descubrí que quizá sus piernas aún parecían hermosas, pero yo ya estaba demasiado lejos de todo aquello. Dejé el cuarto sin despedirme, caminando sin ruido por la alfombra mullida, con la sensación de que estaba huyendo. Pero no me atreví a salir y me quedé de pie, con la mano aferrada a la perilla de la puerta. Un segundo después volví al cuarto para explicarle todo, para dejar todo en claro. Milovana seguía ahí, sin moverse de su silla frente al espejo de la cómoda, mirando ahora un arete de cristal con detenimiento, escondiéndolo entre sus dedos y haciéndolo aparecer como un íntimo y solitario acto de magia. Además, había terminado de pintarse la boca y tenía un cigarrillo encendido descansando sobre el cenicero.

Mientras regresaba a pie por Fabio Severo hacia mi hotel, trataba de justificarme pero era imposible. Una imagen intermitente, insistiendo en mi cerebro, me decía que todo estaba mal y que yo era un miserable: Milovana, en la soledad de su cuarto con las paredes pintadas de azul celeste, caminando descalza y desnuda por la habitación, como por una playa apresada en una botella, mirando fijamente y con nostalgia el horizonte de los rincones.

Un día antes del estreno de su obra, Pola estaba aún más nerviosa e intratable. Casi no hablábamos y hacíamos el amor mecánicamente, para calmar de los nervios a Pola. El Fedora, que a su vez acababa de ser estrenada, había concertado una nube de periodistas y turistas cultos que convirtieron por unos días a Trieste en una ciudad entregada a la rapiña. Por lo tanto, decidí no salir de mi cuarto y dedicarme a leer y escribir. Y también a tratar de convencer a Pola de que el éxito de Fedora le convenía a su espectáculo, que algunos turistas podían quedarse con ganas de oferta cultural y terminarían introduciéndose en el teatrín. Pero Pola no quería saber nada de nada, salvo quejarse de los pésimos resultados de los ensayos y del inminente fracaso de su obra. Por cierto, El cenicero, mi cuento, le había fascinado y ahora estaba escribiéndole otro que me pidió, donde ella debía ser la protagonista. Me afanaba en hacer un retrato amable y divertido de ella para obligarla a sonreír. La noche en que terminé el cuento, mientras esperaba que llegase Pola para dárselo, decidí llamar al hotel y preguntar por Milovana por temor a que se fuera de Trieste sin despedirme. En la recepción, un poco sorprendidos y después de unos breves minutos de discusión en voz baja con algún superior, me dijeron que había pasado una desgracia y ella ya no estaba hospedada ahí. Al parecer, Milovana había sufrido un accidente: se había quedado dormida con el cigarrillo encendido dentro del cuarto. Se habían incendiado las cortinas y la habitación se llenó de humo. Un pequeño escándalo. Ella se había salvado de milagro. Me aconsejaron ir a la delegación de policía para averiguar más sobre ella. Salí corriendo hacia ahí y el jefe de la delegación, como toda ayuda, me escribió en un papel el nombre de la clínica donde estaba internada. Les pedí instrucciones para llegar, pues quedaba casi a las afueras de Trieste. Empezaron a dármelas pero se detuvieron de pronto, hartos de mi torpeza para entender las indicaciones en el mapa.

- Mejor haga lo siguiente. El hijo de la señora vendrá dentro de un par de horas aquí para firmar algunos papeles. Hable con él y dígale que lo lleve a la clínica o se perderá -dijeron, mostrándome las espaldas y dando por finalizada la información.

Marcello era aún más guapo y alto que su padre. Tenía la misma intensidad verde de los ojos, pero a diferencia del descuido de Pepe él vestía como un dandy. Firmó los papeles de pie, rechazando la silla que le ofrecieron, erguido y sin prisa, como si estuviera realmente concentrado en los papeles que firmaba por burocracia. Pero era evidente que lo hacía por amabilidad a la policía, que en realidad él estaba fuera de todo eso. Cuando le dijeron que alguien lo estaba esperando, y me señalaron, Marcello se acercó a mí con curiosidad y me extendió la mano, estrechándola con fuerza y diciéndome su nombre. Olía a lavanda. Le di mi nombre, le dije quién era y le pregunté por Milovana. Marcello me miró con cierta ternura, reconociéndome, y me dijo que su madre estaba bien, dentro de lo posible. Había algo rapaz, algo de águila, en esa mirada tan larga y profunda.

- Entiendo que tienes problemas para ubicarte -dijo mientras dejábamos la comisaría-. Si quieres puedes ir conmigo, ahora mismo voy para allá.
- Me encantaría, gracias. Supongo que querrás quedarte toda la noche con ella, así que desde ya te digo que no te preocupes, puedo volver solo, una vez allá me ubico.
- ¿Toda la noche? -sonrió-. Imposible, tengo que cantar. Además, me imagino que no me gustaría pasar toda la noche en una clínica psiquiátrica. Ni como experiencia ni como nada. No es necesario.
- ¿Clínica psiquiátrica? ¿Y qué hace ahí tu madre?

Se detuvo y me echó una mirada interrogante. Luego, sin dejar de mirarme, me puso una mano compasiva sobre el hombro. "Por lo visto te dieron la versión del hotel" dijo, "pensé que había sido la policía quien te había llamado, lo siento". Entonces, disculpándose por el golpe que iba a darme, me contó lo que realmente había sucedido. Milovana había rociado whisky por toda la habitación y luego prendido fuego a las cortinas. "Lo que sí es cierto" afirmó, dejando al fin de mirarme "es que se salvó de milagro".

Pola no quiso irse de Trieste conmigo. Sus funciones de danza eran un éxito y la temporada se alargaría varios días más (el Fedora, tal como lo anticipé, indirectamente les había dado un gran empujón. Ahora se había terminado la ópera pero los turistas aún seguían dando vueltas por la ciudad). Tampoco me confirmó si iba a darme el alcance en Roma, donde yo había decidido descansar mientras pensaba en cómo encauzar mi vida futura. Lo único que hizo por mí fue pedirle a un amigo suyo, que se iba a Roma en auto, que me llevara con él. La verdad es que secretamente sentí alivio de saber que todo había terminado con Pola. Mientras iba en el auto del amigo, un plomo insoportable y con mal aliento que no dejaba de preguntarme cosas del Perú, pensaba en la forma de evadirme de él. Pasamos por la carretera donde estaba la clínica psiquiátrica donde Marcello había dejado por unas semanas más, mientras arreglaba su traslado a una clínica de Milán, a Milovana. Recordé que no había ido a visitarla después de la impresión de saber la verdad de los acontecimientos, y decidí usar aquello como excusa. Le pedí al amigo de Pola que me deje en la carretera, que de pronto había decidido ir a visitar a una amiga internada en el sanatorio. El amigo, incrédulo, detuvo el auto y me vio alejarme arrastrando mi maleta. Había que caminar varias cuadras, internándose por un camino polvoso, antes de llegar al lugar. Mientras caminaba aún no tenía muy en claro qué haría, si iba a entrar o no. Seguro lo decidiré en ese mismo momento, pensé, por lo pronto debo seguir caminando. Al fin me di con la fachada de la clínica. Estaba rodeada de una larga cerca gris erizada de clavos.

- Una cerca infranqueable –pensé al fin.


 

Fragmento de la novela La disciplina de la vanidad

© Iván Thays


Iván Thays | Lima, 1968 | @ Estudió Literatura y Lingüística en la Universidad Católica del Perú. Ha publicado el libro de cuentos Las fotografías de Frances Farmer y las novelas Escena de Caza, El viaje interior y La disciplina de la vanidad. En 1998 resultó finalista del Premio Copé con el cuento La ópera gris y en el año 2001 su novela La disciplina de la vanidad fue finalista del Premio Rómulo Gallegos. Además de la docencia universitaria en su alma mater, ha incursionado en la crítica literaria y dirigido el espacio televisivo Vano Oficio. Blog de Iván Thays: Sin plumas (Foto de Arturo Higa)


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