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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

PROLOGO HIPOTETICO A LA REEDICION DE LOS CUENTOS DE FELISBERTO HERNANDEZ EN ULTRAMAR (PARTE II)

 

El ojo de Felisberto Hernández es el órgano más discreto que se haya visto jamás y, de hecho, se lo vio bastante poco: su paso por la tierra, que fechamos como el período de 62 años que pautó el tránsito vital de Felisberto entre los filisteos, entre 1902 y 1964 exactamente, no duró lo suficiente como para que a alguien se le ocurriera hacer una estudio optométrico del caso a mano.

Ahora bien, ¿qué tendría de discreto un ojo ventoso y fluvial como el de Felisberto, un ojo sin pulsión editorial? ¿No es éste el ojo gestor de carnavales a la usanza de Las hortensias, no es éste, acaso, el ojo voluptuario que celebra a esa vaca hidropónica que es la señora Margarita, o al erotismo frío y fragmentario de las posiciones de placer de las ventanas?

No es que el ojo hernandiano se haya privado de notar algo –nota absolutamente todo, incluso lo invisible— sino que, siendo un ojo autónomo en extremo, no se ocupó jamás de denotar.

(¿cuestión de tacto?)

Así como Duchamp desarrolló una noción de lo infrafino que permitía materialidad y relieve a una obra situada en un espacio propio y aparte, Hernández desarrolla una literatura de lo infraleve que exige el compromiso de los sentidos del lector y la materialidad del texto como medios hacia un perfecto clímax negativo en el que el sentido último de una narración dependería de la medida inarticulable –y supondríamos, o escépticos, incluso imposible— en que ésta logre una disociación, por más breve que sea, del lenguaje.

(decididamente, una cuestión de olfato…)

Todo lo importante en Felisberto queda por decirse, influencia tácita de la privilegiada cercanía que Hernández, como Hoffmann, tuvo siempre con la música, y especialmente, con ese artilugio de notable encanto que es el piano…

(...al fin y al cabo, una cuestión de oído...)

De ahí que la clave acústica de sus invenciones radique en un estilo desmelenado, aparentemente frívolo y ambulatorio que, pese a no decir gran cosa, genera, en su movimiento, una vibración que, contrapuesta a y orientada por los rotores del texto, da contra una piel o pantalla de extrema sensibilidad que habría que ubicar, ya no en el texto mismo, sino en el lector; ésta membrana liminar estaría destinada a la captación finísima, casi sismográfica, de la descarga de inefabilidad que yace latente en la obra hernandiana.

El ojo ni nombra ni designa: su mecánica esponjosa e invasora obliga al lector a excederse y reconstruir –ahora sí, a discreción— algún patrón profundo, impronunciable, de los golpes de luz y sombra dejados por la vibración del instrumento hernandiano contra su tejido receptor.

(como dije, una cuestión de tacto)

Es cuando el lector se siente impelido a devolver la narrativa a los confines de la inteligibilidad y el lenguaje –cuando el lector, cediendo ante el hábito, se propone ponerle piernas, manos y cabeza al vestido blanco—, que se genera la impresión de que hay en Hernández algo de fantástico, cuando en realidad, lo que Hernández tenga de fantástico depende enteramente de los antecedente criminales del lector, y de las artimañas, más o menos voluntarias de las que éste se valga para –como el tocador de Menos Julia-- enunciar qué es esto, tan sencillo (y tan sencillamente inexplicable), que tiene abierto, ahora, entre las manos.

Si le dijera que se trata de un Conejo, me expongo a que me salga con que eso ya es, mal que le pese, señorita, una cuestión de gusto.

© Mónica Belevan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mónica Belevan | Perú, 1982 | Cursó estudios de Filosofía en Uruguay. Ha publicado artículos y poemas en varios medios escritos. Actualmente se dedica a la elaboración del poemario The Wreck of the Large Glass: A Cadastral Register of Parts. Tiene inédita la novela Toccata/fugue, a travesty; or The Impostors.