Lectura obligatoria

"Solo para admiradores": Ribeyro un clásico moderno

Por Elio Vélez Marquina


 

El título del presente artículo parafrasea aquel ribeyriano Sólo para fumadores (Lima, 1987) de una de las últimas colecciones de relatos que publicó en vida Julio Ramón Ribeyro. Digo "admiradores" porque, ciertamente, nuestro autor es uno que suscita no solo la admiración de los críticos especializados en su obra (que son muchos), sino también la de los lectores despreocupados, "sibaritas"; es decir, de los lectores reales, de los que realmente importan a un escritor. Así, por una parte los círculos de doctos ribeyristas publican estudios colectivos e individuales, organizan congresos e incluso dedican revistas exclusivamente a la materia (1); por otra, los lectores del "común" (no menos admiradores) adquieren las múltiples ediciones de sus libros, ya usadas o ya nuevas, y disfrutan en silencio de las palabras del maestro.

Personalmente, prefiero ubicarme en el grupo de los lectores del segundo grupo (aun después de participar de las exigencias hermenéuticas del primero) porque Ribeyro es un autor que me marcó de manera muy personal. Recuerdo que un tal Salvador (2) y yo éramos alumnos del cuarto año de secundaria cuando tuvimos que leer una selección de cuentos (era la edición popular de tapa naranja de La palabra del mudo). Entre nosotros había amistad de por medio y también un insaciable gusto por la prosa de Ribeyro. Después de leer sus cuentos supe que quería no solo dedicarme al estudio de las Letras, sino que también quería ejercerlas creativamente. Ribeyro, creo modestamente, satisface aún la doctrina escolástica del docere-delectare: si bien su prosa introduce al lector en una aventura fascinante de calles obscuras y bares hediondos (entre otras atmósferas), lo guía también hacia el conocimiento de una realidad menos evidente que gravita en los murmullos de la ciudad, en los rincones menos favorecidos e impopulares de esta. Los cuentos de Ribeyro permiten el conocimiento de una sociedad peruana (acaso latinoamericana) fragmentada y dentro de esa fragmentación, problemática.

Creo que siendo un lector atento y gustoso de la obra de Ribeyro puedo llegar a una conclusión común para sendos grupos de "admiradores": Julio Ramón es, sin lugar a dudas, un clásico. Teniendo en cuenta que el autor falleció en diciembre de 1994 podría parecer dicho adjetivo un tanto prematuro. "Clásico" nos remite a Homero, a los trágicos, a los latinos, a la Edad Media, etc. Sin embargo, Ribeyro merece dicha denominación ya desde su mismo estilo. Luis Jaime Cisneros (quien supo enseñarme a disfrutar a Ribeyro más allá de la jerga especializada) ha insistido en la condición clásica de la prosa ribeyriana. Es, pues, un clasicismo que se logra desde la aplicación de la sintaxis francesa decimonónica al español de Lima. Es una prosa que está en consonancia con un universo ficcional deudor del realismo y el naturalismo franceses. Y también es un clásico de la literatura peruana (e hispanoamericana) porque ha conseguido inscribirse dentro del canon por la excelencia de su materia artística reconocida por los lectores. Ribeyro resulta un clásico por motv propiv y por la aceptación encendida de sus admiradores (3).

Son, indudablemente, sus cuentos un ejemplo maestro del género. La influencia de Maupassant y de Chejov entre otros es un primer indicio de la conciencia del oficio narrativo que Julio Ramón ejerció a lo largo de su derrotero artístico. Sus cuentos éditos e inéditos permiten crear una vasta gama de subespecies como la ficción realista de tema urbano, rural y marginal o también otra fantástica menos estudiada, pero no menos apreciada. Sus protagonistas son igualmente varios y complejos: los hay de todas las condiciones sociales y étnicas y se proyectan tanto en una realidad peruana (limeña) como europea (ya sea Francia, España o Alemania, por ejemplo). Por él, Perú fue abordado no solo desde la costa, sino que también encontramos escenarios y protagonistas de nuestra sierra y at last but non least de nuestra selva.

Muchos lectores y hermeneutas han querido ver lo mejor de Ribeyro en su producción cuentística; sin embargo, ese prejuicio, creo, ha sido ya superado y el resto de su obra ha sido víctima de una revisión, de nuevas ediciones peruanas y españolas y de algunas traducciones importantes. Ciertamente, Ribeyro es un cuentista clásico (il miglior fabbro como diría T.S. Eliot) que supo explorar más de un género con éxito igualmente favorable.

Julio Ramón nos dejó tres novelas Crónica de San Gabriel (Lima, 1960), Los geniecillos dominicales (Lima, 1965) y Cambio de guardia (Lima, 1976). Personalmente, prefiero de las tres, la primera. Crónica es una novela que simbólicamente trata los inicios de la vida espiritual, afectiva e intelectual de un muchacho limeño en una alejada hacienda del norte peruano. Se puede rastrear ab initio el germen de la poética ribeyriana en lo que podemos describir como una novela sobria, hasta cierto punto episódica, escrita con un lenguaje claro y directo que busca rescatar componentes de verosimilitud y que enmarca el acontecer humano en un espacio escéptico en el que la doctrina estoica se perfila como la mejor salida a los problemas de la sociedad. Mas, el espacio urbícola tan característico de Ribeyro se encuentra mejor configurado en las dos novelas restantes, siendo la última de ellas un tanto más experimental y por ello, más compleja en su lectura.

Su producción, además, se extiende hasta el teatro. Se pueden encontrar antologías de esta producción (ver la del Instituto Nacional de Cultura de 1975, por ejemplo) como también piezas recogidas en libros como la Antología General del Teatro Peruano dirigida por Ricardo Silva-Santisteban. En el tomo V se recoge una de las mejores piezas de Ribeyro; me refiero a Atusparia, obra en la que nuestro autor ensaya una reconstrucción de una sublevación indígena de fines del siglo XIX ambientada en Huaraz.

Por otra parte está el Ribeyro de los ensayos y de los diarios, sendos géneros que el autor cultivó con excelencia no menos reconocida. En los ensayos, Ribeyro sabe combinar sus intereses y vivencias personales con la dialéctica de su reflexión estética (o política). En sus diarios (de los cuales solo se han publicado tres tomos correspondientes a los años de 1950 hasta 1978), Ribeyro se presenta como un personaje más de sus historias. Tituló a la serie La tentación del fracaso y con ello resumió en un título casi aforístico la tarea de los críticos empecinados en desmenuzar los pormenores de su prosa.

Finalemente, me gustaría detenerme en dos obras que considero claves para la comprensión del corpvs ribeyriano. Se trata de Prosas apátridas (Barcelona, 1975) y Dichos de Luder (Lima, 1989). Estas obras han sido calificadas de "filosóficas", de "pensamiento"; sin embargo, personalmente las juzgo no menos ficcionales que un cuento de sus primeras colecciones. Ciertamente, en las Prosas la introspección y la autoreflexión simulan un escena cotidiana más próxima al diario personal, pero no hay que olvidar que Ribeyro nos introduce en un espacio gobernado aún por sus reglas de ficción, por las mismas leyes morales que rigen los destinos de su personajes. Sí podemos conceder la virtud de lo fragmentado a estas prosas; podemos leerlas como relatos o cuentos en un estado inicial que el autor prefirió no madurar nunca.

Por su parte, los Dichos si bien pueden analizarse como un conjunto de dialoguitos filosóficos (esta era un pretensión confesada por el mismo Julio Ramón), existe la posibilidad de interpretar el conjunto de la obra como una narración ad minimvm; es decir, reducida a sus partes más elementales: el diálogo. Y el diálogo -como señaló en un artículo Susana Reisz- es para la obra de Ribeyro un concepto fundamental. Esto no solo porque introduce un paradigmo literario prestigioso, sino porque ya dentro de la esfera social, el diálogo representa la apertura, la oportunidad de réplica de los favorecidos y de los desfavorecidos.

Ribeyro es un autor entrañable y con ello refiero no solo las entrañas de seres (en este caso lectores) individuales, sino también las entrañas de un pueblo, de una sociedad que el autor quiso contactar al menos en el terreno especulativo de la ficción. Quisiera concluir con una cita del maestro que nos habla de la vida en escasas contundentes palabras, porque mi admiración (y la de mi amigo que ahora es director de esta revista) es un mínimo símbolo de los miles de admiradores que Julio Ramón tiene y tendrá siempre y cuando acudamos a la complicidad callada de su lectura....

Somos un instrumento dotado de muchas cuerdas, pero generalmente nos morimos sin que hayan sido pulsadas todas. Así nunca sabremos qué música era la que guardábamos. Nos faltó el amor, la amistad, el viaje, el libro, la ciudad, capaz de hacer vibrar la polifonía en nosotros oculta. Dimos siempre la misma nota.

 


1. El mejor ejemplo es el caso del número IV de la revista Martín, publicada por la Universidad San Martín de Porres (Lima, junio de 2002). Este número incluye casi una decena de artículos especializados, algunas notas, una entrevista al escritor y un par de cuentos del mismo.

2. Este personaje, creo, es en la actualidad el artífice de proyectos irrealizables, tal y como lo era en su mocedad. Sin embargo, desde el punto de vista de la escritura artística, él siguió más de cerca el oficio del maestro que yo.

3. Etimológicamente responde, también, a dicho calificativo debido a que es un autor de "clase"; es decir, un autor que es impartido en la lectio universitaria o escolar. Ribeyro no solo es tomado como ejemplo por literatos, sino también por antropólogos y sociólogos debido al fuerte contenido humano de sus relatos, el cual permite un análisis del comportamiento y de la ideología nacionales.


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