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Café
Lumière

En mi
cuadro café de noche he intentado expresar que
el café es un lugar en el que uno pude arruinarse,
volverse loco, cometer un crimen, finalmente he
buscado a través de los contrastes entre rosa suave y
rojo de sangre y vino, los verdes claros de Luis XV y
veronés en contraste con los verdes amarillentos y los
verdes azulados duros, crear una atmósfera de horno
infernal, de azufre desvaído para expresar el poder de
las tinieblas en un tabernucho.
Van
Gogh
A LO LEJOS LOS PORTALES DE LA PLAZA. En un extremo, junto a la
pileta, la vieja banqueta donde Liz Amont vendió su cuerpo
por un par de galletas de soya. Y a unos metros, la rejilla verde
del viejo Café Lumière. Aún no llegaban los
parroquianos que cada día pernoctaban en las duras sillas
del Café. Casi siempre era la misma historia: todos mirando
su taza de café, agua mineral, sopa o pan con palta, sin
decirse nada. Era así la cosa en el Café Lumière,
justo cuando el sol levantaba sus alas y las paredes de la calle
Bretón se alzaban, polvorosas, sobre las pupilas renegridas
del joven Ernesto, que acababa de llegar con su desvencijado maletín
escolar. Llegó a la hora de costumbre y se sentó
junto a la ventana que daba a la calle Kissinger. Era otoño
y un viento feroz hacía que los papeles dieran vueltas
y vueltas en las veredas hacia quién sabe dónde.
El joven Ernesto se sacó las gafas de carey, miró
a su alrededor y vio al viejo Sam sentado al fondo del establecimiento.
Hey Sam, ven aquí y cuéntame otra vez lo de la negra
Margarita. Sam lo miró con cierto rencor porque había
llegado demasiado temprano a su cita diaria. Él aún
no terminaba de sorber la sopa de fideos delgados y acuosos que
la madre Vilma, dueña del Café, solía preparar
todas las mañanas para tipos como el viejo Sam. Él
era un yanqui alto que, en sus buenos tiempos, solía andar
por todas las autopistas de la Unión Norteamericana montado
en un Chevrolet del ’58 con sus dos putas de rigor. Sam
nació en Kentucky hace ya muchas décadas, cuando
aún, solía decir, el viento era viento y no esa
cagada que ahora corre allá afuera. Así era Sam,
viejo y colorado, experto en desvirgar niñas y matar perros
a pedradas. Ernesto lo conocía desde hacía muchos
años, cuando Sam aún no sabía nada de la
ciudad y era sólo un turista perdido buscando un poco de
mariguana. Ernesto trabajaba con un grupo de muchachos en las
puertas de los cines. Robaban carteras y todo lo que pudieran
para sobrevivir. El gran Sam lo recogió de las calles y
lo llevó a su hotel en la calle Córdova, a unos
cien metros del burdel más barato de la ciudad. Él
se sentía solo y tenía necesidad de un amigo. Así
que recogió a Ernesto y fueron grandes compañeros
durante mucho tiempo, hasta que una tarde se agarraron a golpes
por una cuestión de faldas. Se enamoraron de la misma puta.
Esa tarde se miraron a los ojos y en verdad pensaron en matarse.
Alguien había traicionado la amistad y no era precisamente
Ernesto quien lo había hecho, tampoco Sam: era la vida,
como al final ambos concluyeron cuando ya estaban en el hospital
por los cortes que se hicieron. Ahora ya están bastante
ancianos, aunque todavía se sigan haciendo llamar joven
y viejo. Sam frisa los ciento veinte años y Ernesto los
ochenta, mínimo. Pero Ernesto sigue siendo un muchacho
para Sam, aunque sólo tiene aproximadamente cuarenta años
menos que él, y eso cuenta, a pesar de que ambos sean igual
de viejos.
LA CAMPANA DE LA IGLESIA ACABABA DE SONAR TREINTA Y CINCO VECES.
Y más de uno en el Café Lumière ha esbozado
una sonrisa. Treinta y cinco veces. ¿Qué hora será?,
preguntaban todos, y cada uno se imaginaba el tiempo que medía
la campana. Ofelia Gulog, mestiza de cuarenta y nueve años,
imaginaba que era hora de conseguir un verdadero amante, capaz
de someterla a los peores sacrificios como prueba de amor. Era
una ninfómana, no había duda. Además, eso
había quedado demostrado la noche en que se metió
con un marinero al hostal Ambarino. Se dijo que el marinero era
ruso, otros afirmaron que se trataba de un normando. En fin, lo
cierto es que el tal marinero salió medio muerto del hostal,
maldiciendo a Ofelia por todos los mordiscos que le había
hecho en la verga. Era loca, loca. Por eso sólo los recién
llegados al Café aceptaban irse con ella; el resto ya conocía
sus intenciones. Por un buen tiempo nadie hablaba con ella, pues
era conocida como la vampiresa del barrio Lenner. Es más,
hasta había hombres que declararon en más de una
oportunidad que ella había intentado chuparles la sangre
mientras se encontraban distraídos o dormitaban en las
mesas. Ofelia, inclusive, estuvo a punto de ser linchada por los
parroquianos. Pero después, Adrián, el dueño
del Café y marido de mamá Vilma, la dejó
quedarse con la condición de que no volviera a intentar
nada de eso con nadie. Y así fue. Hay testigos.
EL CAFÉ HUMEA LA TARDE, se expande, haciéndose distante
hasta desaparecer entre las orejas de Sam, que observa cómo
todo se bifurca en su mirada, se torna denso, haciéndole
sentir que el mundo cambia, se transforma en algo distinto, inmaterial.
Yo nací en un ferrocarril de la Unión hace mucho,
cuando aún se hablaba de indios y vaqueros, dijo mirando
como alucinado el vapor de su taza. Ernesto hace como si no lo
entendiera y mira distraído hacia otro lado. Los susurros
de la gente se confunden con el ruido que acaba de entrar como
una tromba en el Café. Era un ruido embrutecedor. Algo
fuerte en sus oídos llenos de cerilla. Sam levanta la frente,
mira el techo, suspira y recuerda esos veranos terrosos en una
granja de Kentucky. Granja que luego se convertía en un
avión enorme lleno de pasajeros y azafatas, después
en una plaza semidesierta donde había muchas palomas y
transeúntes que lo miraban con cara de miedo. Gringo, gringo,
le decían, y él no entendía bien qué
sucedía ni por qué estaba ahora en esa ciudad desconocida
y no en su Kentucky. Había llegado en la época del
hambre y todos lo miraban con cara de carnada. De repente se lo
hubieran comido vivo si es que Sam no muestra su Colt y los mirones
huyen despavoridos. Sam era enorme y el hombre que acababa de
entrar al Café también, tal vez mucho más
que Sam, porque era joven, veinte años por lo menos, y
usaba botas de montar y otros accesorios de vaquero. Te vi en
la televisión, dijo Ernesto al verlo entrar. El tipo no
lo miró, sólo hizo un guiño y siguió
mirando a Sam, que sabía de lo que se trataba. ¿Y?,
dijo el recién llegado. Sam lo miró desde su mesa,
se paró y al instante le comenzaron a temblar las manos.
El tipo se llevó las manos a los bolsillos, con los dedos
imitó una pistola y gritó ¡bam, bam!, y se
echó a reír. Estás viejo Sam, dijo, ya no
le atinas a nada amigo, y eso es terrible para un vaquero como
tú ¿no? Sam lo miró con rencor. Sacó
de entre sus ropas su vieja Colt y sin detenerse ante los gritos
de los parroquianos, disparó. El tipo apenas tuvo tiempo
de darse cuenta de lo que había sucedido, pues la bala
le atravesó la garganta y lo tumbó contra el piso.
En segundos, el piso se llenó de abundante sangre. Ernesto
miraba impávido lo que Sam había hecho. Y Sam no
decía nada, hasta que por fin balbuceó: nunca juegues
a la muerte con un vaquero, menos aún si no tienes pistola.
Después se llevaron el cadáver tras el mostrador
y lo arrastraron hasta el patio por la trastienda. Luego todo
volvió a la normalidad, aunque no tanto, porque uno de
los parroquianos hizo una marca en una de las paredes y dijo:
Con éste van doscientos los que se baja Sam, oh, es un
asesino, y de los peores ¿no? Ernesto volvió a sentarse
al lado de Sam, que sudaba copiosamente. El hambre, es el maldito
hambre, decía Ernesto mientras se llevaba la taza de café
a la boca. Sam no lo miraba pues estaba ensimismado en sus recuerdos
de Kentucky. Ernesto seguía diciéndole cosas, contándole
ahora que venía de una clase en un instituto cerca del
bulevar Lenner. Le contó que tenía unos cincuenta
alumnos a los que enseñaba a ver el mundo con ese mismo
brillo con que ellos se miran a veces, cuando la tarde enciende
su frente y nada puede volver a ser como antes. Es que no entienden,
decía Ernesto, se pasan las horas mirándome sin
decir nada, están mal, nunca harán nada bueno, sucumbirán
totalmente a esta época. Sam mascullaba oraciones encogido
en su asiento. En ese instante se acercó Berta, la mujer
del peluquero Elías, a quien Sam también mató
en un duelo. La mujer le entregó una rama oscura, llena
de espinas. Es para cuando llegues al infierno, Sam, para cuando
llegues al infierno. Sam la miró e hizo un guiño
inocente, luego recibió la rama y se la comió por
trocitos. La mujer se fue dejando en el ambiente su olor a agua
de azahar y timolina. Ernesto volvió su mirada hacia Sam
y le habló de Josefina, la secretaria del instituto. Le
comentó de sus hermosas piernas largas y de su cara ovalada
como un extraño disco. Es preciosa, si la vieras Sam, si
la vieras, murmuró Ernesto sudando de excitación.
Poco después, Sam le pidió que se fuera porque quería
estar solo. Ernesto se retiró lentamente a su mesa original.
Otra vez el tiempo aburrido danzando en sus cabezas. Otra vez
la letanía enferma rasguñando sus húmedos
zapatos.
EN EL OTOÑO TAL VEZ LA TRISTEZA ESCAMPE, fue la única
frase que en toda la tarde se le escuchó decir al guardián
de la casa de los Del Valle, mientras mordisqueaba un trozo de
pan. Ernesto aún no comprendía la actitud de Josefina,
no comprendía su manera de negarse a sus requerimientos.
No soy feo, y ochenta años no significan nada en estos
tiempos, decía mientras observaba la calle Belén
a través de los cristales de la ventana. La dueña,
mamá Vilma, apareció entre los parroquianos trayendo
galletas de animalitos. Se imaginaba que estaba otra vez en una
de sus fiestas infantiles y regalaba galletas de animalitos a
sus amiguitos. Los parroquianos ya estaban acostumbrados a esos
quiebres mentales y aceptaban gustosos sus galletas. Adrián
miraba con lástima a su mujer, lástima que no le
impedía hacerla trocitos en la cama cada noche. Adrián
era un amante fogoso. Fue así desde niño, cuando
se subía a las ancas de las vacas y burras de su pueblo
y copulaba con ellas. A mamá Vilma le impresionó
su enorme capacidad sexual desde que su madre la entregó
a aquel hombre de espaldas morenas. En la noche nupcial, Adrián
le arrancó el delgado vestidito rosa que traía encima
y la arrojó en la cama. Y, sin decirle ni preguntarle nada,
se tiró sobre ella. La forzó toda la noche. A ratos,
mamá Vilma sentía que se iba a partir en dos con
tanto empuje de Adrián, pero esa mezcla de dolor vaginal
y placer desconocido la indujeron a seguir ahí, tendida,
con Adrián encima, gimiendo, gimiendo. Así eran
las noches de mamá Vilma desde hacía ya más
de setenta años. Ahora estaba repartiendo galletitas de
animalitos. Como de costumbre Sam escogió los caballos
y Ernesto un pez. Él siempre deseó vivir cerca del
mar, pero sus padres nunca quisieron porque era asmático
y la brisa marina le producía terribles accesos de tos.
Cuando se escapó de su casa tampoco pudo hacerlo, porque
temía enfermar y morir como un perro en la calle. La puta
Ofelia Gulog escogió un burro y todos los parroquianos
se rieron, pero Ofelia no se inmutó y ante la vista de
todos se lo comió. Luego, habiéndose terminado las
galletas, mamá Vilma quiso seguir con su fiesta imaginaria
y sacó a Ernesto a bailar una pieza inexistente. Ernesto
no se dio cuenta de cómo sucedió, porque al bajar
la mirada se encontró con los viejos senos de mamá
Vilma girando junto a él en medio del Café. Adrián
miraba toda la escena desde el mostrador, y esbozaba una sonrisa
nerviosa cada vez que en la excitación del baile su mujer
rozaba con sus labios la mejilla de Ernesto. Inclusive, en algún
momento tuvo la impresión de que se dieron un tímido
beso en la boca. Él se hacía el que no veía
y seguía limpiando las lunas del aparador. Al terminar
la pieza llamó a su mujer, la llevó a la trastienda,
le bajó la falda y el calzón y la forzó durante
más de dos horas. Los parroquianos escuchaban los gritos
de angustia y desesperación de mamá Vilma. Eso era
común en aquel Café. En ese instante Ernesto deseó
estar en el lugar de Adrián y ser capaz de acariciar los
muslos secos de la dueña del Café, aunque en su
mente se le apareciera el rostro de la secretaria Josefina. Luego
la tarde embruteció nuevamente sus conciencias y muchos
se quedaron dormidos, aburridos de los largos quejidos de mamá
Vilma y la cara de Sam aplastada en la mesa, como si no estuviera
ahí, sino en algún lugar de Kentucky.
EN
LA MIRADA OPACA DEL VIEJO SAM súbitamente comenzó
a dibujarse un raro hilo de luz proveniente de quién sabe
dónde. Oh, mierda, la parca otra vez, balbuceó mientras,
como queriendo borrar esa luz, abría y cerraba los ojos
desesperadamente. Al final, la luz desapareció y en su
lugar estaba la cara dura y contrahecha de Adrián, que
desde el mostrador lo miraba compasivo. Hey viejo ¿necesitas
algo?, balbuceó el dueño del Café rascándose
su redonda panza desnuda. Sam hizo como si no lo hubiera escuchado
y comenzó a pensar en la muerte. ¿Moriré
alguna vez?, decía mirando al mundo dar vueltas casi como
un remolino interminable. Mi vida en Kentucky, dijo después,
el barco enorme que un día me arrojó a las aguas
del Mediterráneo, todo el hachís que fumé
en Turquía con la hindú Nora. ¡Quién
lo hubiera pensado!, el viejo Sam viajó por todo el mundo
antes de venir a encallar como un viejo galeón en este
Café, tan triste como ninguno. En eso pensaba mientras
sus manos comenzaban a temblar debido a una antigua dolencia que
afectaba sus nervios. En efecto, esa enfermedad la contrajo hacía
muchos años en un duelo que libró con la muerte.
Estaba en Bolivia buscando minas de oro cuando una noche, mientras
dormía muerto de cansancio en la cueva de un cerro, apareció
a su lado Gregory, el chiquillo pecoso y malandrín con
quien solía pelear a muerte en su barrio de Kentucky. ¿Qué
haces aquí?, fue lo único que se le ocurrió
preguntar a Sam. El otro no parecía darse cuenta del lugar
donde estaba, pero cuando escuchó la voz de Sam cogió
una piedra y se la arrojó. Sam, en un alarde de agilidad,
la esquivó. Entonces Gregory se le fue encima, golpeándolo
en la cara y en las orejas. Ambos se golpearon muy duro, como
en los años que vivían en Kentucky. ¿Pero
qué hacía ese muchacho en medio de la puna? Según
recordaba Sam, él había muerto al caerse de un árbol
cuando ambos eran unos niños. Entonces, ¿quién
era ése que ahora lo enfrentaba con tanta rabia? No recuerda
con exactitud aquella pelea, pero sí que fue muy violenta.
También recuerda que todo eso fue muy extraño, pues
al dejar de sentir el polvo y el sudor de Gregory invadiendo sus
narices, sólo vio un cielo muy azul y diáfano sobre
su cabeza. ¿Fue un sueño? No lo sabe. Lo cierto
es que Sam siempre lo había vencido, y esa vez también.
Mucho después, consultando el caso a un indio boliviano,
se enteró de que en verdad se trataba de un encuentro con
la muerte. Sí, había sido la muerte quien tomó
la forma de Gregory. Y Sam la venció. Pero esa no fue la
única vez que la enfrentó. Hacía muchísimos
años, mientras limpiaba baños en un cine bonaerense,
un tipo se le acercó y le dijo que había venido
desde muy lejos a matarlo. Sam rió un poco, pero al ver
el cuchillo resplandeciendo en la oscuridad se le fue encima.
Y Sam volvió a vencer. Así había encarado
a la muerte innumerables veces. Y no eran alucinaciones, sino
sucesos muy reales, como tener un cuchillo hincándole el
pescuezo. Ahora también había pasado algo similar,
pues mientras recordaba todo esto un hombre apareció en
su mesa con un vaso de whisky entre sus manos. El tipo lo miró
fríamente. Sam ni siquiera se inmutó. El otro no
dejaba de mirarlo. Lo curioso es que nadie en el Café parecía
haberse percatado de su presencia. Todos seguían en lo
suyo: Ofelia Gulog debajo de la mesa, muerta de cansancio y borracha
como nunca; Adrián y mamá Vilma en la trastienda,
Ernesto en la otra mesa, aquella que da a la calle Kissinger.
¿Qué hacer? Era la muerte otra vez, estaba seguro.
¿Y ahora? Nada, pues cuando el tipo terminó de beber
su whisky desapareció en el aire como si no hubiera sido
más que su imaginación confundiendo la pavesa que
se levantaba sobre sus ojos. Después, Sam rió tanto
que los demás parroquianos voltearon a verlo. Entonces,
cuando se vio observado, cambió bruscamente de expresión.
Se encogió en su silla y trató de pasar desapercibido,
cubriéndose la cara con el vaso. Mierda, dijo, he vuelto
a burlar a la muerte y, como siempre, nadie se ha dado cuenta.
Eso dijo mientras una música leve, casi imperceptible,
comenzaba a sonar en su memoria. ¿Un vals? ¿Una
nota de Chopin o el sonido del mar Mediterráneo atropellando
en sus oídos? No, era otra vez ese hilo de luz refulgiendo
en su mirada, una mirada torva, imprecisa, como de humo. Poco
a poco esa música luminosa comenzó a crecer y crecer
hasta cegarlo. Era de una claridad impresionante. Parece de nácar,
pensó extasiándose con esa blancura tan dura. Sí,
porque a Sam siempre le gustaron las cosas duras, esas que de
pronto irrumpen y lo cambian todo. Así había sido
su vida desde que apareció en este mundo. Inclusive, desde
que era una especie de ratita blanca lloriqueando en una caja
de comestibles, mientras su madre trataba de satisfacer a su marido
en un viejo arcón medieval. Casi siempre el marido se hartaba
del lloriqueo del muchacho y golpeaba las nalgas de su mujer,
ordenándole que fuera a atenderlo. Después él
se iba al traspatio, sacaba una lata de cerveza de algún
lado y se sentaba a contemplar el campo. No se movía sino
hasta quedar completamente mareado, con unas ganas locas de ir
a tenderse en la cama y dormir así se cayera el mundo o
el maldito muchacho comenzara a chillar otra vez. Su madre le
contó eso el día en que Sam le reprochó tantas
cosas. Ella, colérica y amargada, le gritó en la
cara que era un maldito mocoso, un enano de mierda que había
venido al mundo sólo a joderle la vida, a hacérsela
más miserable. Sam al principio no le creyó, pero
luego, conforme pasaron los años y fue atando cabos, se
dio cuenta de que en verdad había venido al mundo sólo
a cagarle la existencia a los demás. Después se
marchó de su casa, no sin antes darle un tiro en la pierna
a su padre y abofetear a su madre. Desde esa época no les
volvió a ver la cara, salvo en pesadillas, cuando aparecían
con la correa en la mano, listos para azotarlo, justo igual como
esa luz que estaba dándole duro en los ojos, trayéndole
tanta desolación a la memoria.
BAJO LA POCA LUZ QUE CAÍA REDONDA SOBRE LOS CANDELABROS
abiertos hacia todos lados, la música corría entre
las patas de las mesas y los filos de los vasos que no cesaban
de chocar entre sí una y otra vez, haciendo un ruido ágil
y chisporroteante. Esa música hacía que la mirada
de Ernesto traspasara las paredes del Café y llegara hasta
el instituto. Entre aquellos enormes retratos de hombres ilustres
se veía haciendo lo imposible por llamar la atención
de Josefina, la secretaria de muslos relucientes. Él amaba
a Josefina. Y no le importaban los gritos de los alumnos en el
salón ni los patios atestados de gente desconocida, sólo
la idea de que detrás de unas cuantas paredes Josefina
estaba llenando actas lo satisfacía. Ernesto, ah muchacho
loco. Te largaste de casa alguna vez y fuiste malandrín
en los puertos de la vida, adoraste animales extraños y
te construiste un universo de luces opacas. Ahora vuelves a este
Café y dejas que todo pase lo más rápido
posible. No importa que ya estés viejo y que Josefina pueda
ser tu nieta. Tampoco que los alumnos te miren con lástima
cuando en plena clase se te va la voz y te quedas solo ante las
docenas de miradas en el salón. Eso te ha pasado muchas
veces. Y siempre la misma historia: coges tu viejo maletín
escolar, saludas lentamente sin levantar la mirada y das por terminada
la clase. Una clase de cómo un hombre puede terminar tan
mal. Era un despojo, es cierto, salvo en los días en que
había un poco de luz en su cabeza. Entonces elevaba la
mirada dominando a su auditorio, y lanzaba una larga y bien elaborada
exposición sobre los griegos y su literatura, El Renacimiento
o sus escritores favoritos. Y soñaba y hacía soñar
a sus alumnos, llevándolos de la mano hacia un universo
de palabras fosforescentes, donde el conocimiento es apenas un
resquicio y el saber se asume en el camino, nunca antes. Pero
ahora Ernesto estaba en una de las últimas mesas del Café
Lumiére, mirando a través de la ventana a la gente.
Se sentía tan lejos de ellos. A veces, luego de mirar durante
horas el tránsito cotidiano y apurado, y darse cuenta de
que estaba separado del mundo por una pared y una ventana, pensaba
que así había sido su vida. ¿Así ha
sido tu vida? ¿Y? ¿Quién sabe? Lo único
verdaderamente cierto es que desde el día que se juntó
con Sam siempre ha tenido la sensación de ser un extraño,
una especie de cómic en el mundo. Sí, exactamente
como uno de esos dibujos de Fontanarrosa. Algo así como
el INODORO PEREYRA, EL RENEGAU. Lo conoció muy pequeño
en una revista muy vieja encontrada en un basural. La leyó
y vio a través de sus historias algo que también
se repetía en su vida. Es decir, la soledad y sus recursos,
las riñas, los robos y otra vez la soledad. Y no de la
pampa argentina, sino la del salvaje asfalto, de la urbe. Oh,
Ernesto, enamoradillo ahora, pero viejo, tan viejo como tus zapatos
rotos y llenos de lluvia. ¿Vivirás para contarlo,
torpe y tímido profesor de cómic? En lo hondo de
tu rara alma, yo sé que existes y que darías todo
por estar en otro lugar, lejos de aquí y cerca de otro
corazón, amigo.
EL SOL RESBALABA LENTO SOBRE LOS ALTOS MUROS DEL CAFÉ LUMIÈRE.
Dentro de poco caería la noche en los tibios párpados
de Sam, Ernesto y los demás. Mirarían, seguramente,
otra vez la luna inmensa desbordándose por el alféizar
de las ventanas, llenando con su gorda cara blanca todos los límites
renegridos. Sí, todos voltearían hacia la ventana
a mirarla. Oh la luna, si en verdad fuera de queso o una mujer
misteriosa, entonces Ernesto dejaría de sentirse mal con
su figura y se olvidaría de Josefina y de sus alumnos del
instituto. Y el viejo Sam podría seguir sorbiendo los largos
fideos acuosos de su espesa sopa. Pero la luna desborda los edificios
y las azoteas, elevándose enorme sobre el asfalto. Y bueno,
es de noche en el Café Lumiére y se prenden las
lámparas de aceite. Adrián se encarga de encenderlas
una a una. Le encanta hacerlo, pues por unos instantes recuerda
sus días de infancia, cuando se la pasaba prendiendo velas
en los entierros mientras su madre no dejaba de llorar por los
muertos. Era su oficio. Y, aunque a él le disgustara la
idea de cobrar por hacerlo, lo aceptaba porque no tenía
otra alternativa. Esta vez era distinto. Se trataba de lamparones
de aceite, unos cuantos tipos en su Café y su mujer, que
desde la barra lo observaba con ojos distantes. Adrián
terminó rápidamente, como para que nadie se percatara
de que el tono de luz había cambiado. Sí, porque
todas las tardes siempre eran iluminadas por las lámparas
de aceite. El sol normalmente estaba moribundo. Por eso tanto
las tardes como las noches en el Café Lumiére eran
iguales. Es decir, la misma luz, la gente, los dueños,
el hondo dolor reprimido siempre en las conversaciones, monólogos
y sueños. Sí, todo era igual, salvo Guy. Oh, loco
impenitente, rata dorada, audaz inventor de sueños, viejo
y maldito genio. Era Guy, sí, quien entraba raudo al Café,
miraba a todos lados como distraído y luego se iba a la
barra. Hey Adrián, sírveme un doble de lo de siempre,
dijo Guy. Claro, contestó Adrián, pero no te olvides
que debes tomarlo despacio, las noches aquí son muy largas.
No importa, tengo toda la vida por delante, no hay apuro. Y volteó
hacia las mesas. Vio bajo la luz naranja los rostros angulosos
y secos de los parroquianos. Ahí estaba Ofelia Gulog, mirando
por la ventana si por fin venía su marinero; Olmedo, que
desde su llegada no había dejado de mover su taza de café,
y claro, más al fondo, Ernesto y Sam contándose
historias, aunque la mayoría del tiempo se quedaban mudos,
mirando hacia cualquier lado, aburridos, pero incapaces de tomar
sus cosas y largarse. Guy los miró y decidió acercárseles.
Sus pasos resonaban mucho, como si se tratara de un elefante.
¿Puedo?, balbuceó al estar frente al par de amigos.
¿Y?, si quieres, dijo Sam mientras trataba de recordar
esa playa en el Mediterráneo donde juraban haber visto
a una sirena. Era enorme y rubia, le contaba a Ernesto, con una
sonrisita como no te imaginas, y una voz, loco, ¡ni idea,
ni idea! ¿De qué hablan?, interrumpió Guy.
De mitología y de cualquier otra cosa. ¿Pueden hablar
de la luna? ¿Y?, que quieres que digamos, ¿qué
es de queso? No, sólo que están locos por ella y
que nos importa un pito que se trate solamente de polvo cósmico.
Ja, rieron Sam y Ernesto. Luego escondieron las manos entre sus
ropas y se quedaron mirando a Guy, que ya había comenzado
a acomodarse para hablar hasta que la noche escampe y el amanecer
los sorprenda ensimismados contando las historias más fantásticas
del mundo, y también las más hermosas, porque siempre
terminaban en el comienzo, sin necesitar nunca de un final. Otra
vez la luna haciendo pedazos los párpados y las ventanas.
Si hubiera una forma de hacerla una pelotita y meterla en el bolsillo,
decía Guy elevando su vaso y bebiendo. Ernesto lo miraba
y pensaba cómo sería Guy de muerto. Y Sam, sin mirarlo
se lo imaginaba en un cuadro, uno de tipo expresionista, sin nada
de forma, pero con muchos colores, algo así como los cuadros
de Kandinsky, sí, exacto
LA BABA CORRÍA ENTRE LAS COMISURAS DE SUS LABIOS. A Guy
eso no le importaba en lo más mínimo, y seguía
contando, con los ojos desorbitados, una historia ocurrida en
un bar de Marruecos. Estaba bebiendo mientras esperaba que su
compañero Hervé regresara del baño. Habría
unas cien personas en ese maldito antro, decía Guy, creo
que era así, aunque todo estaba en claroscuro, con lucecitas
rojas y verdes prendiéndose de rato en rato. Era hermoso,
sí, sentía una maldita paz en las tripas y en el
alma. Es que... ¿cómo explicarlo? Me sentía
feliz, porque de algún modo ese fue el instante que yo
deseé cuando me largué de casa. Claro, recuerdo
que al momento de tomar el tren a Marsella lo único que
había en mi cabeza era una imagen parecida. Es decir, un
salón abarrotado de gente, trago, mucho trago, drogas y
mujeres fáciles. Lo único importante era que estaba
ahí, en Marruecos, con mi amigo Hervé, con quien
pensaba pasarla de la puta madre. Sí, y eso fue lo que
sucedió cuando Hervé regresó con Cristina,
una hermosa pollita rubia. Mira lo que encontré, dijo Hervé,
y claro, al principio no me inmuté, pero al sentirla tan
cerca y ver esos ojillos de pájaro, me estremecí.
Oh, mierda, dije, fíjense, debí ser bueno en mi
otra vida, porque miren lo que me encuentro ahora. Sí,
y es que Cristina me caló muy hondo. Tampoco soy de aquí,
dijo ella, soy de París, y estoy realizando un reportaje.
¿Periodista? Oui. Y luego, bueno, ya sólo recuerdo
fragmentos: el licor cálido subiendo y bajando por algún
lado; Cristina mirándome reír mientras le contaba
otras historias, y Hervé, muy bacán también,
trayéndonos a cada rato más y más droga.
Fue animal eso. Luego salimos. Corría un viento fresco
por el mundo. Ella cobijó su carita de pájaro bajo
mis brazos. Fui feliz, no saben cuánto. En ese instante,
la expresión de Guy empezó a tornarse sombría,
como si un mal recuerdo aflorara en sus ojos. ¿Y qué
pasó después?, preguntó Sam, alisándose
los cabellos, algo nervioso. Seguro que te dejó también,
agregó Ernesto. Ah, no importa ya nada de eso, balbuceó
Guy, era hermosa y única esa francesita, y tenía
una papa rubia ¡Y ya basta, esa es otra historia! Ernesto
comprendió al instante el asunto y lo dejó tranquilo.
Pero Sam no, él quería saber más. Quería
saber si probaron alguna droga nueva, algo que sólo se
encuentra en Marruecos. Guy negaba con la cabeza y miraba hacia
la ventana como buscando a alguien, tal vez a Cristina. ¡Oh,
las mujeres! exclamó Ernesto, y pensó en Josefina.
¿Y si la rapto? Luego se echó a reír débilmente.
Debería enfrentarla y decírselo todo. Levantarla
un día de su maldito asiento y besarla, hundir mi mano
entre sus piernas y ya. Luego, alguien empezó a entonar
una melodía triste. La letra de la canción era confusa.
Al parecer, se trataba de la historia de una mujer que irrumpe
en la vida de un hombre, ilumina sus tardes durante un breve tiempo,
y después se larga para siempre, la muy puta. Ernesto,
Ernesto, otra vez la vida te da con palo, y tú que te inclinas,
indefenso, apenas suplicante. ¡No, no, maldito yanqui, no!
gritaba Guy arrojándose sobre Sam. Ambos cayeron de bruces
sobre el piso grasoso. Se dieron puñetes y patadas. Hubo
sangre, muchos gritos y cosas que se rompían y rodaban
por el piso. Poco después Adrián logró separarlos.
Sam regresó a su lugar. Guy se quedó en la barra
mientras Adrián levantaba todo el desorden. Guy pidió
otro trago a mamá Vilma, que dormía entre las botellas
de licor. ¡Hey Sam, no es para tanto, viejo! gritó
de pronto Guy. Sam tenía el rostro excitado por el forcejeo,
y por un momento pensó en sacar su Colt y disparar, pero
se contuvo porque imaginó las historias que podría
perderse si lo mataba. Entonces recordó otras, como la
que ocurrió en un tren rumbo a Berlín donde Guy
conoció a su amigo Hervé, fotógrafo de profesión
e inventor de situaciones inimaginables. Y había otras
miles en la cabeza de Guy, que, además, era un tipo que
lo hacía reír hasta que terminaba la madrugada y
había que largarse a ganarse la vida en la ciudad. Guy
vendía dulces en las puertas de los mercados, aunque su
verdadero negocio eran las drogas. Siempre andaba con eso: en
pomitos, cigarrillos o pastillas, igual. Él tendría
que inventar cómo sacarle algo a esa ciudad de mierda.
Ah, balbuceaba Sam, y pensar que fui marinero, casi capitán,
gané miles de dólares y me tiré a las mejores
putas de los más grandes puertos del mundo. Sí,
en eso pensaba Sam, también Ernesto, Guy y hasta el mismo
Adrián, que daría cualquier cosa por cerrar de una
vez ese viejo Café y cambiar de mujer.
Y ENTONCES DESCUBRIMOS LAS CIÉNAGAS. Oh, loco, no te imaginas
lo que era eso. Verde, todo era verde. Hervé pensaba que
si seguíamos rodeando la ciénaga llegaríamos
a algún lado. ¿Pero cómo saber dónde
termina? Podríamos estar bordeándola durante años,
tal vez la vida entera. Hervé me animaba a seguir mientras
lo fotografiaba todo: árboles cuyas copas se perdían
en la altura, flores rarísimas, muy parecidas a las sonrisas
de los asiáticos, y animales, muchos animales de piel gelatinosa,
otras brillosas y duras. Y todo eso cubierto por una bruma densa
y asfixiante. Nos jodimos, Hervé, nos jodimos, este aire
no es suficiente, moriremos, moriremos, decía yo, y Hervé
seguía dándole duro a la cámara. Cojudo de
mierda, entiende, estamos perdidos, a nadie le servirán
tus fotos si no salimos de aquí. Saldremos, decía
Hervé con una seguridad que daba ganas de creerle. Y salimos,
sí, pero después de mucho tiempo. Fueron, no sé,
tal vez dos o tres años, esperando horas para que en el
agua empozada después de un aguacero se asentara la tierra
y podamos beberla. También las hojas y las flores. Estábamos
hartos de comer sólo eso, junto a los gusanitos que cazábamos
cuando por algún lado se filtraba algo de luz. Sí,
fue la noche más larga de mi vida. Pero, como dicen, el
hombre es un animal de costumbres, y nos acostumbramos a eso y
a muchas cosas más. De ahí nació mi hábito
de contar historias. Era la única forma de no volvernos
locos. Había que hablar, cantar, gritar, hacer todo lo
posible para ya no pensar que estábamos muertos. Ah, la
noche, o mejor, la oscuridad. Sí, esa oscuridad silenciosa,
lenta y abrumadora. Todo lo que dije ahí se perdió.
No sé cómo, pero cada vez que trato de recordar
lo que pasamos sólo veo imágenes flotando en la
espesura de la selva. A veces veo a Hervé levantando su
cámara y haciendo como si sacara fotos cuando en verdad
ya no tenía rollo. Mira Guy, decía, ves esa ciudad.
¿Dónde? Allá, tras esos arbustos. Claro,
le decía después de entender mejor el asunto. Estaba
alucinando. Se llama Nueva York, decía Hervé, y
le estoy sacando las mejores fotos. Ah, también a la estatua
de la libertad. ¿Sabías que a esa mole la trajeron
de Francia en pedacitos? ¿No? Pues sí, fue un regalo.
Ahí están Manhatan y el Bronx. Oh, Guy, que hermosa
se ve Nueva York al amanecer. Seguro, como en la película
de Woody Allen… ¿Sabes Hervé?, me parece bien
que inventes todo eso para no hundirnos, puede servir ¿no?,
le decía, pero Hervé no escuchaba, seguía
hablando de sus ciudades imaginarias y de sitios como algunos
Cafés en el Barrio Latino, restaurantes lujosos en Londres
o Bonn. En fin, inventamos mil formas de no hundirnos. Teníamos
que flotar, no importaba cómo, pero teníamos que
hacerlo. En los últimos días que pasamos ahí,
empecé a tener unas alucinaciones bárbaras. Veía
a mis amigos muertos y hablaba con ellos. Sí, y Hervé
también. Inclusive, una vez logramos armar una fiesta con
todos ellos. Y ahí vi a Olson con su guitarra dándole
duro a sus blues, más allá Tiffany, redonda y vulgar,
llenándose de marineros novatos. Oh, amigos, no se imaginan
lo que fue eso. Hervé hizo no sé cuántas
veces el amor con polacas, holandesas y americanas. Maldito, estuvo
maldito, me confesaba sudoroso. Pero bueno, el día que
vimos ese claro de luz al fondo de la ciénaga se acabó
todo. Al principio creíamos que se trataba de otra alucinación.
Pero conforme avanzábamos el claro se fue agrandando más
y más hasta llegar a cegarnos. ¿Qué pasa?,
preguntábamos mientras sentíamos otro aire, mucho
más liviano y rico que antes. Y así salimos de esa
ciénaga.
EL CAFÉ LUMIÉRE SE CORTA EN PEDACITOS. Allá
va un trozo cruzando vertical sobre esas cabezotas enormes. Su
destino es impredecible. Tal vez termine quieto y agudo sobre
el piso rayado. O también suspendido eternamente en la
memoria. Un par de trozos se bifurcan en la mirada cóncava
y resisten el ímpetu de un enrarecido aire. Cesa la lluvia
de voces en el interior. Silencio. Los noctámbulos se aburren
de la poca luz. Inventan estrellas y planetas. Adrián,
reclinado sobre el mostrador, mira lacónico su dedo magullado
por la humedad y el alcohol. El resto respira lento, como intentando
prolongar ese ritmo. Allá afuera las mujeres respiran un
aire tropical y observan con lástima a los parroquianos
del Café. Sus miradas penetran en todo lo hondo del recinto.
Pareciera que estuvieran viendo una pecera. Ah, los personajes-peces.
Sam sería un escualo, Ernesto una anguila, Guy un pez espada,
mamá Vilma una mantarraya y el resto se contentaría
con ser peces menores. Imagínense, el Café Lumiére
convertido en un inmenso acuario de peces-hombres. Sí,
en verdad, todos aquellos que son dominados por esa breve luz
amarilla podrían muy bien ser peces. Están presos
en su elemento. Nadie puede salir. El aire de la ciudad los asfixia
cotidianamente. Hace que se encorven o parezcan ancianos insignificantes.
Guy lo sabe, por eso nunca dejaría el Café. Los
otros tampoco. Pero de lo que se trata es de seguir imaginando
golpes y giros. Allá, la mesa abriéndose como una
gran puta sobre las sillas. El cuadro mayor sobre el mostrador
mira hacia cada lado sorprendido. El unicornio mitológico
acecha desde la otra pared. Y ahí nomás se rompe
el silencio y todo vuelve a tomar el ritmo frenético de
siempre. ¡Hey Sam, mira acá estas cartas, joderé
a este par de novatos, viejo, mírame! Grita Guy desde una
de las mesas. Pero Sam no escucha, pues los gritos de su madre
están que le dan duro en los ojos. Ernesto trata de hilvanar
frases para el tipo que lo acompaña. El tipo viste terno
azul marino, sin corbata, pero con un enorme brazalete de oro
en una de sus muñecas. Los jóvenes están
perdidos, dice el tipo, no quieren saber nada de la responsabilidad,
creen que la vida es fácil, pues piensan que siempre tendrán
veinte años. No, amigo, el mundo gira cada vez más,
y tienes que avivarte sino te van a joder en un puestito de mierda.
¿Eres burócrata?, preguntó el tipo. No, maestro.
Ah, maestro, eso ya cambia las cosas, aunque en el fondo podría
ser lo mismo. Ernesto lo miró con odio y le pidió
que se largara de su mesa si no quería terminar mal. El
tipo sonrió. Ernesto no esperó más y le arrojó
la taza de café en la cara. ¡Mierda!, gritó
el tipo ya en el suelo. En ese instante Adrián soltó
a sus perros para que lo atacaran. ¡Coman, coman malditos!,
gritaba. Luego del festín algunos restos fueron sacados
con un recogedor a la calle. ¿Tienes cigarrillos?, preguntó
Guy a uno de sus acompañantes en la mesa. ¡Juega
nomás, huevón!, gritó uno de ellos. Guy sonrió,
dejó la baraja sobre la mesa y sacó su pistola.
¿Cómo dijiste?, preguntó, y al instante el
tipo se hizo humo. Bien, dijo después Guy, uno menos muchachos.
Ahora, ¿quién tomará su lugar? Una mujer
se acercó desde la puerta y se sentó en el lugar
desocupado. Yo, dijo. Bien respondió Guy, repartiéndole
cartas. Juega, juega muñeca, que de todos modos siempre
tendrás con qué pagar. Y comenzó un juego
largo y tedioso. Guy sacó el de bastos, la muchacha le
enseñó los reyes, y la partida no acababa. Duraba
mucho, demasiado. Sam veía a la chica desde su mesa. Recordó
cuando la conoció. Iban juntos en el microbús. Ella
miraba por la ventana y Sam no apartaba la vista de sus tetas.
Pasaron unos minutos y la muchacha le preguntó: ¿Te
gustan mis tetas? Sam afirmó con la mirada. Entonces ella
le escribió en un papelito una cifra. Sam leyó la
cifra y volvió a afirmar con la mirada. Se bajaron cerca
de la calle Runiffatti, junto al malecón. Subieron a un
hotel a pocas cuadras del paradero. Sam pagó el cuarto
y firmó en un recibo. La muchacha se adelantó con
la llave del cuarto. Arriba, sobre el tejado, una luna amarillenta
flotaba sobre el mundo. Segundos después él cruzaba
el hall del hostal. Volvió a percibir esa lejana sensación,
aquella que a veces en sueños logra dominar y hacer tiritas.
En el cuarto la muchacha estaba sobre la cama cubierta apenas
con unas sábanas naranjas. Ambos sonreían como para
una foto. Sam se quitó lentamente la ropa, luego se metió
en la cama. Fue lo más rico que hizo durante esos últimos
años. La muchacha lo dobló por toda la cama, le
hizo tutifruti, carnavalito, fellatio y le dio cientos de besos
negros. Sam fue feliz como nunca, más aún cuando
sintió ese par de dedos en su culo. Luego, con el cuerpo
lamido y sudoroso, se tendió entero en el piso y se quedó
dormido, siempre con una sonrisa en los labios. Después
de esa noche siguieron otras de la misma intensidad, hasta que
descubrió que no era una muchacha, sino un hombre. Eso
lo perturbó un tiempo, pero ante la redondez de la luna
amarilla, cedió, cedió una, dos, cientos de veces.
Y pagó también, y cada vez más. Ahora la
veía ahí, junto a Guy, jugando cartas. Ganaría,
seguro que ganaría, y hasta puede que se cargue a Guy.
¡Qué importa!, Guy también despertaría
mañana con una horrible sequedad en la garganta, con la
piel lamida y sudorosa. Estaría feliz, pensaba Sam. Pero
las cosas no sucedieron como él creía. Guy no esperó
ningún hostal ni más insinuación. Agarró
a la muchacha y la llevó al baño. Primero fue todo
silencio, salvo por algunas risitas. Después, durante horas
no cesaron los gritos de Guy que, suplicante, pedía más
y más. Algunos se acercaron y vieron a Guy follado por
la muchacha de los dedos ágiles. Fue todo un espectáculo,
de los poco vistos en el Café. Cuando salió tenía
la expresión de un muñeco de cera. La muchacha no
esperó nada para irse, no sin antes dejar la cartera de
Guy sobre el mostrador, vacía, por supuesto. Mucho después,
Guy, sentado en una de las bancas junto al mostrador, miraba perdido
hacia cualquier lado, balbuceando frases apenas entendibles. ¡Qué
tal Guy! Como para no olvidarla, viejo.
AQUELLA NOCHE SOLEADA TODOS MIRARON HACIA ATRÁS Y SE VIERON
SOLOS. Era una imagen tras otra, siempre con las narices aplastadas
contra el pavimento. Adrián lo admitió primero;
luego siguió Vilma; después Ofelia, y, finalmente,
Sam, Ernesto y Guy. Ya no se puede vivir así, mejor acabemos
con todo. ¿Acabar? Acabar. Cómo no se hunde el cielo
y nos revienta aquí de una vez por todas ¿no? Fue
lo poco que pudieron decir antes de que sus voces se apagaran
como una vela ante un soplo de viento. Sólo Sam pudo agregar
más cosas a la historia. Estaba en una calle, dijo, creo
que era octubre, pues había mucha gente con hábito.
Entonces ocurrió. Había un mar de gente, repitió,
pero nadie conmigo. Estaba solo. ¿Entienden ahora? Sííííííí,
corearon desde todos los ángulos del Café. ¡Estaba
solo y nadie entendía eso en la ciudad!, Era como un fantasma
que traspasaba sus cuerpos. Todos reían, todos hablaban,
todos comían y nadie miraba hacia este lado. Era un tipo
insignificante ¡Nooooo, eso noooooo!, gritaron desde muy
hondo algunos parroquianos. ¡Unámonos, carguemos
con todo y lancémonos al ataque, yaaaa! Y siguieron los
gritos y las consignas. Luego, Ernesto, que aún seguía
mirando hacia la ventana tratando de ver si pasaba Josefina, la
secretaria de las piernas largas, decidió ocupar el centro
del salón y hablarles sobre lo que pensaba de la soledad.
Digo, comenzó después de ocupar el centro, ¿a
qué llamamos realmente soledad? ¿Soledad de ti?
¿Soledad de mí? Esos sinsabores son como estalactitas
en un verano ardiente. Jacobo era un tipo que también decía
lo mismo y murió hacinado en un mar de gente. Fue en un
estadio. ¿Lo ven? Entonces, ¿qué es la soledad?
No, no es estar solo, ni tampoco sentirse solo, es, es, como comer
pan sin mantequilla o una raspadilla sin jarabe ¿Captan,
captan el asunto? Ernesto miró a su alrededor y vio que
muchos se pusieron intranquilos. Recordó sus clases en
el instituto. Siempre era lo mismo, las caras de sus alumnos haciendo
chispas de incertidumbre mientras él seguía con
esas interrogantes inasibles para unas mentes de poco brillo.
¿Entienden?, siguió, aprendamos del sapo que vive
en un pozo y nunca se queja. Este Café es como un pozo
y nosotros sapitos ¿A qué salir ni entrar? Estamos
aquí y eso es lo único verdaderamente importante.
El sol no sólo entibia las cabezas frías, también
irradia vida y hace que los hombres sean tal cual sin ningún
problema… ¡Ya cállate, maldito intelectual!,
gritaron desde el fondo. ¿No sabes que nadie te está
entendiendo? ¡Cállate! Ernesto aspiró hondo
y siguió sin hacer caso, pero los tipos seguían
gritándole que se callara. Bueno, después el asunto
se puso tan difícil que Ernesto tuvo que volver a su lugar.
¡Ya, olvidémoslo todo y sigamos chupando fuerte!,
gritaron. Y así fue.
LA
LUNA SE APAGABA IRREMEDIABLEMENTE EN LAS VENTANAS DEL VIEJO CAFÉ
LUMIÉRE. Era ya de madrugada y algunos parroquianos aún
persistían en sus asientos, tratando de que sus vidas se
prolongaran lo más posible. Hubieran dado todo quedarse,
pero Guy era implacable en estas situaciones. No entendía
de peros. Sabía que ya la luna descendía sobre los
edificios contiguos y había que acabar con el acto ahora.
Luces, luces por favor, gritaba mientras el salón principal
se convertía en un escenario. El Café Lumiére
cierra sus puertas y ya, lárguense. Sam, inmerso en sus
recuerdos de infancia, veía a cada rato a su padre buscándolo
con un bate de béisbol para darle duro en las piernas y
espalda. Pero él era muy fuerte ya para ser derribado,
y lograba huir con facilidad, aunque las burlas de sus amigos
le dolían mucho, pues iban directo al alma y nunca lo dejaban
en paz. Luego, escuchó aullar a los lobos. En ese tiempo
hubiera dado cualquier cosa por ser un lobo, entrar en su casa
y matar a su viejo de un sólo mordisco. Ofelia Gulog, por
su parte, ya se arreglaba para salir. Sabía a dónde.
Al puerto, a violar marineros despistados o borrachos. Y Ernesto,
él sí que la estaba pasando mal. El único
lugar donde se sentía seguro era este Café y ahora
tenía que dejarlo. Y no se trataba de una hora o un día.
Ya Adrián lo había anunciado. La escena se cierra,
el Café se va a otro mundo. Y ni Ernesto, ni Sam, ni Guy,
que aún sueña con volver a navegar en el Mediterráneo,
pueden hacer nada para evitarlo. Ernesto moriría en alguna
calle, seguramente pobre y abandonado. Y bueno, el resto levanta
sus alas y se decide a volar. Uno a uno van saliendo raudos por
la ventana, rompiendo los cristales y los marcos de las puertas
mientras mamá Vilma no cesa de llorar. Es el fin, mierdas,
es el fin, gritan una y otra vez algunos parroquianos, aferrándose
a una de las patas de la mesa, y Adrián los jala para botarlos.
Entiendan, entiendan, tienen que irse, ya es hora, eso lo sabían
bien desde antes. Sí, desde hacía mucho se sabía
que el Café Lumiére iba a cerrar. Es la vida, todo
acaba y renace. Seguro encontrarán otro Café algún
día. Y así se fueron alejando todos esos espectros
sacados de un mundo de colores pobres como sus vidas. Sam y Ernesto
fueron los últimos, pues antes ya Guy había logrado
alcanzar la altura de la luna. Abrazados, como dos hermanitos,
Sam y Ernesto se largaron por una de las puertas que da a la calle
Kissinger. Dijeron que volverían tarde o temprano, porque
seres como ellos y Cafés como aquél no puede estar
separados por mucho tiempo. Cafés como el Lumiére
estarían abiertos para siempre en sus almas solitarias.
En cualquier calle se verían las caras y correrían
a saludarse con una buena sentada bajo la tarde moribunda. Ernesto
fue más directo. No me voy, dijo, me quedo, y ustedes también
se quedan aquí, en mis ojos. Muy poético el asunto,
pero nada efectivo, pues todo terminó en la misma mierda
de siempre. Un viejo Café más cerraba sus puertas
en este mundo del hambre. Por último, cuando Adrián
y mamá Vilma se quedaron solos, tapiaron las puertas y
ventanas, rompieron los candelabros, partieron en cuatro las mesas
y sillas, llenaron el poco licor que quedaba en los estantes polvorosos
en un cilindro y, después, se lo bebieron. El acto acabó
cuando terminaron por irse lejos, mucho más lejos que los
otros, y dejaron solo y en ruinas el viejo Café Lumiére,
ya sin ninguna luz en su interior.
Fragmento
de la novela Las puertas
©
Carlos García Miranda
| |
Carlos
García Miranda |
Lima, 1968 |
Licenciado en Literatura por la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos, donde realizó, además,
estudios de Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana.
En 1996 publicó el libro de relatos Cuarto
desnudo. Ha publicado también artículos
y reseñas en distintas revistas especializadas
en Literatura y diarios del medio. En 2003 publicó
la novela (finalista en el Premio Nacional de Novela del
Banco Central de Reserva del Perú, 2000) Las
puertas. Es docente en el área de Literatura
en la UNMSM y director de la revista Dedo
Crítico. Actualmente realiza estudios
de Maestría en Madrid, en el Consejo Superior de
Investigaciones de España.
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