Café Lumière


En mi cuadro café de noche he intentado expresar que
el café es un lugar en el que uno pude arruinarse,
volverse loco, cometer un crimen, finalmente he
buscado a través de los contrastes entre rosa suave y
rojo de sangre y vino, los verdes claros de Luis XV y
veronés en contraste con los verdes amarillentos y los
verdes azulados duros, crear una atmósfera de horno
infernal, de azufre desvaído para expresar el poder de
las tinieblas en un tabernucho.

Van Gogh


A LO LEJOS LOS PORTALES DE LA PLAZA. En un extremo, junto a la pileta, la vieja banqueta donde Liz Amont vendió su cuerpo por un par de galletas de soya. Y a unos metros, la rejilla verde del viejo Café Lumière. Aún no llegaban los parroquianos que cada día pernoctaban en las duras sillas del Café. Casi siempre era la misma historia: todos mirando su taza de café, agua mineral, sopa o pan con palta, sin decirse nada. Era así la cosa en el Café Lumière, justo cuando el sol levantaba sus alas y las paredes de la calle Bretón se alzaban, polvorosas, sobre las pupilas renegridas del joven Ernesto, que acababa de llegar con su desvencijado maletín escolar. Llegó a la hora de costumbre y se sentó junto a la ventana que daba a la calle Kissinger. Era otoño y un viento feroz hacía que los papeles dieran vueltas y vueltas en las veredas hacia quién sabe dónde. El joven Ernesto se sacó las gafas de carey, miró a su alrededor y vio al viejo Sam sentado al fondo del establecimiento. Hey Sam, ven aquí y cuéntame otra vez lo de la negra Margarita. Sam lo miró con cierto rencor porque había llegado demasiado temprano a su cita diaria. Él aún no terminaba de sorber la sopa de fideos delgados y acuosos que la madre Vilma, dueña del Café, solía preparar todas las mañanas para tipos como el viejo Sam. Él era un yanqui alto que, en sus buenos tiempos, solía andar por todas las autopistas de la Unión Norteamericana montado en un Chevrolet del ’58 con sus dos putas de rigor. Sam nació en Kentucky hace ya muchas décadas, cuando aún, solía decir, el viento era viento y no esa cagada que ahora corre allá afuera. Así era Sam, viejo y colorado, experto en desvirgar niñas y matar perros a pedradas. Ernesto lo conocía desde hacía muchos años, cuando Sam aún no sabía nada de la ciudad y era sólo un turista perdido buscando un poco de mariguana. Ernesto trabajaba con un grupo de muchachos en las puertas de los cines. Robaban carteras y todo lo que pudieran para sobrevivir. El gran Sam lo recogió de las calles y lo llevó a su hotel en la calle Córdova, a unos cien metros del burdel más barato de la ciudad. Él se sentía solo y tenía necesidad de un amigo. Así que recogió a Ernesto y fueron grandes compañeros durante mucho tiempo, hasta que una tarde se agarraron a golpes por una cuestión de faldas. Se enamoraron de la misma puta. Esa tarde se miraron a los ojos y en verdad pensaron en matarse. Alguien había traicionado la amistad y no era precisamente Ernesto quien lo había hecho, tampoco Sam: era la vida, como al final ambos concluyeron cuando ya estaban en el hospital por los cortes que se hicieron. Ahora ya están bastante ancianos, aunque todavía se sigan haciendo llamar joven y viejo. Sam frisa los ciento veinte años y Ernesto los ochenta, mínimo. Pero Ernesto sigue siendo un muchacho para Sam, aunque sólo tiene aproximadamente cuarenta años menos que él, y eso cuenta, a pesar de que ambos sean igual de viejos.


LA CAMPANA DE LA IGLESIA ACABABA DE SONAR TREINTA Y CINCO VECES. Y más de uno en el Café Lumière ha esbozado una sonrisa. Treinta y cinco veces. ¿Qué hora será?, preguntaban todos, y cada uno se imaginaba el tiempo que medía la campana. Ofelia Gulog, mestiza de cuarenta y nueve años, imaginaba que era hora de conseguir un verdadero amante, capaz de someterla a los peores sacrificios como prueba de amor. Era una ninfómana, no había duda. Además, eso había quedado demostrado la noche en que se metió con un marinero al hostal Ambarino. Se dijo que el marinero era ruso, otros afirmaron que se trataba de un normando. En fin, lo cierto es que el tal marinero salió medio muerto del hostal, maldiciendo a Ofelia por todos los mordiscos que le había hecho en la verga. Era loca, loca. Por eso sólo los recién llegados al Café aceptaban irse con ella; el resto ya conocía sus intenciones. Por un buen tiempo nadie hablaba con ella, pues era conocida como la vampiresa del barrio Lenner. Es más, hasta había hombres que declararon en más de una oportunidad que ella había intentado chuparles la sangre mientras se encontraban distraídos o dormitaban en las mesas. Ofelia, inclusive, estuvo a punto de ser linchada por los parroquianos. Pero después, Adrián, el dueño del Café y marido de mamá Vilma, la dejó quedarse con la condición de que no volviera a intentar nada de eso con nadie. Y así fue. Hay testigos.


EL CAFÉ HUMEA LA TARDE, se expande, haciéndose distante hasta desaparecer entre las orejas de Sam, que observa cómo todo se bifurca en su mirada, se torna denso, haciéndole sentir que el mundo cambia, se transforma en algo distinto, inmaterial. Yo nací en un ferrocarril de la Unión hace mucho, cuando aún se hablaba de indios y vaqueros, dijo mirando como alucinado el vapor de su taza. Ernesto hace como si no lo entendiera y mira distraído hacia otro lado. Los susurros de la gente se confunden con el ruido que acaba de entrar como una tromba en el Café. Era un ruido embrutecedor. Algo fuerte en sus oídos llenos de cerilla. Sam levanta la frente, mira el techo, suspira y recuerda esos veranos terrosos en una granja de Kentucky. Granja que luego se convertía en un avión enorme lleno de pasajeros y azafatas, después en una plaza semidesierta donde había muchas palomas y transeúntes que lo miraban con cara de miedo. Gringo, gringo, le decían, y él no entendía bien qué sucedía ni por qué estaba ahora en esa ciudad desconocida y no en su Kentucky. Había llegado en la época del hambre y todos lo miraban con cara de carnada. De repente se lo hubieran comido vivo si es que Sam no muestra su Colt y los mirones huyen despavoridos. Sam era enorme y el hombre que acababa de entrar al Café también, tal vez mucho más que Sam, porque era joven, veinte años por lo menos, y usaba botas de montar y otros accesorios de vaquero. Te vi en la televisión, dijo Ernesto al verlo entrar. El tipo no lo miró, sólo hizo un guiño y siguió mirando a Sam, que sabía de lo que se trataba. ¿Y?, dijo el recién llegado. Sam lo miró desde su mesa, se paró y al instante le comenzaron a temblar las manos. El tipo se llevó las manos a los bolsillos, con los dedos imitó una pistola y gritó ¡bam, bam!, y se echó a reír. Estás viejo Sam, dijo, ya no le atinas a nada amigo, y eso es terrible para un vaquero como tú ¿no? Sam lo miró con rencor. Sacó de entre sus ropas su vieja Colt y sin detenerse ante los gritos de los parroquianos, disparó. El tipo apenas tuvo tiempo de darse cuenta de lo que había sucedido, pues la bala le atravesó la garganta y lo tumbó contra el piso. En segundos, el piso se llenó de abundante sangre. Ernesto miraba impávido lo que Sam había hecho. Y Sam no decía nada, hasta que por fin balbuceó: nunca juegues a la muerte con un vaquero, menos aún si no tienes pistola. Después se llevaron el cadáver tras el mostrador y lo arrastraron hasta el patio por la trastienda. Luego todo volvió a la normalidad, aunque no tanto, porque uno de los parroquianos hizo una marca en una de las paredes y dijo: Con éste van doscientos los que se baja Sam, oh, es un asesino, y de los peores ¿no? Ernesto volvió a sentarse al lado de Sam, que sudaba copiosamente. El hambre, es el maldito hambre, decía Ernesto mientras se llevaba la taza de café a la boca. Sam no lo miraba pues estaba ensimismado en sus recuerdos de Kentucky. Ernesto seguía diciéndole cosas, contándole ahora que venía de una clase en un instituto cerca del bulevar Lenner. Le contó que tenía unos cincuenta alumnos a los que enseñaba a ver el mundo con ese mismo brillo con que ellos se miran a veces, cuando la tarde enciende su frente y nada puede volver a ser como antes. Es que no entienden, decía Ernesto, se pasan las horas mirándome sin decir nada, están mal, nunca harán nada bueno, sucumbirán totalmente a esta época. Sam mascullaba oraciones encogido en su asiento. En ese instante se acercó Berta, la mujer del peluquero Elías, a quien Sam también mató en un duelo. La mujer le entregó una rama oscura, llena de espinas. Es para cuando llegues al infierno, Sam, para cuando llegues al infierno. Sam la miró e hizo un guiño inocente, luego recibió la rama y se la comió por trocitos. La mujer se fue dejando en el ambiente su olor a agua de azahar y timolina. Ernesto volvió su mirada hacia Sam y le habló de Josefina, la secretaria del instituto. Le comentó de sus hermosas piernas largas y de su cara ovalada como un extraño disco. Es preciosa, si la vieras Sam, si la vieras, murmuró Ernesto sudando de excitación. Poco después, Sam le pidió que se fuera porque quería estar solo. Ernesto se retiró lentamente a su mesa original. Otra vez el tiempo aburrido danzando en sus cabezas. Otra vez la letanía enferma rasguñando sus húmedos zapatos.


EN EL OTOÑO TAL VEZ LA TRISTEZA ESCAMPE, fue la única frase que en toda la tarde se le escuchó decir al guardián de la casa de los Del Valle, mientras mordisqueaba un trozo de pan. Ernesto aún no comprendía la actitud de Josefina, no comprendía su manera de negarse a sus requerimientos. No soy feo, y ochenta años no significan nada en estos tiempos, decía mientras observaba la calle Belén a través de los cristales de la ventana. La dueña, mamá Vilma, apareció entre los parroquianos trayendo galletas de animalitos. Se imaginaba que estaba otra vez en una de sus fiestas infantiles y regalaba galletas de animalitos a sus amiguitos. Los parroquianos ya estaban acostumbrados a esos quiebres mentales y aceptaban gustosos sus galletas. Adrián miraba con lástima a su mujer, lástima que no le impedía hacerla trocitos en la cama cada noche. Adrián era un amante fogoso. Fue así desde niño, cuando se subía a las ancas de las vacas y burras de su pueblo y copulaba con ellas. A mamá Vilma le impresionó su enorme capacidad sexual desde que su madre la entregó a aquel hombre de espaldas morenas. En la noche nupcial, Adrián le arrancó el delgado vestidito rosa que traía encima y la arrojó en la cama. Y, sin decirle ni preguntarle nada, se tiró sobre ella. La forzó toda la noche. A ratos, mamá Vilma sentía que se iba a partir en dos con tanto empuje de Adrián, pero esa mezcla de dolor vaginal y placer desconocido la indujeron a seguir ahí, tendida, con Adrián encima, gimiendo, gimiendo. Así eran las noches de mamá Vilma desde hacía ya más de setenta años. Ahora estaba repartiendo galletitas de animalitos. Como de costumbre Sam escogió los caballos y Ernesto un pez. Él siempre deseó vivir cerca del mar, pero sus padres nunca quisieron porque era asmático y la brisa marina le producía terribles accesos de tos. Cuando se escapó de su casa tampoco pudo hacerlo, porque temía enfermar y morir como un perro en la calle. La puta Ofelia Gulog escogió un burro y todos los parroquianos se rieron, pero Ofelia no se inmutó y ante la vista de todos se lo comió. Luego, habiéndose terminado las galletas, mamá Vilma quiso seguir con su fiesta imaginaria y sacó a Ernesto a bailar una pieza inexistente. Ernesto no se dio cuenta de cómo sucedió, porque al bajar la mirada se encontró con los viejos senos de mamá Vilma girando junto a él en medio del Café. Adrián miraba toda la escena desde el mostrador, y esbozaba una sonrisa nerviosa cada vez que en la excitación del baile su mujer rozaba con sus labios la mejilla de Ernesto. Inclusive, en algún momento tuvo la impresión de que se dieron un tímido beso en la boca. Él se hacía el que no veía y seguía limpiando las lunas del aparador. Al terminar la pieza llamó a su mujer, la llevó a la trastienda, le bajó la falda y el calzón y la forzó durante más de dos horas. Los parroquianos escuchaban los gritos de angustia y desesperación de mamá Vilma. Eso era común en aquel Café. En ese instante Ernesto deseó estar en el lugar de Adrián y ser capaz de acariciar los muslos secos de la dueña del Café, aunque en su mente se le apareciera el rostro de la secretaria Josefina. Luego la tarde embruteció nuevamente sus conciencias y muchos se quedaron dormidos, aburridos de los largos quejidos de mamá Vilma y la cara de Sam aplastada en la mesa, como si no estuviera ahí, sino en algún lugar de Kentucky.

EN LA MIRADA OPACA DEL VIEJO SAM súbitamente comenzó a dibujarse un raro hilo de luz proveniente de quién sabe dónde. Oh, mierda, la parca otra vez, balbuceó mientras, como queriendo borrar esa luz, abría y cerraba los ojos desesperadamente. Al final, la luz desapareció y en su lugar estaba la cara dura y contrahecha de Adrián, que desde el mostrador lo miraba compasivo. Hey viejo ¿necesitas algo?, balbuceó el dueño del Café rascándose su redonda panza desnuda. Sam hizo como si no lo hubiera escuchado y comenzó a pensar en la muerte. ¿Moriré alguna vez?, decía mirando al mundo dar vueltas casi como un remolino interminable. Mi vida en Kentucky, dijo después, el barco enorme que un día me arrojó a las aguas del Mediterráneo, todo el hachís que fumé en Turquía con la hindú Nora. ¡Quién lo hubiera pensado!, el viejo Sam viajó por todo el mundo antes de venir a encallar como un viejo galeón en este Café, tan triste como ninguno. En eso pensaba mientras sus manos comenzaban a temblar debido a una antigua dolencia que afectaba sus nervios. En efecto, esa enfermedad la contrajo hacía muchos años en un duelo que libró con la muerte. Estaba en Bolivia buscando minas de oro cuando una noche, mientras dormía muerto de cansancio en la cueva de un cerro, apareció a su lado Gregory, el chiquillo pecoso y malandrín con quien solía pelear a muerte en su barrio de Kentucky. ¿Qué haces aquí?, fue lo único que se le ocurrió preguntar a Sam. El otro no parecía darse cuenta del lugar donde estaba, pero cuando escuchó la voz de Sam cogió una piedra y se la arrojó. Sam, en un alarde de agilidad, la esquivó. Entonces Gregory se le fue encima, golpeándolo en la cara y en las orejas. Ambos se golpearon muy duro, como en los años que vivían en Kentucky. ¿Pero qué hacía ese muchacho en medio de la puna? Según recordaba Sam, él había muerto al caerse de un árbol cuando ambos eran unos niños. Entonces, ¿quién era ése que ahora lo enfrentaba con tanta rabia? No recuerda con exactitud aquella pelea, pero sí que fue muy violenta. También recuerda que todo eso fue muy extraño, pues al dejar de sentir el polvo y el sudor de Gregory invadiendo sus narices, sólo vio un cielo muy azul y diáfano sobre su cabeza. ¿Fue un sueño? No lo sabe. Lo cierto es que Sam siempre lo había vencido, y esa vez también. Mucho después, consultando el caso a un indio boliviano, se enteró de que en verdad se trataba de un encuentro con la muerte. Sí, había sido la muerte quien tomó la forma de Gregory. Y Sam la venció. Pero esa no fue la única vez que la enfrentó. Hacía muchísimos años, mientras limpiaba baños en un cine bonaerense, un tipo se le acercó y le dijo que había venido desde muy lejos a matarlo. Sam rió un poco, pero al ver el cuchillo resplandeciendo en la oscuridad se le fue encima. Y Sam volvió a vencer. Así había encarado a la muerte innumerables veces. Y no eran alucinaciones, sino sucesos muy reales, como tener un cuchillo hincándole el pescuezo. Ahora también había pasado algo similar, pues mientras recordaba todo esto un hombre apareció en su mesa con un vaso de whisky entre sus manos. El tipo lo miró fríamente. Sam ni siquiera se inmutó. El otro no dejaba de mirarlo. Lo curioso es que nadie en el Café parecía haberse percatado de su presencia. Todos seguían en lo suyo: Ofelia Gulog debajo de la mesa, muerta de cansancio y borracha como nunca; Adrián y mamá Vilma en la trastienda, Ernesto en la otra mesa, aquella que da a la calle Kissinger. ¿Qué hacer? Era la muerte otra vez, estaba seguro. ¿Y ahora? Nada, pues cuando el tipo terminó de beber su whisky desapareció en el aire como si no hubiera sido más que su imaginación confundiendo la pavesa que se levantaba sobre sus ojos. Después, Sam rió tanto que los demás parroquianos voltearon a verlo. Entonces, cuando se vio observado, cambió bruscamente de expresión. Se encogió en su silla y trató de pasar desapercibido, cubriéndose la cara con el vaso. Mierda, dijo, he vuelto a burlar a la muerte y, como siempre, nadie se ha dado cuenta. Eso dijo mientras una música leve, casi imperceptible, comenzaba a sonar en su memoria. ¿Un vals? ¿Una nota de Chopin o el sonido del mar Mediterráneo atropellando en sus oídos? No, era otra vez ese hilo de luz refulgiendo en su mirada, una mirada torva, imprecisa, como de humo. Poco a poco esa música luminosa comenzó a crecer y crecer hasta cegarlo. Era de una claridad impresionante. Parece de nácar, pensó extasiándose con esa blancura tan dura. Sí, porque a Sam siempre le gustaron las cosas duras, esas que de pronto irrumpen y lo cambian todo. Así había sido su vida desde que apareció en este mundo. Inclusive, desde que era una especie de ratita blanca lloriqueando en una caja de comestibles, mientras su madre trataba de satisfacer a su marido en un viejo arcón medieval. Casi siempre el marido se hartaba del lloriqueo del muchacho y golpeaba las nalgas de su mujer, ordenándole que fuera a atenderlo. Después él se iba al traspatio, sacaba una lata de cerveza de algún lado y se sentaba a contemplar el campo. No se movía sino hasta quedar completamente mareado, con unas ganas locas de ir a tenderse en la cama y dormir así se cayera el mundo o el maldito muchacho comenzara a chillar otra vez. Su madre le contó eso el día en que Sam le reprochó tantas cosas. Ella, colérica y amargada, le gritó en la cara que era un maldito mocoso, un enano de mierda que había venido al mundo sólo a joderle la vida, a hacérsela más miserable. Sam al principio no le creyó, pero luego, conforme pasaron los años y fue atando cabos, se dio cuenta de que en verdad había venido al mundo sólo a cagarle la existencia a los demás. Después se marchó de su casa, no sin antes darle un tiro en la pierna a su padre y abofetear a su madre. Desde esa época no les volvió a ver la cara, salvo en pesadillas, cuando aparecían con la correa en la mano, listos para azotarlo, justo igual como esa luz que estaba dándole duro en los ojos, trayéndole tanta desolación a la memoria.


BAJO LA POCA LUZ QUE CAÍA REDONDA SOBRE LOS CANDELABROS abiertos hacia todos lados, la música corría entre las patas de las mesas y los filos de los vasos que no cesaban de chocar entre sí una y otra vez, haciendo un ruido ágil y chisporroteante. Esa música hacía que la mirada de Ernesto traspasara las paredes del Café y llegara hasta el instituto. Entre aquellos enormes retratos de hombres ilustres se veía haciendo lo imposible por llamar la atención de Josefina, la secretaria de muslos relucientes. Él amaba a Josefina. Y no le importaban los gritos de los alumnos en el salón ni los patios atestados de gente desconocida, sólo la idea de que detrás de unas cuantas paredes Josefina estaba llenando actas lo satisfacía. Ernesto, ah muchacho loco. Te largaste de casa alguna vez y fuiste malandrín en los puertos de la vida, adoraste animales extraños y te construiste un universo de luces opacas. Ahora vuelves a este Café y dejas que todo pase lo más rápido posible. No importa que ya estés viejo y que Josefina pueda ser tu nieta. Tampoco que los alumnos te miren con lástima cuando en plena clase se te va la voz y te quedas solo ante las docenas de miradas en el salón. Eso te ha pasado muchas veces. Y siempre la misma historia: coges tu viejo maletín escolar, saludas lentamente sin levantar la mirada y das por terminada la clase. Una clase de cómo un hombre puede terminar tan mal. Era un despojo, es cierto, salvo en los días en que había un poco de luz en su cabeza. Entonces elevaba la mirada dominando a su auditorio, y lanzaba una larga y bien elaborada exposición sobre los griegos y su literatura, El Renacimiento o sus escritores favoritos. Y soñaba y hacía soñar a sus alumnos, llevándolos de la mano hacia un universo de palabras fosforescentes, donde el conocimiento es apenas un resquicio y el saber se asume en el camino, nunca antes. Pero ahora Ernesto estaba en una de las últimas mesas del Café Lumiére, mirando a través de la ventana a la gente. Se sentía tan lejos de ellos. A veces, luego de mirar durante horas el tránsito cotidiano y apurado, y darse cuenta de que estaba separado del mundo por una pared y una ventana, pensaba que así había sido su vida. ¿Así ha sido tu vida? ¿Y? ¿Quién sabe? Lo único verdaderamente cierto es que desde el día que se juntó con Sam siempre ha tenido la sensación de ser un extraño, una especie de cómic en el mundo. Sí, exactamente como uno de esos dibujos de Fontanarrosa. Algo así como el INODORO PEREYRA, EL RENEGAU. Lo conoció muy pequeño en una revista muy vieja encontrada en un basural. La leyó y vio a través de sus historias algo que también se repetía en su vida. Es decir, la soledad y sus recursos, las riñas, los robos y otra vez la soledad. Y no de la pampa argentina, sino la del salvaje asfalto, de la urbe. Oh, Ernesto, enamoradillo ahora, pero viejo, tan viejo como tus zapatos rotos y llenos de lluvia. ¿Vivirás para contarlo, torpe y tímido profesor de cómic? En lo hondo de tu rara alma, yo sé que existes y que darías todo por estar en otro lugar, lejos de aquí y cerca de otro corazón, amigo.


EL SOL RESBALABA LENTO SOBRE LOS ALTOS MUROS DEL CAFÉ LUMIÈRE. Dentro de poco caería la noche en los tibios párpados de Sam, Ernesto y los demás. Mirarían, seguramente, otra vez la luna inmensa desbordándose por el alféizar de las ventanas, llenando con su gorda cara blanca todos los límites renegridos. Sí, todos voltearían hacia la ventana a mirarla. Oh la luna, si en verdad fuera de queso o una mujer misteriosa, entonces Ernesto dejaría de sentirse mal con su figura y se olvidaría de Josefina y de sus alumnos del instituto. Y el viejo Sam podría seguir sorbiendo los largos fideos acuosos de su espesa sopa. Pero la luna desborda los edificios y las azoteas, elevándose enorme sobre el asfalto. Y bueno, es de noche en el Café Lumiére y se prenden las lámparas de aceite. Adrián se encarga de encenderlas una a una. Le encanta hacerlo, pues por unos instantes recuerda sus días de infancia, cuando se la pasaba prendiendo velas en los entierros mientras su madre no dejaba de llorar por los muertos. Era su oficio. Y, aunque a él le disgustara la idea de cobrar por hacerlo, lo aceptaba porque no tenía otra alternativa. Esta vez era distinto. Se trataba de lamparones de aceite, unos cuantos tipos en su Café y su mujer, que desde la barra lo observaba con ojos distantes. Adrián terminó rápidamente, como para que nadie se percatara de que el tono de luz había cambiado. Sí, porque todas las tardes siempre eran iluminadas por las lámparas de aceite. El sol normalmente estaba moribundo. Por eso tanto las tardes como las noches en el Café Lumiére eran iguales. Es decir, la misma luz, la gente, los dueños, el hondo dolor reprimido siempre en las conversaciones, monólogos y sueños. Sí, todo era igual, salvo Guy. Oh, loco impenitente, rata dorada, audaz inventor de sueños, viejo y maldito genio. Era Guy, sí, quien entraba raudo al Café, miraba a todos lados como distraído y luego se iba a la barra. Hey Adrián, sírveme un doble de lo de siempre, dijo Guy. Claro, contestó Adrián, pero no te olvides que debes tomarlo despacio, las noches aquí son muy largas. No importa, tengo toda la vida por delante, no hay apuro. Y volteó hacia las mesas. Vio bajo la luz naranja los rostros angulosos y secos de los parroquianos. Ahí estaba Ofelia Gulog, mirando por la ventana si por fin venía su marinero; Olmedo, que desde su llegada no había dejado de mover su taza de café, y claro, más al fondo, Ernesto y Sam contándose historias, aunque la mayoría del tiempo se quedaban mudos, mirando hacia cualquier lado, aburridos, pero incapaces de tomar sus cosas y largarse. Guy los miró y decidió acercárseles. Sus pasos resonaban mucho, como si se tratara de un elefante. ¿Puedo?, balbuceó al estar frente al par de amigos. ¿Y?, si quieres, dijo Sam mientras trataba de recordar esa playa en el Mediterráneo donde juraban haber visto a una sirena. Era enorme y rubia, le contaba a Ernesto, con una sonrisita como no te imaginas, y una voz, loco, ¡ni idea, ni idea! ¿De qué hablan?, interrumpió Guy. De mitología y de cualquier otra cosa. ¿Pueden hablar de la luna? ¿Y?, que quieres que digamos, ¿qué es de queso? No, sólo que están locos por ella y que nos importa un pito que se trate solamente de polvo cósmico. Ja, rieron Sam y Ernesto. Luego escondieron las manos entre sus ropas y se quedaron mirando a Guy, que ya había comenzado a acomodarse para hablar hasta que la noche escampe y el amanecer los sorprenda ensimismados contando las historias más fantásticas del mundo, y también las más hermosas, porque siempre terminaban en el comienzo, sin necesitar nunca de un final. Otra vez la luna haciendo pedazos los párpados y las ventanas. Si hubiera una forma de hacerla una pelotita y meterla en el bolsillo, decía Guy elevando su vaso y bebiendo. Ernesto lo miraba y pensaba cómo sería Guy de muerto. Y Sam, sin mirarlo se lo imaginaba en un cuadro, uno de tipo expresionista, sin nada de forma, pero con muchos colores, algo así como los cuadros de Kandinsky, sí, exacto


LA BABA CORRÍA ENTRE LAS COMISURAS DE SUS LABIOS. A Guy eso no le importaba en lo más mínimo, y seguía contando, con los ojos desorbitados, una historia ocurrida en un bar de Marruecos. Estaba bebiendo mientras esperaba que su compañero Hervé regresara del baño. Habría unas cien personas en ese maldito antro, decía Guy, creo que era así, aunque todo estaba en claroscuro, con lucecitas rojas y verdes prendiéndose de rato en rato. Era hermoso, sí, sentía una maldita paz en las tripas y en el alma. Es que... ¿cómo explicarlo? Me sentía feliz, porque de algún modo ese fue el instante que yo deseé cuando me largué de casa. Claro, recuerdo que al momento de tomar el tren a Marsella lo único que había en mi cabeza era una imagen parecida. Es decir, un salón abarrotado de gente, trago, mucho trago, drogas y mujeres fáciles. Lo único importante era que estaba ahí, en Marruecos, con mi amigo Hervé, con quien pensaba pasarla de la puta madre. Sí, y eso fue lo que sucedió cuando Hervé regresó con Cristina, una hermosa pollita rubia. Mira lo que encontré, dijo Hervé, y claro, al principio no me inmuté, pero al sentirla tan cerca y ver esos ojillos de pájaro, me estremecí. Oh, mierda, dije, fíjense, debí ser bueno en mi otra vida, porque miren lo que me encuentro ahora. Sí, y es que Cristina me caló muy hondo. Tampoco soy de aquí, dijo ella, soy de París, y estoy realizando un reportaje. ¿Periodista? Oui. Y luego, bueno, ya sólo recuerdo fragmentos: el licor cálido subiendo y bajando por algún lado; Cristina mirándome reír mientras le contaba otras historias, y Hervé, muy bacán también, trayéndonos a cada rato más y más droga. Fue animal eso. Luego salimos. Corría un viento fresco por el mundo. Ella cobijó su carita de pájaro bajo mis brazos. Fui feliz, no saben cuánto. En ese instante, la expresión de Guy empezó a tornarse sombría, como si un mal recuerdo aflorara en sus ojos. ¿Y qué pasó después?, preguntó Sam, alisándose los cabellos, algo nervioso. Seguro que te dejó también, agregó Ernesto. Ah, no importa ya nada de eso, balbuceó Guy, era hermosa y única esa francesita, y tenía una papa rubia ¡Y ya basta, esa es otra historia! Ernesto comprendió al instante el asunto y lo dejó tranquilo. Pero Sam no, él quería saber más. Quería saber si probaron alguna droga nueva, algo que sólo se encuentra en Marruecos. Guy negaba con la cabeza y miraba hacia la ventana como buscando a alguien, tal vez a Cristina. ¡Oh, las mujeres! exclamó Ernesto, y pensó en Josefina. ¿Y si la rapto? Luego se echó a reír débilmente. Debería enfrentarla y decírselo todo. Levantarla un día de su maldito asiento y besarla, hundir mi mano entre sus piernas y ya. Luego, alguien empezó a entonar una melodía triste. La letra de la canción era confusa. Al parecer, se trataba de la historia de una mujer que irrumpe en la vida de un hombre, ilumina sus tardes durante un breve tiempo, y después se larga para siempre, la muy puta. Ernesto, Ernesto, otra vez la vida te da con palo, y tú que te inclinas, indefenso, apenas suplicante. ¡No, no, maldito yanqui, no! gritaba Guy arrojándose sobre Sam. Ambos cayeron de bruces sobre el piso grasoso. Se dieron puñetes y patadas. Hubo sangre, muchos gritos y cosas que se rompían y rodaban por el piso. Poco después Adrián logró separarlos. Sam regresó a su lugar. Guy se quedó en la barra mientras Adrián levantaba todo el desorden. Guy pidió otro trago a mamá Vilma, que dormía entre las botellas de licor. ¡Hey Sam, no es para tanto, viejo! gritó de pronto Guy. Sam tenía el rostro excitado por el forcejeo, y por un momento pensó en sacar su Colt y disparar, pero se contuvo porque imaginó las historias que podría perderse si lo mataba. Entonces recordó otras, como la que ocurrió en un tren rumbo a Berlín donde Guy conoció a su amigo Hervé, fotógrafo de profesión e inventor de situaciones inimaginables. Y había otras miles en la cabeza de Guy, que, además, era un tipo que lo hacía reír hasta que terminaba la madrugada y había que largarse a ganarse la vida en la ciudad. Guy vendía dulces en las puertas de los mercados, aunque su verdadero negocio eran las drogas. Siempre andaba con eso: en pomitos, cigarrillos o pastillas, igual. Él tendría que inventar cómo sacarle algo a esa ciudad de mierda. Ah, balbuceaba Sam, y pensar que fui marinero, casi capitán, gané miles de dólares y me tiré a las mejores putas de los más grandes puertos del mundo. Sí, en eso pensaba Sam, también Ernesto, Guy y hasta el mismo Adrián, que daría cualquier cosa por cerrar de una vez ese viejo Café y cambiar de mujer.


Y ENTONCES DESCUBRIMOS LAS CIÉNAGAS. Oh, loco, no te imaginas lo que era eso. Verde, todo era verde. Hervé pensaba que si seguíamos rodeando la ciénaga llegaríamos a algún lado. ¿Pero cómo saber dónde termina? Podríamos estar bordeándola durante años, tal vez la vida entera. Hervé me animaba a seguir mientras lo fotografiaba todo: árboles cuyas copas se perdían en la altura, flores rarísimas, muy parecidas a las sonrisas de los asiáticos, y animales, muchos animales de piel gelatinosa, otras brillosas y duras. Y todo eso cubierto por una bruma densa y asfixiante. Nos jodimos, Hervé, nos jodimos, este aire no es suficiente, moriremos, moriremos, decía yo, y Hervé seguía dándole duro a la cámara. Cojudo de mierda, entiende, estamos perdidos, a nadie le servirán tus fotos si no salimos de aquí. Saldremos, decía Hervé con una seguridad que daba ganas de creerle. Y salimos, sí, pero después de mucho tiempo. Fueron, no sé, tal vez dos o tres años, esperando horas para que en el agua empozada después de un aguacero se asentara la tierra y podamos beberla. También las hojas y las flores. Estábamos hartos de comer sólo eso, junto a los gusanitos que cazábamos cuando por algún lado se filtraba algo de luz. Sí, fue la noche más larga de mi vida. Pero, como dicen, el hombre es un animal de costumbres, y nos acostumbramos a eso y a muchas cosas más. De ahí nació mi hábito de contar historias. Era la única forma de no volvernos locos. Había que hablar, cantar, gritar, hacer todo lo posible para ya no pensar que estábamos muertos. Ah, la noche, o mejor, la oscuridad. Sí, esa oscuridad silenciosa, lenta y abrumadora. Todo lo que dije ahí se perdió. No sé cómo, pero cada vez que trato de recordar lo que pasamos sólo veo imágenes flotando en la espesura de la selva. A veces veo a Hervé levantando su cámara y haciendo como si sacara fotos cuando en verdad ya no tenía rollo. Mira Guy, decía, ves esa ciudad. ¿Dónde? Allá, tras esos arbustos. Claro, le decía después de entender mejor el asunto. Estaba alucinando. Se llama Nueva York, decía Hervé, y le estoy sacando las mejores fotos. Ah, también a la estatua de la libertad. ¿Sabías que a esa mole la trajeron de Francia en pedacitos? ¿No? Pues sí, fue un regalo. Ahí están Manhatan y el Bronx. Oh, Guy, que hermosa se ve Nueva York al amanecer. Seguro, como en la película de Woody Allen… ¿Sabes Hervé?, me parece bien que inventes todo eso para no hundirnos, puede servir ¿no?, le decía, pero Hervé no escuchaba, seguía hablando de sus ciudades imaginarias y de sitios como algunos Cafés en el Barrio Latino, restaurantes lujosos en Londres o Bonn. En fin, inventamos mil formas de no hundirnos. Teníamos que flotar, no importaba cómo, pero teníamos que hacerlo. En los últimos días que pasamos ahí, empecé a tener unas alucinaciones bárbaras. Veía a mis amigos muertos y hablaba con ellos. Sí, y Hervé también. Inclusive, una vez logramos armar una fiesta con todos ellos. Y ahí vi a Olson con su guitarra dándole duro a sus blues, más allá Tiffany, redonda y vulgar, llenándose de marineros novatos. Oh, amigos, no se imaginan lo que fue eso. Hervé hizo no sé cuántas veces el amor con polacas, holandesas y americanas. Maldito, estuvo maldito, me confesaba sudoroso. Pero bueno, el día que vimos ese claro de luz al fondo de la ciénaga se acabó todo. Al principio creíamos que se trataba de otra alucinación. Pero conforme avanzábamos el claro se fue agrandando más y más hasta llegar a cegarnos. ¿Qué pasa?, preguntábamos mientras sentíamos otro aire, mucho más liviano y rico que antes. Y así salimos de esa ciénaga.


EL CAFÉ LUMIÉRE SE CORTA EN PEDACITOS. Allá va un trozo cruzando vertical sobre esas cabezotas enormes. Su destino es impredecible. Tal vez termine quieto y agudo sobre el piso rayado. O también suspendido eternamente en la memoria. Un par de trozos se bifurcan en la mirada cóncava y resisten el ímpetu de un enrarecido aire. Cesa la lluvia de voces en el interior. Silencio. Los noctámbulos se aburren de la poca luz. Inventan estrellas y planetas. Adrián, reclinado sobre el mostrador, mira lacónico su dedo magullado por la humedad y el alcohol. El resto respira lento, como intentando prolongar ese ritmo. Allá afuera las mujeres respiran un aire tropical y observan con lástima a los parroquianos del Café. Sus miradas penetran en todo lo hondo del recinto. Pareciera que estuvieran viendo una pecera. Ah, los personajes-peces. Sam sería un escualo, Ernesto una anguila, Guy un pez espada, mamá Vilma una mantarraya y el resto se contentaría con ser peces menores. Imagínense, el Café Lumiére convertido en un inmenso acuario de peces-hombres. Sí, en verdad, todos aquellos que son dominados por esa breve luz amarilla podrían muy bien ser peces. Están presos en su elemento. Nadie puede salir. El aire de la ciudad los asfixia cotidianamente. Hace que se encorven o parezcan ancianos insignificantes. Guy lo sabe, por eso nunca dejaría el Café. Los otros tampoco. Pero de lo que se trata es de seguir imaginando golpes y giros. Allá, la mesa abriéndose como una gran puta sobre las sillas. El cuadro mayor sobre el mostrador mira hacia cada lado sorprendido. El unicornio mitológico acecha desde la otra pared. Y ahí nomás se rompe el silencio y todo vuelve a tomar el ritmo frenético de siempre. ¡Hey Sam, mira acá estas cartas, joderé a este par de novatos, viejo, mírame! Grita Guy desde una de las mesas. Pero Sam no escucha, pues los gritos de su madre están que le dan duro en los ojos. Ernesto trata de hilvanar frases para el tipo que lo acompaña. El tipo viste terno azul marino, sin corbata, pero con un enorme brazalete de oro en una de sus muñecas. Los jóvenes están perdidos, dice el tipo, no quieren saber nada de la responsabilidad, creen que la vida es fácil, pues piensan que siempre tendrán veinte años. No, amigo, el mundo gira cada vez más, y tienes que avivarte sino te van a joder en un puestito de mierda. ¿Eres burócrata?, preguntó el tipo. No, maestro. Ah, maestro, eso ya cambia las cosas, aunque en el fondo podría ser lo mismo. Ernesto lo miró con odio y le pidió que se largara de su mesa si no quería terminar mal. El tipo sonrió. Ernesto no esperó más y le arrojó la taza de café en la cara. ¡Mierda!, gritó el tipo ya en el suelo. En ese instante Adrián soltó a sus perros para que lo atacaran. ¡Coman, coman malditos!, gritaba. Luego del festín algunos restos fueron sacados con un recogedor a la calle. ¿Tienes cigarrillos?, preguntó Guy a uno de sus acompañantes en la mesa. ¡Juega nomás, huevón!, gritó uno de ellos. Guy sonrió, dejó la baraja sobre la mesa y sacó su pistola. ¿Cómo dijiste?, preguntó, y al instante el tipo se hizo humo. Bien, dijo después Guy, uno menos muchachos. Ahora, ¿quién tomará su lugar? Una mujer se acercó desde la puerta y se sentó en el lugar desocupado. Yo, dijo. Bien respondió Guy, repartiéndole cartas. Juega, juega muñeca, que de todos modos siempre tendrás con qué pagar. Y comenzó un juego largo y tedioso. Guy sacó el de bastos, la muchacha le enseñó los reyes, y la partida no acababa. Duraba mucho, demasiado. Sam veía a la chica desde su mesa. Recordó cuando la conoció. Iban juntos en el microbús. Ella miraba por la ventana y Sam no apartaba la vista de sus tetas. Pasaron unos minutos y la muchacha le preguntó: ¿Te gustan mis tetas? Sam afirmó con la mirada. Entonces ella le escribió en un papelito una cifra. Sam leyó la cifra y volvió a afirmar con la mirada. Se bajaron cerca de la calle Runiffatti, junto al malecón. Subieron a un hotel a pocas cuadras del paradero. Sam pagó el cuarto y firmó en un recibo. La muchacha se adelantó con la llave del cuarto. Arriba, sobre el tejado, una luna amarillenta flotaba sobre el mundo. Segundos después él cruzaba el hall del hostal. Volvió a percibir esa lejana sensación, aquella que a veces en sueños logra dominar y hacer tiritas. En el cuarto la muchacha estaba sobre la cama cubierta apenas con unas sábanas naranjas. Ambos sonreían como para una foto. Sam se quitó lentamente la ropa, luego se metió en la cama. Fue lo más rico que hizo durante esos últimos años. La muchacha lo dobló por toda la cama, le hizo tutifruti, carnavalito, fellatio y le dio cientos de besos negros. Sam fue feliz como nunca, más aún cuando sintió ese par de dedos en su culo. Luego, con el cuerpo lamido y sudoroso, se tendió entero en el piso y se quedó dormido, siempre con una sonrisa en los labios. Después de esa noche siguieron otras de la misma intensidad, hasta que descubrió que no era una muchacha, sino un hombre. Eso lo perturbó un tiempo, pero ante la redondez de la luna amarilla, cedió, cedió una, dos, cientos de veces. Y pagó también, y cada vez más. Ahora la veía ahí, junto a Guy, jugando cartas. Ganaría, seguro que ganaría, y hasta puede que se cargue a Guy. ¡Qué importa!, Guy también despertaría mañana con una horrible sequedad en la garganta, con la piel lamida y sudorosa. Estaría feliz, pensaba Sam. Pero las cosas no sucedieron como él creía. Guy no esperó ningún hostal ni más insinuación. Agarró a la muchacha y la llevó al baño. Primero fue todo silencio, salvo por algunas risitas. Después, durante horas no cesaron los gritos de Guy que, suplicante, pedía más y más. Algunos se acercaron y vieron a Guy follado por la muchacha de los dedos ágiles. Fue todo un espectáculo, de los poco vistos en el Café. Cuando salió tenía la expresión de un muñeco de cera. La muchacha no esperó nada para irse, no sin antes dejar la cartera de Guy sobre el mostrador, vacía, por supuesto. Mucho después, Guy, sentado en una de las bancas junto al mostrador, miraba perdido hacia cualquier lado, balbuceando frases apenas entendibles. ¡Qué tal Guy! Como para no olvidarla, viejo.


AQUELLA NOCHE SOLEADA TODOS MIRARON HACIA ATRÁS Y SE VIERON SOLOS. Era una imagen tras otra, siempre con las narices aplastadas contra el pavimento. Adrián lo admitió primero; luego siguió Vilma; después Ofelia, y, finalmente, Sam, Ernesto y Guy. Ya no se puede vivir así, mejor acabemos con todo. ¿Acabar? Acabar. Cómo no se hunde el cielo y nos revienta aquí de una vez por todas ¿no? Fue lo poco que pudieron decir antes de que sus voces se apagaran como una vela ante un soplo de viento. Sólo Sam pudo agregar más cosas a la historia. Estaba en una calle, dijo, creo que era octubre, pues había mucha gente con hábito. Entonces ocurrió. Había un mar de gente, repitió, pero nadie conmigo. Estaba solo. ¿Entienden ahora? Sííííííí, corearon desde todos los ángulos del Café. ¡Estaba solo y nadie entendía eso en la ciudad!, Era como un fantasma que traspasaba sus cuerpos. Todos reían, todos hablaban, todos comían y nadie miraba hacia este lado. Era un tipo insignificante ¡Nooooo, eso noooooo!, gritaron desde muy hondo algunos parroquianos. ¡Unámonos, carguemos con todo y lancémonos al ataque, yaaaa! Y siguieron los gritos y las consignas. Luego, Ernesto, que aún seguía mirando hacia la ventana tratando de ver si pasaba Josefina, la secretaria de las piernas largas, decidió ocupar el centro del salón y hablarles sobre lo que pensaba de la soledad. Digo, comenzó después de ocupar el centro, ¿a qué llamamos realmente soledad? ¿Soledad de ti? ¿Soledad de mí? Esos sinsabores son como estalactitas en un verano ardiente. Jacobo era un tipo que también decía lo mismo y murió hacinado en un mar de gente. Fue en un estadio. ¿Lo ven? Entonces, ¿qué es la soledad? No, no es estar solo, ni tampoco sentirse solo, es, es, como comer pan sin mantequilla o una raspadilla sin jarabe ¿Captan, captan el asunto? Ernesto miró a su alrededor y vio que muchos se pusieron intranquilos. Recordó sus clases en el instituto. Siempre era lo mismo, las caras de sus alumnos haciendo chispas de incertidumbre mientras él seguía con esas interrogantes inasibles para unas mentes de poco brillo. ¿Entienden?, siguió, aprendamos del sapo que vive en un pozo y nunca se queja. Este Café es como un pozo y nosotros sapitos ¿A qué salir ni entrar? Estamos aquí y eso es lo único verdaderamente importante. El sol no sólo entibia las cabezas frías, también irradia vida y hace que los hombres sean tal cual sin ningún problema… ¡Ya cállate, maldito intelectual!, gritaron desde el fondo. ¿No sabes que nadie te está entendiendo? ¡Cállate! Ernesto aspiró hondo y siguió sin hacer caso, pero los tipos seguían gritándole que se callara. Bueno, después el asunto se puso tan difícil que Ernesto tuvo que volver a su lugar. ¡Ya, olvidémoslo todo y sigamos chupando fuerte!, gritaron. Y así fue.

LA LUNA SE APAGABA IRREMEDIABLEMENTE EN LAS VENTANAS DEL VIEJO CAFÉ LUMIÉRE. Era ya de madrugada y algunos parroquianos aún persistían en sus asientos, tratando de que sus vidas se prolongaran lo más posible. Hubieran dado todo quedarse, pero Guy era implacable en estas situaciones. No entendía de peros. Sabía que ya la luna descendía sobre los edificios contiguos y había que acabar con el acto ahora. Luces, luces por favor, gritaba mientras el salón principal se convertía en un escenario. El Café Lumiére cierra sus puertas y ya, lárguense. Sam, inmerso en sus recuerdos de infancia, veía a cada rato a su padre buscándolo con un bate de béisbol para darle duro en las piernas y espalda. Pero él era muy fuerte ya para ser derribado, y lograba huir con facilidad, aunque las burlas de sus amigos le dolían mucho, pues iban directo al alma y nunca lo dejaban en paz. Luego, escuchó aullar a los lobos. En ese tiempo hubiera dado cualquier cosa por ser un lobo, entrar en su casa y matar a su viejo de un sólo mordisco. Ofelia Gulog, por su parte, ya se arreglaba para salir. Sabía a dónde. Al puerto, a violar marineros despistados o borrachos. Y Ernesto, él sí que la estaba pasando mal. El único lugar donde se sentía seguro era este Café y ahora tenía que dejarlo. Y no se trataba de una hora o un día. Ya Adrián lo había anunciado. La escena se cierra, el Café se va a otro mundo. Y ni Ernesto, ni Sam, ni Guy, que aún sueña con volver a navegar en el Mediterráneo, pueden hacer nada para evitarlo. Ernesto moriría en alguna calle, seguramente pobre y abandonado. Y bueno, el resto levanta sus alas y se decide a volar. Uno a uno van saliendo raudos por la ventana, rompiendo los cristales y los marcos de las puertas mientras mamá Vilma no cesa de llorar. Es el fin, mierdas, es el fin, gritan una y otra vez algunos parroquianos, aferrándose a una de las patas de la mesa, y Adrián los jala para botarlos. Entiendan, entiendan, tienen que irse, ya es hora, eso lo sabían bien desde antes. Sí, desde hacía mucho se sabía que el Café Lumiére iba a cerrar. Es la vida, todo acaba y renace. Seguro encontrarán otro Café algún día. Y así se fueron alejando todos esos espectros sacados de un mundo de colores pobres como sus vidas. Sam y Ernesto fueron los últimos, pues antes ya Guy había logrado alcanzar la altura de la luna. Abrazados, como dos hermanitos, Sam y Ernesto se largaron por una de las puertas que da a la calle Kissinger. Dijeron que volverían tarde o temprano, porque seres como ellos y Cafés como aquél no puede estar separados por mucho tiempo. Cafés como el Lumiére estarían abiertos para siempre en sus almas solitarias. En cualquier calle se verían las caras y correrían a saludarse con una buena sentada bajo la tarde moribunda. Ernesto fue más directo. No me voy, dijo, me quedo, y ustedes también se quedan aquí, en mis ojos. Muy poético el asunto, pero nada efectivo, pues todo terminó en la misma mierda de siempre. Un viejo Café más cerraba sus puertas en este mundo del hambre. Por último, cuando Adrián y mamá Vilma se quedaron solos, tapiaron las puertas y ventanas, rompieron los candelabros, partieron en cuatro las mesas y sillas, llenaron el poco licor que quedaba en los estantes polvorosos en un cilindro y, después, se lo bebieron. El acto acabó cuando terminaron por irse lejos, mucho más lejos que los otros, y dejaron solo y en ruinas el viejo Café Lumiére, ya sin ninguna luz en su interior.

 

Fragmento de la novela Las puertas

© Carlos García Miranda


Carlos García Miranda | Lima, 1968 | Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde realizó, además, estudios de Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana. En 1996 publicó el libro de relatos Cuarto desnudo. Ha publicado también artículos y reseñas en distintas revistas especializadas en Literatura y diarios del medio. En 2003 publicó la novela (finalista en el Premio Nacional de Novela del Banco Central de Reserva del Perú, 2000) Las puertas. Es docente en el área de Literatura en la UNMSM y director de la revista Dedo Crítico. Actualmente realiza estudios de Maestría en Madrid, en el Consejo Superior de Investigaciones de España.


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