PROLOGO
HIPOTETICO A
LA REEDICION DE LOS CUENTOS DE FELISBERTO HERNANDEZ
EN ULTRAMAR (PARTE I)
…implicar
lo posible, el llegar a ser, el paso de lo uno a lo
otro tiene lugar en lo infraleve.
Marcel Duchamp
Fueron pocas las veces que Cortázar, ese experto
catador de umbrales, mostró auténtica sorpresa
ante ciertos matices, tonos, vetas y velocidades de lo liminar.
Entre estas pocas instancias, una de los que más excita
la atención remite a su breve y estupendo prólogo
a La casa inundada y otros cuentos, empresa feliz
de una originalísima y semimítica criatura
que discurrió por esta vida bajo la eufónica
fachada que sus padres, dos seguros inocentes, apelaron Felisberto
Hernández.
Del señor Hernández se ha escrito ya bastante:
no lo suficiente, pero lo bastante como para discernir que
todo lo que pueda escribirse sobre Felisberto Hernández
no basta, pero es suficiente. La presente es, y lo admito,
una introducción superflua, que no se propone aportar
ni restar tampoco a lo que pueda o no decirse del buen Felisberto;
que es poco, y dentro de lo poco, huero. Del prólogo
de Cortázar debe destacarse, precisamente, la humildad
con la que el argentino presenta, en pluma propia, no sólo
los límites del exegeta hernandiano, que las ve negras
al tratar de disertar con peso sobre el túnel de viento
(pues Felisberto es de esos autores que «entran y salen
de las cosas con el ritmo del aire en los pulmones»);
sino también los de la trillada conejera surreal,
puesto que Cortázar promulga la separación
de Conejo e Iglesia, y con ella, la laicización salvífica
de lo fantástico como prolongación real y orgánica,
valga la redundancia, de lo real.
Que el Conejo surreal –tipo práctico de cuya existencia
tenemos noticia mucho antes del advenimiento pontificio del
Sr. Breton—, se haya posado, como sabemos se ha posado sólo
en pocos y contados casos, sobre el piano de Don Felisberto
Hernández sin que éste tuviera relación
alguna con el surrealismo criminal y organizado, prueba que
el Conejo elige a sus artífices y que la sensibilidad
del labio leporino es tan desesperadamente minuciosa como
fina. Si el Conejo, además de demonio tutelar, hace
de sibarita, sus procedimientos y su exquisitez, como los
de Felisberto, tienen muy poco de insólito o improcedente.
De ahí que Cortázar se refiera a la subrepticia
naturalidad de Hernández, y sobre todo, a su trato
del extrañamiento como una «toma de contacto
con lo inmediato», con lo fundamental e irreparablemente real que,
en palabras de Eluárd, es otro mundo y está en éste.
Felisberto sería entonces el representante
de un espíritu surreal antiquísimo e impoluto
que, tomando en préstamo el término cortaziano,
podríamos tachar de «presocrático» en
la medida en que su revelación implica ya no la mediación
prostética del autor, sino la sintonización
violenta e inmediata entre el autor y un mundo circundante
inmenso, atestado de archipiélagos y continentes regios
y feroces que resisten, hasta hoy, cualquier intento de adiestramiento
cartográfico que quisiera ejercerse sobre ellos.
Si hubiera que trazar un paralelo (por momentos muy poco
euclidiano) entre el Hernández favorito del Conejo
y algún Otro, ese Otro sería, creo yo, no tanto
el Lezama de Cortázar, sino el Kafka de Kafka –predecesor
despótico y precoz de quien más tarde sería
el obsesionante (y decididamente obsesionado) Borges de Borges
de Borges, geómetra—.
Pero ahí donde la genealogía tiende a restringirse
al encubrimiento de evidencia; es la analogía el recurso
que permite –no la exposición—, sino, más tentadoramente
aún, la sugerencia de un parentesco fatal entre Hernández
y Kafka. Una necropsia paralela, conducida por buenos forenses
patafísicos, habría revelado una semejanza
alucinada entre ambos cuerpos más o menos a la altura
de la arteria jarryana; parecido anatómico que puede
inferirse, pese a todo, en razón y sinrazón
de las cosas vivas con los que se cruza, una y otra vez y
de mil formas distintas, la primera persona hernandiana en
pueblitos casuales del interior uruguayo, así como
en la presencia plenipotenciaria de objetos acuciosos que
plagan el universo masónico y animado de Kafka.
Si a esto terminamos de sumar las peripecias acrobáticas
implicadas por las relaciones mantenidas por cada uno de
ellos con aquellos otros cuerpos extraños,
las mujeres, damos con una complementariedad casi exagerada.
Agréguense otros datos, como el que Kafka era judío
y Felisberto no; o el que un hermano de Hernández
fue esquizofrénico, mientras que el hermano de Kafka
simplemente no existió, y el parecido se
vuelve ya casi inquietante.
Y si, a la usanza de Joyce,
tuviéramos que designar
un órgano rector para cada uno de estos autores, éste
sería, sin lugar a
duda, el ojo con su facultad de la vista; receptáculo
y recepción a los que el eminentísimo Sisyphus
Folly se refirió alguna vez como «instrumentos
dotados de:
…several different
trains of argument: the chordea, an osseous and euphonic kristalécran ;
the whys, set to justify the existence of the yolk (technically,
the quiris) and the yolk´s unblinking need for cover;
the quiris proper and the inquiris, a dot and a mark of rhetorical
colour; the optic verve, immobile motor of the complete optical
ensemble; and, of course, the blind spot, to which we blindly
relegate every conceivable sphere of probable responsibility
[…] As a species, we are sensually unspecialised, sensibly
diffuse and altogether prone to synaesthetic instances, as
if though we had a native faculty enabling us to feel abstractly –and
that, only when we are fortunate enough to trace a lead into
sensual synderesis, the case in point, methinks, exclusive
to the man of genius--.»
Cita con la que me propongo postular que, por más
que se escriba sobre el alcance metafísico de un Felisberto
o de un Kafka, es la física propia a cada
quien lo que merece nuestros desvelamientos de lector. Hagamos,
a partir de acá, el deslindamiento del tandem literario
establecido entre ambos, con miras a aislar las particularidades
del ojo hernandiando (de temperamento panorámico),
tan distinto al ojo kafkiano (histérico-panóptico)
y a cualquier otro ojo que pueda llamarse a mente, que podría
suponérselo único entre las criaturas literariamente
evolucionadas… © Mónica Belevan |