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Palabra
encendida: Silla Marilyn Monroe
La
mañana en que el arquitecto Arata Isozaki despertó
de un sueño húmedo, concibió la idea de diseñar
una silla que reprodujera antropomórficamente la silueta
perfecta de la pierna de Marilyn Monroe.
El arquitecto, de ojos sesgados
y tez macilenta, sabía de antemano que la silla sería
no sólo una mercancía rentable, sino también
célebre como la musa que lo inspiró. Cuando el producto
apareció en los escaparates más lujosos, entre reflectores
iluminando la armonía de sus formas, los admiradores nostálgicos
de Marilyn adquirieron la silla, impulsados por el deseo de sentarse
en las faldas de ese objeto sin alma ni cerebro.
Marilyn sufrió y vivió
al filo de la muerte. Su madre, obrera de la industria del cine,
quiso abortarla y no pudo. Su abuela, la demente Della Monroe,
quiso ahogarla en la cuna y no pudo. El azar del destino le salvó
la vida, hasta que pasó a compartir su infancia en orfelinatos
y hogares adoptivos. A los nueve años fue violada por uno
de sus padrastros y quedó tartamuda el día en que
acribillaron a su perro Tippy. Años más tarde, acosada
por la locura y el espanto, soñó que estaba desnuda
en el púlpito de la iglesia, lampiña como los santos
que la contemplaban desde el altar y ruborizada como los ángeles
que se cubrían los ojos con las alas. Pero como la Casa
de Dios no era la 20th Century-Fox, ni una cueva de ratas y serpientes,
se le cerraron las puertas del Paraíso.
No obstante, su vida dejó
de ser un infierno a los once años. “El mundo que
hasta entonces estaba cerrado para mí empezó, de
pronto, a abrirme sus puertas –manifestó en cierta
ocasión–. Tenía que caminar dos millas y media
para ir al colegio, y otras dos millas y media para volver a casa,
y ese paseo empezó a ser algo completamente placentero.
Todos los hombres tocaban el claxon, me gritaban, me miraban.
Y yo les respondía”. Otro día, la niña
de ojos tristes, que a veces sonreía y rompía en
carcajadas, soñó que era una estrella de cine, su
sueño fue premonitorio y en tecnicolor.
A los dieciséis, mientras
trabajaba en una empresa de material militar, un fotógrafo,
que realizaba un reportaje entre los almacenes, advirtió
su fulgurante belleza y la invitó a los Estudios de Hollywood,
que la decapitó para comercializar su cuerpo. “Es
como si todos quisieran un trozo mío. Como si quisieran
una presa mía”, le confesó a un periodista
poco antes de su muerte. En efecto, Marilyn pasó a ser,
de simple empleada, la víctima perfecta de una sociedad
sin escrúpulos, capaz de despresarla como gallina y ofrecerla
al mejor postor. Los señores de Hollywood hicieron de ella,
de su cara de niña y su cuerpo de mujer, un símbolo
sexual embotellado para el consumo de masas.
Con
ella se rodaron películas inolvidables, pero la mayor gloria
de esta estrella, hecha de nácar y de fuego, no estribaba
en su capacidad de interpretar el script, sino en sus
tentadoras curvas, que hoy forman parte del respaldo de una silla.
Cuando Marilyn alcanzó
la fama, como la silla de Arata Isozaki, se echó desnuda
en la cama, sin faldas vaporosas ni blusas escotadas, aguardando
a los príncipes que admiraban sus prodigiosas nalgas, la
plenitud de sus hombros, el naciente de sus senos coronados de
aureolas rosadas, la protuberancia de sus caderas y la prolongación
de sus piernas que terminaban en unas uñas laqueadas de
color escarlata.
Muchos príncipes treparon
por su cuerpo que provocaba una inmediatez erótica, muchas
lenguas lamieron su piel de color vainilla y muchos dedos se enredaron
en sus pelos que superaban el rubio platinado. Todos se aprovecharon
de su juventud y belleza, desde el dramaturgo Arthur Miller, hasta
los hermanos Kennedy, mas ninguno de ellos dio por ella, como
todo buen caballero, su capa, copa y sombrero. Todo fue pasajero
con Marilyn, tan pasajero que, al despuntar el alba, tenían
que abandonarla tendida en el lecho, dormida o despierta, eso
no importaba.
Así transcurrió
su vida entre todos y ninguno, hasta que la madrugada del 5 de
agosto de 1962, los detectives encontraron su cadáver en
el dormitorio de su casa. Para unos se trataba de un suicidio
y para otros de una muerte accidental por incompatibilidad de
dos fármacos que le recetaron dos médicos, y que
ella se los introdujo al intestino por vía rectal.
En
el instante de su muerte tenía una sobredosis de barbitúrico
y el auricular del teléfono en la mano. Nadie sabe a quién
iba a llamar. Las luces se encendieron y la película que
rodó tuvo un triste final. Ahora sólo queda que
Ernesto Cardenal repita los últimos versos de su Oración
por Marilyn Monroe: “Señor:/ quienquiera que haya
sido el que ella iba a llamar/ y no llamó (y tal vez no
era nadie/ o era Alguien cuyo número no está en
el Directorio de los Ángeles)/ ¡contesta Tú
al teléfono!”.
La
muerte de Marilyn Monroe es un misterio, pero los hombres que
no lograron ver el círculo perfecto de su ombligo ni el
triángulo áureo de su pubis, hoy tienen la oportunidad
de sentarse en la silla bautizada con su nombre y entregarse a
merced de la fantasía, donde reina Norma Jeane Mortensen
con el falso maquillaje de Marilyn Monroe.
©
Víctor Montoya
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v
í c t o r | m o n t o y a |
Bolivia,
1958 | @
Escritor,
periodista y pedagogo. Es autor del libro de testimonio
Huelga y represión
y colaborador de la revista LOS NOVELES. Ha publicado:
Días y noches de angustia
(Premio Nacional de Cuento, UTO, 1984), Cuentos
violentos, El
laberinto del pecado, El
eco de la conciencia, Antología
del cuento latinoamericano en Suecia, Palabra
encendida, El
niño en el cuento boliviano, Cuentos
de la mina, Entre
tumbas y pesadillas y Fugas
y socavones. Reside en Suecia desde 1977.
Sitio web: Víctor
Montoya |
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