Un modo de sentarse


El sábado por la tarde, mientras lavaba los platos del almuerzo, con todo el sol dándole en plena cara desde lo alto del tragaluz, Cecilia iba pensando en qué ropa se pondría para la fiesta de esa noche. Mauricio había telefoneado antes a la casa del vecino, diciendo que pasaría por ella a eso de las ocho, y ella se había emocionado, imaginando las caras de sus amigas cuando vieran estacionarse frente a la quinta el auto azul del muchacho que había conocido días atrás en un centro comercial. Terminó de lavar, secar y colocar los platos en el repostero, y fue a su cuarto a revisar el viejo armario donde colgaban algunos vestidos. «Menos mal que me compré zapatos», se dijo, extrayendo un faldón y una blusa de dril y poniéndolos cuidadosamente sobre la cama. Se dio un baño, canturreando alegre, sin ningún apuro; luego, se puso el camisón de dormir y estuvo viendo televisión con sus hermanos.

Hacia las seis y media fue al tocador y empezó a pintarse. El tiempo pasó inadvertidamente entre el rouge, las sombras, el esmalte de uñas y los delineadores; cuando Mauricio tocó el timbre de la puerta, ella acababa de vestirse y se peinaba, contenta, ante el espejo. Lo hizo esperar todavía unos minutos, para que él no creyera que había estado impaciente por verlo, y salió a su encuentro con los rizos colgándole de la frente.

Dentro del auto, dejó que le acariciara la mejilla y el cuello, y se ocupó de alternar la música, metiendo y sacando las cintas de la casetera del radio a su regalado antojo. Estaba tan entretenida en esto, que apenas si se dio cuenta que Mauricio había detenido el auto en medio de un parque y ahora la miraba con una expresión ansiosa en el rostro. Entonces Cecilia se puso rígida, viéndolo venir con la boca entreabierta, y lo detuvo antes de que la abrazara, a pocos centímetros de sus labios. No quería que pensaran en ella como una chica fácil, de modo que estuvo luchando con Mauricio un buen rato, hasta que éste maldijo, arrancó el auto y condujo sin dejar de mirar la pista el resto del camino.

Llegaron a la fiesta en todo su apogeo. La música emergía de amplios parlantes colocados a ambos extremos; varias parejas bailaban en medio de la sala; dos o tres mozos iban de aquí para allá con surtidas bandejas, y el humo de los cigarrillos, las conversaciones al mismo tiempo y en voz alta, el ruido de vasos y botellas, todo eso confundía a Cecilia y hasta la mareaba, metida de pronto en este ambiente cálido donde el olor de los perfumes y desodorantes se elevaba como un hálito penetrante. Mauricio la presentó a sus amigos; ella sonrió y adelantó la mejilla, y estuvo tratando de participar en la conversación mientras recibía una copa y bebía a sorbos cortos. Había gran movimiento, no sólo en la sala, sino también en la cocina y en el patio interior. Algunos pasaban de un lado a otro con botellas en la mano; otros, fumaban, brindaban o se desternillaban de risa. La mayoría de los jóvenes tenían el rostro encendido, bailaban eufóricamente o, por lo menos, meneaban el cuerpo en su sitio al compás de la música.

El inicio de una nueva canción alborotó a las chicas. Cecilia se contagió de aquel ánimo repentino y empezó a mover los pies, las caderas, pero cuando se volvió hacia Mauricio para que la invitara a bailar, él ya no estaba. «Habrá ido al baño», pensó, y dejó su copa vacía sobre la fuente del mozo, antes de coger otra llena. Uno de los muchachos, cuyo nombre no lograba recordar, comenzó a contar chistes que no tenían mayor gracia; el pequeño grupo que lo rodeaba fue disminuyendo —rostros nuevos iban reemplazando a otros que desaparecían—, hasta que el mismo muchacho se excusó, aduciendo que debía saludar a alguien, y ella quedó con un grupo de chicas que no conocía. Eran chicas alegres, deslenguadas; de vez en cuando la miraban de reojo y cuchicheaban con descaro. Actuaban como si quisieran evitarla, dándole la espalda, viendo a otro sitio, riendo entre ellas como si Cecilia no existiera; y de un momento a otro una por una —esto lo notó con gran angustia— se fueron yendo dejándola sola. La última en irse le sonrió todavía, entre burlona y apenada, y Cecilia se sintió profundamente mal, giró en redondo, vio un asiento vacío y fue a sentarse.

Con la copa en la mano tuvo la impresión de que todos la estaban mirando. Bajó entonces la cabeza, se miró las uñas pintadas, el faldón, los zapatos nuevos de tacón alto. «Ya vendrá Mauricio», pensó. «Seguro que ha encontrado a alguien en la cocina o en el patio de atrás y está conversando». Bebió un sorbo, que le supo amargo, y contempló sin demasiado interés a las parejas que bailaban. Éstas se movían con soltura, haciendo quiebros y dando saltitos, agitándose rápidamente. Ella seguía el ritmo taconeando en su asiento. Era buena para el baile, no necesitaba ni siquiera practicar, incluso enseñaba a sus hermanos menores cuando no estaba ocupada en tender las camas o lavar los pañales amarillentos de su hermanita Nancy, la menor. Ahora, a pesar de todo, ardía en ganas de bailar, como en las fiestas que organizaba su colegio a la vuelta de la casa, esas verbenas bulliciosas en las que los muchachos hacían cola para sacarla a la pista.

La música se detenía unos segundos y volvía a surgir, y en cada inicio, en cada primer compás, Cecilia guardaba la esperanza de ver una mano extendida frente a ella o una voz varonil invitándola al centro de la sala. De vez en cuando se llevaba la copa a los labios, aunque ésta hacía rato que estaba vacía, y aquel gesto mecánico la entristecía un poco, como si estuviera aferrándose a un tic sonso ante su inmovilidad. Transcurrido un buen tiempo, su postura comenzó a incomodarla; se balanceaba ligeramente en la silla, tamborileaba con los dedos el borde de la pata, resoplaba intranquila una y otra vez. No sabía hacia dónde mirar mientras los muchachos pasaban de largo y sacaban a las chicas sentadas más allá; y los amigos de Mauricio parecían ya ni reconocerla, la miraban apenas, como dudando, y extendían la mano hacia la chica que estaba al lado o, simplemente, daban la vuelta y regresaban por donde habían venido. Cecilia ya no quería ni levantar la vista porque sabía que iba a ver lo de siempre: parejas alegres bailando al compás de la música, en tanto que ella, cuyas ganas de bailar aún no mermaban, permanecía clavada en su asiento. «En el aula varios compañeros quieren sentarse a mi lado», pensó; pero en seguida cayó en la cuenta de que sólo era en época de exámenes, aunque la profesora Benítez dijera que los muchachos paraban detrás de ella no sólo por sus buenas notas sino también por su carita de yo-no-fui.

Cuando habían pasado algunas horas (horas interminables para Cecilia que maldijo haber venido a la fiesta); cuando le dolía ya el trasero y estaba segura que pronto iba a sufrir calambres en las piernas, vio repentinamente a otra chica que parecía, también, en una actitud de espera. Cruzaron las miradas. La chica intentó sonreírle; pero Cecilia desvió rápidamente la vista. Volteó de nuevo, con mayor cautela, y ahí estaban los ojos de la chica fijos en ella. Ambas eran las únicas que estaban sentadas frente a la euforia de los bailarines, y esto la obligó a devolverle la sonrisa, antes de mirar hacia otro lado. Como la hilera de sillas apenas las separaba, la chica se acercó.
—Está buenazo el tono, ¿no? —comentó.
—Sí, muy bueno —respondió ella.
—¿Has venido sola?
—No, con Mauricio. ¿Lo conoces?
La chica lanzó un suspiro.
—Claro que lo conozco. Es bien churro, ¿no?
Cecilia asintió, con un brillo triste en los ojos. A ella sólo le atraían los muchachos guapos, aquellos que tenían rasgos parecidos a los actores de cine o de televisión, y esa norma muchas veces la influía al momento de tomar decisiones, como rechazar a un muchacho bastante avispado pero ligeramente narigón, o a otro muy inteligente pero demasiado gordo, o bajito, o moreno. Era como una balanza que sopesaba meticulosamente, por encima de muchos otros valores, y de la que ahora empezaba a lamentar.
—Ya decía yo cuando te vi sola —dijo la chica—: Seguro que a esta mocosa la ha traído Mauricio. ¡Ah, ese idiota! Pero no pienses que eres la única. A mí también me la hizo y a otras chicas que están acá. ¿Ves a esa flaca que acaba de entrar? Con ella fue peor porque después no le quiso ni dirigir la palabra. ¿Y esa otra parada en la puerta? Esa chica ya se resignó, hasta dice que no le gusta bailar. Yo, en cambio, aún no pierdo la esperanza. Además, vine sólo porque Wendy es mi amiga.
—¿Wendy?
—Sí, la que ha organizado todo esto. ¿No te habló de ella? ¡Vaya! Por lo visto ni siquiera te la ha presentado.
Cecilia tuvo ganas de llorar, bajó la cabeza y vio el parquet reflejando sus zapatos. Había acabado la música y las chicas volvían a sentarse, mientras los muchachos cogían las botellas y brindaban, chocando los vasos. Los parlantes nuevamente escupieron una canción y la sala entera se animó. Hubo arrastre de sillas, grititos de entusiasmo, una que otra palmada y, de repente, Cecilia oyó la voz de un muchacho entre ella y la chica que se había acercado.
—¿Bailamos? —volvió a decir el muchacho.
Ambas no sabían a quién se dirigía. Se miraron fijamente, como si aún no lo creyeran, y Cecilia hizo el ademán de levantarse, pero la otra estiró la mano, cogió al muchacho de la muñeca y lo llevó hasta el centro de la sala. Cecilia quedó boquiabierta; luego sintió cómo la cólera se apoderaba de ella mientras veía a la chica bailar, feliz, junto al muchacho. «Será mejor buscar a Mauricio para que me lleve a mi casa», pensó. Se levantó, fue hacia el comedor, al patio interior; pero sólo vio a gente desconocida. Entró en la cocina y preguntó por él.
—¿Acaso ha venido? —inquirió una señora.
—Sí, chola. A mí me parece haberlo visto por ahí —dijo otra—. Debe estar en la sala, mamita. Ah, y cuando lo encuentres dile que no sea ingrato y que venga a saludar a su madrina.

Cecilia inspeccionó en los pasillos, volvió al comedor, miró a todos lados por entre nucas y espaldas, brazos y botellas; pero no lo pudo hallar. Algo le impedía hablar con los de la sala, había como un aire contenido dentro de aquel grupo, una especie de vaho repulsivo, de aliento hostil que ya no podía respirar. Se acercó finalmente a una señora, cuyo rostro le dio confianza, y preguntó si había visto a Mauricio.
—¡Pero si ya se fue hace rato! —exclamó la señora—. No estuvo ni cinco minutos y ahí nomás se despidió. Salió por la puerta trasera. Qué raro, ¿no? Estaría escondiéndose de alguien, me imagino.
Cecilia tragó saliva, a punto de gemir, y esto le produjo una arcada que la llevó a entrar de inmediato al baño. Sacó un pañuelo de su bolso y se enjugó el sudor. «¡Estúpido!», masculló. «¿Quién se cree que es?». Hurgó dentro de la billetera, esperando que le alcanzara para el taxi —puesto que a esta hora no había muchos ómnibus circulando por las calles—; pero lo poco que tenía no era suficiente. «¿Y ahora cómo me voy?», pensó, «¿cómo regreso a mi casa?». Lamentó en lo más profundo haber conocido a Mauricio, y se reconvino a sí misma por dejarse deslumbrar con tal facilidad. Cuando salió del baño la fiesta empezaba a declinar. Algunas parejas se despedían; otras, se aprestaban a salir. La sala poco a poco se fue despejando. Muchachos salían abrazados, tambaleándose, balbuceando incoherencias; y ella buscó a la chica con la que estuvo hablando, la ubicó dentro de un grupo que transponía el umbral de la puerta y fue tras ella. La sujetó del codo.
—¡Mauricio no está! ¡Se ha ido! —dijo con voz temblorosa.
—Es tu problema, mamacita —dijo la chica—. Ahora ya no estoy contigo. ¿No viste que el chico me sacó a bailar? Busca a esa flaca que te dije, o a la otra, todavía deben estar adentro. Yo ya me voy.
Se soltó y corrió a unirse al grupo. La angustia invadió a Cecilia. No supo si gritar o estallar en llanto. Se quedó allí, de pie, sin decidirse a hacer algo; luego entró lentamente en la sala, fue a ubicarse al mismo sitio donde había estado toda la noche y ahí, sentada, abstraída por completo del ruido exterior, de la música estridente, del tintineo de los vasos, de las pocas parejas que aún bailaban, esperó que amaneciera.


Cuando las primeras luces del día se filtraron por la ventana, Cecilia se levantó, caminó sorteando botellas y vasos descartables, avanzó entre los ronquidos de algunos muchachos acostados en los sillones o dormitando sobre la mesa del comedor, y abrió la puerta de la calle. Salió en silencio. El viento golpeándole en la cara no era más que una ligera molestia. Llegó al paradero, tomó el ómnibus que la llevaba a su casa y, ubicándose al lado de la ventanilla, no quiso pensar en lo que le pasaría más tarde. «Me vienes máximo a la una», había dicho su madre. Y ella incluso había protestado: «Pero, mamá, si voy a venir en el carro de Mauricio».

Ahora no tenía ni ganas de hablar mientras bajaba del vehículo y avanzaba a pasos lerdos, sintiendo cómo el nudo en la garganta le impedía respirar. Tocó apenas la puerta, como para no despertar a sus padres, y menos mal que fue uno de sus hermanos quien le abrió. Pasó de largo, sin mirarlo siquiera, sin escuchar sus acalorados reproches con una voz atiplada de niño acusón, y siguió de frente hasta subir al cuarto. Cerró la puerta tras de sí, con el rostro enteramente congestionado; avanzó unos pasos, rápidos pasos en los que aflojaron sus rodillas, y, dejándose caer sobre la cama, con un dolor profundo carcomiendo su interior, sintiéndose más sola que nunca, rompió a llorar.

 

© Carlos Rengifo


Carlos Rengifo | Lima, 1964 | Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres. Ha participado en diversos eventos literarios en Lima, como el 2do y 3er Encuentro de Escritores Jóvenes convocado por la Asociación Peruana de Promotores y Animadores Culturales, (APPAC); la Bienal Arte de los Noventa, realizada en la Biblioteca Nacional del Perú; y el Primer Encuentro de Nuevos Narradores Ernest Hemingway, organizado por la Universidad Federico Villarreal. Es autor de los libros de cuentos El puente de las libélulas, Criaturas de la sombra y de la novela La morada del hastío. Ha ejercido el periodismo y colaborado activamente en revistas literarias peruanas, como Imaginario del arte, Sieteculebras, Arteidea y El Ornitorrinco.


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