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El
libro de Asmodeo

Tampoco las personas ignorantes
pueden distinguir
con facilidad entre ambas cosas y decir: "Esto es
magia, pero esto es truco." El hombre, en cambio, sí
sabe cuándo ejecuta esas proezas. El truco es un
arte, pero la magia es un don.
Robert Graves: La historia
de Eliseo y la sunamita
Asmodeo
regresó a Media mostrando algo de barba y una conducta
que a sus vecinos pareció misteriosa. En el mercado, las
ropas de las mujeres se convirtieron en escondite para sus niños
asustados por el extraño, mientras ellas entretejían
rumores y agüeros al verlo pasar. Asmodeo se había
instalado en una tienda en el campo, al oriente de la ciudad,
y junto al pozo cultivaba un hermoso jardín.
La madre de Asmodeo había sido una viuda muy pobre que
tuvo que recurrir a los servicios del prestamista Ragüel
para sobrevivir. Cada vez que Ragüel llegaba a cobrar los
intereses, la mujer enviaba a su hijo al campo para que no escuchara
sus ruegos y humillaciones. En el campo, junto al pozo, Asmodeo
recordaba a su padre. Él cultivaba el jardín de
un mago; un hombre amable que a cambio de su trabajo, permitía
que Asmodeo y su madre vivieran con ellos. Asmodeo también
quería ser mago y de niño, oculto tras los arbustos,
escuchaba las lecciones que el mago daba a su hijo Rafael. Llegó
un día en que sintió que aprendía con más
facilidad que el hijo del mago y esperó hasta encontrar
la ocasión para retarlo: la dulce hija de Ragüel llegó
una tarde al jardín a juguetear con Rafael.
– ¡No creo que puedas vencerme, hijo del amo! –gritó
desafiante Asmodeo. Había capturado a Sarra y desaparecido
entre el follaje de los arbustos.
Rafael
miró a todos lados. Empezaba a atemorizarse, pues había
perdido el control de sus pies. Decidido a guardar silencio se
concentró y regresó a su casa por un poco de miel
que lanzó por entre las ramas. Víctima de las avispas,
los gritos de Asmodeo delataron su escondite. Magia vencida por
un truco casero. Sarra nunca recordó el rostro de Asmodeo
y con los años, también olvidó las bromas
de Rafael, quien se internó en Qumran y en los reinos desconocidos
del Mar Muerto para ser aprendiz de un célebre curandero.
Cuando
el padre de Asmodeo murió, él y su madre tuvieron
que abandonar el hogar que el mago les había cedido para
entregárselo al nuevo jardinero. Al poco tiempo, el mago
y su recuerdo también se desvanecieron en la arenosa memoria
de los medos.
Cierto
día, Asmodeo regresó temprano a la pobre casucha
en la que él y su madre habían ido a parar y notó
que Ragüel estaba en ella. Tras escuchar el llanto de la
mujer, vieja y enferma, vio salir a Ragüel con un jarrón
en el que se llevaba el poco grano que tenían para comer.
Por la noche, Asmodeo despertó por los quejidos de su madre,
atrapada por una intensa fiebre. Recordó que el mago vencía
la calentura con una florecilla que había visto crecer
silvestre junto al pozo. Rogó a su madre esforzarse y esperarlo
y fue en busca de la planta. Corrió con todas sus fuerzas.
Para llegar al pozo debía pasar por casa de Ragüel,
y tal fue su rabia al reconocer la puerta que se tropezó.
– ¡Hijo! ¡Corriendo vas más rápido
que arrastrándote! –le gritó un viejo ebrio
que merodeaba por el lugar.
Asmodeo
mordió la tierra y la escupió. Se concentró
en llegar al pozo, pero era una noche sin luna y al llegar le
costó mucho trabajo distinguir la flor bendita. Juntó
todos los hierbajos que pudo y emprendió el regreso. Estaba
alcanzando la calle en que vivía cuando un llanto fúnebre
lo congeló. Empuñó con fuerza los hierbajos
y corrió con más fuerza.
Su madre había tratado de llegar a la puerta más
cercana, pero la muerte había arribado antes. Quien lloraba
era su vecina. Asmodeo juró vengarse de Ragüel y para
hacerlo desapareció de la ciudad para que nadie recordara
sus pasos, sus ojos o su nombre.
Siete semanas después de que Asmodeo retornara a Media,
una mañana pasó un hombre muy rico por la puerta
de su tienda acompañado de una bella mujer y sus sirvientes.
Al verla, Asmodeo quedó embelesado y los siguió
hasta que llegaron a la casa de Ragüel. El hombre rico entró
y los sirvientes se quedaron fuera, mientras acompañaban
a la mujer que parecía aburrida y que para distraerse optó
por visitar el mercado. Asmodeo despertó del hechizo cuando
un baldazo, lanzado despreocupadamente por una vendedora, mojó
sus barbas y ropa. Aquellos que temían al jardinero misterioso
rieron y se mofaron, pues el miedo desapareció gracias
a una escena tan ridícula. Solo la rica mujer posó
sus ojos compasivos en la mirada sorprendida de Asmodeo, quien
no podía creer que fuese ella quien secase su rostro con
la manta que llevaba y tampoco podía creer que una mujer
tan hermosa pudiera existir junto a él.
El revuelo causado llamó la atención de Ragüel,
quien salió a la puerta acompañado por el visitante.
– ¡Ana! ¡Mujer! –gritó el hombre
rico–, ¡vámonos ya!
Y
Ana fue el nombre que por siempre cantó el corazón
de Asmodeo. Pero Ragüel clavó su vista en el jardinero
a la vez que hurgaba en su memoria, así que Asmodeo tuvo
que ocultarse y su sonrisa nadie la pudo ver.
El
hombre rico era Tobit, un judío piadoso, quien se encargaba
de las compras del rey Salmanasar. A diferencia de otros hermanos
de su tribu que adoraban el becerro de Jeroboam, Tobit se mantuvo
fiel a las enseñanzas de Moisés. Siempre repartía
sus ganancias entre los pobres y Ana le había dado un hijo
de nobles facciones llamado Tobías. La prudencia de su
mujer le había aconsejado guardar su dinero en casa de
Ragüel.
Recluido
otra vez en su tienda, Asmodeo le estaba describiendo la bondad
de Ana a la figurilla que guardaba el espíritu de su madre
cuando escuchó cómo los vecinos se preparaban para
una fiesta: Sarra, la hija de Ragüel, se casaría.
De inmediato recogió algunas plantas de su jardín
y preparó un disfraz. Asistió a la fiesta anunciando
ser un rabino que venía desde muy lejos. Lo recibieron
con alegría y cuando todos estuvieron danzando, esperó
a que la ronda lo acercase hasta los recién casados. Cogió
la copa del novio, bebió de ella y luego se la dio al muchacho.
La familia celebró el brindis como una señal de
fortuna.
Los
jóvenes se retiraron y la fiesta continuó, pero
Asmodeo también se fue. No había avanzado una gran
distancia cuando los gritos de Sarra callaron los tambores. El
novio había muerto y las nupcias no se habían consumado.
Ragüel quiso consolar a su hija Sarra, pero ella no dejó
de llorar. Durante siete noches Asmodeo se acercó a la
puerta de Ragüel para sonreír con los lamentos de
la joven.
Pero
a la octava noche Asmodeo no salió. Ahora que ya sentía
la fuerza del poder de la magia, debía asegurar que Ana
fuese suya, pues su mente y su corazón no podían
contentarse más con el delirio del recuerdo y entonces
tramó y tramó. Como el rey Salmanasar estaba muy
enfermo, Asmodeo fue a buscar a su hijo Senaquerib y le ofreció
sus servicios como médico. Senaquerib estaba muy ansioso.
Por un lado sentía mucha pena por su anciano padre, pero
su joven pecho se agitaba fuerte, como el de un rey. Para poner
a prueba sus servicios, llevó a Asmodeo hasta las habitaciones
del anciano gobernante. Asmodeo colocó incienso en los
cuatro puntos cardinales que rodeaban al Rey y leyó la
conducta del humo. Le dijo a Senaquerib que ninguna medicina podría
curarlo, que tenía el poder para regresarlo de la muerte,
pero que Salmanasar viviría condenado al dolor, tal como
ahora se encontraba. Bastaba una palabra de Senaquerib, quien
tras razonar con paciencia y sabiduría preguntó
si era posible aminorar el sufrimiento de su padre. Y así
lo hizo Asmodeo y el rey Salmanasar murió plácidamente
de la mano del nuevo rey. Que la madre Istar lo acoja por siempre
en su seno.
Senaquerib
veía con buenos ojos a Asmodeo, y le pidió que fuese
uno de sus consejeros. Media floreció e impuso su grandeza,
sus habitantes convivieron pacíficamente y Senaquerib orgulloso
y confiado se sentó en el trono a disfrutar de aquella
paz. Sin embargo, el consejo del cual formaba parte Asmodeo, siempre
le reclamaba ser más suspicaz. Una tarde en la que el rey
descansaba, Asmodeo le pidió con urgencia una entrevista.
En ella le dijo al rey que los judíos estaban pensando
derrocarlo. Muchos habían trabajado para su padre y aprendido
secretos del gobierno. Como Senaquerib no quería problemas
en su reino, expulsó a todos los israelitas, entre ellos
a Tobit. Muchas familias temieron quedarse en la más terrible
pobreza y decidieron reunirse todos e ir a rogar al rey. Él
estaba sentado junto a su ventana, cuando el polvo del camino
le indicó que una muchedumbre se dirigía hacia el
palacio. De inmediato mandó llamar a Asmodeo, quien al
identificarlos dejó caer la cortina y le pidió al
rey que se ocultara, pues venían a matarlo. Senaquerib,
quien desconocía el miedo, mandó llamar a su guardia,
ordenó la muerte de los revoltosos y prohibió que
fuesen enterrados.
Los
cadáveres yacían unos encima de otros a lo largo
de la avenida. Entre ellos caminaba Asmodeo, con la esperanza
de descubrir a Ana entre las desconsoladas viudas que rogaban
por la resurrección de sus muertos. Pero fue otra la escena
que lo sorprendió: vio al esposo de su amada robar un cadáver.
Tobit
no había querido unirse al ruego ante el rey, pues dejaba
su futuro en las manos de Yavé. Se encontraba esperando
en oración para que al llegar la noche sus hermanos le
comunicaran la decisión de Senaquerib, cuando unos desoladores
lamentos llegaron a su puerta. Tobit comprendió y salió
en busca de los hombres muertos de su tribu, la de Neftalí.
A dos de ellos logró enterrar.
Senaquerib
recordaba a Tobit, y cuando Asmodeo llegó a delatarlo,
Senaquerib no quiso verter más sangre y decidió
deportarlo. Todos los bienes de Tobit le fueron arrebatados aunque
Asmodeo insistió en que su mujer y su hijo también
debían quedarse. La loable generosidad de Senaquerib permitió
partir a los tres, quienes se refugiaron en Nínive.
El
pecho de Asmodeo estaba adolorido y no le permitía avisorar
una buena estratagema para recuperar a su Ana. Un día en
el que paseaba atormentado por el jardín, le fue anunciado
un nuevo matrimonio de Sarra. En esta ocasión, Asmodeo
se disfrazó de un humilde pastor que ofrecía su
mejor becerro, debidamente preparado, a los recién casados.
El novio levantó su copa y se la ofreció al pastor,
quien bebió un tímido sorbo y se la devolvió
al muchacho para que la apurase hasta el final. El pastor estaba
arriando sus cabras cuando los tambores callaron y el llanto de
Sarra asaltó otra vez la noche.
Poco
duró el festejo de Asmodeo, pues su malestar contra el
rey por haber dejado partir a Tobit no lo abandonaba. Se reunió
con los hijos mayores de Senaquerib y los urgió derrocar
al padre. Los dos hallaron a su padre en la biblioteca. El rey
sacó la espada para defenderse, pero sus hijos eran más
jóvenes que él y lograron matarlo. Al reparar en
la infamia de su crimen huyeron, y el menor, quien no había
participado en la conspiración, sucedió al rey de
la paz, cuya belleza fue solo comparable con la de Dumuzi. Ahora
Assarjaddón era el rey y para detener los disturbios acaecidos
tras la muerte de su padre y alegrar a su pueblo, celebró
grandes fiestas en honor a Senaquerib y devolvió todos
sus bienes a los israelitas.
Y
así fue que tras una larga tarde embebido en sus reflexiones,
Asmodeo decidió que tenía que actuar directamente
y viajar a Nínive en busca de Tobit. Se encontraba recogiendo
sus pertenencias, cuando el tercer matrimonio de Sarra lo retuvo
en Media contra su voluntad. Disfrazado como un rico comerciante,
Asmodeo tomó la copa del novio y la rellenó con
su propio vino. Sarra acompañó a su nuevo esposo
con mucho miedo hasta el tálamo y los tambores callaron
con resignación para escuchar su llanto. Asmodeo se quitó
las ropas de comerciante y retomó sus preparativos para
el viaje.
En
Nínive ya Tobit había cobrado fama de piadoso. Ayudaba
a los pobres y durante las fiestas mandaba llamar a alguno de
aquellos que aún respetaban la ley de Moisés para
que acompañase a su familia en la cena. Terminados los
días de cosecha y llegado el Pentecostés, Tobit
envió a su hijo Tobías a buscar un mendigo respetuoso
de los mandamientos. Pero Tobías encontró a un israelita
muerto que nadie quería enterrar, pues creían que
Assarjaddón sería como su padre. A Tobit no le importó
y después de comer enterró el cadáver.
Asmodeo
había llegado a Nínive la mañana de ese mismo
día y al atardecer empezó a vigilar a Tobit. Al
verlo cumplir con el rito funerario, supo que nada lograría
comunicándoselo al rey, un blando de corazón, y
tal como se lo había propuesto, decidió sorprender
él mismo a Tobit. Esperó a que terminara de llenar
la fosa en la que había depositado a su hermano y luego
lo vio orar por Israel. Cansado, Tobit se recostó contra
la tapia de su jardín. Cuando Asmodeo terminó de
subir al techo de la casa, espantó a una bandada de gorriones
que impidió a Tobit poder ver cómo el jardinero
practicaba sus artificios. De inmediato unas manchas blancas aparecieron
en los ojos de Tobit, quien pensó que el excremento de
los gorriones lo había enfermado. Para no levantar sospechas,
Asmodeo huyo a Media y pasó la noche celebrando con borrachos
y mujerzuelas. Pero cuando la luz del sol espantó a sus
camaradas, un anuncio segó su felicidad.
Como
ningún medo quería casarse con Sarra, Ragüel
prometió parte de sus riquezas para el valiente. El cuarto
matrimonio no se hizo esperar. Asmodeo vistió sus viejos
símbolos de consejero real y buscó a los novios
como señal de buena voluntad por parte del rey. Ragüel,
rebosante de orgullo, pidió al consejero que brindase con
el novio. Al verlo, el novio perdió el miedo, porque pensó
que si el consejero del noble Assarjaddón imponía
su presencia en la fiesta, nadie se atrevería a matarlo.
Cuando los tambores callaron, Sarra le dio la mala noticia a su
Padre y este se abochornó.
En
Nínive Tobías buscó a todos los médicos
del lugar. Todos sobaron sus barbas y menearon sus cabezas. No
sabían cómo curar la ceguera de su padre. Al ser
Tobit tan querido, muy pronto se regó por los alrededores
que se necesitaba a un gran médico. Por eso fue que el
último médico al que Tobías consultó
fue el propio Asmodeo, que decidió asegurarse de una vez
que Tobit quedara completamente arruinado. Las pócimas
que entregó a Tobías dejaron ciego por completo
al ya resignado Tobit.
(Solo
hacía falta trasplantar el jardín para que Asmodeo
se quedase a vivir definitivamente en Nínive. Cuando llegó
a Media rentó una carreta para colocar en ella sus preciadas
y misteriosas plantas. Mientras las acomodaba con sumo cuidado,
el conductor comentó, con la sorna con la que los pobres
se burlan de los ricos, que esa noche moriría un muchacho
en Media, pues Sarra se casaría por quinta vez. El corazón
de Asmodeo reconoció que la terquedad de Ragüel lo
había impresionado. ¿No temía ese hombre
a la vergüenza? De esta manera le pidió que le vendiese
sus ropas y llegó a la boda conduciendo la carreta. El
novio era un guardia muy valiente que llegó armado para
enfrentarse a cualquier espíritu o demonio que quisiera
deshacerse de él. Así que solo brindó con
aquellos que le parecieron inofensivos, como el carretero que
se acercó a saludarlo. Sarra le contó a sus padres
que el guardia había delirando antes de morir y en sus
lamentos rechazaba una copa de vino.)
El
mago disfrutaba al imaginar al prestamista rogando por un novio
para su hija. Ragüel había perdido una parte jugosa
de su hacienda en regalos para las familias agraviadas. Si en
esta ocasión nadie quería unirse a su hija –pensaba
Asmodeo–, Ragüel no podría ya recuperar el estado
que se encontraba a punto de perder. Y ya para nadie sería
una sorpresa, pues al igual que todos en Media, Sarra creía
que sufría una maldición. Pero la fama de la fortuna
de Ragüel aún era más grande y un ambicioso
no podía faltar. Asmodeo asistió a la sexta boda
de Sarra haciéndose pasar por un juez. Se había
ofrecido como testigo en caso de que algo malo ocurriese, y vigiló
que el vino y la comida no fuesen envenenados. Al morir el novio,
Media confirmó la maldición.
Seguro
de sí mismo, Asmodeo viajó a Nínive y comprobó
la miseria en la que se había empozado la familia de Tobit.
Instaló su tienda y en la plaza empezó a ofrecer
trabajo a las mejores tejedoras de la ciudad. Apenas escuchó
el anuncio, Ana corrió donde su pobre esposo, quien le
dio permiso a pesar de lo humillado que se sentía, pues
ya no tenían casi ni para comer. Y tan pronto empezó
a funcionar la fábrica, Asmodeo empezó a halagarla
con ungüentos para sus manos, telas para sus vestidos y perfumes
para su cabello, pero Ana rechazó todo y guardó
silencio, pues temía que al saberlo, Tobit le prohibiera
trabajar. Entre las tejedoras había una viuda meda, quien
divulgó rápidamente la noticia de la maldición
de Sarra y de cómo la fama de la maldición había
llegado hasta el rey Assarjaddón, quien para demostrar
el poder de sus dioses había enviado a su propio hijo a
casarse con Sarra con la bendición de Istar. Asmodeo de
inmediato advirtió a sus tejedoras que se ausentaría
unos días y le pidió a Ana que se encargase de la
administración, que ocupara su lugar. Ana agradeció
la confianza y preparó comida para su viaje. La dulzura
de cada bocado incitó a Asmodeo a regresar, pero se consolaba
al pensar que no le tomaría mucho tiempo: si antes había
acabado con Senaquerib, muy rápido acabaría con
el hijo de Assarjaddón. Se unió al grupo de músicos
que tocaría en la boda. Brindó con el novio y le
pidió que eligiera una tonada que los tambores repitieron
una y otra vez hasta que se callaron con la noticia de la muerte.
Ragüel, quien con tal de casar a la hija, había aceptado
un matrimonio que desafiaba la ley de Moisés, anunció
a todos que su hija no se casaría más, y Sarra se
hundió en la más profunda vergüenza.
La
desgracia de su madre había sido vengada, el blando Assarjaddón
había recibido una lección, y el amor de una mujer
lo esperaba, así que Asmodeo, fiel al regocijo de su corazón,
lo siguió de vuelta a Nínive, donde Ana había
llevado muy bien el taller. Asmodeo la celebró con un becerro.
La dulce Ana estaba emocionada y se lo llevó a Tobit, quien
aunque ciego, sospechó de las intenciones de Asmodeo. Pero
la frustración que le causaba la ceguera lo hizo desquitarse
duramente con su mujer, a quien el trabajo había fortalecido.
Discutieron agriamente. Tobit se asustó y se refugió
en su Dios para pedirle que le quite la vida:
– Tú eres el Juez del Universo, Señor. (Haz
conmigo ahora según lo que te plazca y ordena que reciban
mi vida para que yo me disuelva sobre la faz de la tierra, porque
más me vale morir que vivir.) Tengo que aguantar injustos
reproches y me anega la tristeza. Manda, Señor, que sea
liberado de esta aflicción y déjame partir al lugar
eterno, y no apartes, Señor, tu rostro de mí, pues
prefiero morir a pasar tanta aflicción durante la vida
y tener que seguir oyendo injurias.
Aquel
mismo día, Sarra fue insultada por una de sus sirvientas.
Ocurría que la vergüenza le había arrebatado
su dulzura y delicadeza y las había reemplazado con ironía
y frialdad. La sirvienta había dejado caer una manta recién
blanqueada, y Sarra empezó a saltar sobre la tela para
ensuciarla aún más mientras se reía de la
torpe muchacha, pero nunca pudo imaginar el dolor que causaría
su respuesta:
– ¡Tú, la que matas a tus maridos! Ya has tenido
siete, pero ni de uno siquiera has disfrutado. ¿Nos castigas
porque se te mueren los maridos? ¡Vete con ellos y que nunca
veamos hijo ni hija tuyos!
Sarra se asustó y se refugió en su Dios para pedirle
que le quite la vida:
– Vuelvo ahora mi rostro y alzo mis ojos hacia ti. (Manda
que yo sea librada de la tierra para no escuchar ultrajes. Tú
sabes, Señor, que yo estoy pura de todo contacto de varón;
que no he mancillado mi nombre ni el nombre de mi padre. Soy la
única hija de mi padre; no tiene otros hijos que le hereden,
no tiene junto a sí ningún hermano ni pariente a
quien me deba por mujer.) Ya perdí siete maridos: ¿para
qué quiero la vida? Si no te place, Señor, darme
la muerte, ¡mírame con compasión! Y no tenga
yo que escuchar injurias.
Por
la noche, en Nínive, Ana soñó con Asmodeo
y al despertar le recordó a Tobit que tiempo atrás
habían dejado un depósito en casa de Ragüel.
Y en Media, al mirar las estrellas, un hombre recordó haber
jugado en su infancia con la niña Sarra y se apenó
de su condena a la soledad. Él también había
regresado solo a Media el día de la última boda.
No lo reconoció la novia y tampoco el músico, el
hijo del jardinero de su padre.
Rafael
decidió ir tras el recuerdo del jardín, pero nadie
en Media conocía al músico y nadie recordaba al
niño Asmodeo, salvo una anciana que le contó que
su madre había muerto en la puerta de su casa, carcomida
por las deudas con Ragüel. Asmodeo había desaparecido,
pero ¿no estaba seguro Rafael de haberlo visto tocar los
tambores en la boda? Un niño recordó que el atabalero
había partido para Nínive. Antes de buscarlo consultó
a las aves y apareció la imagen de Asmodeo. Rafael se asustó,
pero nadie supo qué dijo cuando se refugió en su
Dios.
II
Tobit
mandó llamar a su hijo Tobías. No quedaba mucho
tiempo después de la oración que había elevado
a Yavé. A pesar de los golpes tan fuertes que hubo en su
vida, aconsejó a Tobías ser bueno, dar el diezmo,
enterrar a los muertos, ser fiel a la ley de Moisés y velar
por su madre: esa mujer sabia gracias a la cual Tobías
debía ir a Media a buscar a Ragüel y pedirle el depósito.
Pero Tobías había salido de Media siendo un niño
cuyo único recuerdo estaba poblado de llanto, tierra y
confusión. Temía arriesgarse por caminos desconocidos
para un viaje que podría ser en vano. ¿Acaso Ragüel
recordaría al hijo de Ana? Esa pregunta y muchas otras
le hizo a su padre. Si bien Tobit sintió que su ceguera
le había impedido continuar con la educación de
su hijo, volverlo un hombre, reconocía la obediencia de
Tobías como una virtud y para tranquilizarlo le dijo:
– Ragüel me dio un recibo y yo a él otro; lo
partí en dos, tomé una parte y dejé la otra
con el dinero. Ahora, hijo, busca un hombre de confianza que vaya
contigo y le tomaremos a sueldo hasta tu vuelta.
Tobías, algo confundido, salió de la casa de su
padre y decidió tomar el camino hacia el telar de Asmodeo,
quien en esos momentos era espiado por Rafael.
Es
que a Rafael le disgustó saber que no era un músico,
sino un hombre rico y que algo tendría que ver con la maldición
de Sarra. Pensó que podría ser que quisiese tomar
a Sarra para sí, pero recordó el relato de la muerte
de la madre de Asmodeo mientras lo vio tratar con singular atención
a Ana y receló. De pronto llegó Tobías, y
Asmodeo, malhumorado, permitió que Ana suspendiese su labor
para atender a su hijo, eso sí, ante su presencia. Fuera
de la tienda, Tobías le dijo a su madre que iría
a Media a recoger el depósito de la casa de Ragüel.
Rafael escuchaba con atención y pudo ver en el rostro de
Asmodeo el asalto de un recuerdo conmovedor que lo impulsó
a tocar el manto de Ana. Tobías, sin notarlo, detuvo el
gesto al apartar a su madre de Asmodeo para preguntarle cómo
podría conseguir un compañero confiable para el
viaje. Entonces Rafael salió de su escondite y se ofreció.
Intentó darle la espalda a Asmodeo para que no lo reconociera,
pero Asmodeo recordó de inmediato esa nuca que durante
años había visto desde los arbustos cuando escuchaba
las clases de magia y botánica en el jardín de Rafael.
Con mucho cuidado, Asmodeo le pidió a Ana que lo acompañase
de nuevo a trabajar y se despidió de Tobías, sin
levantar sus ojos de Rafael. Este se presentó humildemente
como un hijo de Israel que había vivido en Media hasta
la expulsión del rey Senaquerib. Juntos caminaron hasta
la casa de Tobit, donde Tobías le anunció a su padre
el hallazgo.
Rafael
se encontró con el anciano ciego y para proteger a todos
del sospechoso Asmodeo dio sus señas de esta manera:
– Yo soy Azarías, hijo del gran Ananías, uno
de tus hermanos.
Tobit sintió confianza, pues Ananías era uno de
sus pocos parientes que aún guardaba fidelidad a la ley
de Moisés. Después de ofrecerle un sueldo y esperar
a Ana, los despidió. Ana lloró mucho, pues su corazón
estaba revuelto de voces que le hablaban de peligros y maldiciones,
e increpó a Tobit:
– ¿Por qué has hecho que se vaya mi hijo?
¿No era él el bastón de nuestra mano, que
siempre va y viene con nosotros? ¡Que no sea el dinero lo
primero de todo! ¡Que no se convierta en el precio de nuestro
hijo!
Y Tobit, quien extrañaba el hermoso rostro de su mujer,
la convenció de que Yavé había unido a su
hijo con Azarías para que no dudaran del éxito del
viaje. Y la paciencia de sus palabras arrulló el corazón
de Ana y Ana dejó de llorar.
Tobías
y Rafael partieron rumbo a Media y Asmodeo los siguió.
Andando, el viaje duraría tres días y para anticipar
cualquier maniobra del mago, Rafael obsequió un perro a
Tobías con el fin de que husmeara cualquier peligro en
derredor.
Asmodeo
no quería que Tobías llegase a Media porque todos
sus planes se echarían a perder: sería separado
de Ana cuando ella ya no necesitase trabajar y peor aún,
Tobías podría convertirse en yerno de Ragüel.
Así que la primera noche lanzó una docena de serpientes
hacia los rendidos caminantes, pero ya el perro había anunciado
horas atrás la presencia de Asmodeo, cosa que le dio tiempo
a Rafael para trazar un círculo con tierra que él
mismo había preparado y que mató a los reptiles
apenas intentaron cruzar.
Asmodeo
decidió seguirlos un día más. Estaba muy
preocupado pues sabía que los grandes conocimientos que
Rafael había recibido lo habían convertido en un
mago poderoso. Una vez que estuvieron dormidos, llamó a
Tobías desde su sueño para alejarlo de su protector
y sorprenderlo. Otra vez el perro de Tobías se había
anticipado a los planes de Asmodeo, pues apenas lo reconoció
en el airé, ladró alarmado hasta que sus compañeros
lo calmaron con algo de comer. Rafael ató su brazo al de
Tobías antes de echarse a dormir y cuando el sonámbulo
se levantó, Rafael lo despertó y junto con el perro
velaron toda la noche.
La
tercera y última jornada acamparon junto al río
Tigris. Tobías estaba muy cansado y bajó al río
para desinflamar sus pies. En esta ocasión Asmodeo creyó
haber conseguido que el perro no lo sintiera. Entonces un enorme
pez saltó desde las aguas para devorar el pie de Tobías
y a sus gritos llegó Rafael:
– ¡Agarra el pez y tenlo bien sujeto!
Así lo hizo Tobías y lo arrastró por tierra.
– Abre el pez, sácale la hiel y el hígado
y guárdatelos. Y tira los intestinos, porque su hiel y
su hígado son remedios útiles.
Tras seguir el consejo de Rafael, Tobías saló una
parte del pescado para el retorno y asó el resto. El aroma
llegó hasta Asmodeo y lo afligió.
Al
día siguiente los viajeros llegaron a Media y hallaron
la casa de Ragüel, donde los sirvientes, animales y hasta
los árboles parecían envueltos en un penoso silencio.
Tal como Tobías lo esperaba, no fue reconocido, aunque
se presentó como hijo de Tobit, quien mucho tiempo atrás
le había dejado un depósito con diez talentos de
plata. Tobías reparó en que había olvidado
entregar el recibo y apenas venció los escrúpulos
de Ragüel, el viejo lo abrazó como a un hijo. Tobías
narró las desventuras de su padre. Ragüel lloró
y le dijo:
– ¡Bendito seas, hijo! Tienes un padre honrado y bueno.
¡Qué gran desgracia, haberse quedado ciego un hombre
tan justo y tan limosnero!
Pero
Ragüel estaba muy triste y no cesaba de llorar, compadecido
de sí mismo contó sus penas: cómo las siete
bodas de su hija Sarra habían culminado con la muerte del
novio, cómo se había resignado a creer que se trataba
de una maldición que lo arruinaría.
Algo
desahogado, Ragüel les ofreció posada y cuando Tobías
salió a buscar al perro que había dejado en la puerta,
Rafael le señaló a Sarra, quien descansaba a la
sombra de un árbol. El gesto de tristeza que se había
impregnado en el rostro de la muchacha no ocultaba su gracia,
sino que la adornaba como las flores púrpuras embellecían
la melancolía del olmo. Las mejillas de Tobías se
turbaron de amor, pero al recordar la maldición bajó
la vista.
Al
verlo, le dijo Rafael:
– ¿Llevas aún los remedios del pez que te
pedí que guardaras? No temas hermano Tobías. Si
se quema el hígado del pez ante un hombre o una mujer atormentados
por un demonio o un espíritu malo, el humo ahuyenta todo
mal y le hace desaparecer para siempre.
Como
Azarías le inspiraba confianza, Tobías regresó
con el perro a la casa de Ragüel y le comunicó los
deseos de casarse con su hija. Dos sentimientos se agolparon en
el pecho del prestamista: la felicidad de ver casada a su hija
y la tristeza de ver morir al hijo de un hermano de toda la vida.
Decidió entonces no celebrar. Mandó llamar a Sarra
y a Edna, su esposa. Al ver a Tobías, Sarra se enamoró
de inmediato del arrojo y voluntad del muchacho. Alegre se agachó
para jugar con el perro y su sonrisa trajo la esperanza. Edna
escribió el contrato matrimonial en un papiro. Así
fue como Ragüel entregó a su hija de acuerdo con la
ley de Moisés. La madre acompañó a Sarra
para preparar el lecho, pero el llanto la embargó:
– Ten confianza, hija; que el Señor del Cielo te
dé alegría en vez de esta tristeza. Ten confianza,
hija –Y salió.
–
Asmodeo estuvo escuchando en cuclillas bajo una ventana. Cuando
quiso entrar en la cocina ayudando a un sirviente para el banquete
que la familia improvisó, Ragüel cerró las
puertas de la casa y echó a todos. Rafael ya había
imaginado que se tomaría tal decisión, así
que empezó a montar guardia mientras buscaba incesantemente
el rostro de Asmodeo.
Después de comer y beber, Tobías y Sarra fueron
hacia el aposento. Tobías recordó el hígado
del pez y, como Azarías le inspiraba confianza, lo dejó
sobre las brasas donde Edna había encendido dulces perfumes.
Tobías y Sarra estaban asustados y el novio se refugió
en su Dios para que no les quitase la vida:
– ¡Bendito seas tú, Dios de nuestros padres!
Tú creaste a Adán, y para él creaste a Eva,
su mujer, para sostén y ayuda. Yo no tomo a esta mi hermana
con deseo impuro, mas con recta intención. Ten piedad de
mí y de ella y podamos llegar juntos a nuestra ancianidad.
Asmodeo
se asomó a la ventana de la habitación y escuchó
el rezo, pero el humo del pescado buscó salir por la ventana
y se encontró con el intruso, quien empezó a toser
y llorar por la pestilencia. Sus regaños y los ladridos
avisaron de inmediato a Rafael, quien lo reconoció y empezó
a dar voces. Los sirvientes que esperaban fuera cercaron a Asmodeo,
quien con los ojos aún enrojecidos, empezó a silbar:
culebras y lagartijas lo rodearon para defenderlo. Rafael retrocedió
espantado. Asmodeo marchó hacia él animando el ataque
rastrero de sus huestes. Poco había avanzando cuando Rafael
empezó a orar en una lengua desconocida y a aplaudir para
despertar a las aves. Las más grandes se lanzaron sobre
las alimañas que huyeron a esconderse. Asmodeo perseveraba
en tratar de alcanzar a Rafael mientras juraba inútilmente
su inocencia. Pero después de haber visto tales maravillas,
los hombres se armaron de valor con los gritos de las mujeres
y saltaron sobre el mago, todavía desconcertado por el
aleteo. Asmodeo luchó hasta el final. Mientras lo ataban
de pies y manos a un gran madero para la leña, Rafael le
encaró su venganza y el mal uso de los conocimientos que
su padre había cultivado. Fue escondido en la porqueriza
para no amargar la alegría de Ragüel, quien decidió
celebrar con cuarenta días de banquete las bodas de Sarra
y Tobías. Pero el joven esposo anunció que debía
regresar con su padre. Edna y Ragüel se despidieron con lágrimas
de sus hijos. Tras haber avanzado un buen trecho, Rafael le dijo
a Tobías que se adelantara para que preparase la bienvenida
de Sarra, y es que quería asegurarse de que Asmodeo no
hubiese escapado de su encierro.
Ana pasaba los días contemplando el camino a Nínive
y cuando vio llegar a su hijo corrió hasta poder abrazarlo.
(Asmodeo nunca pudo conocer aquella alegría en el rostro
de Ana.) Tobit caminó guiado por los gritos de su mujer,
tropezándose con sus propios pies y con el perro que también
estaba emocionado. Y como Azarías le inspiraba confianza,
Tobías se acercó a su padre y sopló la hiel
en sus blancos ojos. El anciano estaba muy confundido por el alboroto,
pero su hijo le ordenó esperar. Tobit tomó como
una buena señal la firmeza que por fin había surgido
en las palabras de su hijo, quien le contó a él
y a su madre el éxito del viaje, que traía el dinero
y de cómo se había casado con Sarra y vencido la
maldición. Su mujer llegaría en cualquier momento.
Cuando las escamas estuvieron secas, las retiró con cuidado
de los ojos de su padre. Tobit guardó su emoción
y pudo salir a recibir a su hija y contemplar la alegría
de todos. Desde la puerta buscó judíos pobres para
festejar con él, y notó que faltaba Azarías.
Le pidió a Tobías que fuese a darle el pago que
le habían prometido. Tobías fue a buscarlo, pero
Rafael había partido dejándole dicho que les deseaba
buena fortuna y confianza en Yavé.
Nadie en Nínive pudo ver a Rafael llevando atado a Asmodeo
por el camino hasta que se cruzó con una caravana que se
dirigía a Egipto. Rafael vendió a Asmodeo como esclavo.
Muchos años después, se contó en Media que
Asmodeo, aún atado, murió a orillas del Nilo invocando
el nombre de su Ana y llamando a su madre: cuentan también
que la magia agotó su corazón.
El alma de Tobit se había convertido en un espíritu
amargado, pero apenas pudo ver, vio en Ana al rostro más
amado por su corazón. Tanto se alegró, estaba tan
feliz, que decidió unir toda la ternura que aún
escondía para escribir la historia del demonio Asmodeo,
vencido por el ángel Rafael. Y cuando una tarde, en el
campo, vio a su hijo besar a Sarra, decidió llamar a esta
historia El libro de Tobías.
©
Carla Sagástegui
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Carla
Sagástegui |
Lima,
1971 | Estudió
lingüística y literatura en la Universidad
Católica del Perú. Ha realizado estudios
de post-grado en el Centro de Investigaciones Casa de
las Américas en La Habana, Cuba. Su labor literaria
le ha merecido distintas menciones y publicaciones en
los concursos de la Universidad Católica, Magda
Portal y COPE. Es autora del libro de cuentos La
vida íntima de Madelaine Monroe.
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