PROLOGO
HIPOTETICO A
LA REEDICION DE LOS CUENTOS DE FELISBERTO HERNANDEZ
EN ULTRAMAR (PARTE II)
El ojo de Felisberto Hernández es el órgano
más discreto que se haya visto jamás y, de
hecho, se lo vio bastante poco: su paso por la tierra, que
fechamos como el período de 62 años que pautó el
tránsito vital de Felisberto entre los filisteos,
entre 1902 y 1964 exactamente, no duró lo suficiente
como para que a alguien se le ocurriera hacer una estudio
optométrico del caso a mano.
Ahora bien, ¿qué tendría de discreto
un ojo ventoso y fluvial como el de Felisberto, un ojo sin
pulsión editorial? ¿No es éste el ojo
gestor de carnavales a la usanza de Las hortensias,
no es éste, acaso, el ojo voluptuario que celebra
a esa vaca hidropónica que es la señora Margarita,
o al erotismo frío y fragmentario de las posiciones
de placer de las ventanas?
No es que el ojo hernandiano se haya privado de notar algo –nota
absolutamente todo, incluso lo invisible— sino que, siendo
un ojo autónomo en extremo, no se ocupó jamás
de denotar.
(¿cuestión de tacto?)
Así como Duchamp desarrolló una noción
de lo infrafino que permitía materialidad y relieve
a una obra situada en un espacio propio y aparte, Hernández
desarrolla una literatura de lo infraleve que exige el compromiso
de los sentidos del lector y la materialidad del texto como
medios hacia un perfecto clímax negativo en el que
el sentido último de una narración dependería
de la medida inarticulable –y supondríamos, o escépticos,
incluso imposible— en que ésta logre una disociación,
por más breve que sea, del lenguaje.
(decididamente, una cuestión de olfato…)
Todo lo importante en Felisberto queda por decirse, influencia
tácita de la privilegiada cercanía que Hernández,
como Hoffmann, tuvo siempre con la música, y especialmente,
con ese artilugio de notable encanto que es el piano…
(...al fin y al cabo, una cuestión de oído...)
De ahí que la clave acústica de sus invenciones
radique en un estilo desmelenado, aparentemente frívolo
y ambulatorio que, pese a no decir gran cosa, genera, en
su movimiento, una vibración que, contrapuesta a y
orientada por los rotores del texto, da contra una piel o
pantalla de extrema sensibilidad que habría que ubicar,
ya no en el texto mismo, sino en el lector; ésta membrana
liminar estaría destinada a la captación finísima,
casi sismográfica, de la descarga de inefabilidad
que yace latente en la obra hernandiana.
El ojo ni nombra ni designa: su mecánica esponjosa
e invasora obliga al lector a excederse y reconstruir –ahora
sí, a discreción— algún patrón
profundo, impronunciable, de los golpes de luz y sombra dejados
por la vibración del instrumento hernandiano contra
su tejido receptor.
(como dije, una cuestión de tacto)
Es cuando el lector se siente impelido a devolver la
narrativa a los confines de la inteligibilidad y el lenguaje –cuando
el lector, cediendo ante el hábito, se propone ponerle
piernas, manos y cabeza al vestido blanco—, que se genera
la impresión de que hay en Hernández algo de
fantástico, cuando en realidad, lo que Hernández
tenga de fantástico depende enteramente de los antecedente
criminales del lector, y de las artimañas, más
o menos voluntarias de las que éste se valga para –como
el tocador de Menos Julia-- enunciar qué es
esto, tan sencillo (y tan sencillamente inexplicable), que
tiene abierto, ahora, entre las manos.
Si le dijera que se trata de un Conejo, me expongo a que
me salga con que eso ya es, mal que le pese, señorita,
una cuestión de gusto. © Mónica Belevan |