En
mi adolescencia, por demás turbulenta y fogosa,
pensé muchas veces en raptar a mi novia, hasta
que un día, metido entre libros de antropología
social, me enteré que la historia de la humanidad
no sólo era la historia de la lucha de clases,
sino también la historia del rapto de las mujeres.
Es decir, desde los tiempos primitivos, en que la ley
de sobrevivencia revestía formas salvajes y las
mujeres pertenecían a los hombres como los rebaños,
el rapto de las doncellas constituía el botín
más preciado en las guerras.
Leyendo
las obras de Friedrich Engels supe que, en el tránsito
de la familia sindiásmica a la monogamia, el rapto
de las mujeres era una acción habitual entre los
pueblos pastores, y que, tras la implantación de
la propiedad privada sobre los medios de producción,
el matrimonio por la fuerza condujo a que los guerreros
renunciaran al botín de ovejas, vacas y caballos,
a cambio de poseer a las mujeres raptadas en la batalla.
Federico
García Lorca exaltó el rapto en su célebre
Bodas de sangre, cuando la novia, montada sobre
el caballo, huye a galope tendido junto a su amado, antes
de que dejara de ser doncella para convertirse en señora.
El drama, semejante al amor imposible entre Romeo y Julieta,
es el vivo testimonio de que el rapto, una vez superada
toda atadura moral y social, es una realidad posible,
así el desenlace culmine en un crimen pasional.
El
rapto de las sabinas, sin embargo, es el más espectacular
de cuantos se tiene memoria, y que Rubens lo inmortalizó
en una de sus pinturas, donde las mujeres, de cuerpos
desnudos y cabelleras tendidas en el vacío, son
raptadas entre nubes de polvo y relinchos de caballo.
El
mito romano sobre el rapto de las sabinas fue consumado
cuando Rómulo decidió poblar la ciudad de
Roma, a la cual acudían gentes provenientes del
más diverso linaje, desde una turba de esclavos
huidos de sus amos hasta una caravana de aventureros y
forajidos, salvo las mujeres que no querían relación
alguna con los romanos. Entonces Rómulo, fundador
de una ciudad escasa de niños y mujeres, se propuso
organizar una fiesta en honor al dios Conso, con la intención
de atraer a las mujeres de los pueblos vecinos y desposarlas
con los suyos.
El
día de la fiesta, Roma se convirtió en un
hervidero de gentes dispuestas a disfrutar la visita.
Los sabinos, que por entonces eran los más poderosos
vecinos de Roma, llevaron consigo a sus mujeres e hijas,
sin sospechar que la intención de Rómulo
era raptarlas en medio del espectáculo, donde todos
gozaban de la sobreabundancia ofrecida. Llegado el instante
del rapto, Rómulo se levantó de su trono
y dio la señal de embestida. Las cuadrillas de
jinetes se metieron entre la muchedumbre, apoderándose
de cuanta mujer joven encontraban a su paso. Las sabinas,
llenas de espanto y presas del pánico, intentaron
huir entre la cabriola de los caballos. Los romanos las
levantaron en vilo, mientras ellas flotaban en el vacío,
los cuerpos desnudos, marmóreos, y los gritos de
auxilio.
Con
el transcurso del tiempo, en las sabinas menguó
la ira, mientras a sus padres y esposos les hervía
la sangre de furia, pues entendían que una cosa
era raptar a las mujeres como botín de guerra y
otra muy distinta raptarlas en una fiesta. Así,
al amparo de la noche, decidieron atacar la fortaleza
romana, donde ambas tropas se trenzaron en un feroz combate.
Los caballos, encabritados por el estruendo de las espadas
y lanzas, galoparon con su jinete a lomos, sembrando el
horror y la muerte.
Las
sabinas, conscientes de que ambas tropas se disputaban
por ellas, se echaron a correr hacia el campo de batalla,
con sus hijos en los brazos, las ropas infladas por el
viento y esquivando las lanzas y espadas. Pasado un tiempo,
consiguieron ponerse en medio del combate y el tropel
de los caballos. Y, teniendo a sus padres en un lado y
a sus esposos en el otro, exclamaron al unísono:
"¡No luchen por nosotras, que no estamos dispuestas
a ser huérfanas ni viudas!". De súbito
cundió el silencio y nadie se movió de su
sitio. Los jefes arrojaron las armas y los bandos en pugna
se estrecharon la mano en señal de concordia. Desde
ese día, las sabinas, quienes fueron raptadas en
una fiesta, se convirtieron en las mujeres más
apreciadas en el reino de los romanos.
En
consecuencia, yo no era el único enamorado que
por las noches pergeñaba cómo raptar a mi
novia, sino uno más del montón, pues los
héroes de la mitología antigua, como los
secuestradores modernos, raptaban a las mujeres de noche
o de día, por las buenas o por las malas, con tal
de amarlas en el lecho nupcial y seducirlas a fuerza de
encantos. Las raptaban así sus padres las encerraran
en recámaras seguras, con ángeles de la
guarda y cinturones de castidad, puesto que los corazones
violentamente apasionados no resisten a la tentación
del rapto.