canciones de la arcadia de fred rohner

Por Elio Vélez Marquina


 

Pocas personas disfrutan tanto de la poesía de Garci Lasso de la Vega, el toledano, como Fred. Y de esas pocas, son aún menos quienes arriesgan seguirle los pasos al autor de las églogas más logradas de la lírica del Renacimiento Español. Fred Rohner, en esta opera prima no solo se dio el gusto de recrear el estilo, los paratextos, el léxico y la sobriedad de la poesía española del siglo XVI, sino que, además, recogió mitos de la antigüedad, recreó una lingua franca románica (tres tazas de portugués con una pizca de provenzal, acaso un leve toque de italiano) para dar cabida a su experiencia real y contemporánea. Así, llegan al lector las menciones al tango, al bolero.

Cancionero (tangos, boleros y otros poemas para ser cantados) es un libro que conjuga excelentemente la tradición castellana con las formas criollas de nuestro continente. El lector que gusta de las letras clásicas españolas podrá disfrutar de la recreación que Rohner ha hecho con el lenguaje de hace cuatro siglos; el lector de poesía que busca la expresión de lo nuevo, igualmente hallará satisfacción.

Rohner ha dividido el libro en tres secciones ("Fabulæ", "Canzionere" y "Appendix") que generan una expectativa en el lector con respecto de la confusión entre tradición y modernidad, entre el mito y la historia personal.

"Fabulæ" inicia con cuatro poemas en prosa que exploran desde el ángulo de la cotidianeidad la vida de personajes célebres. Ifigenia, Hamlet, Reshin Bima (divinidad shipiba vinculada al jaguar), Garcilaso, Salicio y Ulises. Si bien Rohner recrea momentos de la existencia de estos personajes del pasado (cuya existencia, ya para el lector contemporáneo linda con la del mito), lo hace desde las posibilidades actuales de la lírica. El uso de la prosa dentro de un "cancionero" es más que relevante: el lector aguarda por "canciones" (para ser "cantadas" como reza el subtítulo), pero encuentra, en vez de los esperados versos, pasajes en prosa, cuyo ritmo es más difícil de asimilar, cuya música es apenas perceptible. Solo después del poema dedicado a Garcilaso, se puede encontrar dos momentos líricos, según reza la versología más elemental. Solo la alusión al poeta justifica la inclusión de dos "églogas"; las cuales, por lo demás, se contradicen en cierto modo. La primera sigue muy de cerca la tradición iniciada por Garcilaso (con respecto de las eclogæ virgilianas); la segunda, en cambio, toma conciencia del artificio de la forma: las melodías italianas (o italianizantes) que debieron acompañar el recitado de los versos de Garcilaso se cambian por el compás de un bolero de Alci Costa que acompaña el llanto de cuatro borrachines en una cantina. El Ebro se torna en Rímac.

El poema "Salicio" continúa actualizando las expectativas de los referentes cultos. Salicio ni siquiera es pastor; su saber es porteño, su recuerdo más nítido y vivo del agua es de mar, no de río. Su amor sí es Galatea. Si recordamos las piscatoriæ de Sannazaro, tal vez la referencia marina de Rohner no resulte tan abrupta. De todos modos, él ha optado por situar a Salicio en una dimensión ajena a la convencional, acaso para concretizarlo en el espacio de su experiencia personal, acaso para demostrar una vez más que se trata con tópicos propensos a la innovación.

Y del inesperado mar de Salicio el lector llega a las navegaciones de Ulises. Sutilmente, Ulises, señor de Ítaca, hace alude a los pescadores; aquellos que poco se alejan de la orilla, a diferencia de él que recorre inmensas distancias preñadas de nostalgia, de dolor por la ausencia del hogar.

En "Canzionere" Rohner improvisa, siempre bajo la pauta de los referentes clásicos españoles. Pero ahora se sirve del tango y del bolero para matizar la experiencia amorosa platónica con respecto de la amada. Ya son versos, y no prosa, los que cantan a la amada. Significativamente los poemas finales se componen de versos de arte menor (arte mínima, para decir con propiedad). Los poemas "Bolero" y "Tango" son ciertamente notables en la medida que conjugan, una vez más los tópicos de la tradición petrarquista (de qué otra manera, si no, se podría comprender estos versos de "Bolero": "…He levantado la vista / Para verte cruzar el camino / Que el tiempo ha trazado en nuestras líneas…") con temas, lugares y nombres de nuestra Lima la Horrible y de Buenos Aires: "El puerto grita tu nombre, bacana / Y vos no sabés que sufro / Que me arrastro por las calles / Modulando este tango hambriento…" ("Tango").

De Fred solo puedo decir que vive lo que dice y que lo canta (en Madrid me enteré que Fred, además de seguir cursos de alta especialización en Filología Hispánica, cantaba en un coro versos de Juan del Enzina… ¡maestro!). Fred no pretende hacer gala de oxidadas erudiciones: si lo leemos citando a Juan del Enzina, a Franc de Boebicon, y a Baudelaire es porque se puede dar el gusto de mencionar a Alci Costa. Los que podemos darnos el lujo de llamarlo amigo sabemos que gusta de las comilonas criollas y que llora con los valses y que ríe entre cervezas y piscos.

Su poemario es un primer libro que acusa camino de poesía vinculada al amplio legado de nuestra tradición, sin dejar de apostar por la renovación a partir de la experiencia personal, que en el caso de Fred conjuga el amor hacia Sharon (véase "Ifigenia"), a los amigos, pero sobre todo a la vida. ¡Salud Fred, por el librazo!

 

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