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El
sueño del trepador de muros

Heme
aquí atrapado en medio del desierto: un hombre que ya no
soporta más. Por eso mi voz quiebra el silencio como si
fuera un cristal. Me llamo Ernesto y ésta es la historia
de los viajes hacia la otra orilla, la huida de Lima sin salir
de ella. Todo comenzó cuando conocí a Fernando Hunter
luego de un largo periodo de reclusión. Por esos tiempos
aún creía que todo era límite, no me trazaba
metas ni intentaba escapar hasta el final, para ver qué
sucedía cuando llegara ahí. Mi primera adolescencia
me encontró sin raíces. Las figuras del pasado eran
borrosas. Ya había olvidado la niñez. A mis viejos
les encantaba mudarse conforme ascendían en sus trabajos.
Intentaban verle el lado bueno al asunto. Creían que el
pasar de un sitio a otro echaría aire fresco sobre el olor
a mierda que despedía su baile de máscaras ante
la sociedad. Para eso se necesitaba dinero y ellos lo tenían,
eran de los últimos en sentir la inflación. Y yo
viajaba de un colegio a otro sin poder tener amigos constantes
y sin poder tener una casa. Cuando ya iba a pasar cuarto de secundaria,
se les vino a la mente establecerse en cierto barrio del Barranco
antiguo y me matricularon en el San Genaro, un colegio de “sólida
tradición cristiana, excelencia educativa, y donde estudiaron
algunos de los grandes hombres que construyeron el Perú”.
En otras palabras, la misma farsa de siempre.
Cuando
entré al San Genaro fui mal visto por todo el mundo. Yo
no les gusté y ellos tampoco me gustaron. Una argolla de
remitentes se la agarró conmigo, el recién llegado,
y me comenzó a joder sólo por tener algo de qué
conversar; el chisme era su ocupación favorita, como suele
ser en el petrificado ambiente de Lima. Pese a todas sus fintas
ellos también se aburrían. Lejos de los muros de
la ciudad un rumor creciente anunciaba la llegada de la violencia.
Creíamos vivir en el crepúsculo de los tiempos.
Nuestros padres nos encerraban. Se trataba de sobrevivir y de
guardar las apariencias pese al miedo.
En
la clase de educación física, dos remitentes descubrieron
una deformidad que tenía a la altura del corazón
y me llenaron de insultos disfrazados de bromas, dejándome
en ridículo frente a las chicas del colegio, que comenzaron
a evitarme. Tenía fama de lorna y ningún esfuerzo
podía hacer que cambiara esa imagen. Incluso se reían
porque era rubio desteñido; cualquier seña particular
era motivo de burla. Rodeado por la gente vivía en el exilio.
Me jactaba de ser el arquitecto de mi limbo particular. Como todo
el mundo, esperaba que la adolescencia fuera algo excitante, pero
en mi vida no sucedía absolutamente nada. Hasta que conocí
a Fernando Hunter y comencé a destruir ese espejismo en
el que yo también estaba a punto de creer.
Dentro
de la argolla de remitentes estaba Sake, un chino agarrado que
iba al gimnasio, peinado como todo chino wave de los ochenta.
Un pata le sopló que yo le cabeceado unos discos, cuando
en realidad sólo hicimos un intercambio, y le encargó
amedrentarme con una golpiza brutal. Yo había visto a Sake
sacarle la mierda a un tipo de quinto frente a los profesores
sin que pasara nada; cumpliría feliz con el rol de sicario.
Las autoridades del colegio para variar, no movían un dedo.
Sólo hacían tiempo esperando recibir un sueldo.
Así, los profesores también comenzaron a llegarme
un poco al pincho. Desde lejos los veía paseando sus ternos
negros nevados con caspa, como pavos reales que sacuden sus plumas
sin poder disimular el hastío. Dictaban clases aburridísimas
y hablaban puras mentiras. El caso más patético
era Pancho Villa, el profeso de religión y de matemáticas
que nos hacía rezar el rosario por las mañana, que
afanaba a las alumnas en el recreo, babeando desorbitado como
perro acezante, prometiendo subirles la nota; y por último
todos los fines de bimestre recibía coimas de Sake y su
pandilla de hijitos-nuevos-ricos-de-papá.
Alucinen
la varaza que tenía esa argolla de mierda: Mufa, uno de
ellos, vivía en una jato junto al colegio, situación
que aprovechaban para trepar los muros en pasamontañas
y robar exámenes. Una vez los descubrieron. Por coima de
sus viejos, gente de página de sociales limeña,
que convencieron al cura, no los expulsaron. Ese era el maldito
colegio de tradición.
Sake
me amenazaba y nadie hacía nada; ni siquiera yo mismo.
El mundo era tan gris como el uniforme. Exasperado, no soportaba
más, pero me quedaba callado. Por último, paralizado
por el miedo, terminé escondiéndome en el local
de los Boy Scouts. No es que me identificara con esos imbéciles
o con sus caricaturescos ritos, era simplemente un escondite que
no presentaba riesgo alguno. Lugar aislado por muros y laberintos,
durante los recreos iba ahí solo, leía algún
libro, escuchaba música en el walkman; intentaba olvidar
mi prisión adolescente sin amigos, y más aún,
sin amigas. Corría el riesgo de creerme las huevadas que
enseñaban en ese antro de tradición cristiana. Para
protegerme me volví cada vez más tímido.
Temeroso de mostrar mis ideas, mucho menos se me ocurría
expresar mis sentimientos. Hasta que conocí a Fernando
Hunter y comencé a recorrer Lima volando, escapando de
la ciudad poseído por visiones angélicas, quebrando
lo continuo, amando el caos con todo el cuerpo, intentando echar
abajo los muros de sal donde se hallan enterrados en vida sus
habitantes.
He
contado cómo era mi situación en el colegio porque
los viajes a la otra orilla con una huida del triste destino que
me querían imponer. Aún recuerdo cómo era
la rutina de ese invierno: me despertaba, escuchaba clases, me
aburría, regresaba a casa, hacía los deberes, me
aburría de nuevo; al menos en la jato estaba solo. Lo único
pintoresco era la tía de la movilidad que me llevaba al
San Genaro. Una combi colorada conducida por una rubia al pomo
que solía gritarles huevadas a los autos que se detenían
junto a ella en el semáforo. Voz de urraca, lentes oscuros
de tombo y una hija corroída por el acné. Era el
ligero toque de color pacharaco en un trayecto ratonil.
Estaba
perseguido por una banda de autoritarios que me quería
imponer un rostro ajeno. Evitan mi derecho a la redención
y yo luchaba por escapar de este laberinto de árido días
y aciagas noches. Tenía sueños, sin embargo. A veces
despertaba en la madrugada con las manos frías. Recuerdo
una pesadilla de aquellos días: quería ver si podía
encontrarme en alguna esquina; sería de noche, mi doble
y yo tendríamos frío; estaríamos trepados
arriba de un muro, rodeados por un mar gris de basura. Entonces
me contemplaba en un espejo, pero la superficie estaba cubierta
de várices.
La
cuestión es que conocí a Fernando en ese estado
patético: lorna, sota, recluido y completamente solo. Debo
describir cómo se dio el encuentro. Yo escuchaba música
punk y hardcore. Le daba alguna salida a la furia acumulada. Ante
la insatisfacción no basta con gritar, pero si eso no se
hace, uno corre el peligro de terminar explotando. Tenía
un pata apodado Bucco, que vivía en una escondida calle
de Surco. Yo no conocía a nadie que compartiera mis gustos
musicales y Bucco tocaba en un grupo hardcore llamado Enemigo
Público. Yo siempre lo jodía diciéndole que
su banda era tan misógina que en realidad se llamaba Enemigo
Púbico, y no me hacía paltas al conversar con él.
A decir verdad, pronto se convirtió en mi confidente. No
nos veíamos tan seguido, pero era alguien con quien podía
entenderme; es sólo con pocos amigos que la conversación
tiene la libertad del pensamiento. Y a veces íbamos a conciertos
subterráneos en los cuales, en medio de gente que se consideraba
al margen y aceptaba lo distinto, me sentía lejos de las
arenas movedizas de la rutina. Un día caí en la
jato de mi pata, y me dijo para ir a un concierto en El Hueco.
El
Hueco realmente hacía honor a su nombre. Era una pequeña
jato en Santa Beatriz a la que se llegaba pasando por un callejón.
Ahí paraba la gente de Eutanasia, la banda más radical
de la movida, que había convertido el tugurio en un centro
de reuniones y de conciertos. En aquella época los subterráneos
radicales estaban peleados con los pitupunks, que a su vez se
autodenominan hardcores para diferenciarse de los subtes. Y en
esos años de terror, bombas y súbita oscuridad,
aquello del dinero, la actitud y el color de la piel significaba
muros infranqueables.
Noche
sucia del invierno de mi ciudad. Garúa que nunca llegará
a ser tormenta, barro lamiendo las veredas, cielo color humo de
cigarrillo, inefable tristeza, detenimiento. Una mancha colorida
en esta calle de Santa Beatriz; púas, casacas militares,
peinados mohicanos, rostros turbios ante el remolino paralizante
del clima, grupos punk tatuados en el polo, en los pantalones,
en los brazo, en el pecho, en las caras que sudan la confianza
de estar con los amigos. Gel y aditamentos, erudición musical.
Un patrullero, con sus luces, penetra las capas de neblina del
ambiente repentinamente silencioso. Nuevas miradas de recelo.
Cobran la entrada y nos hacen esperar en un callejón. Abren
las puertas del Hueco y en tropel ingresamos al local angosto.
Se inicia el ruido, el ronquido de la multitud, rumor que socava
los cimientos, ruge bajo el concreto, enturbia las aguas, pero
no sale a la calle, a arrasarla con el diluvio. Comienza el primer
grupo y con su sonido frenético y airado nace el pogo,
cuchillo que quiebra las aguas del espejo gris de nuestras vidas.
Empujones, risas, la música atronadora reflejada por las
paredes convierte el lugar en un útero eléctrico.
La burbuja en la que estamos nos obliga a movernos, a bailar,
a confundirnos a golpes en esa masa anónima y hermana.
Y de pronto, el ruido de las sirenas se confunde con las corrientes
de la música, las sobrepasa, la multitud se mueve como
un serpiente por el callejón que nos llevará a la
calle, y ahí sólo queda correr, esperar no terminar
la noche en la comisaría con los bolsillos saqueado, das
la vuelta a la iglesia de la esquina, perder a Bucco, que ha corrido
en otra dirección, quedarse solo en un callejón
que parece estarse cayendo sobre uno, saber que de aquí
se sale sin dinero o arrastrándose, y en el fondo del pasaje
encontrarse con una figura que te dice que estás loco por
caminar en esta clase de sitios, salir de ahí, y que esa
persona te zarandee y te pregunte por qué estás
tan quieto, movámonos aunque sea para llegar al mismo lugar,
atravesemos la niebla, detrás está la otra orilla,
donde los anteojos y los uniformes se esconden tras las inconsciencia,
donde el único camino para rasgar el límite es sumergirse
en el caos, descendiendo entre la humedad por las calles empedradas
en los márgenes de la noche, donde la rutina del riesgo
es la única manera de llegar a la frontera, donde uno es
un pionero descubriendo nuevas tierras en una ciudad que había
considerado como mía, pero que no conocía, y donde
en ese corto tiempo iba a conocer, no lo que camina sobre sus
aceras, sino lo que fluye bajo sus calles y las une en medio de
sus distancias.
Fue
entonces cuando conocí a Fernando Hunter.
Y comencé a
trazar mi línea de fuga.
Fragmento
de la novela Nuestros años salvajes
©
Carlos Torres Rotondo
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Carlos
Torres Rotondo |
Lima,
1973 |
Aunque
estudió literatura, se licenció en Ciencias
de la Comunicación y realiza un doctorado de humanidades
en España. Es productor musical (ha editado Confeti,
de Futuro Incierto y está editando un disco de
los Holys y otro de New Juggler Sound para el sello español
Vampisoul), historiador del rock (trabaja en una historia
del rock en el Perú hasta 1973), novelista (publicó
la novela Nuestros años
Salvajes en 2001), poeta (en 1995 ganó
los Juegos Florales de Poesía de la Universidad
de Lima) y activista político (forma parte de COIN,
Coordinadora de Inmigrantes, Madrid-España). Actualmente
se dedica a escribir un libro de cuentos sobre la inmigración
en España y una novela acerca de la contracultura
peruana de los años 60.
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