Recuerdo que el mensaje decía algo así: "Bueno, amigo, aquí van unos textos." Eso fue hace más o menos, bah, quién cuenta los meses; digamos que sucedió ayer. Ayer conocí a alguien que me deslumbró y me hizo feliz. Feliz porque ella me enviaba tres cuentos y porque sus cuentos eran maravillosos. Feliz porque, aunque nunca se lo comenté, ella era la primera persona en la faz de la tierra (a veces creo que habría que darle una placa recordatoria) que nos escribía, la primera que se aventuraba. Lo cierto es que Patricia llegó antes que nadie.
No sé cuál leí primero. Creo que fue Las Brujas. Me llamó la atención el título porque de cuando en cuando utilizo filtros de amor y no temo a las dágidas. Siendo hechicero por falta de un mejor pasatiempo, pensé que un cuento sobre brujas sería apropiado. Pero me equivoqué (dicho sea de paso, ese día, para variar, me dolía la cabeza). Después de repasar el primer párrafo, abandoné el aquelarre y miré a Jemmy Button. El regreso de Jemmy Button a sus playas heladas, así se llamaba el cuento. Qué título para largo, me dije, qué aburrido. Tampoco me gustó que estuviera a doble espacio. Así que me quedé con Final. Era el más corto de los tres y el único que leí sin titubeos.
Final fue el comienzo de mi relación con Patricia. Luego ya no pude (sé que no podré) alejarme de ella. Suena raro y hasta enfermizo, sobre todo si tenemos en cuenta que yo no la conozco. Jamás la he visto en mi vida. Para mí, Patricia es esa mujer de cabello castaño (parece castaño, podría ser color de pasa) que se deja mirar en las fotos, la mujer que me escribe de cuando en cuando desde la Argentina y me habla de asuntos domésticos, de autores que debo leer, de los viajes de su esposo. Pero luego hago memoria, Patricia también es la que narra cuentos. Y me doy cuenta de que no estoy enfermo, que ella es hoy lo mismo que Rocío Silva Santisteban fue para mí cuando tenía dieciséis años: una influencia.
Hace un tiempo le dije a Patricia que quería dedicarle un espacio en la revista. Final ya había sido publicado en el primer número, pero yo deseaba crearle una página enteramente personal. Ella aceptó (porque además de ser gran escritora Patricia también es sumamente inteligente) y yo puse manos a la obra. Durante todo este tiempo he compilado sus historias y poemas, he leído y releído sus cuentos y tratado de construirle el rincón cibernético más completo que estuviera a mi alcance. La verdad, no sé si lo haya logrado. Eso espero. Lo que sí sé es que me siento contento porque Patricia le dio vida a esta revista y porque hoy sigue realzándola. Adoro su prosa melancólica y fatídica, sus personajes errabundos, sus diálogos vivos. Guardo con aprecio los recuerdos de mis primeras lecturas de Hazte fama, Tres reflexiones que hizo Ricardo III antes y después de ser rey, Las Brujas (el aquelarre que nunca debí dejar), El gato, Sara, El regreso de Jemmy Button a sus playas heladas (título largo de un cuento para nada aburrido) y por siempre el de Final.
Sé que la obra de esta nativa de Rosario será apreciada por todos los que tengan la suerte de leer estas palabras en este preciso momento en el tiempo. Sé, además, que su viaje recién empieza. La visión se presenta de esta manera: Por la mañana, en un día no muy lejano, una muchacha de manos hermosas acude a una librería en Sofía en busca del último libro de Patricia Suárez.
Antes de acabar con esto, quiero darle las gracias a Elio Vélez Marquina por permitirme hacer travesuras con su sección. Y a Patricia sólo decirle que no espero lágrimas de su parte, sino la sonrisa que siempre está ahí.