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de
fábulas y cuentos
Por
Víctor Montoya
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En
la ciudad azteca, muy cerquita del Zócalo, en un
kiosco de libros usados, adquirí a precio módico
las Obras completas del guatemalteco Augusto Monterroso,
cuyas tapas amarillentas daban la impresión de
haber pasado como el diablo por los dientes de un molino;
un aspecto que, sin embargo, no le restaba su valor literario,
tratándose de una colección fabulosa donde,
por supuesto, estaba bien plantado su cuento El dinosaurio,
compuesto nada menos que de siete palabras: "Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
La obra era completa porque, aparte de varios relatos
dispersos, incluía La oveja negra y demás
fábulas, que el autor escribió deslumbrado
por la fauna del Jardín Zoológico de Chapultepec.
Esa
misma noche, en el vernissage de un pintor boliviano afincado
en México, compartí momentos agradables
con el periodista Coco Manto, quien, a modo de tomarle
el pelo al autor de La oveja negra, escribió
en su libro Animalversiones (Zoopatología de
ciertas bestias), un párrafo que, con ironía
y gran sentido del humor, expresa: "Cuando despertó,
el dinosaurio seguía allí... Éste
es el cuento más corto, se dice. Lo escribió
Tito Monterroso, aunque yo me sé uno más
chiquito: había una vez truz...". Como es
natural, entre chiste y chiste, atiné a comentar
su genial ocurrencia. Coco Manto se tragó la lengua,
se hizo el despistado y esbozó una sonrisa como
única respuesta.
Cuando
retorné a Suecia, con las obras de Esopo, Samaniego,
Iriarte, La Fontaine y otros que se llenaron en las maletas,
dejando afuera los souvenir y las botellas de mezcal,
no hice otra cosa que enfrascarme en la lectura de las
fábulas, a modo de refugiarme del espantoso frío
escandinavo y olvidarme de la nieve a costa de leer historias
ambientadas en la selva, hasta que una noche soñé
que estaba tendido al pie de un árbol de follaje
espeso. Miraba el sol que incendiaba el manto azul del
cielo, cuando la sombra de otro árbol, de tronco
macizo y leñoso, cayó aplastándome
la mirada.
Intenté
pararme, pero sentí que algo pesado se me precipitó
encima; no era el árbol, tampoco la sombra, sino
la pata de un elefante pisándome el cuello. El
elefante era inmenso y poseía un peso ni para qué
les cuento.
De
pronto vi el sol descolgándose del cielo como pelota
de fuego. Me quemó por dentro, como si el fuego
se hubiese instalado en mi cuerpo. Me retorcí de
dolor. Quise toser, pero no pude, hasta que el elefante
me clavó los colmillos en las piernas, respirándome
con su trompa rugosa y prensil.
Agonizaba
con la mirada tendida en la nada, mientras una bandada
de buitres sobrevolaba alrededor del elefante, que pronto
se retiró al trote, batiendo el rabo, las orejas
y la trompa.
Uno
de los buitres, la cabeza y el pescuezo desplumados como
el de los gallos de pelea, se me acercó a los ojos.
Desplegó las alas y dio pequeños brincos
en derredor, como cuando se disputa un trozo de carroña
entre otras aves de rapiña. Yo permanecí
aterrado y quieto, con el corazón golpeándome
contra la caja del pecho. A ratos, mientras miraba al
buitre con el rabillo del ojo, sentía que la respiración
se me iba entre estertores de agonía.
El
buitre volvió a plegar las alas. Se detuvo a la
altura de mi cabeza y, enseñándome una de
sus garras fuertes y encorvadas, preguntó:
-¿Sabes
para qué sirve esto?
-No -contesté con voz moribunda.
-¿Así
que no sabes? -dijo. Se subió sobre mi pecho, se
movió tambaleándose y desplegó las
alas. Luego insistió-: ¿Así que no
sabes para qué sirven mis garras?
-No...
-¡Sirven
para deshacerte mejor! -dijo lanzando un graznido que
me desgarró los oídos.
Después
hundió sus garras en mis ojos y me arrancó
la carne a picotazos, hasta reducirme a un montón
de huesos...
¿Qué
terrible la pesadilla que me gasté, verdad? Eso
me pasó por haber leído obsesionadamente
esas pequeñas composiciones literarias, escritas
en verso y en prosa, cuyos protagonistas son animales
con personalidad y voz propia, gracias al ingenio y la
pluma de sus autores, quienes no sólo tienen la
capacidad de atribuirles dones humanos, sino también
la capacidad de metamorfosearse en bichos inmundos como
ocurre con Gregorio Samsa en la obra del atormentado Kafka.
Las
Animalversiones de Coco Manto, a diferencia de
las fábulas de Monterroso, son una suerte de alegorías
donde los humanos se confunden con los animales, o éstos
con sus hermanos racionales, pues el autor, quien se burla
del poder corrupto de los politiqueros de levita y se
rebela contra el despotismo de las dictaduras militares,
tiene la habilidad de entretenernos con cuentos que encierran
verdades éticas y morales, y con otras que, rayando
en las expresiones de doble sentido o los chistes, dicen:
"La vaca tomó al toro por las astas para que
no le ponga cuernos". Otro: "El loro le dijo
al rey león que un burro quería ser burra.
El sabio rey le ordenó: enciérralo con llave
en la biblioteca para que se aburra". Otrito más
y listo: "El gallo es el palo del gallinero".
En
síntesis, así la fábula no tenga
una enseñanza útil en el desenlace ni una
moraleja al pie de página, es importante que al
menos esté bien contada y en breve tiempo, porque
la fábula es, ante todo, tiempo concentrado. ¡Ah!,
quizás no tanto, pues como atinadamente advirtió
Monterroso: "No se trata sólo de suprimir
palabras. Hay que dejar las indispensables para que la
cosa, además de tener sentido, suene bien",
así como suenan las poesías del Coquito
Manto en la poderosa voz de Luis Rico, acompañado
por la sonora Banda del Pagador, donde los platilleros,
soplalatas y tamboreros, se parecen a los personajes de
los fabulistas en Carnaval.
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© Víctor Montoya
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