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Palabra
encendida: La cama
Leyendo
el Kâma-sûtra volví a pensar en la
importancia que tiene la cama, donde se hace el amor y se pasa
casi la mitad de la vida. Además, quién no ha soñado
alguna vez con dormir en una cama reclinable, redonda y giratoria,
con una estructura maciza de madera lacada, un colchón
confortable que tenga un alma de resortes, una almohada rellenada
con plumas de ganso y una colcha suave como la piel de mujer.
En
el Kâma-sûtra, ese famoso tratado sobre el
arte de amar, el sabio Vatsyayana nos refiere las condiciones
que debe reunir la cama para hacer más agradable la relación
conyugal y ensayar las sesenta y cuatro posturas distintas de
la cópula carnal, en medio de un dormitorio que responde
a las necesidades del cuerpo y del alma. Según Vatsyayana,
para que la pasión erótica sea aventura inolvidable,
la casa debe estar situada cerca de una fuente de agua rodeada
por un jardín; debe tener habitaciones, fragantes de ricos
perfumes, con una cama blanda algo más baja en su parte
central, con guirnaldas y ramos de flores sobre ella, un dosel
por encima y dos almohadas, una a la cabecera y otra a los pies.
Debe
haber un taburete sobre el cual colocar los ungüentos para
la noche, botes que contengan colirio y productos para perfumar
la boca. Es decir, para el sabio hindú, la cama deja de
ser una simple hamaca, un mullido de paja o un armazón
-en el cual se ponen jergón, colchón, sábanas,
mantas, colcha y almohadas-, para trocarse en un objeto que estimula
la fantasía sexual y despierta la pasión erótica,
sobre todo, sabiendo que tanto el hombre como la mujer tienen
los mismos deseos y derechos a la hora de meterse en la cama,
donde todos los lados son igual de importantes, al menos si se
tiene la intención de poner en práctica, además
del estilo “de misionero”, las sesenta y cuatro posturas
distintas recomendadas en el Kâma-sûtra.
La cama, desde tiempos inmemoriales,
es un pequeño escenario donde se dan cita no sólo
los acróbatas y contorsionistas del arte de amar, sino
también los hombres y las mujeres comunes que necesitan
relajarse del cansancio y buscar el placer sexual con los medios
que están a su alcance. La cama es, pues, un territorio
donde el acto sexual adquiere dimensiones sacramentales, como
el rito hindú, donde una pareja, antes de acostarse, debe
asearse el cuerpo, limpiarse los dientes, aplicarse ungüentos
y perfumes. El hombre debe afeitarse la cabeza, la cara y lavarse
el miembro desde los testículos hasta el glande; en tanto
la mujer, aparte de bañar cuidadosamente sus intimidades
y colorear sus ojos y labios, debe lubricarse con aceite y adornar
su cuerpo.
La
evolución de la cama
La cama ha sido -y seguirá
siendo- una de las mejores y necesarias invenciones del hombre,
quien, incluso antes de erguirse de su condición de primate,
buscó un sitio para pasar las horas de sueño, aunque
primero inventó la almohada y después la cama. Transcurrió
mucho tiempo antes de que el hombre primitivo dejara de dormir
en camastros de hojas y hamacas de raíces trenzadas.
En la Biblia, Jacobo tenía
una piedra de cabecera y en la China antigua se usaban almohadas
hechas con cañas de bengala. Pasito a paso, las almohadas
adquirieron patas y también un cielo que las tapa. Los
emperadores hicieron de la cama su segundo trono, y desde allí,
desde esas camas, que lucían patas con garras de leones,
impartían órdenes a sus súbditos, allí
se apoltronaban para conversar, comer, beber, amar, dormir y morir
con la felicidad metida en el alma.
Los baldaquines del renacimiento,
más que camas, parecían casas y las camas brocadas,
talladas en la época barroca, podían servir como
escenarios para orgías perpetuas. No obstante, entre estas
camas, la que se lleva la rosa, por su tamaño y forma,
es la mencionada por Shakespeare en uno de sus dramas; la cama
tiene una superficie de once metros cuadrados y se dice que en
ella durmió Charles Dickens. En la actualidad, esta cama
se conserva como pieza rara en un museo británico.
Las camas no siempre han sido
iguales a lo lago de la historia, sino diferentes de época
a época y de cultura a cultura. Esquematizando, se puede
mencionar la cama sencilla del tipo griego, una superficie plana
sobre cuatro patas; la cama redonda, donde duermen varias personas
juntas; la cama turca, sin cabecera y a modo de sofá sin
respaldo ni brazos; la cama vientre, cerrada como una habitación
de paneles que separan del mundo y corresponde al período
medieval; la cama con baldaquines, que decoran el sueño
vestido de lujo y protegen de las agresiones externas; la cama
abierta, donde sólo se protege la cabeza de la pared y
los pies del vacío.
En el siglo XV aparecen las primeras
camas con paneles y columnas ricamente ornamentadas. Esta moda
permanece hasta el siglo XVII. En el atrio del siglo XVIII se
aligeran los brocados y vuelve a surgir la madera. Cabeceras y
columnas talladas pueden verse tras los satenes y tafetanes. Con
Luis XVI se vuelve a la cama simple, de sencilla elegancia y trazo
neoclásico, con cabecera y pie tapizados. Hay camas que
transmiten ideologías en su ornamentación para remarcar
la importancia social de su usuario, como las construidas durante
la revolución francesa, donde renacen los drapeados y las
camas se llenan de símbolos, lanzas y gorros frígidos,
o la que construyó Fabergén en plata y con cuatro
esculturas móviles para cuidar los sueños eróticos
de un maharajá caprichoso.
En Europa, hasta la Edad Media,
no se distinguía el sitio para dormir de las otras habitaciones
de la casa, a diferencia de lo que sucede en la época moderna,
en la cual el dormitorio es un espacio físico independiente,
cuya función no sólo está destinada a relajar
el cansancio del cuerpo, sino a hacer del sueño una realidad
y del amor una fantasía. En tal virtud, las recámaras
y dormitorios son los sitios más atractivos de una casa,
pues allí se concentra el calor del hogar y allí
se refugian los individuos desde el nacimiento hasta la muerte.
La
manía de escribir en la cama
Entre la variada gama de escritores
que ostentan diversas manías, yo me identifico con quienes
tienen la manía de escribir en la cama, pues es el único
espacio, de dos metros por dos, que el individuo habita por completo
y donde saca a traslucir su estado más natural, aparte
de que es un mueble indispensable donde comienza y termina el
ciclo de la vida. No en vano Vicente Aleixandre, Marcel Proust
y Juan Carlos Onetti cerraron el ciclo de su creación literaria
en la cama. Tampoco se puede negar que Don Quijote -como su creador-
pergeñó sus aventuras en la cama, que Miguel de
Unamuno y Valle-Inclán recibían a sus amigos en
la cama, o que Oscar Wilde escribió sus mejores obras en
posición horizontal, al igual que Marcel Proust, quien
reposaba hasta pasado el mediodía, escribiendo y corrigiendo
sus manuscritos. Por eso la cama de Proust, en la cual pasó
las tres cuartas partes de su vida, estaba siempre destendida,
salpicada de folios y hojas sueltas que delataban su caligrafía
menuda. Pasaba más tiempo en la cama que en el escritorio,
ordenando sus asuntos y peleando con la máquina para terminar
una crónica sin firma, en medio de un silencio que le era
necesario para escribir lejos del ruido mundano y a espaldas del
tiempo.
Las camas y recámaras,
en todas las épocas, han tenido su debida importancia.
En 1620, la marquesa de Rambouillet convirtió su recámara
en un salón literario, donde reunía a sus amigos
en célebres tertulias. En México, Frida Kahlo pintó
algunos de sus autorretratos postrada en la cama, mirándose
en el espejo empotrado en el techo de su recámara. Por
cuanto la cama no sólo sirve para retozar y dormir, sino
también para nacer, crear, amar y morir, tal cual reza
el proverbio: “En la cama duerme el Rey y duerme el Papa,
porque de dormir nadie se escapa”.
Por lo que a mí respecta,
y sin el menor rubor en la cara, debo confesar que durante mucho
tiempo tuve la manía de escribir en la cama. A veces, entre
el sueño y la creación literaria, me asaltaba la
extraña sensación de parecerme a un sultán,
aunque no estaba rodeado de mujeres adornadas con joyas y velos,
sino apenas de almohadas que relajaban la tensión de mi
cuerpo. Por las mañanas, al incorporarme en la cama, pegaba
un salto hacia la silla del escritorio, y lo primero que hacía
era coger mi pipa, llenarla con tabaco, llevármela a la
boca y encenderla para que la fragancia del humo revoloteara entre
las paredes del escritorio, que a la vez hacía de dormitorio.
A un lado de la cama estaba el estante rojo empotrado en la pared,
con los libros al alcance de la mano; y, al otro, el escritorio
negro sobre el cual tenía el Pequeño Larousse y
el diccionario de sinónimos, un papel a medio escribir
metido en el rodillo de la máquina y una computadora en
cuya pantalla se reflejaban los movimientos más ridículos
que ejecutaba en la cama.
De modo que escribir en la cama
es también una manía de escritor, quizás
un vicio secreto sobre el cual todos prefieren callar, por temor
a perder el pudor y la amistad, o quedarse definitivamente anclados
en el aislamiento y la soledad que, al fin y al cabo, es la única
y mejor compañera de quienes tienen la manía de
escribir.
©
Víctor Montoya
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v
í c t o r | m o n t o y a |
Bolivia,
1958 | @
Escritor,
periodista y pedagogo. Es autor del libro de testimonio
Huelga y represión
y colaborador de la revista LOS NOVELES. Ha publicado:
Días y noches de angustia
(Premio Nacional de Cuento, UTO, 1984), Cuentos
violentos, El
laberinto del pecado, El
eco de la conciencia, Antología
del cuento latinoamericano en Suecia, Palabra
encendida, El
niño en el cuento boliviano, Cuentos
de la mina, Entre
tumbas y pesadillas y Fugas
y socavones. Reside en Suecia desde 1977.
Sitio web: Víctor
Montoya |
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