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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

SUB ESPECIE AETERNITATIS

Para Alonso

 

La caza de emociones fuertes le llevó a integrarse a la Oficina Federal de Censos. Los primeros años de trabajo no le permitieron más que un fortalecimiento troncal de la paciencia, pues el momento que buscaba simple y llanamente no se dio. Fue preparándose, no obstante, para tan fortuito y fugaz encuentro demorando muy pausadamente sus asignaciones en pequeños pueblos de la estepa so pretexto de adelgazar el margen de error de sus pesquisas. La central no siempre protestaba y cuando la coyuntura en la capital se presentaba especialmente auspiciosa (el golpe del '40, los comicios del ‘54), y el desorden imperante permitíale quedarse por ahí, indefinidamente, o borrarse sin un rastro y sin que lo rastreasen por un tiempo; desaparecía por semanas y hasta meses antes de volver a reportarse, sin que nadie lo notase, en los predios físicos de su oficina, donde nadie tuvo nunca interés en preguntarle por las coordenadas de su ausencia, salvo una sola vez en que el asunto fue, como por obra del diablo, conducido de manera improcedente y catapultado de un solo salto a la más alta instancia. Si bien recordaba, la anomalía debiose a que alguna de esas tantas crisis de gobierno desencadenó una redistribución del personal del aparato público y que, vaya a saberse cómo, alguien –sin lugar a duda algún advenedizo teologal, sin iniciación alguna en el anonimato fuerte y palaciego de los ministerios—, vino a acordarse que existía una Oficina Federal de Censos y que alguien tenía que dar prueba de tanta existencia. Fueron –ah, lo recordaba— los meses aciagos del gobierno de facto de un ejecutivo innovador, reputado por la brevedad de su reinado, y la calidad y profusión de sus estragos. No obstante, y pese al riesgo más bien tácito incurrido por y para su persona laboral y su abolengo de empleado, aquello que esperaba –eso por lo que jamás podría darse por aplacado con las plácidas satisfacciones que implicaban, para tantos de su especie, un ascenso, un traslado, un repique sublunar en el salario— no le dio el encuentro en sus escapes sino en el ejercicio de sus potestades.

Su modus operandi era sencillo. Conducía su censo, lo verificaba y se deslindaba de sus asistentes, a los que regresaba con saludos y de ser posible con alguna dádiva a la central. Sus ofrendas eran generalmente aceptadas por el director de turno, la devolución del personal era mayormente entendida como un bravo sacrificio ‘'en pro de nuestra economía'', y por lo general, sin gran dificultad, le era posible hacerse de las firmas y los sellos necesarios para asegurar la “extensión de su estadía en […]”, sustentada, como no, en la generosa ambigüedad con la que la Oficina investía a sus intermediarios. (El aparato, no siendo racional, sino un expediente de razón, no precisa de razones pero las precisa, y es por ello que, alcanzado el summum de su consecuencia, tampoco le debe razones a nadie: ni a sí misma).

Conocido (y, esquinadamente) apreciado entre sus pares por la exquisitez cuasi geomántica de sus indagaciones, le compraban, pues, algunos días, “por artista”. Y así permanecía estacionado en un mismo lugar, durante un cierto tiempo, esperando que las cosas confluyeran.

Hasta que un buen día, así lo hicieron. Fue en los altos, ajustando cifras, esperando en un villorio de su plena y pasajera observación, que el desagüe estático del mundo fue encharcándose en un mismo sitio. Al primer día, como era natural, no lo notó, o en todo caso, no como algo anómalo (existen, aunque a título provisional, los días matemáticamente perfectos). Pero pasados tres días ya no tuvo dudas de que esto se había consagrado, a falta de eventualidad y finalmente, en un evento. La peregrina realidad se confirmó, pues, en el tiempo, y pasaron, por reloj y por los cielos, tres días con sus tres noches rasgadas sin que nuestro especialista registrara una sola muerte o siquiera la más tenue insinuación de un nacimiento: el soñado enclave estadístico del cambio cero. Tres días y tres noches en la estepa, el margen de error se ciñó, cual guante de cuero, al cero, y pudo decirse a sí mismo que aquí, en este vértice- centro del mundo, “hoy todo lo que existe es esto.”

Al despuntar ya la tercera madrugada el margen se corrió, con su muerte, a la izquierda. Pero como no contaba, y tampoco hubo quien lo contase, el clímax estadístico se prolongó indefinidamente, hasta el día en que alguien en la sede--seguramente otro de esos directores neófitos y procedentes—, transcurridos varios meses sin ninguna notificación de parte ni noticia alguna desde el frente, lo exoneró de sus funciones: permanentemente. 

© Mónica Belevan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mónica Belevan | Perú, 1982 | Summa cum laude en filosofia. Poeta, ensayista, novelista y dramaturga. Publica muy de vez en cuando y para pocos. Deplora las notas biográficas, y se resiste, todavía, a esta (su editor la forzó). Trabaja, de momento, en proyectos literarios y filosóficos (Toccata/fugue, E., The Cold Fronts, Belicas, Lives of Julian Paleologus, The Razor & The Edge); teatrales (Nero); musicales (Introducing Walter Benjamin Britten); incursiones en la crítica de arte y experimentos conjuntos en literatura y teoría arquitectónica.