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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

PROLOGO HIPOTETICO A LA REEDICION DE LOS CUENTOS DE FELISBERTO HERNANDEZ EN ULTRAMAR (PARTE I)

…implicar lo posible, el llegar a ser, el paso de lo uno a lo otro tiene lugar en lo infraleve.

Marcel Duchamp

Fueron pocas las veces que Cortázar, ese experto catador de umbrales, mostró auténtica sorpresa ante ciertos matices, tonos, vetas y velocidades de lo liminar. Entre estas pocas instancias, una de los que más excita la atención remite a su breve y estupendo prólogo a La casa inundada y otros cuentos, empresa feliz de una originalísima y semimítica criatura que discurrió por esta vida bajo la eufónica fachada que sus progenitores, dos seguros inocentes, apelaron Felisberto Hernández.

Del señor Hernández se ha escrito ya bastante: no lo suficiente, pero lo bastante como para discernir que todo lo que pueda escribirse sobre Felisberto Hernández no basta, pero es suficiente. La presente es, y lo admito, una introducción superflua, que no se propone aportar ni restar tampoco a lo que pueda o no decirse del buen Felisberto; que es poco, y dentro de lo poco, huero. Del prólogo de Cortázar debe destacarse, precisamente, la humildad con la que el argentino presenta, en pluma propia, no sólo los límites del exegeta hernandiano, que las ve negras al tratar de disertar con peso sobre el túnel de viento (pues Felisberto es de esos autores que «entran y salen de las cosas con el ritmo del aire en los pulmones»); sino también los de la trillada conejera surreal, puesto que Cortázar promulga la separación de Conejo e Iglesia, y con ella, la laicización salvífica de lo fantástico como prolongación real y orgánica, valga la redundancia, de lo real.

Que el Conejo surreal –tipo práctico de cuya existencia tenemos noticia mucho antes del advenimiento pontificio del Sr. Breton—, se haya posado, como sabemos se ha posado sólo en pocos y contados casos, sobre el piano de Don Felisberto Hernández sin que éste tuviera relación alguna con el surrealismo criminal y organizado, prueba que el Conejo elige a sus artífices y que la sensibilidad del labio leporino es tan desesperadamente minuciosa como fina. Si el Conejo, además de demonio tutelar, hace de sibarita, sus procedimientos y su exquisitez, como los de Felisberto, tienen muy poco de insólito o improcedente. De ahí que Cortázar se refiera a la subrepticia naturalidad de Hernández, y sobre todo, a su trato del extrañamiento como una «toma de contacto con lo inmediato», con lo fundamental e irreparablemente real que, en palabras de Eluárd, es otro mundo y está en este.

Felisberto sería entonces el representante de un espíritu surreal antiquísimo e impoluto que, tomando en préstamo el término cortaziano, podríamos tachar de «presocrático» en la medida en que su revelación implica ya no la mediación prostética del autor, sino la sintonización violenta e inmediata entre el autor y un mundo circundante inmenso, atestado de archipiélagos y continentes regios y feroces que resisten, hasta hoy, cualquier intento de adiestramiento cartográfico que quisiera ejercerse sobre ellos.

Si hubiera que trazar un paralelo (por momentos muy poco euclidiano) entre el Hernández favorito del Conejo y algún Otro, ese Otro sería, creo yo, no tanto el Lezama de Cortázar, sino el Kafka de Kafka –predecesor despótico y precoz de quien más tarde sería el obsesionante (y decididamente obsesionado) Borges de Borges de Borges, geómetra—.

Pero ahí donde la genealogía tiende a restringirse al encubrimiento de evidencia; es la analogía el recurso que permite –no la exposición—, sino, más tentadoramente aún, la sugerencia de un parentesco fatal entre Hernández y Kafka. Una necropsia paralela, conducida por buenos forenses patafísicos, habría revelado una semejanza alucinada entre ambos cuerpos más o menos a la altura de la arteria jarryana; parecido anatómico que puede inferirse, pese a todo, en razón y sinrazón de las cosas vivas con los que se cruza, una y otra vez y de mil formas distintas, la primera persona hernandiana en pueblitos casuales del interior uruguayo, así como en la presencia plenipotenciaria de objetos acuciosos que plagan el universo masónico y animado de Kafka.

Si a esto terminamos de sumar las peripecias acrobáticas implicadas por las relaciones mantenidas por cada uno de ellos con aquellos otros cuerpos extraños, las mujeres, damos con una complementariedad casi exagerada. Agréguense otros datos, como el que Kafka era judío y Felisberto no; o el que un hermano de Hernández fue esquizofrénico, mientras que el hermano de Kafka simplemente no existió, y el parecido se vuelve ya casi inquietante.

Y si, a la usanza de Joyce, tuviéramos que designar un órgano rector para cada uno de estos autores, éste sería, sin lugar a duda, el ojo con su facultad de la vista; receptáculo y recepción a los que el eminentísimo Sisyphus Folly se refirió alguna vez como «instrumentos dotados de:

…several different trains of argument: the chordea, an osseous and euphonic kristalécran; the whys, set to justify the existence of the yolk (technically, the quiris) and the yolk´s unblinking need for cover; the quiris proper and the inquiris, a dot and a mark of rhetorical colour; the optic verve, immobile motor of the complete optical ensemble; and, of course, the blind spot, to which we blindly relegate every conceivable sphere of probable responsibility […] As a species, we are sensually unspecialised, sensibly diffuse and altogether prone to synaesthetic instances, as if though we had a native faculty enabling us to feel abstractly –and that, only when we are fortunate enough to trace a lead into sensual synderesis, the case in point, methinks,  exclusive to the man of genius.»

Cita con la que me propongo postular que, por más que se escriba sobre el alcance metafísico de un Felisberto o de un Kafka, es la física propia a cada quien lo que merece nuestros desvelamientos de lector. Hagamos, a partir de acá, el deslindamiento del tandem literario establecido entre ambos, con miras a aislar las particularidades del ojo hernandiano (de temperamento panorámico), tan distinto al ojo kafkiano (histérico-panóptico) y a cualquier otro ojo que pueda llamarse a mente, que podría suponérselo único entre las criaturas literariamente evolucionadas…

© Mónica Belevan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mónica Belevan | Perú, 1982 | Cursó estudios de Filosofía en Uruguay. Ha publicado artículos y poemas en varios medios escritos. Actualmente se dedica a la elaboración del poemario The Wreck of the Large Glass: A Cadastral Register of Parts. Tiene inédita la novela Toccata/fugue, a travesty; or The Impostors.