El presente texto no es un cuento o, por lo menos, no fue concebido con ese propósito. Tampoco me satisface llamarlo adelanto, más allá de que forme parte de El círculo de los escritores asesinos, novela que sucede a Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) y que, en breve, aparecerá, ya lejos de Lima. Me agrada la idea de pensar Borges en Austin de la misma manera en la que uno piensa en uno de los tracks de un CD. Aunque, claro, dado su silencioso poderío, es obvio que el lector es libre de concebir el texto como le plazca. Algunos detalles que parecen arbitrarios (las notas al pie de página; la tachadura del nombre del protagonista; el cameo de la princesita vasca, etc.) no lo son tanto aunque considero irrelevante cualquier explicación al respecto. Y dicho esto, Dios le dé salud y a mí no me olvide.

Atte.

D.
(Austin, TX. Julio, 2004.)


Borges en Austin

A Paco Robles y Olga Martínez


Erasmo no conoció a Borges en Texas aunque debió haberlo conocido en Montevideo. Nunca se me ha ocurrido preguntarle adónde ni cuándo fue con exactitud. Sé que conoció a Neruda en las oficinas de la Editorial Losada en Uruguay, allá por 1961. O quizás no, quizás lo conociera antes. Puede que la primera vez lo haya visto caminando con su boina roja por las alturas de Machu Picchu y, algunos años más tarde, hayan compartido unos Martinis secos en un sucio bar de Valparaíso. El que Erasmo nunca haya ido al Perú o a Chile, no tiene mucha importancia en realidad. Entre poetas eso es siempre lo de menos.

No fueron, sin embargo, ni Borges ni Neruda los que me llevaron a conocer a Erasmo, sino Juan Carlos Onetti [1]. Enterarme de que el profesor Fernández (Erasmo tiene el apellido del gran Macedonio) había sido amigo personal de Onetti, no fue otra cosa que una mera casualidad. Ni siquiera me lo dijeron a mí, se lo dijeron a Fiona en los pasillos del Departamento de Español de la Universidad de Austin, y ella estuvo tan emocionada de saberlo que asintió repetidas veces la cabeza, aún cuando no tenía ni la más mínima idea de quién demonios era el tal Onetti. (‘What the fuck was that Anetti shit, honey?’, tendría la osadía de rebuznarme más tarde.)

Fiona es la mujer deshabitada que vive conmigo. Sus palabras favoritas son fuck y honey. Lo curioso de este detalle es la manera en que se las ingenia para siempre utilizarlas cuando habla. Por ejemplo, si la comida que le preparo le gusta, me dice: ‘This is a fuckin’ great dinner, honey, I was so fuckin’ hungry!’ Si, por el contrario, la comida no le gusta pero intenta no herirme, entonces dirá: ‘Honey, you know what? This is a great dinner but I’m so fuckin’ tired now, and I don’t think I can eat it’. Para ahorrarse los honey en una oración (para reemplazarlos por los asshole o los dumbass) tiene que estar demasiado molesta conmigo. Los fuck, por su parte, son casi como una seña de identidad que le cuesta reprimir incluso cuando trabaja. Y es que Fiona es una diligente secretaria y, como tal, no puede pasar por alto ciertas normas elementales de cortesía. Aunque nunca terminó la universidad (se inventó un discurso seudo anárquico para justificar su flojera), luego de ir de un trabajo mal pagado a otro, tuvo la suerte de encontrar un puesto en un bufete de abogados del centro de la ciudad.

Uno de sus jefes, Larry Rodríguez Jr., es un abogado chicano que sale en la televisión ofreciendo el oro y el moro «a nuestros paisanos.» Su comercial no es menos patético que otros, pero hay ciertos elementos kitsch en los decorados de la oficina en la que se presenta (unos tonos rosados-malva que le dan una atmósfera involuntaria de película de Almodóvar) que, por lo menos, lo vuelven curioso. Sumémosle a esto el hecho de que Mr. Rodríguez sale gesticulando como un saltimbanqui con traje mientras que, con su espantoso castellano, se compromete a hacer respetar «los derechos de nuestros hermanos latinos en los Yu-eS-Ei.» Para Fiona, Mr. Rodríguez es una especie de Matlock agudo con sangre latina y exóticos bigotitos de charro. Su fantasía es aprender el español para librarse de su jefe principal (uno de esos republicanos rasputinescos que odia a Mr. Rodríguez por arribista pero, sobre todo, por prieto). Fue de ella la idea de tomar un curso intensivo de español, pensando en un futuro traslado a la oficina de Mr. Rodríguez.

Fiona creyó que su segunda motivación para aprender el español, sería digna de mi admiración como latinoamericano y como escritor. Cuando me dijo orgullosa que le encantaban las novelas de Isabel Allende y que quería leerlas en su idioma original, creyó que me hacía un cumplido. Seducida por las fábulas de Afroditas cocineras, mansiones fantasmagóricas y leyendas de aparecidos, Fiona se había hecho una idea de Latinoamérica incluso más deformada de la que ya tenía de su propio país. Tuve el dudoso honor de enterarme de que se había enamorado de mí gracias a las habilidades narrativas de la Allende. Aquel fue uno de los insultos menos calculados que alguien me ha prodigado en toda mi joven vida.

Llegamos al Departamento de Español con la intención de averiguar todo lo referente a los cursos que Fiona pensaba tomar, pero también con la esperanza de que yo pudiera encontrar algún tipo de posición como instructor. La idea había nacido de ella, pero tenía la grave dificultad de mi condición de ilegal. Fiona resolvió esa inconveniencia de una manera muy rápida y pragmática, diciéndome que siempre había la posibilidad de fuckin’ casarnos. Aunque se me escarapeló el cuerpo como si me hubiesen pasado una descarga eléctrica, no dije nada. Acepté el golpe con una sonrisa sostenida y falsa que ella interpretó como una manifestación de mi alborozo. Justo cuando creía que mi vida ya había sido decidida por otros, llegó a mis oídos esa bendita información que me impulsaría a ir tras los pasos de Erasmo Fernández.

Nuestra aventura en el Departamento de Español empezó de una manera atroz. Estábamos en la Secretaría General, hablando las usuales gazmoñerías que a uno le imponen ciertas situaciones, cuando llegó una instructora que, para mi desgracia, había nacido en el Perú. La secretaria mojigata que nos atendía, se dio cuenta de la trascendencia de tamaña casualidad y no perdió la oportunidad de hacérnosla saber. Aquella maniobra bien intencionada desencadenaría el desborde de un río torrentoso que había estado mañosamente dormido. Gracias a ese malentendido del llamado compatriotismo, estuve expuesto a participar de la vida de una mujer indolente y llena de odio con la que sólo tenía en común el país. Decidido estaba a abandonarla en la mitad de su verborrea venenosa, cuando la figura delgada de Lázaro apareció por el corredor.

Lázaro es un escritor guatemalteco que llegó a la universidad con una beca Fullbright y un premio literario importante bajo el brazo. Aunque tiene el aspecto de un nostálgico de Woodstock, es un responsable padre de familia cuyas dos únicas pasiones son sus hijos y la literatura. Siguiendo los pasos de su fallecido padre, se metió en la espinosa política de su espinoso país asesorando al candidato del partido del gobierno. Solía decir con una asombrosa convicción que, de haberse quedado en Guatemala, hubiera podido llegar a presidente. Fue Lázaro el que, sin mediar pregunta, nos dio el dato de la cercanía entre Fernández y Onetti. En realidad se lo dio a Fiona, quien hábilmente se había librado de la charlatanería de la víbora y ya celebraba jubilosa aquella reveladora noticia que no entendía. Como yo había tenido la ocurrencia de parar la oreja, haciendo gala de mi deleznable tino dejé a mi «compatriota» con la palabra en la boca apenas escuché nombrar a Onetti. Cuando Lázaro me lo confirmó, quedé entre asombrado e incrédulo. Sabía que era mi deber conocer al profesor Fernández a como diera lugar. No entendía por qué pero tenía la convicción de que, incluso a través de la anécdota más insignificante, estaría un poco más cerca de uno de mis maestros.

La descripción física que Lázaro me hizo de Erasmo fue más bien simbólica. Yo creo que quiso imprimirle el carácter misterioso de un acertijo. Alegando su tardanza, me dijo rápidamente que Erasmo era «grande por fuera y nostálgico por dentro.» También me dijo que tenía una mirada enigmática y la manía de llevarse el dedo meñique a la boca cuando escuchaba. Era más que evidente que con aquella información no iba a llegar a ningún lado. Fue la víbora la que, de muy mala gana, me dio la clave. «Se parece a Papá Noel» balbuceó mirándome con rencor y creyendo haber sido lo bastante didáctica en su descripción. Lo cierto es que lo fue. Dos días después de aquella revelación, aguardaba el arribo de Erasmo Fernández sentado en el mismo corredor en el que conocimos a Lázaro. Sabía que tenía su despacho en el segundo piso del edificio y, como estaba ubicado frente a las escaleras, pensé que no tendría pierde a la hora de encontrarlo. La espera se hizo larga. Empezaba a impacientarme cuando una dulce muchacha de grandes ojos verdes y carita de princesa, me preguntó la hora con su inconfundible acento español: «Oye, ¿me das la hora?» dijo y yo le respondí que sí y, casi simultáneamente, le pregunté su nombre y de qué parte de España era. Me dijo que se llamaba Cristina y que, antes que española, era vasca. Luego se rió con la ternura de una niña traviesa que se avergüenza de su sinceridad.

«Tienes cara de princesita» le dije «si vuelvo a verte por aquí, voy a llamarte princesita vasca, ¿te parece?.» Cristina asintió enrojecida y luego me dijo que tenía que irse. Cuando desapareció, la silueta corpulenta de Erasmo asomó por el horizonte del pasillo. Lo reconocí por esa barba rala y canosa que le cubría casi toda la cara. Traía unos pantalones cortos y un polo crema en el que se distinguía la pequeña figura de un perro. Caminaba aletargado, sus ojitos vivarachos escudriñaban todo lo que se movía a su paso. Cuando me acerqué, me miró con desconfianza.

—¿Es usted el profesor Erasmo Fernández?
—Sí, ¿por?
—Uno de sus alumnos me ha dicho que usted conoció personalmente a Juan Carlos Onetti y quisiera saber si es cierto.
—Pero, ¿vos quién sos?
—Mi nombre es ##### ####### y soy escritor...
—De un tiempo a esta parte todos son escritores, querido.
—Contésteme, por favor.
—Sí, conocí a Onetti.
—¿Era su amigo?
—Y... sí.
—¡Admirable!
—Pero, ¿qué querés?
—¿Me podría hablar un poco de él? Lo que sea, por más insignificante que le parezca.
—Estoy ocupado ahora. Volvé otro día...
—¿Cuándo?
—Otro día, ¿qué sé yo?
—¡Admirable!
—Sí, sí, ya... un gusto ¿eh?


Erasmo me cerró la puerta de su despacho cuando estaba a punto de hacerle otra pregunta. «I’d rather be reading» se leía en un sticker azul que había pegado en el vidrio de la puerta. La primera impresión que me dio fue la de un hombre tímido y cansado que no le regalaba la confianza a nadie. Aunque había sido Premio Nacional de Poesía en su país, nunca había oído su nombre ni conocía sus poemas, así que lo primero que hice fue ir a la biblioteca Benson para leerlo. Su poesía me sorprendió, tenía mucha fuerza y era bastante lúdica; de hecho, aunque se revestía de simpleza, no era nada fácil. La cadencia de sus poemas era lo más parecido a una sinfonía arrítmica y oscura. Erasmo hablaba de la inutilidad de la existencia sin la literatura, de las góticas noches de Montevideo, de la necesidad de crear para evadir la muerte. El primero de los poemarios que leí, llevaba el espléndido título de Quiero ver una vaca y a mí me hizo pensar mucho en el Surrealismo francés. Al final me terminaría leyendo todos sus libros y, de paso, descubriendo una antigua foto en la que su barba, aunque igual de profusa, todavía era negra.

Hacerlo mi amigo, ganarme su confianza, fue una tarea algo complicada. Le escribí un correo electrónico en el que me volvía a presentar y también le daba mis impresiones sobre su poesía. Su carta de respuesta fue tan escueta que terminé memorizándola: «Se agradece la lectura. Siga escribiendo. EF.» Como no estaba dispuesto a ceder en mi tentativa de conocerlo (téngase en cuenta lo solitario que me sentía por entonces; extrañaba tanto los acalorados debates dentro del Círculo que, cada vez que terminaba de hablar las nimiedades de siempre con Fiona, sentía unas ganas locas de echarme a llorar), decidí visitarlo una vez más con el objeto de preguntarle si aceptaba conversar conmigo de vez en cuando. Tenía pensado ser conciso, directo y hasta hacerme el ofendido si atisbaba en el camino un desaire. Para mi sorpresa, Erasmo fue cordial y divertido, llegaría incluso a contarme algunas anécdotas sobre Onetti. La que más me gustó fue aquella en la que el escritor se enojaba con la esposa de Erasmo (¡que también era una gran poeta!) porque le había puesto a su perro Macedonio Fernández en vez de Juan Carlos Onetti.

Poco a poco fui enterándome de más cosas y sorprendiéndome mucho cuando caí en la cuenta de que no sólo conocía a Onetti, sino a casi todos los escritores latinoamericanos que había leído desde mi adolescencia. Cuando Erasmo empezaba a hablarme de cualquier cosa y recordaba de pronto que Octavio (o Gonzalo o José Emilio o Haroldo o Emilio Adolfo o Jorge Eduardo [2]) le había comentado esto o aquello, se me hacía muy raro imaginar que se estaba refiriendo a esos grandes poetas que yo había leído de pie, como si se tratara de personas de carne y hueso... Claro, había una alta posibilidad de que lo fueran... ¿O no era el mismo Erasmo la prueba tangible de que los libros importantes no estaban escritos por fantasmas? Fatídica realidad: Onetti era posible. Pero, entonces, ahí mismo, la honda duda: ¿y Borges?

—Tenés que hablar con Carter Wheelock...
—¿Y cómo así?
—Bueno, ché, cuando Borges vino a Austin, no me acuerdo en qué año fue...
—¡¡Borges estuvo en Austin!!
—Y... sí.
—¡Admirable!
—¿No lo sabías?
—No, en realidad, no...
—Dime una cosa, ¿vos sabes algo?
—¿Quién es Carter Wheelock?
—Fue alumno de Borges, luego se hizo uno de los críticos más importantes de su obra. Se jubiló ya hace un tiempo pero aún vive en Austin...

La oportunidad de jugar a los detectives, siguiendo las huellas del fantasma de Borges por Austin, se me presentó como una casualidad venturosa. La secretaria mojigata que me había expulsado al infierno vocinglero de la víbora, no tuvo mayor problema en facilitarme el teléfono de Mr. Wheelock, de manera que ya estaba detrás de la bocina telefónica, con mi nerviosismo a cuestas y sin un plan elaborado para abordar al hombre que había conocido a Borges, cuando éste contestó.

—Yes, sir... I’m Carter Wheelock. What can I do for you?
—Can we talk in spanish, please?
—Sí, claro. ¿Cómo me dijo que se llama?
—##### #######.
—Ah, qué bien. ¿Usted también llama por Borges?
—¿Es que somos muchos?
—Casi siempre jóvenes.
—¿Sería mucha molestia?
—En absoluto, pregunte nomás. Aunque todo lo que creo saber de Borges está en mis libros. ¿Ya leyó Stranger from the Tower?
—No.
—Entonces vaya a la Benson y léalo. Luego, si quiere, me vuelve a llamar.

«These are those who say, with clinical exactitude, that Borges went blind in his mid-fifties because of a congenital ocular weakness. But the truth is more poignant. Borges is the avatar of a terrible myth: God hates superfluity, and a man who remembers the universe has no more need of eyes [3].» ¡Qué frase tan hermosa ésta la de Mr. Wheelock! Stranger from the Tower era un artículo minúsculo y perfecto, redactado con el pulso inconfundible de un escritor con oficio. Gracias a este valioso documento, me enteré de que esta universidad había sido la primera que visitaba Borges en Estados Unidos y que lo habían invitado en el año 1961, para que impartiera un curso sobre la poesía de Leopoldo Lugones. Borges tenía 62 años, no salía de la Argentina desde 1923. Viajaba con su madre, Leonor Acevedo, quien se encargaba de leerle y lo acompañaba a todas partes. Wheelock cuenta que el 7 de septiembre de 1961, una comitiva de académicos fue a recibir a Borges (se suponía que Borges y su madre llegaban en tren desde Miami) pero, una vez en la estación, no hallaron a ninguno de los dos. Los profesores llamaron preocupados a la aerolínea y ahí les confirmaron que Borges y su madre se habían embarcado en la Argentina como estaba previsto. Durante cuatro días, no hubo ni rastro de Borges. Al quinto día, cuando estaban a punto de llamar a la policía, Borges y su madre aparecieron sonrientes por los pasillos de la universidad. Su tardanza se debió a que habían decidido recorrer en autobús el Sur del país: Tallahassee, Biloxi, Houston, New Orleans...[4]

—Entonces, Ganancia, ¿llamaste luego a Carter?
—Sí, lo llamé... ¿Usted habló alguna vez con él? Es difícil adivinar en dónde aprendió el español. Su acento es como neutral; de hecho, casi no tiene ¿se fijó?
—Me fijé, Ganancia, me fijé.
—Tenía en la mente aquello que Borges le había respondido a un estudiante en la Universidad de Columbia, algo que comentaba Wheelock en su artículo... El chico sería uno de esos gringos politizados que viven como activistas hasta que se casan, tienen una familia y se adocenan de la manera más atroz. La discusión era sobre la literatura comprometida y le preguntaban a Borges qué pensaba...
—Y, claro, las mismas preguntas boludas de siempre...
—Borges respondió que los partidos políticos van y vienen, pero que la literatura debe ser perdurable. «¡Pero la gente se está muriendo!» gritó enfurecido el estudiante socialista ante el asombrado auditorio... ¿Sabe usted lo que le respondió Borges?
—«Yo también me estoy muriendo.»
—Exacto... ¿cómo lo sabía? Usted lo ha leído todo, Erasmo.
—No, no todo, pero casi...
—Claro, si yo también tuviera como ochocientos años a lo mejor hubiera leído igual...
—No se pase de listo, Ganancia.
—¿Le sigo contando?
—Y... si ya estás acá, qué remedio. Seguí...
—Borges regresó a Austin en 1968 (luego lo haría en 1969 y en 1976). Dos años antes de su segundo arribo, un joven llamado Whitman se había subido a lo alto de la torre de la universidad con un rifle y había empezado a disparar contra todo lo que se movía en el patio de abajo. Dieciséis personas fueron asesinadas por Whitman y otras treinta fueron heridas antes de que un francotirador de la policía texana lo ultimara con una de esas armas telescópicas. Carter le envió una carta a Borges, en la cual le comentaba lo extraño de aquel sangriento episodio que él veía recubierto de una simbología Borgiana. Tomaba para ello, como ejemplo, su cuento El muerto [5].

»Como ya casi todo lo ha leído Erasmo, mejor ni se lo recuerdo; lo que sí cabe mencionarle es que a Benjamín Otálora, el gaucho contrabandista que trata de usurpar el poder de Azevedo Bandeira, lo mataron de un tiro. Borges describe la escena de su caída a través de dos metáforas: en la primera, menciona las gotas de sangre que resbalan del hombro de Otálora y «manchan la piel del tigre»; en la segunda, habla de una «torre de vértigos» como el símbolo de su irresistible destino. Carter toma esta alusión a la torre desplomándose, la presencia de la sangre como un símbolo de la realidad y el azaroso nombre del asesino (que remite a Walt Whitman, cuya poesía había sido catalogada por Borges como «Aléphica»), para concluir que cuento y realidad tenían, por lo menos, una enigmática coincidencia en Borges.

—Ganancia, si sigues hablando como si estuvieras escribiendo, nadie te va a creer...
—Eso es cierto. Ya casi termino... ¿En qué iba? ¡Ah, sí!, en aquella época en la que Borges regresó a la ciudad y, sin hacer alusión alguna a la tragedia, le pidió a Carter que lo lleváse hasta lo alto de la torre. Ése fue el pasaje por el que le pregunté hace algunos días a Wheelock...
—¿Qué le preguntaste?
—Si pensó en lo simbólico de ese hecho...
—¿En qué sentido simbólico?
—Simbólico en el sentido de que el hombre que quería subir los 26 pisos de ese trágico mirador, estuviese ciego. Pero no sólo eso; también le pregunté por lo que le dijo Borges cuando, parado sobre el mismo lugar en el que habían matado a Whitman, se quedó mirando hacia un punto fijo antes de soltar esa pregunta que parecía muy obvia pero no lo era tanto y que tomó desprevenido al joven Carter: «¿Por qué le dispararon?»
—¿Y qué le respondió Carter?
—Me dijo que todas sus impresiones creía haberlas plasmado en su artículo. Luego se quedó callado unos segundos hasta que rompió su silencio preguntándome si recordaba El Zahir, aquel cuento de Borges en el que se dice que, según la doctrina idealista, los verbos vivir y soñar son rigurosamente sinónimos. Yo le dije que no lo recordaba y él carraspeó con incomodidad, como si mi respuesta no hubiese sido la esperada. Antes de colgarme me contó que, muy a menudo, Borges se aparecía en sus sueños para decirle que no se preocupase mucho. Que lo más aconsejable era no tomarlo tan en serio.


[1] ¿Es necesario presentar a Juan Carlos Onetti (1909-1994)? La respuesta es obvia. Si el amable lector aún no ha leído a Onetti, la pregunta lógica es qué hace leyendo esto.
[2] No tengo manera de comprobarlo, pero sospecho que los poetas a los que Erasmo se refiere son: Octavio Paz (1914-1998), Gonzalo Rojas (1917), José Emilio Pacheco (1939), Haroldo de Campos (1929-2003), Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001) y Jorge Eduardo Eielson (1924).
[3] Extraído de Stranger from the Tower (1982) de Carter Wheelock.
[4] He revisado, más de una vez, el artículo de Carter Wheelock y no he encontrado muchos de los datos que aquí se consignan. (Por ejemplo: el nombre de la madre; la referencia al curso sobre Leopoldo Lugones; el año 1923; la anécdota sobre la desaparición de Borges.) Curiosamente, lo que encontré en la red fue La Argentina en otra parte, un artículo de Tomás Eloy Martínez publicado en el diario La Nación (24/04/1999), en el que Wheelock sale citado y en donde sí aparecen los datos mencionados líneas arriba. Es evidente que el autor no ha querido citar a Eloy Martínez y, aunque me cuesta creerlo, he llegado a la severa conclusión de que el Chato es algo deshonesto (o mediocre) a la hora de citar.
[5] El muerto de Jorge Luis Borges (1899-1986), incluido en El Aleph (1949).

 

De la novela inédita El círculo de los escritores asesinos

© Diego Trelles Paz


Diego Trelles Paz | Lima, 1977 | Estudió cine y periodismo en la Universidad de Lima. Posteriormente, obtuvo una maestría en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Austin. Ha sido uno de los redactores principales de la revista de música alternativa Caleta e hizo crítica de cine en el diario El Comercio. En 1999, escribió y dirigió Como si la muerte fuera para ellos, su primer cortometraje hecho en cine. Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) se publicó en Lima en el año 2001. Actualmente, es colaborador de la revista Quehacer, estudiante del doctorado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Austin y director de Pterodáctilo (revista cultural del Departamento de Español de la citada universidad). El círculo de los escritores asesinos, su segunda novela, aparecerá en Barcelona a finales de este año.


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