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Palabra
encendida: Del amor terrenal al infierno
de Dante
Cuando
el Papa Juan Pablo II anunció que en el paraíso
no habrá amor físico, porque los resucitados no
tomarán mujer ni marido, ni será necesario el ejercicio
de la procreación, pensé para mis adentros: ¡Ah,
carajo! ¿Ahora qué hago?
Si
el Papa me promete mejor bienestar en el reino de Dios, en el
paraíso celestial, se lo agradezco infinitamente, pero
a condición de que no me quite el derecho a seguir gozando
del amor físico, pues si con la muerte se paga el justo
castigo del pecado original, me propongo seguir pecando así
me expulsen del reino de Dios, como fueron expulsados Adán
y Eva del Jardín del Edén por haber comido la fruta
prohibida del árbol del saber; de lo contrario, prefiero
que me condenen a los suplicios del infierno, donde otras almas
purgan sus pecados, ya que no pienso renunciar al sexo ni muerto
ni capado. Ya François de Malherbe, al evocar la juventud
de Racan, dijo: “No encontraba sino dos cosas bellas en
el mundo, las mujeres y las rosas, y dos buenos bocados, las mujeres
y los melones. Es un sentimiento que tuve desde que nací
y que hasta hoy es tan poderoso en mi alma que pienso que nunca
agradeceré lo bastante a la Naturaleza habérmelos
dado”.
Así no sea el demonio disfrazado de Cupido, llevó
un arco imaginario y una aljaba provista con dos flechas: una
para encender las llamas indomables del amor y la otra para herir
certeramente los corazones desamorados; más todavía,
me considero la oveja descarriada del rebaño del Señor,
porque me gusta justo lo prohibido por mandato divino. Sin embargo,
mientras esté vivo en este mundo y mis órganos puedan
cumplir sus funciones para las cuales fueron creados, me seguirá
gustando todo lo que una mujer lleva a flor de piel y todo lo
que esconde debajo de la blusa y el vestido, pues el amor, contrariamente
a lo que se imagina el Papa, es la mayor gracia de la cual se
goza en la vida, sea con Dios o con el Diablo.
Cabe
recordarle al Papa que ya en la Edad Media hubo quienes, desde
el interior de sus sotanas, rechazaron el celibato y proclamaron
la satisfacción de los instintos naturales, como lo hizo
Martín Lutero, a quien su condición de antiguo clérigo
le abrió los ojos y le enseñó, por la experiencia
de su propio cuerpo, a expresar sin rodeos, de manera rotunda
y sorprendente, su necesidad de amar y gozar del sexo. De ahí
su ardor en combatir el celibato sacerdotal y exigir la abolición
de los conventos.
Martín
Lutero, como cualquier mortal en la Tierra, sabía que una
mujer, a menos de hallarse vestida de una gracia singular, no
podía pasarse sin amor, como no podía pasarse sin
comer, dormir, beber o satisfacer otras necesidades vitales concedidas
por la naturaleza. Por eso mismo, quienes luchaban contra la satisfacción
del instinto sexual y prohibían las funciones de los órganos
destinados a la procreación y la conservación de
la vida, no hacían más que impedir que la naturaleza
sea naturaleza, que el fuego queme, que el agua moje y que el
hombre coma, beba, duerma y, sobre todo, ame, ame y ame.
Como
fuere, después de lo anunciado por el Papa, soñé
que me encontraba ante los Tribunales de la Justicia, dispuesto
a recibir la recompensa o el castigo divino. Pero mi sueño
se trocó en pesadilla cuando me vi ascendiendo al cielo,
donde alguien me detuvo en la puerta de un túnel y me señaló
otro túnel que conducía al infierno. De pronto me
sentí caer en el vacío. Abajo se veía un
espacio gris, los mares eran bravíos y las montañas
parecían camellos reposando en el desierto. Los bosques
eran una inmensa estepa verde y la tierra tenía un cráter
de volcán por el cual me metí rumbo al infierno,
donde fui conducido de la mano de Dante, atravesando por ríos
de sangre, por lluvias de fuego y aguas heladas, por cloacas de
orines y excrementos, hasta que por fin llegué a una puerta
del tamaño del tiempo, donde topé con una inscripción
que decía: “Por mí se va a la ciudad doliente;/
por mí se va al eterno dolor;/ por mí se va en pos
de la condenada gente.../ Vosotros, que entráis, dejad
aquí toda esperanza”.
Pasé
la puerta y me hundí en el infierno, donde vagué
como Bertrán de Born, llevando la cabeza en las manos y
mirando cómo los seres voluptuosos eran azotados por una
lluvia mezclada con granizo de plomo fundido. Aquí estaba
Cancerbero, el perro guardián del infierno, echando babas
y dentelladas por sus tres cabezas.
Los
condenados, que se rebelaron contra la palabra de Dios, eran castigados
por los demonios, las cabezas hundidas en agujeros y las piernas
agitándose en el fuego. En los tenebrosos callejones, donde
las aguas hervían en calderos, vi que un demonio devoraba
a una niña, mientras una mujer era penetrada por ratones,
sapos, serpientes y gusanos. La niña gritaba con una voz
que flotaba alrededor de su boca, como los pentagramas de una
partitura musical, en tanto la mujer, inflada como un globo, se
elevaba por encima de los vapores rojo-verdes hasta estallar en
pedazos.
Unos
eran acosados por centauros y aves de rapiña, en cambio
otros eran castigados con picaduras de serpientes y alacranes.
En uno de los recintos, donde los condenados eran decapitados
entre estertores de agonía, vi que mi alma se me escapó
del cuerpo y se precipitó en un pozo oscuro.
En
el purgatorio estaban los magos y adivinos, quienes, la cara vuelta
hacia sus espaldas, eran obligados a caminar a reculones, al tiempo
que otros huían del suplicio, los cuerpos desnudos y las
bocas deformadas por el grito.
Aquí
permanecí a lo largo de la pesadilla, esperando que alguna
mujer, bella como la Beatriz de Dante, me tendiera la mano, salvándome
del profundo pozo del infierno y conduciéndome al paraíso,
pero no a ese que promete el Papa, sino a ese otro donde los simples
mortales aprovechan de su cuerpo mientras tienen buena salud y
están dispuestos a gozar del amor físico.
©
Víctor Montoya
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v
í c t o r | m o n t o y a |
Bolivia,
1958 | @
Escritor,
periodista y pedagogo. Es autor del libro de testimonio
Huelga y represión
y colaborador de la revista LOS NOVELES. Ha publicado:
Días y noches de angustia
(Premio Nacional de Cuento, UTO, 1984), Cuentos
violentos, El
laberinto del pecado, El
eco de la conciencia, Antología
del cuento latinoamericano en Suecia, Palabra
encendida, El
niño en el cuento boliviano, Cuentos
de la mina, Entre
tumbas y pesadillas y Fugas
y socavones. Reside en Suecia desde 1977.
Sitio web: Víctor
Montoya |
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