Cerré los ojos


Nos enseñó mucho más de lo que debíamos aprender,
pero nos enseñó sobre todo que ningún lugar de la vida es más triste que una cama vacía.

Gabriel García Márquez


 


Un sonido fosforescente, de segundero, anunciaba en la habitación que era medianoche. Una vez más, cerrarías tus ojos dejando al descubierto tus extraños párpados. Te dejarías caer en lo infinito de tus sueños e inmediatamente yo despertaría de un sueño fingido para iniciar un ritual casi oscuro: contemplarte dormido como quien vela a un muerto.

Pasaron siete semanas. Mis ojos nunca se cerraron desde que dormía con él. Sus párpados extraños y casi transparentes me perturbaban. El insomnio me hundía más aún cuando los ruidos empezaban. Sólo yo podía escucharlos. Conforme la oscuridad crecía, estos se hacían más intensos y la locura arañaba mi escasa razón.

Al principio, pasaba noches enteras frotando mis oídos contra las paredes, tratando de descubrir el origen de aquellos ruidos similares al sonido que el agua produce al golpear una superficie desconocida. Un ruido líquido que además retumbaba. Fueron horas eternas recorriendo milimétricamente las paredes; pero desistí cuando una mañana amanecí en medio de un charco de sangre que brotaba desde mi oído izquierdo. No me había dado cuenta de cuándo empecé a sangrar; el cansancio era tal que no me dejaba conciencia para percibir la realidad. Todo se convirtió en una costra oscura que me impidió moverme por un momento, hasta que se absorbió de pronto y sin dejar rastro.

Al día siguiente él me besó en la oreja como sabiendo qué era lo que pasaba. Esa noche él volvió a dormir profundamente en esa cama inmensa y comodísima, mientras yo me desvanecía torturada por esos ruidos en espiral que se hundían profundamente en mis tímpanos.

Tomaba sus manos y trataba de cerrar los ojos y dormir, pero el ruido líquido me cortaba. Se hacía más intenso cuando permanecía en quietud, cuando la oscuridad me tragaba. Una noche, la más oscura de todas, encendí las luces, corrí las cortinas y dejé a la luz de la luna entrar por la ventana. Se me ocurrió que a lo mejor este ruido no vivía con la luz.

La luz de luna y la de los focos se convirtieron en una masa luminosa casi metálica que inundaron de golpe la habitación. El ruido -que para entonces podía escucharse hasta en diez kilómetros a la redonda- comenzó a ahogarse, a morir de a pocos. Bastó que diese medio suspiro iniciando un alivio para que el ruido volviese con más fuerza como si hubiese sido engañado. Llegué a la conclusión de que la luz natural del día era la única capaz de lograr el silencio.

Los días eran breves y las noches eran un calvario interminable. Mis ojos se cuartearon y se secaron aún más; empalidecieron. Me condené a permanecer despierta el resto de mis noches velando sus sueños.

Resignada a soportar el perpetuo insomnio, empecé a contemplarlo con detenimiento. Era la primera vez que lo hacía desde que dormía con él. Su cuerpo estaba hecho de luz: etérea, tibia y radiante, que me molestaba tanto en los ojos pero aún así no los lograba cerrar. Los contornos de su silueta eran afilados como un vidrio pálido que cortaba la oscuridad. Tenía enredado en sus cabellos brillantes un poco de mis cabellos opacos. Sus manos eran delgadas y blanquísimas; sudaban algo viscoso pero de buen olor.

Mientras dormía se llenaba de paz a cada segundo y sus párpados transparentes dejaban ver su mirada, que a diferencia de su mirada dura en el día, ésta era una mirada blanda y dulce.

Descubrí que a través de sus párpados podía ver sus sueños como si estuviera viendo la televisión. Descubrí también que yo no estaba en sus sueños.

Por un momento, mientras lo contemplaba, me olvidé del ruido. Entonces me dieron ganas de abrazarlo con fuerza y lo hice sin temor a que pudiera despertarlo. Al abrazarlo comencé a sentirme un poco mejor. Algo extraño sucedió dentro de mí, como una efervescencia interna.

La cicatriz de mi oído se abrió y comenzó a sangrar con violencia cuando pegué mi oreja a su pecho: descubrí el ruido de sus latidos acompasados y sin mucha emoción; escuché los susurros de sus sueños, escuché a su sangre circular, chocando contra las paredes de los kilómetros y kilómetros de sus venas y arterias. Ya no me hacía daño aquel ruido. Sabía lo que era.

A pesar de que empecé a sentir sueño y cansancio, no quise quedarme a dormir a su lado. Me limpié la oreja y me puse a empacar mis cosas. Salí corriendo de su cuarto. La madrugada puso neblina gris en todas partes; las calles estaban vacías. Tomé un taxi y me sentí tan tibia dentro como en una incubadora; fue como estar recién nacida. El chofer tenía la radio encendida y en volumen muy bajo alguien cantaba: dormir contigo es estar solo dos veces…

Mis ojos volvían a su color y se humedecían ligeramente con cierta tristeza. Los cerré. Las demás canciones susurradas por la radio y el ruido de un motor alejándose me arrullaron. Me quedé dormida.

 

© Claudia Ulloa Donoso


Claudia Ulloa Donoso | Lima, 1979 | @ Narradora. Actualmente reside en Noruega donde estudia Sociología. En 1996 obtuvo el primer lugar en su categoría en el concurso Terminemos el cuento organizado por la Unión Latina, el Consulado de España en Lima y el diario El Comercio. En el año 1998 obtuvo el primer lugar en el concurso El cuento de las 1000 palabras y en 2003 el tercer lugar en el certamen El cuento de las 2000 palabras, ambos organizados por la prestigiosa revista Caretas de Lima. Su obra cuentística se encuentra agrupada en el volumen inédito Documental. Blog de Claudia Ulloa Donoso: Aquí cabe toda la vesania


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