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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

CASOS DE COSAS: ‘'DE LA SITUACIÓN DEL OBJETO EN EL IMAGINARIO DEL PERVERSO POLIMORFO''

Del Tercer Libro Canónico de la Iglesia Escatólica, defragmentado por Mónica Belevan

 

Artículo 4.3: ‘'...La noción de espacio antecede a la noción de tiempo.

Tenemos conciencia de constancia física –y se sigue, espacial— de las cosas y de las relaciones entre ellas (i.e., hechos) antes de llegar a hacernos una idea, tanto más forzada y artificial, del tiempo.

Las cosas determinan que la invención del tiempo no nos sea enteramente inútil.

El tiempo, cosa entre las cosas, se pauta en torno a eventos y eventualidades. Se le para-metra. El tiempo es tiempo porque está pautado y se lo pauta en relación a esas cosas a las que nosotros creemos ir pautando, aunque sean éstas justamente las cosas maestras que se posesionan e instilan en nosotros, como mente o sedimento desde muy temprana edad; las cosas-intuiciones y supuestos y apriorismos por los que habremos de regirnos durante el detritus de nuestras vidas: por los restos y las vidas, ancestrales e infinitas, de las cosas […]

Somos obra y gracia de las cosas. Las cosas, en su acepción más amplia, nos anteceden. Llegado el momento, nos crearon. Y retenemos, en imagen y semejanza de las creadoras, la sed de síntesis, el sentido de ser cada quien un uno, y un evento y, eventualmente, una eventualidad; el instinto creador, la idea fuerte de forma, la intuición de la reidad de la historia, y de la materialidad atávica de formar parte de un conformante concreto y mayor…''

Artículo 4.9: ‘'Diríase que los hombres, al igual que las cosas, han sido arrojados al mundo (si es que partimos del presupuesto tranquilizador de que las cosas no han estado siempre, presupuesto que por cierto omite que las cosas siempre estan).

No hay diferencias significativas entre un hombre y una cosa: en lo que respecta a las mujeres, que tienden a una sensibilidad más aguda de su cosedad, la distinción es, a menudo, irrealizable. Pero alguna noción de pecado original nos resta (y son indicio de ello los restos, las pequeñas cosas derruidas que nos rodean).

A grandes rasgos, podría decirse que el hombre es cosa inconsciente, es decir, una cosa que sufre por no saberse cosa y que se desempeña en los marcos fundamentalmente artificiales, pero angustiantes, de una sensación de incompletitud.

La noción de persona, prueba primera de la distancia real y mayormente insalvable entre un hombre y una cosa hecha y derecha (el hombre no es ni siquiera un hecho, no es, de hecho, nada más que una simple y llana persona entre todas las personas, a diferencia de las cosas, cada una de las cuales es íntima y distinta de las otras, cada una de las cuales claudica a ser persona para investirse de presencia, de personalidad).

Si se es persona, dícese, no se es cosa: las cosas, dotadas de la intraducible empatía que les es característica, no se preocupan de esas nimiedades –en efecto, al estar siempre en algún u otro estado de ocupación, no se pre -ocupan en absoluto. Están siempre ocupadas: el hombre, en cambio, se preocupa de ser ocupado por fuerzas ajenas. Mas aún así, y sintiéndose inconforme –es decir, como sin forma— al no saberse ya el juguete preferido de los dioses (puesto que las cosas, al estar siempre, y siempre del todo ocupadas, apenas se ocupan del hombre, aunque es cierto que cuando lo hacen lo hacen por lo general en chanza), se declara en estado de sitio, sin reconocer que las cosas estarían en su sitio con o sin él.''

Apéndice Quinto: ‘'La historia se divide en épocas según la relación que el hombre haya tenido con las cosas en un determinado momento: cuando no finge indiferencia e intenta un acercamiento a sus orígenes, las cosas dan al hombre su tierna aquiescencia y permiten el progreso, el desarrollo de lenguajes y artefactos intermediarios entre creadoras y criaturas.

Cuando el hombre, considerándose sitiado, se figura –en feroz e irrisoria apostasía— un espacio más allá de las cosas (desde el platonismo hasta la erradicación de la iconografía eclesial), se presentan problemas de tan incomunicable absurdo que las cosas tampoco se dignan, mayormente, a intervenir y remediarlos; lo cual explica que aún en los momentos de mayor acercamiento, persista siempre una distancia defensiva entre el hombre ante las cosas que, cauta, sabiamente, le rodean.

Por ser prudentes, se las acusa de hacer ostento de una indiferencia cósmica: las cosas son indiferentes al mundo sólo en la medida en que tampoco se distinguen mayormente de él. Más que integradas, le son constitutivas.

Apéndice Quinto, Exclusa Cuarta, Parágrafo III: ‘'[…]Pero a veces los conflictos resultan destructivos –cuando un hombre decide someterse a la custodia de las cosas, éste se abandona a lo que da con llamar ‘'su suerte'' (situación por la que ha de entenderse que se deja a un hombre a la voluntad de sus cosas). El apóstata se entrega a actividades subversivas: a la mística, la alquimia, a la mejor comprensión de las amalgamas, los metales y las almas […]. Hay quienes quisieron transformarse en cosas, pero los hombres no perdonan nunca la pureza de las formas: desde los pitagóricos hasta los patafísicos (todos cultores de las cosas), la intimidad con las cosas se ha conducido con cierto grado de hermetismo: en cosa cerrada no entran moscas [y en verdad debe decirse que existen casos plenamente comprobados de hombres que, en accidentes de enorme elocuencia, se han tragado moscas; verbigracia, han asumido la invasión de su forma y materia por un insecto alado y retumbante: se encontró hace no mucho en la China un fósil de hombre que, al partirse en dos, reveló en su interior un tábano en estado de hibernación, prueba patente no sólo de que hay hombres que llevan al zángano por dentro, como Sócrates, amigo sólo de sí mismo –cosa imposible en una cosa, cuya plenitud se expresa en relación armónica entre ella y otras de su especie, en grados ascendentes de pureza— sino que llevan a la cosa misma (emblematizada por la piel de piedra) muy por fuera].''

Apéndice Sexto, Instancia VI: ‘'Aristóteles, sospechoso de haber mantenido estrechas relaciones con las cosas, afirma que todas las cosas tienen alma, o propiamente, .

No todas las personas tienen alma. Las cosas pueden destruirse, pero nunca derrotarse. El hombre es, por antinomia, una cosa derrotada''.

 

© Mónica Belevan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mónica Belevan | Perú, 1982 | Summa cum laude en filosofia. Poeta, ensayista, novelista y dramaturga. Publica muy de vez en cuando y para pocos. Deplora las notas biográficas, y se resiste, todavía, a esta (su editor la forzó). Trabaja, de momento, en proyectos literarios y filosóficos (Toccata/fugue, E., The Cold Fronts, Belicas, Lives of Julian Paleologus, The Razor & The Edge); teatrales (Nero); musicales (Introducing Walter Benjamin Britten); incursiones en la crítica de arte y experimentos conjuntos en literatura y teoría arquitectónica.