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Víctor
Montoya
Bolivia
| 1958
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"Víctor
Montoya es uno de los principales impulsores de la moderna
literatura boliviana, especialmente de los escritores que,
como él, exiliados a causa de las dictaduras militares,
hace años viven fuera de Bolivia."
Adolfo
Cáceres Romero (Diccionario de la Literatura Boliviana) |
Encuentro con el
Tío
Por
Marco Minguillo
Serían
las ocho o nueve de la noche, cuando timbró el teléfono.
Yo estaba sentado en la mesa del comedor, bajo la luz amarillenta
de la lámpara que se descolgaba del techo, como maracuyá
madura en el huerto de mi abuela. Frente a mí había:
cuadernos abiertos, lápices, un plumón fosforescente,
un diccionario de sueco, una bolsita de papel con gomas dulces
y bolitas de chocolate. Estaba concentrado sobre ese reguero de
cosas, hasta que la insistencia del teléfono me levantó
de la cómoda silla y me obligó a dar algunos pasos.
Descolgué el auricular rojo empotrado en la pared y contesté
medio desganado:
—¿Aló?
...
—Aló, buenas noches, habla Víctor Montoya...
¿Puedo hablar con Marco?
—...
—Aló
—¿Víctor?...
—Sí, Víctor.
—¡¿Víctor...Montoya?!
—Sí, con él mismo.
—¿Víctor Montoya? ¿El escritor boliviano?
—Claro, ¿puedo hablar con Marco?
—Soy Marco...
Me
sentí ridículo en esos instantes. El intercambio
de frases, que como el péndulo de un reloj oscilaba entre
la sorpresa, la alegría y la cojudez, dio inicio a nuestra
amistad. Él me comentó que había leído
mi libro de relatos y que le interesaba conversar conmigo. Yo
no lo creía. ”Víctor, Víctor Montoya”,
pensaba, mientras mi rostro sonriente se reflejaba en el cristal
de la ventana. Conversamos un largo rato.
Luego
de colgar, corrí como un niño hacia la sala, donde
mi compañera de ese entonces estaba mirando televisión
enterrada en el sofá, con las piernas estiradas sobre la
mesita de centro y con los pies abrigados por unas voluminosas
medias de lana tejidas por su madre. Yo necesitaba narrarle lo
sucedido. Al mostrarme su sonrisa, le comenté, medio agitado,
respecto a la obra del narrador boliviano.
Hacía
ya cerca de cuatro años que había llegado a Suecia.
En mi encuentro con la tierra de August Strindberg, Selma Lagerlöf,
Nils Ferlin, Astrid Lindgren y Per Anders Fögelström,
experimenté el impulso irresistible de cobijarme en mi
idioma natal como una manera de capear los nuevos retos del exilio.
Así, durante ese tiempo leí, entre otras obras literarias,
los cuentos, novelas y poesías de los escritores latinoamericanos
en Suecia. Y uno de los escritores que más me impresionó
fue Víctor Montoya.
Para
ese entonces (antes de la llamada telefónica), yo ya había
devorado: Cuentos Violentos, El laberinto del pecado, Días
y noches de angustia, Antología del cuento latinoamericano
en Suecia, Palabra encendida, aparte de sus artículos sobre
cultura y pedagogía; y me identifiqué con su obra
por la energía de los personajes, por la prosa neo-indigenista
(que en algún momento me hizo recordar a Vallejo, Alegría
y Arguedas), por su compromiso con las luchas reivindicativas
de los mineros bolivianos, por su manera peculiar de narrar la
persecución política, la tortura, la cárcel
y la muerte.
La
prolífica obra de Víctor Montoya y la de otros autores
latinoamericanos en el extranjero me brindaron la posibilidad
de leer y reflexionar sobre un tipo de literatura que nunca tuve
oportunidad de leer en los parámetros de mi patria. Pienso
que, justamente, la relevancia de esta obra radica allí.
La obra silenciada, censurada, es la que trascenderá, como
el pájaro campana, los recovecos y las tormentas de la
historia.
Días
después, a través del buzón del apartamento,
cayó un sobre que traía consigo una invitación
a la presentación del libro El niño en el cuento
boliviano, antología de Víctor Montoya, que se llevaría
a cabo en el centro de Estocolmo.
El
día del acto me encontraba sentado al lado de otras personas
que esperaban impacientes la salida del escritor boliviano. Alguien
distribuyó copas con champagne, y yo, mientras paladeaba
la bebida, lo imaginaba alto, fornido, de cabellera larga y lacia.
O tal vez, recordaba la tarde esa en la biblioteca del Instituto
Latinoamericano de la Universidad de Estocolmo, donde a cada minuto
interrumpía mi lectura para dirigir la mirada, incesantemente,
hacia un hombre con las características del arriba mencionado,
quien leía, casi engullendo los libros, indiferente a mi
actitud de lector curioso. ”Este pata debe ser Víctor
Montoya”, me decía a mí mismo, cada vez que
le lanzaba la mirada por sobre el lomo de Los heraldos negros.
La
voz de un escritor chileno, luego de hacer un resumen y comentario
de la antología, fue la que me trajo nuevamente a la sala,
ahora más abarrotada de gente.
La
cámara de la televisión local de un canal latino
corría y saltaba como mamífero australiano sobre
los rostros acalorados.
Desde
el umbral de una puerta, y entre el aplauso de los presentes,
hizo su ingreso un hombre de contextura menuda, con los bigotes
y barba que me recordaron al líder de la revolución
bolchevique, embutido en un elegante terno, camisa blanca y zapatos
que relucían como dos potros azabache. Cuando todavía
no salía de mi letargo, tratando de encajar al hombre alto
y fornido que había visto en el Instituto Latinoamericano,
con el otro hombre que mis pupilas contemplaban en la sala, escuché
la voz de Víctor.
Mi
letargo desapareció en milésimas de segundos, al
descubrir un aspecto personal del autor boliviano, que no advertí
en sus libros: su capacidad de oratoria. Este hombre de estatura
pequeña se convertía en un gigante cuando se dirigía
al público.
En
esos instantes volvió a crecer mi admiración por
este escritor, que bien podía ser el Atahualpa de El Tablero
de la muerte o la imagen enigmática del Tío (1)
de las minas bolivianas, con quien soñaba Sinforoso Choque,
dejándose arrastrar a los dominios del más allá.
Mientras
escuchaba su retórica, en mi cabeza fluía, como
manantial que brota y baja estrepitoso desde las montañas,
la imagen de un niño sujeto fuertemente a la mano de su
madre, quien fue maestra en la población minera de Llallagua;
el rostro y cuerpo adoloridos de un adolescente en las celdas
del Panóptico Nacional de San Pedro y en el campo de concentración
de Viacha; la figura del joven apasionado estudiando pedagogía
en Estocolmo y la del hombre ya maduro, reposado, con una rica
producción literaria en Suecia.
Luego
del acto, entre el tumulto de la gente y la impronta de su firma
en la primera página de los libros, nos dimos un fuerte
abrazo y quedamos en vernos otro día en algún punto
de la ciudad.
Con
la mochila a mi espalda, botas de peluche, pantalones jeans, una
casaca azul de pluma de ganso y con unas ganas enormes de ver
al Tío Víctor, subí las escaleras de Slussen
y caminé hacia las puertas de vidrio. Al lado del Pressbyrån,
en donde una cola de gente compraba cigarrillos, chocolates y
periódicos nocturnos, vi nuevamente al narrador boliviano;
tenía un fino traje negro y un maletín de cuero
bailándole en la mano. Me acerqué despacio. Sonreímos
y nos saludamos. En ese momento sentí como si el Tío
Víctor hubiese crecido. Me dio la impresión de que
un gigante me golpeteaba la espalda como tambor de guerra.
Salimos
de la estación del metro. Afuera, la nieve se tragaba las
calles y del manto de la noche se descolgaban estrellas relucientes
que se perdían tras las aguas del Mälaren.
—¿Qué
dices, che? ¿Dónde nos tomamos unas cervecitas?
—me dijo aquel hombre de mirada profunda.
—No hay problema, Tío Víctor. Por estos alrededores
hay cualquier cantidad de lugares.
—Pero la noche está linda, Marco. Te hago una propuesta:
¿qué te parece si nos compramos algo para beber,
y de paso andamos por los recovecos del Tío?
—Me parece bien. Vamos a comprar algo y seguimos caminando.
No se siente mucho frío. Así, salimos de algún
lugar con latas de cerveza y una botella de whisky. Nuestras huellas
fueron hundiéndose y desapareciendo por entre las calles
cubiertas de espuma albina.
Al
poco rato, vimos una banca casi perdida en los caminos tortuosos
que llevan hacia Mosebacke.
—¿Te
gusta este lugar, no? —comentó sonriente, levantándose
la capota del abrigo.
—Claro, compadre. A este lugar retorno en todas las épocas
del año —respondí.
El Tío Víctor sacó de un manotazo el lecho
blanco que reposaba sobre la banca y la madera quedó al
descubierto, mientras yo reía y descolgaba la mochila.
Nos sentamos. Charlamos. Bebimos. Reímos.
—Qué bella es esta ciudad, Marco—dijo suspirando.
Dirigimos
la mirada hacia el frente y nos quedamos observando el centro
de la vieja Estocolmo, con sus luces amarillentas simulando flotar
en la superficie del agua y a una infinidad de barcas durmiendo
en la orilla del puerto.
El
vientecillo de febrero traía, desde lejos, música
y voces de los bares nocturnos.
—Sí, esta ciudad es hermosa... ¡Salud por este
gusto, compadre! —le dije.
Y así, entre salud y salud, nos vaciamos la botella.
—Oiga, Tío, ya me está chocando este trago.
Tú sabes que soy hombre de chicha y de cerveza. Pero no
tengo costumbre con estos tragos especiales.
Él, sonriendo, exclamó:
—Recién estamos empezando...
Seguimos
con las cervezas. Entre trago y trago descubrí otra característica
del escritor boliviano: su manera personal de narrar oralmente,
hecho que me hizo evocar a esos viejos abuelos sentados al pie
de una fogata, contando historias fantásticas del mundo
minero. Historias que, con el transcurso del tiempo, las vería
escritas en su libro Cuentos de la mina.
Horas
después bajamos a paso lento y caímos en un bar
de Södermalm, donde, haciendo sonar nuestros vasos, y en
medio del humo de los cigarrillos, el Tío Víctor
me contó de su entusiasta visita a las tumbas de Cortázar
y Vallejo en París, de su entrevista a Galeano cuando visitó
Suecia, de la impresión que le causó ”Varguitas”
Llosa y de ese flaco parco, sencillo, casi mudo, como fue Julio
Ramón Ribeyro, a quien le estrechó la mano en un
congreso de escritores en Madrid. De sus lecturas de Kafka, Dostoievski,
Rulfo, Arguedas, Neruda y Vallejo. De la amistad con otros escritores
latinoamericanos que conoció en el exilio, de los cuales
algunos ya descansan en el panteón de los inocentes y de
muchos otros que, retornados a sus países natales, todavía
continúan dándole a la pluma en condiciones precarias.
Continuamos
con más cervezas e historias. Estábamos, como decimos
los peruanos: ”mamados”. La cabeza nos daba vueltas
y, al reírnos, veíamos que los rostros de los presentes,
desparramados en otras mesas, parecían que estuviesen sentados
en alguna silla giratoria de Gröna Lund.
—Oiga, Tío, esa mezcla de whisky y cerveza ya me
tumbó. Si no vaya a mirar cómo he dejado el baño
—le dije
—No te preocupes, Marco, así es cuando se mezclan
los tragos —respondió a carcajadas.
Luego
de un tiempo del que no me acuerdo, ingresamos nuevamente, pero
ahora abrazados para no caernos, en la estación de Slussen.
Ya era de madrugada cuando se abrieron las puertas del metro.
Nos despedimos chocándonos las frentes, y con la promesa
de volvernos a encontrar por entre los bares nocturnos de la vieja
Estocolmo.
Minutos
más tarde, me quedé parado entre la gente de rostros
trasnochados, escuchando el chillido de los rieles y contemplando
el metro azulado que, llevándose en sus entrañas
al Tío, se perdía por el boquete de un túnel
largo, interminable, como el de nuestra entrañable amistad.
Marco
Minguillo | Perú,
1965 | Sociólogo, poeta y cuentista. Autor de Una
noche de otoño y otros relatos y co-autor
de Al cruzar la frontera.
Reside en Estocolmo desde 1995.
(1)
De allí viene el sobrenombre del autor boliviano, quien
en sus cuentos rescata el mundo mitológico de la tradición
minera, haciendo énfasis en la imagen del Tío: diablo
y dios que habita en el interior de la mina.
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