EL TIO
EN EL SUEÑO*
Los amigos me han preguntado
el porqué me dejo dominar
por el Tío, un ser que tiene más atributos
de demonio que actitudes de buen tipo. Yo, siempre que puedo,
me hago el desentendido y les contesto con un simple “no
sé”, aunque lo cierto es que este personaje, cuya
vida está rodeada de fabulaciones, es un fetiche de
alto vuelo, pues asume una postura profana ante lo sagrado
y es un espíritu capaz de alojarse en el cuerpo de
cualquiera. Pero algo más, del Tío aprendí que
mis grandezas y miserias pueden convivir en matrimonio, y
que la vida es tan corta y el oficio de vivirla es tan difícil,
que uno se muere antes de aprender a vivirla como Dios manda.
Sin embargo, a pesar de
profesarle respeto y rendirle culto, no estoy libre de sus
bromas ni del susto que me causa mientras menos me lo espero.
Así me pasó la otra noche,
cuando al término de una conversación amena,
acompañada con comidas y bebidas típicas de
la tierra andina, me quedé a dormir en la casa de
mis padres.
Pasada la media noche, en
el remanso del sueño, me
vi ingresando a la mina. Era la última quincena del
mes de febrero, mes del diablo, y los trabajadores de la
sección Lagunas, en su afán de cumplir con
los rigores de una antigua tradición minera, se aprestaban
a ch'allarle a la Pachamama, rociándole aguardiente
y ofrendándole hojas de coca, en señal de gratitud
por sus dádivas y bondades.
En el sueño me vi chango, de no más de diez
años de edad. Estaba disfrazado de minero y cargaba
una bolsa de yute en la espalda; tenía guardatojo,
overol y botas de goma. Lo raro es que, a pesar de vivir
desde hace años en Suecia, no he logrado liberarme
de la presencia omnipotente del Tío ni de las escenas
trágicas que contemplé en los centros mineros,
donde las discriminaciones sociales y raciales, entre los
pocos que tenían mucho y los muchos que tenían
poco, estaban marcadas desde la cuna hasta la tumba. ¡Pucha,
caray! Eran pobres, los pobres mineros.
Volviendo otra vez al sueño, les cuento que cuando
los trabajadores empezaron la ceremonia, ch'allándole
a la Pachamama y rindiéndole culto al Tío,
a quien, por esas trampitas que nos tiende el sueño,
no lo podía ver porque estaba en un paraje oscuro,
se escucharon ruidos fuertes a lo lejos, como ecos que nacían
en las entrañas del cerro.
Los trabajadores, murmurando entre dientes, mascaban coca
y pitaban cigarrillos, mientras yo arrojaba puñados
de la hoja sagrada en derredor y rociaba aguardiente entre
las rocas.
Al poco rato, los trabajadores,
como arrebatados por una fuerza indómita, fueron desapareciendo de la galería
uno a uno, llevándose la luz de sus lámparas
y dejándome solo en la impenetrable oscuridad. Me
entró el pánico y las lágrimas asomaron
a mis ojos. Me moví de un lado a otro, tanteando con
los pies y las manos, pero donde daba un paso, no encontraba
más que rocas erigidas como muros. Así que,
sin encontrar salida alguna y con los pantalones mojados
por el miedo, decidí sentarme en el mismo lugar, a
la espera de que alguien diera con mi paradero.
Pasó un tiempo, mucho tiempo, no sé precisar
cuánto, hasta que de pronto, tan-tan-tan, escuché un
ruido que parecía acercarse desde el fondo de la mina.
Ahí nomás se hizo el silencio y el Tío
apareció plantado a mis espaldas, iluminándome
con la luz de sus ojos y pidiéndome coca y alcohol.
No alcancé a mirarlo entero, pero me incorporé en
un santiamén. No supe qué hacer ni qué decir.
Se me estremeció el cuerpo de sólo escuchar
su voz, casi semejante al rebuzno de un asno. Me cubrí la
cara con las manos y rompí a llorar como guagua destetada.
El Tío, que lucía su traje de Lucifer, se
encendió como lámpara, iluminando la galería
de tope a tope. Su aspecto era tremendo, como el de los monstruos
que son bellos siendo feos. Lo miré por entre los
dedos de la mano y, para mi asombro, comprobé que
estaba hecho de roca y de fuego. En eso apareció un
minero. No sé de dónde salió, pero tendió un
aguayo delante del Tío, ofreciéndole coca,
cigarrillos y alcohol.
El Tío vació la botella de un sorbo, se metió un
puñado de hojas de coca en la boca y encendió el
cigarrillo con el cigarrillo del minero. Después,
sin gestos ni palabras, se retiró a paso lento, mientras
una tos seca golpeaba en el aire y la gotera de la galería
caía tic-tic-tic sobre la roca.
“¡Tío, gramputa! ¡Me has asustado!...”,
me dije por dentro, sin parar de llorar a moco tendido, con
el alma todavía mordida por el miedo.
Cuando desperté del sueño, el cuerpo empapado
en sudor y los ojos navegando en lágrimas, tuve la
extraña sensación de que el Tío, quien
me asustó queriendo sin quererlo, se instaló en
mi vida desde el primer día en que lo vi en la mina
de Siglo XX, sentado en su trono cual soberano de las tinieblas
y dueño absoluto de las riquezas minerales. Y, aunque
tenía ganas de maldecir mi suerte por haberlo conocido
y traído a Suecia, me quedé callado en siete
lenguas y traté de mantener la calma, pues sabía
que el Tío, con o sin mi consentimiento, estaba dispuesto
a seguirme de cerca, muy de cerca, en las buenas y en las
malas, hasta la hora de mi muerte.
* Tío:
Dios y diablo de la mitología andina.
Los mineros le temen y le rinden pleitesía, ofrendándole
hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.
© Víctor Montoya |